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EL REY ARTURO (KING ARTHUR)
(King Arthur)


Dirección: Antoine Fuqua.
Países:
USA, Irlanda y Reino Unido.
Año: 2004.
Duración: 130 min.
Género: Acción, aventuras.
Interpretación: Clive Owen (Arturo), Keira Knightley (Ginebra), Stellan Skarsgård (Cedric), Stephen Dillane (Merlín), Ray Winstone (Bors), Hugh Dancy (Galahad), Til Schweiger (Cynric), Ioan Gruffudd (Lancelot), Mads Mikkelsen (Tristán), Joel Edgerton (Gawain), Ray Stevenson (Dagonet), Sean Gilder (Jols).
Guión: David Franzoni.
Producción: Jerry Bruckheimer.
Música: Hans Zimmer.
Fotografía:
Slawomir Idziak.
Montaje: Conrad Buff y Jamie Pearson.
Diseño de producción: Dan Weil.
Vestuario: Penny Rose.
Estreno en USA: 7 Julio 2004.
Estreno en España: 13 Agosto 2004.

 

CRÍTICA
por David Garrido Bazán

Demasiados desatinos

  A priori, una película que vuelve una vez más sobre el archicono-cido mito del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, tan visitado por el cine (y en ocasiones tan bien: véanse si no la fuerza intacta del clásico de Richard Torpe de 1954 o la densidad y magia del "Excalibur" que John Boorman realizó en 1981), no parece una propuesta muy atrayente, por más que la desaforada campaña de marketing que ha acompañado a su estreno insista una y otra vez en que ésta es la versión real, la base histórica sobre la que el mito bien podía haberse sustentado, añagaza tan falsa como común en estos tiempos en los que parece que impera el todo vale a la hora de llevar al público a llenar las salas en masa. De esto sabe mucho Jerry Bruckheimer, avispado creador de millonarios blockbusters y quizás uno de los máximos exponentes de esa casi extinta raza de productores cuyo sello siempre se deja notar muy por encima del director que trabaja como aplicado artesano siguiendo sus indi-caciones al pie de la letra. No cuesta ningún trabajo reconocer hoy en día un producto Bruckheimer, pues sus señas de identidad es-tán siempre en primerísimo plano: acción sin descanso por bande-ra, mínimo entramado argumental que sustente y justifique ésta, montajes acelerados hasta la confusión, vistosos efectos visuales, las indispensables gotas de humor o de amor diseminadas a lo lar-go del relato y una conclusión previsible tras el indispensable clí-max final. Una fórmula tan segura como rentable. Y plana.

  El penoso inicio de la película hace temer una vez más lo peor: una voz en off nos informa sobre el Imperio Romano, los temibles jinetes sárma-tas a los que derrotó y cómo sus su-pervivientes fueron obligados a servir a sus vencedores en las lejanas provin-cias del Imperio, defendiendo las fron-teras de las incursiones de otros bár-baros y, con el tiempo, convirtiéndose en una especie de fuerza de élite mili-tar que actúa en la lejana Britannia, junto al Muro de Adriano. Arturo y sus caballeros son aquí un referente no excesivamente alejado de "Los siete samuráis" de Kurosawa o, mejor dicho por aquello de la adaptación a otro género, de "Los siete magníficos" de Preston Sturges: temi-bles guerreros mercenarios y paganos, deseosos, tras quince años de servicio, de recuperar su libertad y volver a sus tierras. Los hay iracundos y divertidos, como el Bors al que acertadamente encarna Ray Winstone con su solidez habitual, silenciosos y letales como Tristán o que ejercen de voz de la conciencia de Arturo, como el mismísimo Lancelot. Y luego está el propio Arturo, claro, encarna-do por un pétreo Clive Owen que trata de seguir (sin éxito) el mo-delo que Russell Crowe estableció para su "Gladiator".

  En una hasta cierto punto interesante variación de imaginario (ma-lograda por la necesidad de hacer encajar cuantas más piezas me-jor en el modelo, lo que lleva a algunos absurdos evitables), Arturo se configura como un cristiano idealista que cree en una Roma que ya no existe, esforzado profesional y perpetuo desarraigado cuya causa pierde el sentido una vez que Roma decide retirarse de Bri-tannia y dejarla a merced de los sajones. La idea tiene su gracia: Arturo y sus caballeros son así un puñado de héroes que, cual Uli-ses en la Odisea, vagan en busca de una patria perdida, sin saber qué les deparará el destino, al menos hasta que, despertados por la determinación de una Ginebra reconvertida para la ocasión en feroz princesa guerrera picta (!), acaben abrazando la causa de de-fender como suyo el territorio sobre el que tanta sangre han derra-mado en nombre de Roma durante tantos años, ahora en peligro por la invasión sajona.

  Pero esta atractiva idea pierde muy pronto su fuerza por las exigencias de un argumento que demanda acción por encima de cualquier otra consideración y que se pierde en un marasmo de desatinos que hacen enarcar la ceja en un gesto de perplejidad a cualquier espectador con una mínima capacidad de análi-sis, ya que los comportamientos de sus personajes principales están tan plagados de incoherencias y capri-chosos giros que parece que las es-cenas que transcurren entre una y otra aparatosa secuencia de batalla están destinadas más a llenar esos huecos que a tratar de explicar de alguna forma más o menos coherente los vaivenes de sus personajes. Ya no es sólo que resulte extremadamente difícil hacer creíble un personaje como Arturo, que de tan humanista y adelan-tado a su tiempo parece más un anacronismo digno de "Un yanqui en la corte del rey Arturo" que el caudillo romano que se supone ha sido durante quince años (al que, por cierto, mucho pregonar la igualdad de todos los hombres durante toda la película, pero al que no le duelen prendas que sus súbditos de arrodillen ante él una vez ungido con la corona de Rey, en sólo un ejemplo de las muchas in-consistencias del filme), sino que la película prescinde de toda ló-gica en su tramo final sin que a nadie parezca importarle lo más mínimo. A estas alturas, ya no debería sorprendernos.

  La película naufraga por su absoluta falta de credibilidad, no ya histórica (¿sajones con ballestas en el siglo V?¿Pictos manejando catapultas?) sino de mínimos básicos: ese Muro de Adriano incom-prensiblemente abandonado, tropas enviadas a morir de forma tan gratuita como estúpida, esos pictos semidesnudos capaces de vencer a sajones vestidos con cotas de malla... y así hasta el infini-to. Por si todo esto fuera poco, hay que aguantar el hecho de que la sombra omnipresente del éxito de "El Señor de los Anillos" ha de planear obligatoriamente sobre toda obra épica posterior: la foto-grafía de Slawowir Idziak, por otra parte excelente, toma como modelo el trabajo de Andrew Lesnie, planos aéreos incluidos; la banda sonora del épico Hans Zimmer remite demasiado a los so-nes con ecos celtas de Howard Shore (y en ocasiones se oye en los momentos más inadecuados) y los malvados sajones parecen claramente el siguiente paso evolutivo (no muy mejorado, la verdad) de los ejércitos orcos de las películas de Peter Jackson. ¿Y Antoi-ne Fuqua, el director? Pues por ahí anda el hombre, más cómodo en las secuencias bélicas que en las de relleno, cumpliendo con lo suyo. Pero, a diferencia del trabajo de Wolfgang Petersen en la re-ciente "Troya", en la que al menos se esforzaba por alejarse de tan reconocibles referentes, Fuqua no sólo no se molesta lo más mí-nimo en rehuirlos, sino que los acepta encantado. Al fin y al cabo, Bruckheimer le paga para eso.

  En fin, en lo positivo de una apara-tosa película que desde luego no está destinada a dejar una huella perdurable pese a que su idea inicial no carecía de cierto atracti-vo, quedan un par de curiosas lectu-ras del mito artúrico (Merlín convertido en jefe tribal de los pictos, Arturo niño arrancando Excalibur... de la tumba de su padre, tal y como era costum-bre con los caídos en combate, lo que bien podría explicar el nacimiento de ese aspecto de la leyenda), alguna in-terpretación lograda (principalmente a cargo de Stellan Skarsgård como el jefe sajón) y un momento brillante aislado: ese hermoso combate sobre el hielo que, pese a sus desatinos (¿por qué nadie rompe el hielo antes? ¿Por qué nos quieren convencer de que para los sajo-nes es importante ir en formación, como si fueran una legión roma-na?), demuestra que al menos Antoine Fuqua ha hecho bien sus deberes: quién le iba a decir al maestro Serguei Eisenstein que, 66 años después de que rodara su magistral y épica recreación de la batalla sobre el lago helado de Novgorod en "Alexander Nevsky", su película iba a inspirar a todo un blockbuster veraniego de Holly-wood. Qué cosas.

Calificación:


Imágenes de "El rey Arturo (King Arthur)" - Copyright © 2004 Touchstone Pictures y Jerry Bruckheimer Films. Distribuida en España por Buena Vista International. Todos los derechos reservados.

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