CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
A veces segundas partes sí
son buenas
"El
caso Bourne" supuso en su momento poco menos que una
bocanada de aire fresco en el habitualmente desolador y
repetitivo género de las películas de acción producidas en
Hollywood, que desde hace ya tiempo sufre una preocupante
parálisis fruto por un lado de la endémica falta de originalidad
en unas propuestas cada vez más frecuentemente cortadas por el
mismo y aburrido patrón con el que todos estamos familiarizados,
y por otro, y esto es bas-tante más grave en mi opinión, por esa
molesta tendencia presente en el cine de hoy e
incomprensiblemente aceptada según la cual no resulta preciso ni
explicar mucho de las motivaciones o de la psicología de los
personajes (no vaya a ser que nos demos cuenta del vacío que hay
tras la fachada), ni cuidar un poco las tramas y los puntos
débiles de las historias si resulta mucho más fácil es-conderlo
todo detrás de unas cuantas secuencias de acción lo más
espectaculares posibles.
Bien sea
por el hecho de que las aventuras de Jason Bourne tengan su
origen en un más que decente escri-tor de novelas de espionaje
llamado Robert Ludlum, que
desarrolló sus historias en plena guerra fría*
o por la vista de los productores, que com-prendieron que no
hacía falta sino ins-pirarse ligeramente en algunas obras de los
setenta, tipo "Los tres días del Cóndor" o "French connection",
con toda su carga de política y paranoia para conseguir insuflar
algo de vida a un género moribundo, lo cierto es que "El caso
Bourne", pese a sus titubeos en el tramo final (fruto de las
desavenencias entre el director y los productores, que cambiaron
su conclusión un par de veces), era una más que entretenida y
dinámica película en la que se seguía con cierto interés el
proceso de un amnésico asesino entrenado por la CIA por
reconstruir su identidad mientras se paseaba por me-dia Europa
entre persecuciones automovilísticas, peleas bien roda-das y
enredos políticos de alto nivel con muchos trapos sucios de por
medio. El éxito relativo en las taquillas pero aplastante en el
mercado del vídeo y el DVD, sumado al hecho de que Bourne fuera
el protagonista de una trilogía de novelas, hacía casi
inevitable una continuación.
El cambio
principal en un equipo artístico y técnico que se man-tiene
idéntico es la sustitución de Doug Liman por
Paul Green-grass, una elección
hasta cierto punto sorprendente si pensamos en que este
realizador formado en el campo del documental venía de ganar el
Oso de Oro en Berlín con una película tan brillante pero a la
vez tan comprometida políticamente y tan alejada de este gé-nero
como "Bloody
Sunday (Domingo sangriento)", donde narraba con
precisión y un notable sentido del ritmo la matanza perpetrada
por el Ejército Británico en una manifestación en el Ulster en
la que se abrió fuego sobre civiles. Sin embargo, en "El mito de
Bourne" Greengrass parece haber comprendido a la perfección lo
que se es-peraba de él y lo cierto es que su trabajo se adapta
bien al de la película precedente, con la que guarda una cierta
unidad de estilo, sin que por ello deje de notarse que el
director británico es aún mejor planificador de las secuencias
de acción y un espléndido na-rrador que, en mi opinión y pese a
los defectos que enumeraré más adelante, ha conseguido que esta
continuación de las aventuras del desmemoriado Bourne sea una
modélica secuela que en varios aspectos incluso supera a la
película original, lo que no deja de ser una agradable novedad.
Quizás una de las razones sea que el estilo realista y hasta
frío de Greengrass encaja muy bien con la ambientación que la
película pretende conseguir en este via-je por algunas ciudades
europeas emblemáticas de la Guerra Fría.
La
historia sigue dos años después de donde la dejamos, con Bourne
–un Matt Damon cuya
elección, con su rostro aniñado y su aire de inocencia para dar
vida a este personaje a la búsqueda de sí mismo, es sin duda una
de las claves del éxito de la fran-quicia por la identificación
que ha lo-grado con su personaje– y su pareja Marie (Franka
Potente) retirados del mundo en la India, hasta donde
el pa-sado de Bourne les persigue cuando sus huellas aparecen en
una opera-ción fallida de la CIA en Berlín y un pétreo asesino
(Kirill: Karl Urban) aparece
para liquidarle. El enfrentamiento con éste –en cuya reso-lución
Greengrass filma una emotiva secuencia que tiene lugar bajo el
agua y que merece destacarse por su belleza– provocará que
Bourne salga de nuevo a la luz y, en algo de lo que sólo el
espec-tador es consciente y nunca el protagonista, se enfrente a
una do-ble amenaza: la CIA por un lado y la gente que ha tratado
de impli-carle por otro. El viaje sigue punto por punto
(quizás demasia-do) la estructura de la primera película, con
Bourne viajando por media Europa mientras trata de averiguar lo
que está ocurriendo sin perecer en el intento, en un
interesante juego del gato y el ratón con sus antiguos jefes que
a veces produce se-cuencias cargadas de tensión –la conversación
en Berlín con el personaje de Joan
Allen, que cumple de forma efectiva con un pa-pel que
en este tipo de películas suele encarnar un hombre, o la
posterior con Nicky en la manifestación en la plaza– y otras
que, pese a estar resueltas con brillantez, no se sabe muy bien
qué aportan a la historia –el enfrentamiento con Jarda en su
apartamen-to– aunque hay que reconocer que, desde que la película
arranca (y lo hace a un ritmo trepidante), el interés no decae
ni un instante hasta su conclusión lógicamente abierta.
Para mí
hay un error de base en el concepto de la película, por-que en
una decisión consciente pero a mi juicio no excesivamente
acertada, "El mito de Bourne" da por sentado que el espectador
po-tencial de la película ya ha visto "El caso Bourne" y sabe
todo lo que hay que saber hasta el momento no sólo de él (que
tampoco es que sea mucho) sino de otros personajes como Marie o,
aun más importante, el ejecutivo de la CIA Ward Abbott
(interpretado con su habitual solidez por
Brian Cox). Así, no es extraño
que al-gún espectador pueda sentirse un poco desconcertado por
los comportamientos de personajes que desconoce (algo evidente
en el caso de Abbott) y llama la atención que sus responsables
no ha-yan previsto esa posibilidad. En cambio, el guionista
Tony Gilroy se ocupa de la
dimensión humana de Bourne enfrentándole conti-nuamente a los
terribles hechos de su pasado y a las consecuen-cias de los
mismos. En ese sentido, hay un momento especial-mente logrado y
con cierta intensidad dramática para un personaje que la verdad
no es que despierte excesivas simpatías en el espec-tador por su
hermetismo, y es el que tiene lugar en Moscú al final de la
película, casi un anticlímax comparado con el tono general de la
obra.
Pero por
lo que quedará en la me-moria "El mito de Bourne", más que su
endiablado ritmo y su conseguida ambientación, a la que ayudan
tanto la música de John Powell
como la fotografía en tonos grises de
Oliver Wood, serán las
espectaculares per-secuciones del film, especialmente la que
tiene lugar en Moscú, de las me-jores vistas en los últimos
tiempos y en las que, afortunadamente, se huye del estereotipo
actual del ‘estilo video-juego’ en el que parece que nada de lo
que rodea a los implicados en la escena tenga importancia, ya
sean otros coches, viandantes o contenedores de basura. En una
de-mostración modélica de cómo no confundir la velocidad con el
sen-tido del ritmo, Greengrass nos mete de lleno en una magnífica
set piece en la que, por una vez, nada resulta confuso.
"El mito Bour-ne" es, en suma, una notable y a ratos
espectacular película de acción en la que sus virtudes pesan más
que sus defectos: segundas partes a veces sí son buenas.
Calificación:
    
*
No por casualidad
autor igualmente de dos novelas de espionaje ajenas al personaje
de Bourne como "Clave: Omega" y "El pacto de Berlín", llevadas a
la pantalla por dos realizadores tan interesantes como Sam
Peckinpah y John Frankenheimer en 1983 y 1985, respec-tivamente,
que pese a no ser consideradas grandes películas ayuda-ron a
revitalizar las carreras de ambos en un momento bajo de las
mismas.
Imágenes de "El mito de Bourne" - Copyright © 2004 Universal
Pictures, Kennedy/Marshall Company y Ludlum Entertainment.
Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados.
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