CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Ensayo
sobre el poder del miedo
M. Night
Shyamalan ha declarado a menudo que una de sus principales
inquietudes como cineasta es conseguir que sus pelícu-las tengan
un efecto progresivo, en el sentido de que el espectador se
sienta conmocionado por los momentos intensos que acaba de vivir
justo al encenderse las luces de la sala y, con el paso de las
horas y de los días, que ese efecto vaya diluyéndose en favor de
una impresión algo diferente, fruto de la reflexión personal o
com-partida sobre las tesis que establecen sus películas, para
finalmen-te alcanzar el objetivo último perseguido: que sus
historias funcio-nen en posteriores visionados o incluso que
perduren hasta años después de su estreno. A ese respecto,
Shyamalan tiene el reto de conciliar dos requerimientos en
principio tan opuestos como las decisiones que deben hacer que
su película funcione como un efi-caz entretenimiento a lo largo
de su duración y las que consigan lo que él llama la segunda
impresión del film, que se va creando con el paso del tiempo y
que provocará en el futuro el deseo en el es-pectador de volver
sobre sus obras, aun cuando, por aquello de que uno ya conoce
esos característicos finales ‘sorpresa’ que obligan a rebobinar
todo lo visto hasta entonces, nunca podrá verse la pelícu-la de
la misma forma o con la misma mirada que la primera vez.
Este afán
suyo se traduce, si uno observa con cierto detenimiento su
filmografía y no se queda en lo pura-mente formal, en la
construcción mi-nuciosa de una serie de elementos que transcurren
por el interior del rela-to, siempre por debajo de la historia
principal que se está desarrollando ante los ojos del
espectador, pero que se instalan con enorme fuerza en la mente
de éste, una especie de car-gas de profundidad que a menudo son
el verdadero mensaje de la película y que afloran fácilmente a
poco que uno reflexione sobre ella o, aun mejor, in-tercambie
impresiones con otros compañeros de butaca. Por su-puesto,
Shyamalan corre el riesgo de que el espectador, que de por sí ya
está obligado a hacer cierto esfuerzo para completar por su
cuenta algunos de los elementos de sus películas (algo por
des-gracia cada vez más infrecuente en el cine comercial de hoy),
no esté muy por la labor y menos si, como sin duda va a suceder
con muchos de los espectadores de "El bosque", abandonan la sala
con un considerable y, la verdad, comprensible enfado por cuanto
la película que les han vendido por una de las campañas de
promo-ción más engañosas y falsas de los últimos tiempos no tiene
nada que ver con la interesante propuesta que Shyamalan
desarrolla en este perverso y sumamente incómodo cuento de hadas
que invita a la reflexión.
Porque eso
es "El bosque", una perversa fábula que, tomando al-gunos de los
elementos más reconocibles de ciertos cuentos popu-lares (hay un
bosque ominoso, una amenaza invisible pero muy presente en él
que bien podría ser el lobo feroz, una atrevida cape-rucita que
se la juega internándose en sus procelosos caminos y hasta un
peculiar Juan Sin Miedo) y otros históricos, reconocibles iconos
fundacionales de la cultura norteamericana (una comunidad de
pioneros que, a finales del siglo XIX, se establece en un
territorio virgen y aislado del mundo exterior para vivir allí
según sus propias reglas) se apoya en su habitual andamiaje de
ese efectivo cruce entre el cine fantástico y el de suspense
para elaborar un ensayo bastante demoledor e inquietante sobre
el terrible poder que puede llegar a tener el miedo no sólo
para, convenientemen-te utilizado, ejercer el dominio sobre una
sociedad, sino para la misma construcción de esa sociedad.
Esta
lectura que sin duda hará las delicias de un Michael Moore que
posiblemente la adoptará como película de cabecera para sa-car
jugosas comparaciones con los USA de hoy, dirigidos por George
Bush y sus halcones (probablemente yendo más lejos de lo que el
propio director pretende) es sólo una de las que subyacen en esa
invitación a la conversación que Shyamalan establece en una
película a ratos desconcertante en los que la mezcla de géne-ros
y una ambigüedad cuidadosamente controlada provocan, junto a la
innegable capacidad de este narrador de crear atmósferas
in-quietantes, una considerable perturbación en el ánimo del
especta-dor que entre de lleno en su juego, algo que, como ya he
dicho, no ocurrirá en todos los casos.
Shyamalan
construye su película con unos elementos definidos desde muy
pronto en la película: hay una co-munidad aislada del mundo, un
bos-que en el que habitan unas criaturas terroríficas (“aquellos
de los que no hablamos” en una más que reveladora definición)
con las que hay un pacto de no agresión (“nosotros no entra-mos
en su bosque, ellos no vienen a nuestro pueblo"), dos colores que
re-presentan lo prohibido y lo que prote-ge y una tensión
soterrada entre los adultos que, a través de un consejo, velan
por el mantenimiento de las re-glas básicas de supervivencia de
la comunidad y algún joven inquie-to (Lucius:
Joaquin Phoenix)
que intuye que ese aislamiento del mundo, a la larga, va en
perjuicio del futuro de todos ellos, como queda establecido en
la primera secuencia de la película cuando el personaje de
Brendan Gleeson entierra a su hijo pequeño, falleci-do de una
enfermedad simplemente porque a nadie le está permiti-do cruzar
el bosque para ir a la ciudad a conseguir las medicinas
necesarias.
Como debe
ser en una película ambientada en esa época, el amor es un
sentimiento del que apenas se habla y que por educación, se
reprime de forma constante, lo que no impide que Shyamalan
cons-truya una hermosa y efectiva historia de amor entre Lucius e
Ivy, la hija menor uno de los líderes de la comunidad (Edward:
William Hurt), una formidable chica ciega que, en una espléndida
interpre-tación por parte de la hasta ahora desconocida
Bryce
Dallas Ho-ward, se convierte, gracias a su pureza e inocencia, en
el verdade-ro corazón y motor de la historia. Resulta interesante
ver cómo Shyamalan plasma la normalidad de una comunidad que
tiene asu-mida y aceptada la convivencia continua con aquello que
se escon-de en los bosques que rodean el pueblo: los extraños
sonidos que vienen del bosque perturban la paz social pero no
impiden sus acti-vidades diarias, los jóvenes experimentan con
el miedo y los límites de la autoridad (la estupenda secuencia del
juego del tocón), cual-quier hecho extraño (como los grotescos
restos despellejados de varios animales que aparecen en el
pueblo) es inmediatamente atri-buido a la amenaza desconocida y
hasta hay una línea de torres de vigilancia provistas de
antorchas y campanas que avisan de las in-cursiones de las
criaturas, lo que provoca en la población un reflejo inmediato
que les lleva a ocultarse en los sótanos de sus casas. Todo ello
en un modus vivendi tan extraño como aceptado como parte del
proceso natural de las cosas.
La primera
pregunta que se forma en la mente del espectador es, por su-puesto,
cuál es la verdadera naturale-za de esas criaturas que, como los
alienígenas esquivos de "Señales", al principio de la película
sólo se mues-tran de forma casi imperceptible. Shyamalan consigue
en algunas de estas secuencias momentos antológi-cos de tensión,
como aquella en la que la ciega Ivy espera a las criaturas en la
puerta de su casa con la mano extendida (la necesidad de tocar
para saber) resuelta con una sorprendente maestría o la terrible
escena del con-flicto que se crea entre Lucius y Noah, un
disminuido en sus facul-tades mentales que siente devoción por
Ivy (ajustado Adrien Bro-dy, a cargo tanto de los momentos de
mayor hilaridad destinados a rebajar la tensión como de algunos
de los momentos más desola-doramente dramáticos) cuando se hacen
públicas las intenciones de Lucius y ella de casarse, en una
escena rodada de forma impe-cable que provoca una desazón
terrible en el espectador.
Shyamalan
sigue con su reconocible estilo: planos fijos de larga duración,
suaves pero importantes movimientos de cá-mara que acompañan a
los personajes, una puesta en esce-na con el ojo siempre atento
en los más mínimos detalles y un ritmo pausado de corte casi
clásico que puede romper los nervios de los acostumbrados al
furioso traqueteo del cine actual, pero que seduce con elegancia
al espectador paciente, un magis-tral uso tanto de la música de
James Newton Howard como del montaje de sonido y una cuidadosa
creación de una atmósfera que mantiene al espectador en un
estado de constante tensión. El de-venir de la historia fluctúa
entre el previsible choque inicial entre las posiciones más
inmovilistas de los adultos y el interés por saber que demuestra
ese peculiar rebelde que es Lucius, la relación entre éste e Ivy
(que contiene la declaración de amor más original que este
cronista ha podido ver en el cine en bastante tiempo) y la
pro-gresiva toma de conciencia de que el hasta entonces frágil
equili-brio que ha mantenido esa comunidad está a punto de
romperse, con insólitas consecuencias para todos.
Sin
embargo, quizás en parte porque por vez primera Shyamalan huye
de los ambientes más reconocibles y cercanos de sus ante-riores
películas y en parte porque la necesidad del director de ser
fiel a sí mismo impone algunas exigencias difíciles de
satisfacer, "El bosque" se resiente, pese a su indudable
brillantez, tanto de la falta de concreción de algunos elementos
de la historia poco desarrollados que siembran la duda en el
espectador sobre su verdadera finalidad en la historia como de
la lectu-ra final un tanto naif y moralmente simplista que puede
ex-traerse de la película, una lectura que no me produjo la
sensa-ción de que encajara bien con las tenebrosas implicaciones
que esconden esos mensajes subterráneos que antes mencionaba.
Tal vez Shyamalan hubiera necesitado de un poco más de tiempo
para desarrollar de forma más acertada algunas de las
implicaciones de su fábula, pero es evidente que, por un lado,
prefiere dejar parte de ese trabajo al espectador y, por otro,
que la acentuada característi-ca de cuento de su historia no
implica, como a menudo sucede en esas narraciones infantiles
cargadas de intenciones, que la propia película deba poseer una
absoluta coherencia interna.
Lo que en
cualquier caso resulta evidente es que Shyamalan sigue siendo
uno de los mejores autores del cine actual, con un dominio de la
puesta en escena y del proceso na-rrativo al alcance de muy pocos
cine-astas; que sus historias están, afortu-nadamente y mal que
les pese a algu-nos, a años luz de la inmensa mayo-ría de las
propuestas del mejor cine comercial americano y que, no menos
importante, aunque "El bosque" sea una película que, por sus
debilidades estructurales y argumentales, ofrezca la sensación
de estar menos elabora-da que alguno de sus trabajos anteriores,
no deja de ser al tiempo una película compleja y arriesgada que
sigue ofreciendo muestras de cierto proceso de maduración del
cineasta. No está de más terminar con una reflexión necesaria: a
este cronista le parece más que justificado el cabreo con el que
muchos espectadores saldrán del cine, ya que pueden considerarse
con toda la razón del mundo engañados por la campaña de promoción de la película, que vende un producto bien
distinto a lo que "El bosque" es.
Calificación:
    
Imágenes de "El bosque" - Copyright © 2004 Touchstone Pictures,
Blinding Edge Pictures
y Scott Rudin Productions. Distribuida en España por Buena Vista
International. Todos los derechos
reservados.
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