CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Extraña y oscurantista revisión del cine negro
Almodóvar
consigue con su manifiesto gay una interesante e irre-gular cinta
demostrando su indudable calidad como guionista al plantear un
tríptico imposible
Ya con los títulos iniciales
diseñados por
Juan Gatti,
que invocan en exceso a los utilizados en esa pequeña joya del
cine español que es "La
voz de su amo", de Emilio Martínez-Lázaro, y a lo
largo del prólogo de la decimoquinta película de
Almodóvar,
se siente una especie de clonación de los elementos a los que
nuestro director más internacional nos tiene acostumbrados.
Adscrita (como no podía ser de otra forma) a su fase de
dramáticas historias de delicado esteti-cismo comenzado hace ya
una década con "La flor de mi secreto", "La mala educación"
propone en su descripción preliminar un repaso a todo ese
detallismo que aviva el mundo almodovariano en el que
pequeños complementos ornamen-tales componen un todo indisoluble
de elaborada puesta en esce-na, cuidada música incidental (la
peor partitura de
Alberto Iglesias
emulando a Bernard Herrmann) y canciones (aquí casi limitadas a
las de Sara Montiel) y la gama cromática profusa en colores y
sim-bolismos. Un déjà vu que se hace más consistente
cuando sus personajes vuelven a representar personales visiones
de la constan-te búsqueda del cineasta por alcanzar historias de
amor imposible, de desgarradora singularidad, y que encuentra en
"La mala educa-ción" su sentido en la homosexualidad. Su última y
esperada pelí-cula es una historia de ambiente gay
(decididamente muy gay), de travestis y profusión sexual
muy contenida si revisamos la carrera del cineasta manchego.
Posiblemente el manifiesto más homo-sexual de Almodóvar
desde "La ley del deseo", con la que tiene muchos puntos en
común con personajes que se mue-ven en un submundo de bajas
pasiones, pero esta vez exclu-sivamente protagonizada por hombres
y donde las mujeres apenas
aparecen, por no decir que no existen (si exceptuamos a la
estupenda Petra Martínez
y el fallido cameo de
Leonor Watling
que distrae la atención del espectador en un momento dramático
crucial). Una disposición a la repetición que se puede apreciar
en la canción que canta
Gael García Bernal
cual Miguel Bosé en "Ta-cones lejanos" vestido como Victoria
Abril en "Kika" en un frecuen-te mundo de color convertido ya en
un género que en muchos mo-mentos redundan en el lenguaje más
puro del director; un lenguaje directo y explícito que, de
entrada, deja frío al cinéfilo sin comple-jos, abruma a los que
no sienten afinidad por el manchego y encan-ta a sus prosélitos
seguidores.
La historia narra un triángulo
de pa-siones, venganzas y fatalidad formado por el pedófilo padre
Manolo y sus alumnos Ignacio y Enrique, más tarde convertidos en
el travesti Zahara y en un director de cine de éxito
respecti-vamente. A lo largo de veinte años, de tres momentos que
tienen lugar en 1967, 1977 y 1980, los personajes se encuentran
y desencuentran desde su desgraciada separación en el colegio de
educación franquista. Un relato corto titulado "La visita" es la
clave de la unión de todos ellos. Un escrito que cuenta las
experiencias traumáti-cas y turbias que Ignacio vivió en el
colegio. Un relato que servirá como película que se rueda dentro
de otra película. La que cuenta Pedro Almodóvar. El drama
intimista de niños que se necesitan y enamoran, que comparten su
amor masturbándose bajo la luz del proyector de la cinta de
Mario Camus "Esa mujer" con Sara Mon-tiel, su triste despedida
por culpa del cura que veja a uno de ellos y el ulterior
tránsito de vodevil pendón por pueblos por parte del otro es una
sucesión de representaciones propias de la orbe de Almo-dóvar en
su más puro culebrón homosexual, lleno de infortunios y deseos
irrefrenables.
El travestismo es la máscara enigmática de la tragedia
que el cineasta aprovecha para sazonar el ar-gumento con su
habitual dosis de humor inconfundible.
Sobre todo, en los momentos en
que el niño canta "Moon river" al párroco acosador, la
insistencia charcutera de la nonagenaria
Amalia Her-mo
ante el teléfono y aquellos en los que un inconmensurable
Ja-vier Cámara
se apodera de la pantalla en un remedo de la Agrado de "Todo
sobre mi madre" interpretado por Antonia San Juan.
Una retahíla de momentos ya vividos y que resultan ciertamente
letárgi-cos, prometiendo un filme de importunado desarrollo
mantenido en las obsesiones de su director y también en su
manera de entender el cine y el arte, de sus pasiones y tal vez
de la forma en que se ve a sí mismo. Algo que, sin ánimo de
ofensa, ya empieza a languide-cer en el universal cine de
Almodóvar.
Pero "La mala educación" no es
lo que parece. No es un insulso folletín de rama-lazo y pluma, ni
siquiera un ataque a la Iglesia por los abusos cometidos por
ésta en la etapa del franquismo. Más allá de un fondo que
desencadena el drama sus-tentado en un cura pederasta, víctima de
sus deseos inconfesables, estamos ante una tragedia pasional
donde los chanta-jes, las carencias emocionales y la muer-te
otorgan verdadero significado a un fil-me irregular, pero más
compacto e inte-resante que la sobrevalorada "Hable
con ella". En un inesperado giro argumental (que no
se desvelará aquí para mantener el interés en el cine)
Al-modóvar realiza un impresionante ejercicio de saber
hacer, dejando que su aparente historia dramática se desdoble y
se duplique en un juego de espejos que multiplica y deforma la
narración. Es entonces
cuando este creador personal impone su indudable calidad como
guionista para plantear su historia con tres personajes de
rostros cambiantes, en tres escenarios temporales y en tres
dimensiones narrativas. Cuando Enrique decide llevar al ci-ne el
relato de Ignacio, las tramas de la historia se triplican,
sepa-rándose en una historia ‘real’, la narrada por Ignacio en su
relato, inspirada y delirada a partir de la real y la que
Enrique adapta del relato y visualiza en forma de película. Es
cuando "La mala educa-ción" muestra todas sus cartas y empieza a
funcionar como engra-naje de una laberíntica y delicada muestra
de romanticismo deses-perado, de mentiras y de fatalidad propia
del género noir. Es esa irrealidad (a veces confusa) de
las tres historias desestructuradas en el tiempo, con
flashbacks dentro de recuerdos y ficción pro-puesta como cine
dentro del cine en la realidad que se narra, la que concede la
mejor virtud de la última cinta de Almodóvar. En este turbio
metalenguaje, el cineasta español juega con tramas y subtramas
que desdibujan la frágil línea que separa la realidad de la
ficción y que le sirven como tergiversación de caracteres y
ofrecer así las claves que hagan entender los muchos giros
internos aco-piados en un melodrama que esconde en sus propósitos
una re-visión subjetiva del cine negro.
Un cine negro formulado en una
par-ticular reflexión sobre los mecanis-mos de la ficción, sobre
la capacidad de la entelequia para complicar, sola-par y hasta
sustituir por completo la propia vida. En un oscurantista y al
tiempo transparente juego de espejos enfrentados, todo cuanto se
ve en la pantalla deriva de un cuento moral donde lo inesperado
construye una realidad complicada. Algo admirable por la
dificultad de elaboración del re-lato. Los personajes se
transmutan de víctima a verdugo en las relaciones amorosas,
expresadas a través del concepto del cine noir, un género
que como bien dice Almodóvar «habla de la negrura que hay en el
corazón humano». "La mala educación" no es una película de
buenos y malos, sino de seres imperfectos que encuentran su
oportunidad para saldar deudas. La insistente cinefilia de Pedro
Al-modóvar tiene lugar en esta ocasión con explícitas referencias
a "Perdición", de Billy Wilder, así como a otros clásicos como
"La bestia humana", de Renoir o "Thérèse Raquin", de Marcel
Carné. Ambas basadas en novelas de Emile Zola y que recrean
situacio-nes similares a las de los protagonistas, en espera de
cometer un crimen pasional y vengativo. Por tanto,
para entender esta pecu-liar revisitación del cine negro
basta centrar la mirada en Ig-nacio, el personaje que interpreta
Gael García Bernal encar-nando a la femme fatale
reconvertida en un arribista con ga-nas de comerse el mundo
utilizando las tácticas de Barbara Stanwyck, Jean Simmons,
Veronica Lake o Joan Bennett. Todo ello conjugando su universo
colorista y urbano con un naturalismo insólito en su
filmografía.
En la parte interpretativa,
Almodóvar también deja claro que es uno de los mejores
directores de actores del país, haciendo que
Fele Martínez
ofrezca una inusual y notable compo-sición o que los niños
Nacho Pérez
y
Raúl García
resulten extraordina-riamente creíbles. Mientras que
Lluis Homar,
Francisco Boira
y
Daniel Giménez Cacho
se sitúan a la altura de lo
mejor de la función: un extraordi-nario Gael García Bernal que
ahonda en su personaje dando una auténtica lección de
interpretación no sólo por la solidez con que vela su acento
mexicano, sino por una sorpren-dente capacidad dramática que le
da al personaje de Ignacio/Juan una hondura fuera de lo común.
Cierto es que "La mala educación" recoge lo mejor y lo peor del
cine almodovariano, donde algunos ro-les son semiplanos en
una historia de personajes inconclusos, y por tanto, de
historias inacabadas. Un conjunto de segmentos que cobran
sentido por el dramatismo de los protagonistas y por la
pro-sopopeya de unas imágenes fundidas en un drama transformado
en thriller, a su vez reconvertido en un relato de cine negro.
"La mala educación" son muchas cosas y, por lo tanto, nada en
concreto. Un simbolismo ofrecido en el último plano de la
película con una carta inacabada. Expresión final de la
película.
Calificación:
    
Imágenes
de "La mala educación" - Copyright © 2004 El Deseo.
Fotos por Diego López Calvín.
Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "La mala educación"
Añade "La mala educación" a tus películas favoritas
Opina sobre "La mala
educación" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda "La mala
educación" a un amigo
|