CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Una sonrisa a la soledad
Sin
grandes pretensiones y con un presupuesto reducido,
Santia-go Oves dirige y
firma el guión de esta comedia, tierna y conmove-dora, en torno
a las relaciones de una madre con su hijo. Una pe-queña obra que
da más de lo que se espera de ella, y que sabe afrontar temas
serios de la vida sin aires solemnes y sin perder el humor, con
la frescura que goza gran parte del nuevo cine argenti-no.
La
crisis económica vivida en el país austral ha salpicado también
a Jaime, un buen hombre que vive desorientado al perder su
traba-jo, ver cómo su matrimonio se ha enfriado y caer en la
cuenta de que sus hijos viven en un mundo distinto al suyo. Para
salir del agobio económico y contentar a su mujer, se ve
obligado a vender el apartamento en el que vive su viuda madre,
pero ésta acaba de enamorarse de un anarco-jubilado y no está
dispuesta a abandonar el piso.
Concebida con una puesta en es-cena teatral, y apoyada en las
in-terpretaciones del dúo protagonis-ta, el director sabe tratar
temas como la muerte, la soledad y la crisis personal con un
sentido opti-mista y esperanzador. Su protago-nista, Jaime,
es un hombre maduro y alicaído, que aún no ha aprendido a
encajar las adversidades de la vida, que se ha olvidado de
disfrutar de la lluvia como cuando era niño, y que vuelve a
necesitar —sin saberlo ni quererlo— de los consejos de una madre
de corazón joven; de las confi-dencias con su madre en torno a
la venta del apartamento aprende-rá una lección tardía: que las
apariencias engañan, que es preciso descubrir lo que hay en el
corazón propio y ajeno, y encauzar sus reflexiones hacia su
matrimonio y su vida. Su madre, que comienza a sufrir los
primeros síntomas del Alzheimer, sólo quiere tener la compañía y
el afecto de alguien que quiera sentarse a su mesa. Vi-sión
lúcida de un mal de nuestro tiempo, aunque el tono de come-dia
no le permita profundizar en sus causas ni aportar luz para su
remedio.
Bonita y entrañable historia llena de humanidad para una
película en la que —como es habitual en el cine argentino—
destaca la frescura y gracia de unas interpretaciones
magistrales. Eduardo Blanco
cambia de registro para dar vida a un hijo triste y confundi-do,
y sólo al final sus ojos y su sonrisa recuperan la chispa habi-tual;
convence con un trabajo difícil realizado con contención, entre
lo cómico y lo dramático, aunque se advierte el esfuerzo
interpreta-tivo para un papel que no es el suyo. La mayor
autenticidad viene de la mano de China
Zorrilla, que mantiene unos diálogos natura-les y
castizos bien articulados con la sabiduría y deje de la senec-tud.
Ulises
Dumont
completa el trío, con un personaje revolucio-nario e idealista,
que conquista enseguida la simpatía del público.
Un guión muy
ajustado aunque previsible no logra ocultar unos flashback
nostálgicos que resultan simples y complacientes, algu-nos
planos insustanciales, y un montaje paralelo un tanto forzado
que incluso entorpece la trama central, defectos que se le
pueden perdonar en su búsqueda de reforzar los nobles
sentimientos de sus protagonistas.
Pequeña joya del cine
argentino, amable y conmovedora en el tratamiento de sus
personajes, y crítica con una socie-dad que arrincona a los
ancianos y que acaba generando so-ledad. Gustará
especialmente a un público que busque un cine de valores
humanos.
Calificación:
    
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de "Conversaciones con mamá" - Copyright © 2004
Tusitala. Distribuida en España por Festival Films. Todos los derechos
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