CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Desequilibrada tesis de la
legendaria licantropía
Paco Plaza intenta mezclar el
género dramático y pasional con el cine fantástico, pero
encuentra su peor enemigo en un guión muy pobre en recursos
La licantropía, la pertinaz leyenda del hombre lobo no es algo
nuevo. Ni muchos menos se puede hablar de que sea un invento
cinematográfico, aunque haya sido este medio el res-ponsable de
su glorificación. Petronio, en su "Satiricón", ya hablaba del
sép-timo hijo de una progenie que durante las noches de luna
llena se convertía en lobizón, un salvaje hombre lobo. Caro
Baroja defendía que el mito data-ba de la época clásica de
Grecia y Roma. Concretamente en la leyenda narrada por Ovidio
sobre Licaón, rey de Arcadia, convertido en hombre lobo por Zeus
como castigo a su licenciosa conducta. Sea como fuere, el hombre
lobo es un símbo-lo del miedo del hombre hacia la Naturaleza
concebida tanto de for-ma global como circunscrita a la parte
animal que subyace en el in-terior de cada humano. El libro de
Carlos Martínez Barbeito "El bosque de Ancines", que en 1970
Pedro Olea convirtió en su mejor filme, "El bosque del lobo", y
el argumento de Alfredo Conde
ba-sado en su novela "Romasanta. Memorias inciertas del hombre
lo-bo" sirven al joven Paco Plaza
para dirigir su segundo filme bajo la firma de Fantastic
Factory. La leyenda del hombre lobo de Allariz es la columna
vertebral de una película que tiene como objetivo trasladar a la
gran pantalla la historia real y acreditada de Manuel Blanco
Romasanta, un vendedor ambulante que confesó haber asesinado a
quince personas y utilizado su grasa para hacer jabón. En esta
reproducción algo imprecisa de la historia, el guión introdu-ce
como elemento cardinal el romance entre el turbador comercian-te
y su joven amante y, a la vez, víctima, dentro de la particular
te-sis de la licantropía del personaje principal.
Paco Plaza había definido con "El segundo nombre", su obra
debut, una impetuosa labor de dirección que arti-culaba su
mirada bajo los designios de la estructura clásica, donde su
templanza y frugalidad estaban direc-tamente encaminados al
drama, de-jando que la psicología de los perso-najes y el clímax
de la acción fueran el autentico protagonista de la función para
evitar su lucimiento como cine-asta. Pero, sobre todo, logró
obviar el efectismo tan estereotipado del géne-ro. Con
"Romasanta", el realizador va-lenciano ha pretendido seguir esas
mismas consignas. Pero con un resultado totalmente diferente. De
esta suerte, lo que podría ha-ber sido un detallado y
minimalista estudio del apasionante perso-naje llamado Manuel
Blanco Romasanta y su condición sugerida de licántropo asesino,
se queda en un voluntarioso ejercicio de puesta en escena
articulado en el excesivo protagonismo de los bosques y del
folclore popular gallego, más que en el verdadero dispositivo
dramático que, si bien no es del todo erróneo, sí adolece de
cierta pujanza que Paco Plaza no ha sabido transmitir en su
filme. Y esto se debe muy seguramente a la adap-tación que hayan
hecho los guionistas del libro de Alfredo Conde. La pericia de
Plaza para manejar la cámara con una soltura impre-sionante (a
veces dejándose llevar por el preciosismo de muchos de sus
planos) se ve deslucida por un guión que se antoja muy po-bre en
recursos y que descubre sus cartas demasiado pronto. Pla-za
vuelve a procurar que los caminos oscuros de su historia
con-tengan en su metraje una directriz abierta al eclectismo,
poco de-terminista, que resulte sugerente y estimulante, y así
alejarse de los designios del género desechando cualquier efecto
formal del terror para afrontar la brillante (y en el fondo
fría) variante genérica que había manejado en su anterior
película. Pero esta vez sin con-seguirlo.
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La película se
queda en un territorio de nadie a medio camino entre el
drama y
el cine fantástico |
Lo que se puede extraer de
"Ro-masanta" es la confusión sobre la verdadera naturaleza del
asesino protagonista del relato, cuyos de-lirios de licántropo
se quedan en el aire sin una conclusión cohe-rente a aquello que
se ha sugeri-do. Dejándolo inacabado. Esta nueva apuesta
de Julio Fernán-dez como
productor es un ‘querer y no poder’ dentro de un territorio de
nadie situado a medio camino del drama y el cine fantástico que
no encuentra una definición pro-pia. En el segundo trabajo de
Paco Plaza el gran error es la excesi-va recreación estética,
como entorno preparado de la Galicia del S. XIX. Hay una puesta
en escena sobradamente cinematográfica y presuntuosa, envuelta
en la cuidadísima fotografía de Javier
Sal-mones que, no obstante, logra el objetivo de
estar a la altura de cualquier producción internacional. Pero
eso, lejos de favorecer al filme, pesa en exceso en la
perspectiva del espectador, que se siente en muchas ocasiones
sobresaturado de ficción, predispues-to a pensar que lo que está
contemplando es una obra fílmica. Esta irrealidad es el gran
lastre que rodea en todo momento a esta vo-luntariosa cinta.
Tampoco llega a ser convincente la historia de amor imposible
en-tre Bárbara y el vendedor ambu-lante. Una trama que se
presenta de una forma inevitablemente for-zada. Un gran
problema si tenemos en cuenta que es el único punto de interés y
emplea para ello una historia carente de frescura y
originalidad, al margen de su conseguida ambienta-ción
costumbrista. Tampoco funciona en su fácil discurso la
utilización de los estilemas del cine de terror inscri-tos en el
conflicto científico que se establece entre el positivismo y la
creencia popular, entre los científicos burgueses y el pueblo
llano. Un efectivo elemento que se restringe un simple guiño a
la mentali-dad positivista que presidían los más avanzados
círculos científicos decimonónicos representados en Mr. Philips,
un reputado antropó-logo criminal que justifica los actos de
Romasanta al considerarle verdaderamente un licántropo. Todo
ello auxiliado con unos secun-darios mal dibujados y peor
llevados a escena, que disipan su pre-sencia en el sobrante
protagonismo de la potencia visual frígida-mente seca, sin
pasión, efecto de una búsqueda descaminada en una imposible
mezcla de géneros de la que Plaza no sale bien pa-rado. El cine
fantástico, el drama y la historia de amor imposible son
trazados de una forma tan deslucida que cualquiera de sus muchos
aciertos (que los tiene) como película fantástica se quedan en
un mero intento.
En el apartado
interpretativo, Julian Sands
ahonda en su vena más fría llegando a resultar antipático, que
era lo pretendido, pero dejándose caer en una apatía anodina e
incapaz que desluce su inquietante presencia. Sorprende, sin
embargo, una Elsa Pataky que
realiza la ‘menos mala’ de sus interpretaciones hasta el
mo-mento con un esfuerzo impenitente por demostrar que es algo
más que un rostro bonito. Ni John
Sharian, ni el casi invisible
Gary Pi-quer y mucho menos la
siempre correcta Maru Valdivieso
tienen particular relevancia en una fábula que no indaga con la
profundidad deseable en la ambigua condición del hombre lobo
asesino. Un objetivo que debería debiera haber sido la
naturaleza última de este desconcertante relato de amor y
muerte.
Calificación:
    
Imágenes
de "Romasanta. La caza de la bestia" - Copyright ©
2004 Castelao Producciones y Fantastic Factory. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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