CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Demasiados desatinos
A priori,
una película que vuelve una vez más sobre el archicono-cido mito
del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, tan
visitado por el cine (y en ocasiones tan bien: véanse si no la
fuerza intacta del clásico de Richard Torpe de 1954 o la
densidad y magia del "Excalibur" que John Boorman realizó en
1981), no parece una propuesta muy atrayente, por más que la
desaforada campaña de marketing que ha acompañado a su estreno
insista una y otra vez en que ésta es la versión real, la base
histórica sobre la que el mito bien podía haberse sustentado,
añagaza tan falsa como común en estos tiempos en los que parece
que impera el todo vale a la hora de llevar al público a llenar
las salas en masa. De esto sabe mucho
Jerry Bruckheimer, avispado creador de millonarios
blockbusters y quizás uno de los máximos exponentes de esa
casi extinta raza de productores cuyo sello siempre se deja
notar muy por encima del director que trabaja como aplicado
artesano siguiendo sus indi-caciones al pie de la letra. No
cuesta ningún trabajo reconocer hoy en día un producto
Bruckheimer, pues sus señas de identidad es-tán siempre en
primerísimo plano: acción sin descanso por bande-ra, mínimo
entramado argumental que sustente y justifique ésta, montajes
acelerados hasta la confusión, vistosos efectos visuales, las
indispensables gotas de humor o de amor diseminadas a lo lar-go
del relato y una conclusión previsible tras el indispensable
clí-max final. Una fórmula tan segura como rentable. Y plana.
El penoso inicio de la película hace temer una vez más lo peor:
una voz en off nos informa sobre el Imperio Romano, los temibles
jinetes sárma-tas a los que derrotó y cómo sus su-pervivientes
fueron obligados a servir a sus vencedores en las lejanas
provin-cias del Imperio, defendiendo las fron-teras de las
incursiones de otros bár-baros y, con el tiempo, convirtiéndose
en una especie de fuerza de élite mili-tar que actúa en la
lejana Britannia, junto al Muro de Adriano. Arturo y sus
caballeros son aquí un referente no excesivamente alejado de
"Los siete samuráis" de Kurosawa o, mejor dicho por aquello de
la adaptación a otro género, de "Los siete magníficos" de
Preston Sturges: temi-bles guerreros mercenarios y paganos,
deseosos, tras quince años de servicio, de recuperar su libertad
y volver a sus tierras. Los hay iracundos y divertidos, como el
Bors al que acertadamente encarna Ray
Winstone con su solidez habitual, silenciosos y
letales como Tristán o que ejercen de voz de la conciencia de
Arturo, como el mismísimo Lancelot. Y luego está el propio
Arturo, claro, encarna-do por un pétreo
Clive Owen que trata de seguir (sin éxito) el mo-delo
que Russell Crowe estableció para su "Gladiator".
En una
hasta cierto punto interesante variación de imaginario
(ma-lograda por la necesidad de hacer encajar cuantas más piezas
me-jor en el modelo, lo que lleva a algunos absurdos evitables),
Arturo se configura como un cristiano idealista que cree en una
Roma que ya no existe, esforzado profesional y perpetuo
desarraigado cuya causa pierde el sentido una vez que Roma
decide retirarse de Bri-tannia y dejarla a merced de los
sajones. La idea tiene su gracia: Arturo y sus caballeros son
así un puñado de héroes que, cual Uli-ses en la Odisea, vagan en
busca de una patria perdida, sin saber qué les deparará el
destino, al menos hasta que, despertados por la determinación de
una Ginebra reconvertida para la ocasión en feroz princesa
guerrera picta (!), acaben abrazando la causa de de-fender como
suyo el territorio sobre el que tanta sangre han derra-mado en
nombre de Roma durante tantos años, ahora en peligro por la
invasión sajona.
Pero esta atractiva idea pierde muy pronto su fuerza por las
exigencias de un argumento que demanda acción por encima de
cualquier otra consideración y que se pierde en un marasmo de
desatinos que hacen enarcar la ceja en un gesto de
perplejidad a cualquier espectador con una mínima capacidad de
análi-sis, ya que los comportamientos de sus personajes
principales están tan plagados de incoherencias y capri-chosos
giros que parece que las es-cenas que transcurren entre una y
otra aparatosa secuencia de batalla están destinadas más a
llenar esos huecos que a tratar de explicar de alguna forma más
o menos coherente los vaivenes de sus personajes. Ya no es sólo
que resulte extremadamente difícil hacer creíble un personaje
como Arturo, que de tan humanista y adelan-tado a su tiempo
parece más un anacronismo digno de "Un yanqui en la corte del
rey Arturo" que el caudillo romano que se supone ha sido durante
quince años (al que, por cierto, mucho pregonar la igualdad de
todos los hombres durante toda la película, pero al que no le
duelen prendas que sus súbditos de arrodillen ante él una vez
ungido con la corona de Rey, en sólo un ejemplo de las muchas
in-consistencias del filme), sino que la película prescinde de
toda ló-gica en su tramo final sin que a nadie parezca
importarle lo más mínimo. A estas alturas, ya no debería
sorprendernos.
La
película naufraga por su absoluta falta de credibilidad, no ya
histórica (¿sajones con ballestas en el siglo V?¿Pictos
manejando catapultas?) sino de mínimos básicos: ese Muro de
Adriano incom-prensiblemente abandonado, tropas enviadas a morir
de forma tan gratuita como estúpida, esos pictos semidesnudos
capaces de vencer a sajones vestidos con cotas de malla... y así
hasta el infini-to. Por si todo esto fuera poco, hay que
aguantar el hecho de que la sombra omnipresente del éxito de "El
Señor de los Anillos" ha de planear obligatoriamente
sobre toda obra épica posterior: la foto-grafía de
Slawowir Idziak, por otra
parte excelente, toma como modelo el trabajo de Andrew Lesnie,
planos aéreos incluidos; la banda sonora del épico
Hans Zimmer remite demasiado a
los so-nes con ecos celtas de Howard Shore (y en ocasiones se
oye en los momentos más inadecuados) y los malvados sajones
parecen claramente el siguiente paso evolutivo (no muy mejorado,
la verdad) de los ejércitos orcos de las películas de Peter
Jackson. ¿Y Antoi-ne Fuqua,
el director? Pues por ahí anda el hombre, más cómodo en las
secuencias bélicas que en las de relleno, cumpliendo con lo
suyo. Pero, a diferencia del trabajo de Wolfgang Petersen en la
re-ciente "Troya",
en la que al menos se esforzaba por alejarse de tan reconocibles
referentes, Fuqua no sólo no se molesta lo más mí-nimo en
rehuirlos, sino que los acepta encantado. Al fin y al cabo,
Bruckheimer le paga para eso.
En fin, en lo positivo de una apara-tosa película que desde
luego no está destinada a dejar una huella perdurable pese a que
su idea inicial no carecía de cierto atracti-vo, quedan un
par de curiosas lectu-ras del mito artúrico (Merlín convertido
en jefe tribal de los pictos, Arturo niño arrancando
Excalibur... de la tumba de su padre, tal y como era costum-bre
con los caídos en combate, lo que bien podría explicar el
nacimiento de ese aspecto de la leyenda), alguna in-terpretación
lograda (principalmente a cargo de
Stellan Skarsgård
como el jefe sajón) y un momento brillante aislado: ese hermoso
combate sobre el hielo que, pese a sus desatinos (¿por qué nadie
rompe el hielo antes? ¿Por qué nos quieren convencer de que para
los sajo-nes es importante ir en formación, como si fueran una
legión roma-na?), demuestra que al menos Antoine Fuqua ha hecho
bien sus deberes: quién le iba a decir al maestro Serguei
Eisenstein que, 66 años después de que rodara su magistral y
épica recreación de la batalla sobre el lago helado de Novgorod
en "Alexander Nevsky", su película iba a inspirar a todo un
blockbuster veraniego de Holly-wood. Qué cosas.
Calificación:
    
Imágenes de "El rey Arturo (King Arthur)" - Copyright © 2004
Touchstone
Pictures y Jerry Bruckheimer Films. Distribuida en España por
Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "El rey Arturo"
Añade "El rey Arturo" a tus películas favoritas
Opina sobre "El rey
Arturo" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda "El rey
Arturo" a un amigo
|