CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
El ojo por ojo de Denzel
Washington
—La Biblia dice
que hay que perdonar a los que nos ofenden...
—Eso es entre Dios y ellos. Yo sólo facilito la entrevista.
Sería
interesante preguntar a Tony Scott
por los motivos que le han llevado a hacer este
proyecto, más de veinte años después de que le fuera ofrecido
por primera vez, cuando acababa de estrenar su opera prima, "El
ansia". Scott prefirió entonces ignorar aquella oscura novela de
A.J. Quinnell llamada "El
protector", que conta-ba las andanzas de un ex marine metido a
guardaespaldas en la Italia de los secuestros de finales de los
setenta, y filmar a Tom Cruise pilotando cazas en "Top gun".
Aunque, en realidad, tampoco es que falte cierta coherencia: si
repasamos la filmografía del me-nos conocido de los hermanos
Scott, podemos encontrar con facili-dad algunos títulos como
"Revenge", "El último boy scout" o "Amor a quemarropa" que
demuestran a las claras que al realizador britá-nico no le
desagrada en absoluto mostrar una violencia de lo más
contundente en pantalla, si bien quizás un poco más esteticista
y menos sucia (que no hay que confundir con menos salvaje,
aunque éste también sea el caso) que la que expone en su último
film.
Como buen admirador del cine de gente como Don Siegel, Sam
Peckin-pah y Quentin Tarantino, no me de-tendré en el manido y
un tanto artifi-cial debate sobre los límites éticos de la
utilización de la violencia en el cine que inevitablemente se
desata cada vez que una película de las caracterís-ticas de ésta
llega a los cines. Prime-ro, porque es un debate inútil tratar
de convencer a estas alturas a cualquier meapilas
bienintencionado de que existe una diferencia muy importante
entre la violencia ficticia que se mues-tra en una pantalla, por
muy gratuita que ésta sea, y la que entra en nuestros hogares
cada día a través del telediario; y segundo, porque, por mucho
que uno pueda estar en desacuerdo con los planteamientos morales
de la película o sus intenciones finales, sería un error de
bulto juzgar la obra de Scott únicamente en función de esos
parámetros, obviando las virtudes y defectos a niveles puramente
cinematográficos de la misma.
"El fuego
de la venganza" arranca con una de las mejores se-cuencias
para ambientar unos títulos de crédito iniciales que hemos
podido ver este año: en apenas unos minutos, Tony Scott nos
introduce de lleno en la dinámica de los secuestros ex-prés en
México D.F., una práctica en la que una banda se apodera de
algún hijo de familias adineradas con el fin de exigir un rápido
rescate, para lo que no dudan en torturar e incluso mutilar a
sus rehenes. La corrupción generalizada de la policía judicial,
a menudo implicada en estos casos, hace que la única solución
posible sea pagar y esperar que los secuestradores devuelvan (o
no) a la perso-na raptada. Es en este escenario donde
Brian Helgeland, guionis-ta, no
conviene olvidarlo, de al menos otras dos notables películas en
los que el tema de la venganza cobra una especial relevancia
como son "L.A. Confidential" y "Mystic
River", ambienta la historia de Creasy, un ex marine
absolutamente destrozado por un pasado de atrocidades que acaba
encontrando un atisbo de redención a través de la relación,
primero profesional y más tarde personal, que construye con la
niña de diez años a la que tiene que proteger en su nueva
ocupación como guardaespaldas a tiempo completo ¿Previsible?
Desde luego, pero hay que reconocer que está muy bien
construido.
El primer bloque de la película es sin duda lo mejor de la
misma: a lo largo de esa primera hora so-mos testigos de una
presentación de personajes bastante más rica de lo que es
habitual en este tipo de productos que convergen en una casi
perfecta comunión emocional. La relación entre Creasy, ese hosco
pro-tector con serios problemas de bebi-da, que no por
casualidad tiene la Bi-blia como única (y, en el fondo, inútil)
vía de escape y que se resiste con to-das sus fuerzas a abrir su
rudo capa-razón y Pita, esa tenaz niña (maravi-llosamente
interpretada por Dakota Fanning,
que hace un trabajo soberbio) empeñada en conseguir que su nuevo
guardaespaldas sea también su amigo está muy bien desarrollada
por Scott, gra-cias a más de una secuencia inspirada – véase la
forma en la que Pita se muda al asiento trasero del coche ante
la brusquedad con la que Creasy reacciona ante sus intentos de
conocerle mejor o la estupenda escena en la que ella consigue
arrancarle su primera sonrisa– y, principalmente, porque parece
que el director asume que insistir en los encantos de la niña y
en la capacidad redentora de esa relación es un modo de
justificar en parte el infierno que Creasy desatará
posteriormente cuando inicie su venganza.
Porque,
claro está, Pita será secuestrada (en la que, dicho sea de paso,
quizás sea la escena mejor planificada, rodada y montada de todo
el film, plena de ritmo y emoción) y así nos adentraremos en una
segunda parte mucho menos inte-resante que discurre por un
terreno mucho más trillado, un brutal baño de sangre –en el
que no faltan ni las torturas más sádi-cas ni un macabro sentido
del humor– que va en aumento hasta lle-gar a un final previsible
y algo anticlimático repleto, eso sí, de la simbología cristiana
presente en todo el film y que, salvando las distancias, tiene
ciertos ecos de aquel que ideara Clint Eastwood para su "Un
mundo perfecto" hace algunos años, sin que eso impli-que en
ningún momento responder a la incómoda pregunta de si la
redención de Creasy, sus lazos emocionales con Pita o lo
maravi-llosa que sea dicha niña justifica las innumerables
atrocidades que en su nombre comete el protagonista, como por
otro lado era previ-sible.
Pero lo más discutible de "El fuego de la venganza" no es eso,
sino la apuesta estilística de Tony Scott. Pa-rece como si el
realizador británico se hubiese sometido a una sobredosis de
visionado de los filmes de Alejan-dro González Iñarritu ("Amores
pe-rros", "21
gramos") y de Fernando Meirelles ("Ciudad
de Dios") para, mezclándolo no siempre con acierto
con su reconocible estilo videoclipero habitual, dar lugar a
un exceso vi-sual en el que no hay plano o es-cena en la que la
fotografía que-mada de Paul Cameron,
la cáma-ra lenta, los colores saturados o algunos insertos de
planos que rompen la continuidad no busquen sorprender de forma
constante al espectador. Esta exhibición visual, que a ratos
fun-ciona con eficacia gracias al montaje, acaba por resultar
reiterativa y a todas luces agotadora en una película de
duración desmesura-da para la historia que cuenta: si en el
primer tramo se sigue con interés la crónica de esa relación
peculiar, lo que acontece tras el secuestro de Pita no engancha
de la misma forma y satura la pa-ciencia del espectador –la
secuencia del rave en la discoteca, ins-pirada en una similar
del film de Fernando Meirelles– que, si tiene frescos en la
memoria los inspirados ensayos sobre la violencia y las
consecuencias de la misma que gente como Peckinpah, el mismo
Eastwood o los dos directores latinos antes mencionados han
expuesto en sus películas, no le queda más remedio que acep-tar
que el film de Tony Scott, por bien que esté realizado y por
en-tretenido que sea a ratos, no tiene gran cosa que aportar en
ese sentido, con lo que acaba por carecer de todo interés.
Calificación:
    
Imágenes de "El fuego de la venganza" - Copyright © 2004 Fox 2000 Pictures, New
Regency Pictures y Scott Free Productions. Distribuida en España
por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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