CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Los
monstruos innombrables
Shyamalan
ofrece con "El bosque" un cuento moral, una de sus mejores
películas con una historia de múltiples lecturas que analiza el
miedo a lo desconocido y al progreso
El cine de
M. Night Shyamalan se
construye sobre unas sólidas bases que tienen su sentido en una
estética visual y perceptiva transformada en sentimiento elevado
a un nivel de frialdad y distan-ciamiento capaz de articular con
sus imágenes un universo de con-tundencia autoral, de sugestiva
puesta en escena con fundamento, con un constante componente
ideológico y/o teológico que, esgri-mido con géneros como el
fantastique y el cine de terror, le han descubierto como uno
de los cineastas más sugerentes y visiona-rios del último cine
de Hollywood.
Sus historias humanistas, tormen-tosas y a veces
enfermizas, des-prenden de su finalidad global un discurso
reconocible que apunta al análisis de la sociedad moder-na,
dibujando para ello temores don-de el liberalismo político, el
racionalis-mo, la moralidad y la autocensura re-flejan el pánico
a lo desconocido, re-curriendo en todo momento a la suge-rencia
visual y argumental para enjui-ciar subversivamente el
relativismo moderno, la falta de cánones morales, el creciente
progreso y la falta de creencia en lo trascendente, más allá del
ámbito terrenal. Esa máxima, unida a la ambigüedad, el
enig-matismo naturalista y al prodigioso manejo de los
mecanismos del suspense con que Shyamalan envuelve sus filmes,
son el prece-dente de "El bosque", un teorema más ideológico que
argumental que recoge mucho de lo mejor de "Los primeros
amigos", "El
sexto sentido" o "El
protegido" y poco de lo peor de la laxa teología de
su obra más superflua hasta el momento, "Señales".
En ese sentido, el cineasta de origen hindú parece haber
adoptado la directriz de la alegoría narrativa para ir más allá
en su discurso argumental. Así, en sus tres últimas películas ha
dejado claro que los humanos son los muertos, que los
superhéroes son creaciones de los más pér-fidos villanos sin
entrañas y que todo Apocalipsis respalda un rena-cimiento
interior. Metáforas inigualables, diáfanas, esquemáticas y
universales para transcribir un mundo desamparado que el
especta-dor puede interpretar mediante la poética fílmica y
deliberada del di-rector.
La acción
de "El bosque" se sitúa en un pequeño pueblo llamado Convington
(Pennsylvania), aparentemente a finales del S.XIX, si-tuado en
medio de un paraje natural de increíble belleza. Un idílico
entorno que contrasta poderosamente con la actitud de los
lugare-ños, que viven atemorizados por ‘criaturas de las que no
se habla’, entes demoníacos con los que mantienen un pacto de
respeto, pe-ro que limitan la vida de sus vecinos impidiéndoles
salir de la alie-nada villa. Cuando un joven aldeano, Lucius
Hunt, propone atrave-sar esos límites para conseguir medicinas
que alivien su precaria situación médica, se producirá un cambio
en la existencia de todos los habitantes del pueblo. Bajo esta a
priori intrascendente pro-puesta que, según su director, se basa
en los principios temáticos de "Cumbres borrascosas", la novela
de Emily Brontë, y en el clá-sico "King Kong", dirigido por
Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, por la ambientación de
época y la atmósfera opresiva, y la amenaza impuesta que viven
los nativos de la Isla de la Calavera, respectivamente, "El
bosque" va más allá de cualquier especula-ción baladí de
aquellos que han intentado empequeñecer el porten-toso trabajo
de guión y dirección de Shyamalan. Sobre el argumen-to, también
planean turbiamente los atentados del 11-S contra las Torres
Gemelas de Nueva York, aunque no sea ese el camino a se-guir
para analizar un filme repleto de virtudes.
"El bosque" fundamenta su existen-cia en una aldea que aboga al
cada vez más extinguido valor de comuni-dad, que vive en
perfecta armonía, só-lo quebrantada por un miedo a unos seres
que habitan más allá de sus fronteras y que parecen establecer
el bien y el mal. Para H.P. Lovecraft, el miedo funcionaba en
varios ni-veles, pero el primordial estaba basado en el respeto
hacia lo des-conocido. El temor a lo oculto, a lo amenazante. Y
eso es, en prin-cipio, la clave para seguir la histo-ria, a
los personajes circunscritos a un ambiente de paz y concordia.
Pero si algo se asume con este dictamen, es que el miedo, del
mismo modo, atenaza e inmoviliza, algo que se incrementa a lo
largo de "El bosque". Y es en su pre-meditada acrimonia donde
Shyamalan sitúa una enfermiza parábola que se puede leer de
diversas formas, en una multilectura que aca-ba,
irremediablemente, en un concienzudo examen aislacionista y
antiprogreso simbolizado en un pueblo que busca infructuosamente
aislarse de la traición, la violencia, los intereses económicos
y la dependencia de lo material de una sociedad que cada vez es
más amenazante.
Algunos
críticos americanos han querido ver en "El bosque" una crítica a
la política de manipulación basada en el miedo y en la es-tafa
que ha ejercido el gobierno de George W. Bush o simplemente como
un panfleto pro-demócrata de cara a las próximas eleccio-nes.
Justificar la mentira como vehículo para la consecución de un
bien común, aun cuando exista la posibilidad de que ese bien sea
una patraña, un fantasma de una mente trastornada podría apuntar
a esa obsesión de un Ozymandias presidencial por unir a una
co-munidad infundando el miedo a costa de una amenaza que no es.
Bien podría serlo. Pero no es así. Y no es así porque la
intención del cineasta es conformar una historia sustentada en
tres factores primordiales para entender "El bosque": uno, lo
que temáticamente vienen dando sus películas, que giran
alrededor de decisiones éti-cas radicales y trascendentales;
otro que apunta a que sólo el amor es el motor que mueve el
mundo, que no conoce de mentiras ni de miedos y que es capaz de
enfrentarse a ellos con bravura pa-ra descubrir la verdad; y,
por último, la universalización de su men-saje hacia algo mucho
más simple como es el miedo de la socie-dad ante los misterios
que encierra el progreso y sus consecuen-cias en el mundo.
Shyamalan acepta con su consiguiente estiliza-ción simbólica que
su último y apasionante filme se preste a múlti-ples y variadas
interpretaciones.
Por ello, su última película es opor-tuna y comprometida, fiel
al estilo de un realizador más preocupado por ha-cer partícipe
al espectador de los sen-timientos de sus personajes que de
hacer verosímiles las historias fantás-ticas que protagonizan.
De ahí que el terror se sitúe en la carga emocional en los
protagonistas, mientras que en el suspense, que tan bien maneja
el director de "Señales", se concentra en las situaciones. Tal
vez algo que se le achaque a "El bosque" sea la falta de
concreción y de explicaciones enfáticas en pantalla sobre las
res-puestas que se supone que tendría que dar Shyamalan una vez
puntualizado ese ‘giro’ (in)esperado por todos, al que recurre
como síntesis de la sugerencia y aquí nunca es utilizado como
‘efecto sorpresa’. Si bien es cierto que quedan algunas
incógnitas sin acla-rar dentro del pánico creado en la pequeña
aldea, Shyamalan es consciente de que su público es lo
suficientemente inteligen-te para dejarse llevar por su
imaginación y extraer de la poe-sía y las sensaciones una
historia inclasificable que injusta-mente promete miedo y que
termina brindando una película ponderable en todos los sentidos.
"El
bosque" es una película con tono denso, doliente, de
contra-dicciones paradójicas, que manifiesta todo este juego de
tensiones contrapuestas en su personaje principal, una ciega que
sea la que pueda atravesar el bosque maldito, la que no tenga
miedo a la hora de enfrentarse a las supuestas criaturas y la
única que, por amor, sea capaz de traspasar los límites
fronterizos. Todo llevado por el romanticismo, por el amor como
único sentimiento ante un contex-to frío y distante. También que
el mal esté representado en un esquizoide tarado (presentado
como el falso ‘tonto del pueblo’) que, inteligentemente, ha
descubierto el gran secreto y lo utiliza con po-der e
intimidación sobre sus conciudadanos, provocando el caos,
destruyendo la lógica de miedo impuesta por el Consejo. Un
Con-sejo formado por hombres y mujeres que no han nacido en la
aldea y vienen de fuera, donde los personajes de Hurt y Weaver
son in-capaces de manifestar sus sentimientos y poseen una caja
negra que oculta el gran secreto que todos esconden. También lo
es la contradicción de la razón de una fábula intimatoria como
fruto del amor y la necesidad de aislar a los lugareños del Mal
de la socie-dad, fusionados en un microcosmos creado y
financiado para y por una libertad que, en realidad, es una
alienación egoísta. Unos miembros regidores que son capaces de
dejar morir a los suyos con tal de no enfrentarse a los
fantasmas sociales que les recluye-ron para siempre. No se
trata, por tanto, de hacer pasar miedo al espectador, sino de
reflexionar sobre cómo funciona el miedo y cómo éste afecta a
nuestras vidas.
Una cinta oscura y pesimista, nada autocomplaciente, que empieza
con el entierro de un niño muerto por cau-sas que, una vez
sabidas, se dedu-cen de las horribles consecuencias provinentes
del experimento al que ha sido sometida la aldea. La cinta
tam-bién acaba de una forma pesimista e imprevisible, pero a la
vez tan realista que uno no puede más que aceptar los
acontecimientos. Es ahí donde la atmósfera tiene un protagonismo
es-pecial, donde Roger Deakins,
habi-tual de los hermanos Coen, extrae un naturalismo en la
línea de John Alcott, donde abundan los cielos nublados, que
provocan que el filme ten-ga ese éter desapacible, un aspecto
frío y distante. Como impor-tante es el recurso cromático
simbolizado en la prohibición del rojo –el color de la vida y la
sangre– o el amarillo –como defensa de los miedos–. Colores
todos ellos que la protagonista ciega, evidente-mente, no puede
ver, pero sí percibir, desoyendo las órdenes cuan-do su corazón
lo dicta. Sobresalientes son también las interpreta-ciones de
los protagonistas Bryce Dallas Howard
(con un lanza-miento al estrellato más que sorprendente –está
increíble–), la suti-lidad de Joaquin
Phoenix en el papel de timorato retraído, así co-mo
los siempre extraordinarios William
Hurt, Sigourney Weaver
y Brendan Gleeson. Sin
embargo, en este apartado, no encaja la sobreactuación maniquea
e inesperada de un Adrien Brody
que juega tanto con los aspavientos y la mueca que termina por
resultar sofocante.
Dando un
paso más en su estilizada evolución fílmica y cinemato-gráfica,
Shyamalan ofrece un ejercicio de relectura estilística,
si-guiendo los esquemas propios del terror con ese giro
sorpresivo (que aquí no es tal) que tanto proliferaban en la
obra de Rod Serling y Ray Bradbury (al que se acude por la
similitud de su relato "Bos-que Mitago" con esta película),
constituyendo una experiencia cine-matográfica absorbente. La
dirección de Shyamalan, su puesta en escena emocional recubierta
de sencillez y su minimalismo visual atienden de nuevo a sus
restricciones en las que no existe la nece-sidad de mostrar,
sino de sugerir con un particular y sutil pulso na-rrativo,
ejemplificado en el ‘ralentí’ que se produce cuando el públi-co
tiene la oportunidad de ver por primera vez a una de las
criatu-ras. Apoyado en una prodigiosa partitura de
James Newton Howard (la mejor en
años), "El Bosque" es insinuante antes que terrorífica,
claustrofóbica y alegórica antes que misterio-sa, y, sobre todo,
es una obra llena de poesía y emotividad que deja la
sensiblería a un lado para tratar con pasión una historia de
amor y tragedia. Una poderosa y angustiosa película que, tras la
fallida "Señales", encauza la brillante trayectoria de uno de
los nue-vos genios del cine norteamericano.
Calificación:
    
Imágenes de "El bosque" - Copyright © 2004 Touchstone Pictures,
Blinding Edge Pictures
y Scott Rudin Productions. Distribuida en España por Buena Vista
International. Todos los derechos
reservados.
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