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KILL BILL: VOL. 2  KILL BILL: VOL. 1


Dirección: Quentin Tarantino.
País:
USA.
Año: 2004.
Duración: 136 min.
Género: Acción, thriller.

Interpretación: Uma Thurman (La Novia/Mamba negra), David Carradine (Bill), Gordon Liu (Pai Mei/Johnny Mo), Daryl Hannah (Elle Driver/Serpiente de la montaña de California), Michael Madsen (Budd/Serpiente de cascabel), Michael Parks (Esteban Vihaio/Sheriff Earl McGraw), Bo Svenson (Reverendo Harmony), Samuel L. Jackson (Rufus), Perla Haney-Jardine (B.B.), Chris Nelson (Tommy Plympton), Jeannie Epper (Sra. Harmony), Claire Smithies (Clarita).
Guión: Quentin Tarantino; basado en el personaje "La Novia" creado por Q & U.
Producción: Lawrence Bender.
Música: The RZA y Robert Rodríguez.
Fotografía:
Robert Richardson.
Montaje: Sally Menke.
Diseño de producción: David Wasco y Cao Jui Ping.
Dirección artística: Daniel Bradford.
Vestuario: Kumiko Ogawa y Catherine Marie Thomas.
Estreno en USA: 16 Abril 2004.
Estreno en España: 23 Julio 2004.

 

CRÍTICA
por Miguel Á. Refoyo

La madurez del nuevo clásico del cine

Tarantino finaliza su mejor película aportando una hermosa historia de amor materno dentro del infernal mundo que supone una fría y sanguinaria venganza

  Si con "Kill Bill: Vol. 1" Tarantino logró su primer objetivo de crear una obra que, definitivamente, está avocada a ser una irrepeti-ble fusión armónica entre cine y vida, derivada de una libertad casi insultante en la creación de una película que responde a sus pro-pios deseos como espectador al mezclar clásicos de la serie B, dogmas populares y expresiones genéricas más estandarizadas con cintas orientales y el western (en sus versiones clásicas y spa-ghetti), esta segunda porción, finalización de su cuarta cinta, nos sigue dejando ver que su intención continúa siendo mucho más que una maravillosa composición miscelánea de numerosas tradiciones que conllevan, en su fondo, flagrantes innovaciones. Tarantino constata no sólo que es, posiblemente, el mejor director con-temporáneo, sino que es capaz de ensamblar géneros y sub-géneros con raigambre y astucia. Algo muy opuesto al especu-lativo ejercicio de sincretismo que muchos han achacado al cineas-ta en sus primeros trabajos y que compagina con una ruptura de las formas tradicionales del cine de una forma descaradamente irre-verente.

  En este segundo volumen de "Kill Bill", Tarantino equilibra su historia de venganza dejando los postulados del frenetismo y de la acción de ritmo en-diablado a un lado para ofrecer una hermosa pieza reflexiva y armoniosa, deteniéndose en una más que exqui-sita poética determinada por una ter-nura inusual en la visión argumental de su realizador, acostumbrado a magnificar el salvaje vigor de la ima-gen y el impacto. Una característica que si bien no pierde la feroz fuerza de su violencia ni sus más condensa-das luchas cuerpo a cuerpo, sí en-cuentra el peculiar terreno de ironía y cinismo congénito a Taranti-no, pero imbuyéndolo de matices íntimos, contemplativos y armóni-cos, sentimientos imprecisos, profundos y turbiamente impregna-dos de nostalgia. La culpa expiatoria por la maldad, el tiempo perdi-do, la acrimonia que deja los errores cometidos y el placer de la venganza más cruel son los dispositivos que prosiguen en esta se-gunda parte de la función. Ahora ya no se trata de la yuxtaposición sorpresiva del reciclaje, sino que se busca equilibrar la balanza, no de superar los logros. Y para ello, Tarantino acomete una obsti-nada profundización en los personajes que participan en la historia, creando verdaderos seres humanos, ataviándolos con personalidades demoledoras. Así, la figura incorpórea de Bill en la primera mitad, tiene su apoteosis aquí con el afianzamien-to de un rol magnético, apasionante, de múltiples gradaciones y poseedor de una ideología tan fascinante que hay que acudir a los fastos de las mejores épocas del cine clásico para encontrar un malo tan grandioso y atrayente. Si a todo ello se añade el instinto maternal de La Novia/Mamba Negra, que la hace más peligrosa y letal, y se descubre (como ya se pudo ver con O-Ren Ishii) a unos malvados secundarios llenos de defectos y enfermo cinismo, asesi-nos delimitados a esa diatriba que es ‘matar o morir’ (la verdadera clave del total de "Kill Bill"), nos encontramos ante una auténtica propuesta que basa su fuerza, contra lo que pueda parecer, en los personajes. "Kill Bill", como cinta de cuatro horas, es una irrepro-chable película que revela la evolución hacia una perfección dialógi-ca y cinéfila de un director llamado a ser uno de los grandes clási-cos del Séptimo Arte, pero con esas vertientes bien diferenciadas, en las que cumple un papel central la conciliación de subgéneros derivados de los géneros cinematográficos clásicos y donde es fun-damental el procedimiento modernista de la intertextualidad genéri-ca cuyo objetivo es releer y reinterpretar.

  Inmersa en su particular venganza homérica, concordada en la idea de Esquilo y Sófocles, "Kill Bill: Vol. 2" presenta a La Novia dejándola donde se había quedado: con dos miembros del Comando Letal Asesino Víbora aniquilados y en busca de los otros dos (Bud y Elle Driver) que dejen co-mo único designio la venganza contra Bill y recuperar así a su hija de cuatro años a la que nunca ha conocido. Su agrio sentido del fatalismo, colmado de indudable pomposidad operística, concede una sublime eficacia que ha-ce que esta segunda parte del filme le sirva a Tarantino para olvidar el estilo del ‘Grind house cinema’ para centrarse un poco más en el porqué, en las causas y las conse-cuencias. "Kill Bill: Vol. 2" vendría a ser el complemento a lo propuesto, una elevada reflexión sobre la vida y la muerte, el amor y el odio y, principalmente, una preciosa y enterne-cedora glorificación a la maternidad. Un núcleo ideológico y existencial que cavila acerca de la naturaleza de la maldad, utili-zando como modelos la muerte del pez Emilio a manos de la pe-queña B.B. y en el modélico discurso sobre el genuino Superman como camuflaje de una teoría que parece contener el centro temá-tico de la historia. Un razonamiento que si bien incluye agudos co-mentarios sobre la identidad y honestidad personal, sirve como ex-plicación perfecta para los auténticos motivos del villano. Por eso las peleas son mucho más breves, pero también más impactantes, pues se van conociendo las motivaciones de los personajes y sus propósitos. Las batallas con katana y luchas cuerpo a cuerpo ya no funcionan como espectáculo y homenaje al cine de artes mar-ciales, sino que están contribuyendo a la narrativa, fortaleciendo la historia y extendiendo la comprensión hacia los personajes. Y es en esa esfera donde se sitúa este segundo volumen.

 

Tarantino ha creado en "Kill Bill" una celebración y una elegía del cine, una experiencia inolvidable

  Hay dos partes muy bien dife-renciadas en "Kill Bill". Una pri-mera, oriental, en la que el cine-asta basa los movimientos de la trama en función del espectácu-lo puro y adrenalítico, utilizando referencias a los clásicos asiáti-cos Seijun Suzuki, Kiachi Oka-moto y Toshiya Fuyita como ex-plicitación del homenaje experi-mental de estilismo al cine de yakuzas y al wuxia pian de artes marciales y que representa la sección física de la cinta. Y una se-gunda parte que es el spaghetti-western, encargado de transportar al espectador por el viaje emocional de su protagonista. Un género definitorio de "Kill Bill" como película. Y es que el spaghetti no es como el western de Hollywood, ya que el salvaje Oeste yanqui ide-alizaba en sus bases genéricas la cruda realidad histórica haciendo que sus elementos se circunscribieran al entorno geográfico y sus leyes. Sin embargo, en el italo-western la vida fronteriza y desértica deviene de una áspera tragedia, donde un agresivo instinto de su-pervivencia alumbra nuevas formas de barbarie y libertad. "Kill Bill: Vol. 2" es, por tanto, dependiente de su primera parte para reflejar-se en ella y aquélla necesita de ésta para entender su existencia. Ambas son complementarias y una sola, pese a ser heterogéneas. Como si la primera fuera el anverso de la segunda y viceversa.

  Tarantino enfoca su pieza de cá-mara hacia una desbordante supe-ración de los límites tradicionales de cualquier género que ofrenda, cuestionando cualquier orden, qui-zá para construir uno nuevo. El genial cineasta reinventa el spaghetti mane-jándolo a su antojo, subvirtiendo los preceptos del western y de su réplica mediterránea al sublevar la idea de Sergio Leone cuando decía que «la mujer en el Oeste no es más que un obstáculo para la supervivencia como problema esencial de la vida salvaje». Una misógina idea que se ve anulada cuando Tarantino traiciona a cualquier prototipo de antihéroe de los filmes italianos a los que reverencia creando una superheroína, una mujer de armas tomar que no se puede desprender de su destino, entendido como una fuerza ciega que marca al personaje y a sus actos. Y además, superando el ascetismo esquemático que propo-ne el género (y en último fin la historia de "Kill Bill"), donde la de-gradación es el universo primitivo e irracional que rige las vidas de los que en él habitan, que sirve a Tarantino para moldear, mediante un asombroso y estudiado dramatis personae, unos caracteres que desglosan lo mejor de su cine y desarrollar, de paso, unas líneas argumentales representativas de la mejor tradición clásica.

  En "Kill Bill" como filme unitario, la violencia extrema que se ex-trae de sus imágenes, lejos de significar el punto álgido en la dra-maturgia e idiosincrasia de su ente formal y argumental, es una es-pecie de terrible consecuencia de una angustiosa divergencia psi-cológica-existencial, provocada por la punición moral a la que con-lleva el ansia de venganza. La violencia de "Kill Bill" es, pura y sim-plemente, exhibida en su más atroz esplendor, porque la violencia es inherente al ser humano y difícilmente puede ser sometida a los dualismos maniqueos de la filosofía tradicional. Como en el caso de los (anti)héroes de los spaghetti, que coexisten en el sanguina-rio vitalismo de las tragedias griegas combatiendo la violencia con violencia para restablecer en una justicia natural, cuya profundidad y honestidad está por encima de las imperfectas leyes humanas. Algo a lo que no es ajeno ese espectacular duelo final, no tanto fí-sico como emocional entre Uma Thurman y David Carradine, y todas las sangrientas muertes que quedan en el trayecto vital de La Novia hacia la redención como persona y madre.

  Dentro de su estudio en forma de búsqueda de reconversión de géne-ros, Tarantino encuentra su apogeo estético en la que es otra excepcional ofrenda al cine nipón, que tiene su es-pacio en este segundo volumen des-crito en un flashback protagonizado por Pai Mei, el maestro shaolin cruel y soberbio de Mamba Negra y que Ta-rantino aprovecha para utilizar zooms de ida y vuelta y una puesta en esce-na que definen el absoluto respeto por el homenaje, mucho más que por el guiño irónico que se pueda intuir. Una odisea cinematográfica donde, otra vez, los planos de lucha (esta vez más sucios y transito-rios) encuentran la síntesis de una excepcional coreografía visual, entre el ritual y la utilización del humor, disparándose como una descarga de maestría y buscando siempre la superación y la forma de sorprender, como la angostura en el formato de proyec-ción para angustiar en su secuencia del entierro o sus guiños al clásico del gore japonés "Lone wolf and cub" (conocido en Occi-dente como "Asesino shogun") o su contextualización geográfica en las secuencias de México con alusiones subversivas al Santo, el Enmascarado de Plata, de Kalimán. Eso sí, siempre conservan-do el equilibrio al filo del exceso y fortificando su intensidad por una inserción admirable de canciones y sintonías que forman una ban-da sonora inolvidable.

  Si algo caracteriza esta obra rotunda, plena de arte proce-dente de un guión sin fisuras, es su honestidad a la hora de exponer su ideología e iconografía. "Kill Bill", más en esta se-gunda entrega que en su antecesora, tras su aparente intrascen-dencia esconde, siguiendo la idea de F. Velasco Capafons del wes-tern, «una profunda reflexión del género con actitud ingenua y tras-lúcida donde la violencia es el exponente de una sociedad que está demasiado consciente de su propia monstruosidad y no quiere es-tarlo». Una clave que reside en uno de los epílogos más hermosos y desgarradoramente optimistas que se han visto nunca. Si todos los mitos son de naturaleza simbólica y funcional, la heroína de es-ta obra maestra que se transmuta creciendo como personaje de La Novia a una madre ejemplar adopta una efigie de proeza en los ras-gos de la musa tarantiniana por excelencia, de una Uma Thurman que descarga un verdadero y plausible maratón físico para demos-trar lo gran actriz que es, encontrando la complicidad de un Carra-dine carismático y en estado de gracia. Como si ambos hubieran esperado esta película para demostrar todos los registros posibles en una cinta de acción.

  Quentin Tarantino ha creado una ce-lebración y una elegía del cine en sus conceptos más amplios, reinventando con su espléndido background cultu-ral y heterogéneo basado en los diver-sos géneros ya mencionados una nueva forma de ver este apasionante arte. Sorprendente, elocuente, conmovedora e hipnotizante en casi todos sus sentidos, "Kill Bill" supone la mejor película de su au-tor y, posiblemente, el cenit de un ci-ne moderno que encuentra en la his-toriografía del Séptimo Arte el lugar más destacado para esta inolvidable experiencia. Tarantino está mucho más allá de su aplaudida reno-vación del orden narrativo, de su forma de contar historias, del aco-pio cuantitativo y cualitativo de su experiencia como espectador, corroborando que muchos de los homenajes sólo son un ardid para superar el espejo en el que se mira como cineasta, potenciando su inalcanzable universo. Tarantino ha llegado a la madurez como clá-sico del cine moderno. A partir de ahora, el espectador puede es-perar lo mejor en cada una de sus próximas demostraciones de su-perioridad.

Calificación:


Imágenes de "Kill Bill: Vol. 2" - Copyright © 2004 Miramax Films y A Band Apart . Distribuida en España por Buena Vista International. Todos los derechos reservados.

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