CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
La madurez del nuevo clásico
del cine
Tarantino finaliza su mejor película
aportando una hermosa historia de amor materno dentro del
infernal mundo que supone una fría y sanguinaria venganza
Si con "Kill Bill: Vol. 1"
Tarantino logró su primer
objetivo de crear una obra que, definitivamente, está avocada a
ser una irrepeti-ble fusión armónica entre cine y vida, derivada
de una libertad casi insultante en la creación de una película
que responde a sus pro-pios deseos como espectador al mezclar
clásicos de la serie B, dogmas populares y expresiones genéricas
más estandarizadas con cintas orientales y el western (en sus
versiones clásicas y spa-ghetti), esta segunda porción,
finalización de su cuarta cinta, nos sigue dejando ver que su
intención continúa siendo mucho más que una maravillosa
composición miscelánea de numerosas tradiciones que conllevan,
en su fondo, flagrantes innovaciones. Tarantino constata no
sólo que es, posiblemente, el mejor director con-temporáneo,
sino que es capaz de ensamblar géneros y sub-géneros con
raigambre y astucia. Algo muy opuesto al especu-lativo
ejercicio de sincretismo que muchos han achacado al cineas-ta en
sus primeros trabajos y que compagina con una ruptura de las
formas tradicionales del cine de una forma descaradamente
irre-verente.
En este segundo volumen de "Kill Bill", Tarantino equilibra su
historia de venganza dejando los postulados del frenetismo y de
la acción de ritmo en-diablado a un lado para ofrecer una
hermosa pieza reflexiva y armoniosa, deteniéndose en una más que
exqui-sita poética determinada por una ter-nura inusual en la
visión argumental de su realizador, acostumbrado a magnificar el
salvaje vigor de la ima-gen y el impacto. Una característica que
si bien no pierde la feroz fuerza de su violencia ni sus más
condensa-das luchas cuerpo a cuerpo, sí en-cuentra el peculiar
terreno de ironía y cinismo congénito a Taranti-no, pero
imbuyéndolo de matices íntimos, contemplativos y armóni-cos,
sentimientos imprecisos, profundos y turbiamente impregna-dos de
nostalgia. La culpa expiatoria por la maldad, el tiempo
perdi-do, la acrimonia que deja los errores cometidos y el
placer de la venganza más cruel son los dispositivos que
prosiguen en esta se-gunda parte de la función. Ahora ya no se
trata de la yuxtaposición sorpresiva del reciclaje, sino que se
busca equilibrar la balanza, no de superar los logros. Y para
ello, Tarantino acomete una obsti-nada profundización en los
personajes que participan en la historia, creando verdaderos
seres humanos, ataviándolos con personalidades demoledoras.
Así, la figura incorpórea de Bill en la primera mitad, tiene su
apoteosis aquí con el afianzamien-to de un rol magnético,
apasionante, de múltiples gradaciones y poseedor de una
ideología tan fascinante que hay que acudir a los fastos de las
mejores épocas del cine clásico para encontrar un malo tan
grandioso y atrayente. Si a todo ello se añade el instinto
maternal de La Novia/Mamba Negra, que la hace más peligrosa y
letal, y se descubre (como ya se pudo ver con O-Ren Ishii) a
unos malvados secundarios llenos de defectos y enfermo cinismo,
asesi-nos delimitados a esa diatriba que es ‘matar o morir’ (la
verdadera clave del total de "Kill Bill"), nos encontramos ante
una auténtica propuesta que basa su fuerza, contra lo que pueda
parecer, en los personajes. "Kill Bill", como cinta de cuatro
horas, es una irrepro-chable película que revela la evolución
hacia una perfección dialógi-ca y cinéfila de un director
llamado a ser uno de los grandes clási-cos del Séptimo Arte,
pero con esas vertientes bien diferenciadas, en las que cumple
un papel central la conciliación de subgéneros derivados de los
géneros cinematográficos clásicos y donde es fun-damental el
procedimiento modernista de la intertextualidad genéri-ca cuyo
objetivo es releer y reinterpretar.
Inmersa en su particular venganza homérica, concordada en la
idea de Esquilo y Sófocles, "Kill Bill: Vol. 2" presenta a La
Novia dejándola donde se había quedado: con dos miembros del
Comando Letal Asesino Víbora aniquilados y en busca de los otros
dos (Bud y Elle Driver) que dejen co-mo único designio la
venganza contra Bill y recuperar así a su hija de cuatro años a
la que nunca ha conocido. Su agrio sentido del fatalismo,
colmado de indudable pomposidad operística, concede una sublime
eficacia que ha-ce que esta segunda parte del filme le sirva a
Tarantino para olvidar el estilo del ‘Grind house cinema’ para
centrarse un poco más en el porqué, en las causas y las
conse-cuencias. "Kill Bill: Vol. 2" vendría a ser el
complemento a lo propuesto, una elevada reflexión sobre la vida
y la muerte, el amor y el odio y, principalmente, una preciosa y
enterne-cedora glorificación a la maternidad. Un núcleo
ideológico y existencial que cavila acerca de la naturaleza de
la maldad, utili-zando como modelos la muerte del pez Emilio a
manos de la pe-queña B.B. y en el modélico discurso sobre el
genuino Superman como camuflaje de una teoría que parece
contener el centro temá-tico de la historia. Un razonamiento que
si bien incluye agudos co-mentarios sobre la identidad y
honestidad personal, sirve como ex-plicación perfecta para los
auténticos motivos del villano. Por eso las peleas son mucho más
breves, pero también más impactantes, pues se van conociendo las
motivaciones de los personajes y sus propósitos. Las batallas
con katana y luchas cuerpo a cuerpo ya no funcionan como
espectáculo y homenaje al cine de artes mar-ciales, sino que
están contribuyendo a la narrativa, fortaleciendo la historia y
extendiendo la comprensión hacia los personajes. Y es en esa
esfera donde se sitúa este segundo volumen.
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Tarantino ha
creado en "Kill Bill" una celebración y una elegía del
cine, una experiencia inolvidable |
Hay dos partes muy bien
dife-renciadas en "Kill Bill". Una pri-mera, oriental, en la que
el cine-asta basa los movimientos de la trama en función del
espectácu-lo puro y adrenalítico, utilizando referencias a los
clásicos asiáti-cos Seijun Suzuki, Kiachi Oka-moto y Toshiya
Fuyita como ex-plicitación del homenaje experi-mental de
estilismo al cine de yakuzas y al wuxia pian de artes
marciales y que representa la sección física de la cinta. Y una
se-gunda parte que es el spaghetti-western, encargado de
transportar al espectador por el viaje emocional de su
protagonista. Un género definitorio de "Kill Bill" como
película. Y es que el spaghetti no es como el western de
Hollywood, ya que el salvaje Oeste yanqui ide-alizaba en sus
bases genéricas la cruda realidad histórica haciendo que sus
elementos se circunscribieran al entorno geográfico y sus leyes.
Sin embargo, en el italo-western la vida fronteriza y desértica
deviene de una áspera tragedia, donde un agresivo instinto de
su-pervivencia alumbra nuevas formas de barbarie y libertad.
"Kill Bill: Vol. 2" es, por tanto, dependiente de su primera
parte para reflejar-se en ella y aquélla necesita de ésta para
entender su existencia. Ambas son complementarias y una sola,
pese a ser heterogéneas. Como si la primera fuera el anverso de
la segunda y viceversa.
Tarantino enfoca su pieza de cá-mara hacia una desbordante
supe-ración de los límites tradicionales de cualquier género que
ofrenda, cuestionando cualquier orden, qui-zá para construir
uno nuevo. El genial cineasta reinventa el spaghetti
mane-jándolo a su antojo, subvirtiendo los preceptos del western
y de su réplica mediterránea al sublevar la idea de Sergio Leone
cuando decía que «la mujer en el Oeste no es más que un
obstáculo para la supervivencia como problema esencial de la
vida salvaje». Una misógina idea que se ve anulada cuando
Tarantino traiciona a cualquier prototipo de antihéroe de los
filmes italianos a los que reverencia creando una superheroína,
una mujer de armas tomar que no se puede desprender de su
destino, entendido como una fuerza ciega que marca al personaje
y a sus actos. Y además, superando el ascetismo esquemático que
propo-ne el género (y en último fin la historia de "Kill Bill"),
donde la de-gradación es el universo primitivo e irracional que
rige las vidas de los que en él habitan, que sirve a Tarantino
para moldear, mediante un asombroso y estudiado dramatis
personae, unos caracteres que desglosan lo mejor de su cine
y desarrollar, de paso, unas líneas argumentales representativas
de la mejor tradición clásica.
En "Kill Bill" como filme
unitario, la violencia extrema que se ex-trae de sus imágenes,
lejos de significar el punto álgido en la dra-maturgia e
idiosincrasia de su ente formal y argumental, es una es-pecie de
terrible consecuencia de una angustiosa divergencia
psi-cológica-existencial, provocada por la punición moral a la
que con-lleva el ansia de venganza. La violencia de "Kill Bill"
es, pura y sim-plemente, exhibida en su más atroz esplendor,
porque la violencia es inherente al ser humano y difícilmente
puede ser sometida a los dualismos maniqueos de la filosofía
tradicional. Como en el caso de los (anti)héroes de los
spaghetti, que coexisten en el sanguina-rio vitalismo de las
tragedias griegas combatiendo la violencia con violencia para
restablecer en una justicia natural, cuya profundidad y
honestidad está por encima de las imperfectas leyes humanas.
Algo a lo que no es ajeno ese espectacular duelo final, no tanto
fí-sico como emocional entre Uma
Thurman y David Carradine,
y todas las sangrientas muertes que quedan en el trayecto vital
de La Novia hacia la redención como persona y madre.
Dentro de su estudio en forma de búsqueda de reconversión de
géne-ros, Tarantino encuentra su apogeo estético en la que es
otra excepcional ofrenda al cine nipón, que tiene su es-pacio en
este segundo volumen des-crito en un flashback
protagonizado por Pai Mei, el maestro shaolin cruel y
soberbio de Mamba Negra y que Ta-rantino aprovecha para utilizar
zooms de ida y vuelta y una puesta en esce-na que definen el
absoluto respeto por el homenaje, mucho más que por el guiño
irónico que se pueda intuir. Una odisea cinematográfica
donde, otra vez, los planos de lucha (esta vez más sucios y
transito-rios) encuentran la síntesis de una excepcional
coreografía visual, entre el ritual y la utilización del
humor, disparándose como una descarga de maestría y buscando
siempre la superación y la forma de sorprender, como la
angostura en el formato de proyec-ción para angustiar en su
secuencia del entierro o sus guiños al clásico del gore
japonés "Lone wolf and cub" (conocido en Occi-dente como
"Asesino shogun") o su contextualización geográfica en las
secuencias de México con alusiones subversivas al Santo, el
Enmascarado de Plata, de Kalimán. Eso sí, siempre conservan-do
el equilibrio al filo del exceso y fortificando su intensidad
por una inserción admirable de canciones y sintonías que forman
una ban-da sonora inolvidable.
Si algo caracteriza esta
obra rotunda, plena de arte proce-dente de un guión sin fisuras,
es su honestidad a la hora de exponer su ideología e
iconografía. "Kill Bill", más en esta se-gunda entrega que
en su antecesora, tras su aparente intrascen-dencia esconde,
siguiendo la idea de F. Velasco Capafons del wes-tern, «una
profunda reflexión del género con actitud ingenua y tras-lúcida
donde la violencia es el exponente de una sociedad que está
demasiado consciente de su propia monstruosidad y no quiere
es-tarlo». Una clave que reside en uno de los epílogos más
hermosos y desgarradoramente optimistas que se han visto nunca.
Si todos los mitos son de naturaleza simbólica y funcional, la
heroína de es-ta obra maestra que se transmuta creciendo como
personaje de La Novia a una madre ejemplar adopta una efigie de
proeza en los ras-gos de la musa tarantiniana por
excelencia, de una Uma Thurman que descarga un verdadero y
plausible maratón físico para demos-trar lo gran actriz que es,
encontrando la complicidad de un Carra-dine carismático y en
estado de gracia. Como si ambos hubieran esperado esta película
para demostrar todos los registros posibles en una cinta de
acción.
Quentin Tarantino ha creado una ce-lebración y una elegía del
cine en sus conceptos más amplios, reinventando con su
espléndido background cultu-ral y heterogéneo basado en
los diver-sos géneros ya mencionados una nueva forma de ver este
apasionante arte. Sorprendente, elocuente, conmovedora e
hipnotizante en casi todos sus sentidos, "Kill Bill" supone la
mejor película de su au-tor y, posiblemente, el cenit de un
ci-ne moderno que encuentra en la his-toriografía del Séptimo
Arte el lugar más destacado para esta inolvidable experiencia.
Tarantino está mucho más allá de su aplaudida reno-vación del
orden narrativo, de su forma de contar historias, del aco-pio
cuantitativo y cualitativo de su experiencia como espectador,
corroborando que muchos de los homenajes sólo son un ardid para
superar el espejo en el que se mira como cineasta, potenciando
su inalcanzable universo. Tarantino ha llegado a la madurez como
clá-sico del cine moderno. A partir de ahora, el espectador
puede es-perar lo mejor en cada una de sus próximas
demostraciones de su-perioridad.
Calificación:
    
Imágenes
de "Kill Bill: Vol. 2" - Copyright © 2004 Miramax
Films y A Band Apart . Distribuida en España por Buena Vista
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