CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Desbordante y gozoso juego de
espejos
En una entrevista reciente, Taranti-no
confesaba que cuando presentó en sociedad el Vol. 1 de su cuarta
pe-lícula aún no había tenido tiempo de hacer absolutamente nada
con el ma-terial filmado para el Vol. 2 y por mo-mentos tuvo la
sensación de que es-taba promocionando un film que no estaba
terminado, llegándole a preo-cupar bastante la carga de la
respon-sabilidad de estar a la altura de las expectativas
creadas. En este punto conviene recordar que "Kill
Bill: Vol. 1" tardó bastante más de lo normal en
llegar a nuestro país por cuestiones de distribución y que los
ape-nas cuatro meses transcurridos entre el estreno de una
entrega y otra no son sino un espejismo de un lapso de tiempo en
origen mu-cho mayor. La cuestión inicial es más importante de lo
que pudiera parecer en un primer momento, porque una vez visto
este segundo volumen, tan distinto en tono y ritmos al primero y
a la vez tan sig-nificativamente idéntico en estructura y
progresión dramática, plan-tea la interesante duda, que ya nunca
podrá ser resuelta, de saber si la resolución final de la obra
hubiera sido la misma si Tarantino hubiera tenido la posibilidad
de hacer una sola película de cuatro horas, tal y como ha
declarado repetidamente que era su intención en un primer
momento.
Y es que, en medio de la
depresión casi post coitum que a uno le invade cuando
abandona la sala donde ha asistido al gozoso, magnético y
emocionante espectáculo servido por el realizador de Tennesse
en el que se traza un círculo casi perfec-to entre dos películas
que dialogan entre sí como un juego de espe-jos que se
complementan a la perfección, es tentador potenciar las
diferencias entre una y otra propuesta por encima de sus
similitu-des; hasta el punto de pensar en este segundo volumen
como una película construida en cierta forma por oposición (o
superación) del discurso mantenido en la primera y, desde ahí,
en una obra formal y temáticamente independiente de aquélla, por
más que ambas estén unidas por un cordón argumental
inquebrantable. En cierto modo, no es una idea nueva, ya que la
estructura en forma de ca-pítulos en la que Tarantino ha
concebido Kill Bill le ha permitido se-guir aquella vieja máxima
del cine según la cual cada escena debía tener un principio, un
desarrollo y un final por sí misma, auque es-tuviera al servicio
de una historia mayor. Los capítulos de la obra de Tarantino
funcionan de igual forma, como una serie de mini pelícu-las casi
autónomas, con entidad propia, aunque todas estén al ser-vicio de
esta monumental historia de amor y venganza que ahora llega a su
final.
Se ha repetido hasta la
saciedad en distintos medios que "Kill Bill: Vol. 2" es una
película que nos devuelve a te-rritorios más próximos al
Tarantino de las primeras películas; que el tono y, sobre todo,
el ritmo y los diálogos de la misma está muy alejados de la
alambicada pirotecnia visual demos-trada en las complejas
coreografías de acción que dominaban el Vol. 1. Todo ello es en
parte cierto, pero lo que quizás no se ha señalado
sufi-cientemente, y que para este cronista es una de las claves
para entender bien la magnitud y la brillantez de la propuesta
conjunta, es el hecho de que Tarantino repite la estruc-tura
dramática y argumental de la primera parte, con lo que en cier-ta
forma se aborda una relectura de la misma introduciendo una
se-rie de cambios que culminan en una propuesta muy distinta y
sin embargo, complementaria de la primera en la que la
preponderan-cia de la acción y su inmensa fuerza cinética es
sustituida por la intensidad de unos diálogos que reflexionan
sobre cuestiones uni-versales a la vez que esconden la misma o
incluso una mayor vio-lencia y en la que los personajes abandonan
su condición de mitos para hacerse mucho más terrenales y
cercanos. La adrenalina es aquí sustituida por una emoción
desbordada que surge de la necesidad de que todos los actores de
la historia, sin excep-ción, tengan la oportunidad de explicar
las razones de sus comportamientos, la moral que se oculta
en lo más hondo de sus recovecos mentales, la explicación, en
fin, de ese impulso algo pri-migenio y natural que les lleva a
hacer lo que hacen.
Buena prueba de esta
intención es la escena inicial de este Vol. 2: volvemos al
granuloso blanco y negro de la masacre de la capilla de Two
Pines, pero esta vez no asistimos a más demostraciones de
violencia, sino a los preámbulos de la misma: Bill toma forma
real (David Carradine,
sólido, magnético, impresionante) y asisti-mos a una conversación
entre La Novia y él en la que se adivina el pasado y la fuerte
relación que une a ambos. Como en toda la obra, Bill transmite
una aparente calma que esconde la amenaza de una violencia que a
menudo se manifiesta con una rapidez sor-prendente. Sí, sin duda
Bill es un cabrón orgulloso y un asesino muy peligroso, pero
está lejos de ser un monstruo: hay en él una pulsión muy humana,
y sólo cuando comprendamos lo que signifi-có para él la decisión
de matar a La Novia y lo que se esconde detrás de ella, podremos
ver toda su dimensión humana, determi-nada y a la vez redimible.
La resolución de este capítulo sexto es espléndida, hasta tal
punto que dialoga con el primer capítulo (La Novia
Ensangrentada) con tal perfección que una muestra lo que la otra
no, y viceversa.
Si en el Vol. 1 había una
reflexión sobre la muerte y la resurrección escenificada con el
coma de La No-via, su brusco despertar, su violenta reacción a
los abusos cometidos y, finalmente, un ejercicio de recupera-ción
de su movilidad mientras se in-troducía un flashback
animado que contaba el pasado de O’Ren Ishii, el Vol. 2 funciona
exactamente en base a los mismos parámetros: el capítulo siete
(La Solitaria Tumba de Paula Schultz) es otra vuelta de tuerca
más a ambos temas (más explícita si ca-be, porque aquí sí que hay
casi un verdadero regreso de entre los muertos) que cuenta con
su propio flashback en el que se nos narra el proceso de
instrucción de La Novia a cargo de uno de esos iconos tan
admirados por Tarantino, Pai Mei, un viejo maestro de las artes
marciales bien conocido en el universo de las películas de kung
fu que está interpretado, como ya sucediera con
Sonny Chiba y su igualmente
mítico Hattori Hanzo, por una reverenciada estrella de aquel
género, Gordon Liu. El juego
de espejos va tomando progresiva forma: Tarantino inserta en las
mismas estructuras conceptos diferentes y complementa-rios al
discurso que inició en el Vol. 1. Así lo hace en la detención
(quizás demasiado prolongada) que hace de la figura de Budd (Mi-chael
Madsen, bastante cercano aquí a su Señor Rubio de
"Re-servoir Dogs"), el asesino más práctico y a la vez más
carcomido por la culpa del grupo de Bill. De la misma forma, el
juego de espe-jos prosigue inexorable en el capítulo ocho, que
equivale a la Bata-lla en la Casa de las Hojas Azules: si allí
teníamos una elaboradísi-ma coreografía de acción en espacios
abiertos, aquí hay un brutal enfrentamiento en un espacio
cerrado que obliga al realizador a ha-cer otra demostración de
virtuosismo en la realización cinematográ-fica de índole muy
distinta a aquélla (pero igualmente brillante), que culmina de
forma brutal. No estamos demasiado lejos de los terre-nos de la
violencia explorados por Tarantino en sus primeras pelícu-las,
aunque hay una significativa diferencia en cuanto al lugar don-de
la violencia de "Kill Bill" se manifiesta, por supuesto, que
está bien lejos del mundo real y más próximo al espacio
artificial de las películas, el universo creado por Tarantino
para ambientar su histo-ria. Es algo esencial si se quiere
analizar la ya algo banal cuestión de la violencia.
Pero lo mejor está aún por
llegar: to-do relato tiene que avanzar a su clí-max y resolución
final, y aunque Ta-rantino se demore más de lo debido en llegar a
él (el episodio en el burdel con
Michael Parks es sin duda lo más prescindible de toda
la obra, per-judicando su ritmo), al momento del enfrentamiento
entre Bill y La Novia. Pero hete aquí que Tarantino, uno de los
directores que más y mejor saben jugar con las expectativas del
espec-tador en el cine de los últimos años, introduce el elemento
con el que se cerraba en falso el Vol. 1 y, de repen-te, el tono
del Vol. 2 cambia significativamente al adentrarse en su tramo
más importante, donde una magnífica Uma
Thurman de-muestra ser capaz de insuflar todo tipo de
emociones a un perso-naje aparentemente plano: pasa de ser una
retorcida y sangrienta asesina sedienta de venganza a una
maternal leona, y Tarantino aborda el tema con una delicadeza
exquisita, desconocida hasta ahora en su anterior filmografía.
Ahora sí que estamos en otro terre-no, ¿o quizás no? Los cruces
de frases entre Bill y La Novia contienen tanta o más violencia
que el choque de katanas con O’Ren Ishii sobre la nieve que
culminaba el Vol. 1, y un espléndido David Carradine asume todo
el protagonismo de la función. Cierto, todo el argumento
gira en torno a La Novia, pero es la sombra constante de Bill la
que la domina, y si en la primera escena su esquiva presencia se
hacía real, aquí la persona se hace verbo y asistimos tanto a
sus razones como a un brillante monólo-go aparentemente
intrascendente (el que reflexiona sobre la mitolo-gía de los
superhéroes y la dualidad Superman/Clark Kent) pero que esconde
una de las claves de todo el conjunto, la que hace referencia a
la fuerza del destino y a la imposibilidad de escapar de
nosotros mismos. El discurso y el viaje de La Novia casi ha
aca-bado y su resolución, una vez más, nos remite visualmente al
pri-mer volumen en la enésima muestra del continuo juego de
espejos a que nos somete Tarantino.
Se nos queda por el camino
hablar sobre las abundantes referencias ci-néfilas (¿quizás sería
mejor decir ci-néfagas?) que siguen estando presen-tes: la sombra
de Sergio Leone es más alargada y constante que en la primera y
Tarantino se encarga de re-cordárnoslo con un plano que remite
directamente a "Hasta que llegó su hora", película con la que
"Kill Bill" comparte una lectura nada casual, pues ambas son
visiones crepuscula-res y hasta elegíacas de sus géneros, aquélla
del spaghetti-western y ésta del peculiar cine de acción
múltiple del que se nutre Tarantino; todo el fragmento de Pai
Mei es un evi-dente homenaje al cine de kung fu, que respeta sus
señas de iden-tidad más características (zooms incluidos); y no habría que dejar pasar que "Kill Bill: Vol. 2"
es una obra todavía más autorreferencial que el primer volumen o
el (una vez más) exquisito oído que Taran-tino demuestra
ambientando musicalmente su obra, dejando, como decía Leone de
Morricone, que la música hable a veces (y mejor) en lugar de los
personajes. Pero todo eso no son sino notas al pie de página un
tanto anecdóticas ante el logro conseguido por Taran-tino: sus
personajes, pobladores casi míticos de un universo creado
exclusivamente para ellos y que sólo tiene sentido en el
interior de la pantalla de cine (obsérvese el reverenciado
ho-menaje final a todos ellos que Tarantino hace antes de los
créditos finales, a los sones de esa festiva "Malagueña
salerosa"), han con-seguido descender a una realidad pura y dura
de emociones muy humanas a base de sustituir en parte la acción
continua del Vol. 1 por este remanso de engañosa paz que esconde
todo un torbellino en su interior en el que los personajes
tienen tiempo y espacio para explicarse y hasta mostrar sus
pequeñas dosis de nobleza. La pa-sión desbordante de Tarantino,
el amor al cine que desprende cada uno de sus planos, nos ha
regalado este gozoso espectáculo a tra-vés de un relato que
derrocha una más que abundante emoción. Toda una lección de
cine.
Calificación:
    
Imágenes
de "Kill Bill: Vol. 2" - Copyright © 2004 Miramax
Films y A Band Apart . Distribuida en España por Buena Vista
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