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Dirección: Gracia Querejeta.
País: España.
Año: 2004.
Duración: 107 min.
Interpretación: Adriana Ozores (Tere),
Nilo Mur (Héctor), Damián Alcázar (Martín), Joaquín Climent
(Juan), Unax Ugalde (Gorilo), Nuria Gago (Fanny), Pepo Oliva
(Tomás), José Luis García Pérez (Ángel), Mariano Peña
(Belarmino), Elia Galera (Sofía).
Guión: Gracia Querejeta y
David Planell.
Producción: Elías Querejeta.
Música: Ángel Illarramendi.
Fotografía: Ángel Iguacel.
Montaje: Nacho Ruiz-Capillas.
Dirección artística: Llorenç Miquel.
Vestuario: Maiki Marín.
Estreno en España: 7 Mayo 2004. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El miedo de la libertad
Con el premio a la mejor película y mejor actriz
recientemente recibidos en el Festival de Málaga, llega a los
cines esta cuarta pe-lícula de Gracia
Querejeta, con las mismas señas de identidad de
"Cuando vuelvas a mi lado", pero con un grado mayor de madu-rez y
fuerza visual. De nuevo, nos ofrece un cine de personajes que
buscan su modo de estar en el mundo, cuando la muerte de un ser
querido les obliga a replantearse el presente desde el pasado y
a encontrar su identidad en el ejercicio de la libertad.
Héctor en un chico de
dieciséis años que viene a vivir con sus tíos a un barrio de
Madrid. Se acaba de mo-rir su madre, y hasta hace poco creía que
su padre no existía. Su llegada desestabiliza a Tere, enfadada
con su difunta hermana y que vive entre du-das y temores
afectivos. Son los mis-mos que sienten cada uno de los
per-sonajes, que luchan por abrirse cami-no y enmendar errores del
pasado, por afianzar su propia personalidad. Precisamente ese
pasado se convier-te en lastre, y el espectador pronto entiende
que todos esconden peque-ños secretos y misterios, que sufren
traumas y heridas aún sin cu-rar, que necesitan sacar ese veneno
que les está destruyendo por dentro. Héctor es un adolescente
que ha ido madurando conforme iba conociendo la crudeza de la
vida, y al que le ha faltado el cariño necesario. Es buen
cocinero porque su madre le enseñó a echar un poco de azúcar al
tomate, algo de vinagre a las lentejas o a guisar el cordero con
los tiempos e intensidad del fogón adecuados. Son metáforas de
la vida porque en ella hay un poco de todo eso, y hay que tener
paciencia para encontrar el punto a cada plato. También es buena
imagen de lo que pasa en la propia película, porque la historia
–como el guiso– se va haciendo poco a poco, y el es-pectador
va conociendo paulatinamente la interioridad de unos personajes
muy bien dibujados, complejos en sus moti-vaciones y con la
difícil tarea de tomar decisiones cruciales. Conforme avanza
la trama, se van descubriendo los pormenores de unas existencias
agarrotadas por el miedo, encadenadas por fan-tasmas –la figura
de la madre fallecida nos llevaría a la "Rebeca" de Hitchcock– y
necesitadas de amor.
Película de maduración y
crecimien-to moral de unos personajes tratados con mucho respeto,
refrendada con una estupenda dirección de actores; con un guión
ágil que no necesita de flash-backs y que sí recurre a
inteli-gentes elipsis, al que únicamente so-bran algunos diálogos
excesivamente discursivos y pretenciosos; y con una puesta en
escena que recrea con ve-rosimilitud los ambientes del popular
barrio madrileño. La música de
Illa-rramendi cumple su misión y con suavidad
introduce en el espectador esa inquietud ante la vida y sus
en-crucijadas. Un inicio de la historia un tanto frío y distante
se va di-luyendo poco a poco, hasta que los personajes parecen
cobrar vida y la pantalla se transforma en una ventana a la que
asomarse o en un espejo en el que mirarse. Las
interpretaciones son magnífi-cas, sin caer en el exceso dramático
pero sin ocultar una emoción escondida que no se sabe cuándo
estallará; sucede de tal manera que todos dejan ver
únicamente lo necesario del in-terior de sus personajes, abriendo
sólo las rendijas del alma que la trama exige. Destaca
Adriana Ozores en un papel
complejo y di-fícil, y es una pena que el que interpreta
Nilo Mur sea el de un
adolescente tan hermético que no trasmita más que frialdad, pero
al fin y al cabo eso es lo que lleva dentro.
Junto al amor como valor
redentor, el perdón se ofrece como cau-ce para transitar por el
mundo, mientras que la necesidad de asu-mir la propia vida se
presenta como otro de los ingredientes con los que condimentar
la existencia. Aunque en la película todo adquiera un tono grave
y dramático –siempre contenido– y presente una cru-da realidad,
hay que reconocerle el profundo sentido realista que encierra
–incluida la subtrama laboral y la figura del párroco– y un
enfoque optimista y esperanzador.
Calificación:
    
Imágenes de "Héctor" - Copyright © 2004 Elías Querejeta,
Ensueño Films y DeAPlaneta. Distribuida en España por Warner
Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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