CRÍTICA
por
Juan Beiro Martínez
Hace dos años, una carcajada colectiva se escuchó en las
salas de cine de medio mundo. Matt
Damon, ese actor de perpetuo ros-tro aniñado,
pretendía ser el nuevo héroe de acción. Pasadas las dos horas de
proyección de "El
caso Bourne", las risas ya estaban más que
congeladas: la apuesta había cuajado, el héroe de acción había
nacido. La película de Doug Liman era una apuesta por el
en-tretenimiento serio, que no insultaba demasiado la
inteligencia de la audiencia; y Damon delineaba a la perfección
lo que de vulnera-ble e implacable tenía su personaje de agente
secreto amnésico. El final más bien abierto de aquella primera
película y su éxito en taquilla auguraban a todas luces una
continuación de las aventuras de Jason Bourne. El público
parecía tenerlo claro… no así los pro-ductores, que juran y
perjuran que "El mito de Bourne", este segun-do episodio recién
estrenado, solamente surge de haber consegui-do un buen guión que
cubre sus expectativas de calidad; y no del deseo de iniciar una
saga que bien seguro los enriquecerá envidia-blemente. Habrá que
creerles.
Lo que
realmente funcionaba de "El caso Bourne", la primera parte, era
la fácil identificación que el público man-tenía con los dos
personajes protago-nistas. Los físicos cotidianos de Matt Damon y
Franka Potente (los dos son
guapos, pero de una belleza muy a pie de calle) no creaban ese
distan-ciamiento al que Hollywood siempre juega con sus bellos
héroes de plásti-co. Por otra parte, la amnesia de uno y el
perpetuo estupor de la otra con-seguían que la incertidumbre
causada ante todos los acontecimientos extra-ordinarios que les
surgían en el cami-no fuera plenamente compartida en las plateas.
El grado de empa-tía era máximo: el espectador también tenía que
recomponer en su cabeza el galimatías mental de Jason Bourne.
Eliminado de cuajo el componente romántico, "El mito de Bourne"
transforma a su pro-tagonista en un ser solitario, ascético, de
gran sequedad. Como si se tratase de un personaje extraído de
la mejor de las pelícu-las de Jean-Pierre Melville, nuestro héroe
articula ahora las palabras justas y no abandona nunca su rictus
circunspecto, atormentado como está por esas nuevas luces
que empieza a per-cibir en lo más oculto de su cerebro. Ayuda
mucho para ello la composición llevada a cabo por Matt Damon,
que, desde aquí lo di-go, es uno de los mejores actores de su
generación, siempre so-brio y creíble, pero al que aún parece
faltarle unos años para su to-tal aceptación pública (tanto pesa
la losa de su presentación en so-ciedad como aquel odioso
wonderboy con Oscar® bajo el brazo in-cluido).
Con esta
clase de películas siempre surge la duda en cuanto se pretenda
analizar su valía desde un punto de vista cercano a la “po-lítica
de autores”. ¿Es el resultado final totalmente adjudicable al
director o hay que suponer un inevitable filtro de exigencias
impues-tas por los productores? Es tal la infraestructura
inherente a este ti-po de cine grandioso de acción, que es
difícil creer que estas pelí-culas sean el resultado de un único
punto de vista, de una única mente privilegiada. Al fin y al
cabo, no hay tantas diferencias esti-lísticas entre la primera y
esta segunda parte, siendo como son distintos los directores.
Por otra parte, ¿qué vieron los productores en Doug Liman, y
ahora en Paul Greengrass,
para confiarles unos proyectos de tal envergadura, si los dos
vienen de un cine indepen-diente en el que ni de lejos se
acercaron temáticamente (ni mucho menos presupuestariamente) a
las aventuras de Jason Bourne? ¿Serían así más fácilmente
manejables? Preguntas sin respuesta, pero ante las que sí cabe
admitir algo: las dos elecciones han sido acertadas e,
inexplicablemente, lógicas.
De
Greengrass conocíamos ya en España "Bloody
Sunday (Domingo sangriento)", panfleto maniqueo que
si por algo sobresalía era por su apabu-llante y naturalista
puesta en escena, basada en una incontrolable cámara en mano que
buscaba la apariencia del documental más realista. Es esta
cámara en mano la principal y más efectiva aportación del
director británi-co al seguimiento de las acciones de nuestro
héroe amnésico. La inestabili-dad que crea toda esta vibración
vi-sual, junto a la brusca utilización del montaje (rítmico y
fragmentado, pero con el que siempre sabemos qué está pasando en
todo momento: que aprenda Michael Bay) consiguen que si por algo
destacan las peleas y persecuciones de la película sea por su
fisicidad y verosi-militud. Greengrass intenta dar una
apariencia sucia a su rea-lización (rápidos golpes de zoom,
violentos reencuadres…), creando así una estética que se
aproxima al mejor cine ame-ricano de los setenta ("French
connection" es un claro referente en muchas de las secuencias de
la cinta), y con la que se desta-ca, por lo expresivo de su
trabajo, como un director de rítmica ele-gancia.
Con
suerte, Jason Bourne puede empezar a convertir sus haza-ñas en
una saga a lo James Bond (por el momento, ya comparten
iniciales), pero sin esa tontería “todos los públicos” y ese
humor de sainete que tanta credibilidad le quitan al segundo.
Sus correrías coinciden en la multiplicación de escenarios,
aunque frente al exo-tismo de postal del agente británico destaca
la fría y desoladora vi-sión que de Europa dan los viajes del
espía americano (hasta el Berlín más occidental parece ocupado
por el aburrimiento comunis-ta). Por cierto, ¿qué visión tienen
en USA de las políticas de segu-ridad nacional de los países
europeos? ¿Los servicios de inteligen-cia norteamericanos se
podrían movilizar con tanta facilidad por en-tre las azoteas
berlinesas sin que eso llamase la atención de la po-licía
alemana? Miedo da pensarlo.
El final
abierto, en el que se apuntan nuevos datos sobre la verda-dera
identidad de un Jason Bourne convertido ya en un héroe casi
indestructible, nos avisa a gritos de que no tendremos que
esperar demasiado para volver a saber del espía amnésico. Al
menos, el público tiene la certeza, está dispuesto a esperar…
¿lo sabrán ya los productores?
Calificación:
    
Imágenes de "El mito de Bourne" - Copyright © 2004 Universal
Pictures, Kennedy/Marshall Company y Ludlum Entertainment.
Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados.
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