CRÍTICA
por
José Luis Santos
Es impensable hablar de “Kill
Bill: Vol. 2” sin hacer referencia pre-via a su predecesora, más
aún cuando parece ser que Quentin
Ta-rantino no las concibió como dos películas
separadas, sino como un solo film, que la producción le obligó a
fragmentar por el excesi-vo metraje que se iba acumulando. Sobre
esta primera parte me viene a la cabeza de forma recurrente
desde que pude visionarla una idea fundamental: si saca usted a
dar una vuelta a la manzana a su perro para que miccione y lo
hace a bordo de una limusina, sin duda la operación resultará
más elegante, glamourosa y visto-sa, pero tan lujoso envoltorio
no conseguirá superar el carácter sim-ple, rutinario y falto de
interés del evento. Algo así sucede con “Kill Bill: Vol. 1”.
Tarantino demuestra en ella un tremendo dominio del lenguaje
audiovisual, desplegando una colección de fuegos de artifi-cio
que lo elevan a la categoría de ilusionista para conseguir una
película magnética, hipnótica. Pero bajo esos trucos no consigue
ocultar que lo que está contando de forma tan brillante no deja
de ser una profunda memez, y especialmente en la parte final la
cinta se pierde tanto en el divertimento propio que olvida el
del especta-dor que espera asistir a algo mínimamente
inteligente.
Sin embargo, visto el segundo volu-men de la historia, la
sensación es bien distinta, tal vez porque también el producto
es sensiblemente diferen-te. Y es que si el principio es
clara-mente el mismo (cine de entreteni-miento), el talante con
el que se abor-da es otro. Siguen apareciendo las mismas
referencias que en la primera parte (el spaghetti western, el
cine oriental de artes marciales, el cómic, el manga japonés...)
y continúan es-tando igualmente omnipresentes (de hecho aún en
exceso), pero junto a ellas surgen algunas nuevas (por ejemplo
el terror, con una referencia al maestro Poe que parece derivar
en un guiño a las películas de George A. Romero) y, sobre todo,
aparece mucho más la impronta del propio Tarantino. Si en la
primera entrega ya encontrábamos resquicios del sello de autor
del director de “Pulp fiction” (estructura en capítulos,
alegoría de la vio-lencia, distintas perspectivas de la
historia...) relativamente diluidos entre coreografías marciales
repetitivas y de dudoso interés, en es-ta segunda parte el
relato se estabiliza en su ritmo (mucho más medido y menos
irregular), dosifica, refina y concentra la ac-ción
potenciando su impacto, y aporta algunos de sus mejo-res mimbres
dotándola de mucha más relevancia, personali-dad e incluso
algunos instantes de brillantez, con un montaje lleno de
vida (cambios de color, de textura, de recursos narrativos
–desde la voz en off hasta las varias visiones de una misma
acción, pasando por los flashbacks y la utilización
referencial de la músi-ca–), unos diálogos chispeantes y
espléndidos por momentos, un mayor trabajo de perfilado de sus
personajes y de las situaciones en las que los sumerge, y un
tono decididamente más mordaz, iró-nico y adulto.
Si bien siguen presentes
algunos excesos que Tarantino se per-mite en honor a las
referencias y homenajes, es cierto que en esta ocasión los
emprende con un sentido del humor más fino y son muchos menos
los momentos en que se hacen con las riendas de la narración, y
que consigue que el conjunto global se desarrolle sobre todo en
base a un principio universal: para que una película de
antagonistas funcione es imprescindible que muestren la
sufi-ciente entidad tanto el héroe (en este caso heroína, una
Uma Thurman deslumbrante en
todos los sentidos) como el villano (sensacional
David Carradine, que incluso
supera con absoluta dignidad la socarrona jugarreta de hacerle
pulular en torno a una escena con maestro de kung fu incluido),
que no sólo mantienen la intensidad de la cinta sino que la
catalizan en un desenlace tan in-teligente en su ausencia de
convencionalismos, sin salirse paradó-jicamente de lo
convencional, como no exento de complicidad e in-cluso
profundidad más allá del maniqueísmo y de cierta ternura.
Dijo David Carradine, tras acabar el rodaje, que «la esencia del
cine de Tarantino es una mirada al interior de la mente y del
corazón de las perso-nas violentas». Desde luego, esta se-gunda
parte está mucho más cerca de ese concepto. Así, resulta
signifi-cativo que “Kill Bill: Vol. 2” tenga entidad suficiente
como para po-der permitirse una autonomía casi total de la
primera parte (lo cual da también una idea de la levedad de
aquélla). Es cierto que aún no llega a acercarse al calado de
los perfiles de los personajes y el guión más allá de lo visual
y lo estético que conseguía “Jackie
Brown” (hasta ahora, en mi opinión, la mejor obra de
Tarantino), pero se muestra sin duda como una notable y
disfrutable fuente de diversión de calidad en medio de la sequía
cinematográfica estival, lejos de la estupidez enmascarada de “Spider-Man
2” o del catastrofismo pixelado de neuronas
congeladas de “El
día de mañana”. Pero claro, opino esto porque debo
formar parte de lo que alguien definía hace poco como «la rancia
crítica» que no sabe valorar ese tipo de cine. Ya saben, esos
que no vemos más allá de Pasolini... y Spielberg, Scorsese,
Coppola, Mendes, León, Aristaráin, Loach, Kurosawa, Ford,
Hitch-cock, Donen, Shyamalan, Visconti, Leone, Brooks,
Frankenheimer, Allen, Wells, Wilder, Campanella, Hawks,
Iñárritu, Amenábar, Car-penter, Joffé, Eastwood, Zambrano,
Minghella, Kasdan, De Palma, Daldry, Cohen, Moore, Stone,
Querejeta, Jon-Ho Bong, Urbizu, Mu-llan, Singer, etc., etc. Ya
saben, un estrecho de miras.
Calificación:
    
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