CÓMO SE HIZO "SKY
CAPTAIN Y EL MUNDO DEL MAÑANA"
Notas de producción
© 2004
DeAPlaneta
2. Acerca de la historia
Kerry Conran sitúa los
orígenes de Sky Captain y el Mundo del Mañana en un libro que
tenía de niño cuando vivía en Flint, Michigan, a finales de los
60 y principios de los 70. Conran explica que, entre otras
impresionantes ilustraciones, aquel «Libro de las maravillas»
contenía una imagen de un amarradero para zeppelines en el
Empire State Building. Esta curiosidad relativamente desconocida
se amplificó en la imaginación de Conran cuando vio la película
King Kong.
Como recuerda Conran, «antes
de que instalaran allí las antenas, tenían un amarradero
cubierto» en lo alto del rascacielos. «Se puede ver en el King
Kong original de 1933. Si te fijas bien, él se agarra a un
amarradero para un zeppelín».
Conran dice que partió de
aquella «extraña imagen que quería ver» y de forma paulatina fue
creando un universo, su «Mundo del Mañana» a su alrededor.
Cuando empezó a trabajar en su película, los personajes, el
argumento y las imágenes surgieron de una mezcla ecléctica de
cine negro, literatura pulp, cómics de superhéroes y dibujos
animados antiguos que había visto en su infancia. El director
quiso extraer los elementos que más le gustaban: el romance y la
aventura, el ritmo trepidante, el humor y las sorpresas, los
escenarios exóticos y los «continuará» llenos de suspense, y
crear con ellos un mundo imaginativo y creíble a la vez.
Kevin Conran, hermano de
Kerry y director artístico y diseñador de vestuario de la
película, recuerda que su hermano y él corrían «los domingos por
la mañana para ver esas viejas series como «Flash Gordon» antes
de tener que salir para la iglesia». Según dice, «hacían correr
esos cohetes espaciales por un alambre y tú lo sabías, pero nos
parecía fenomenal igualmente. En esta película hay referencias
claras a aquellos dibujos y seriales antiguos. Y sabemos que hay
mucha más gente a quienes les encanta".
De la misma forma que George
Lucas encontró inspiración en las series del espacio de los años
40 como «Buck Rogers» y «Flash Gordon» para los imperios y los
combates de naves espaciales de Star Wars, Conran la halló en
estos dibujos y seriales, así como en su afición al cine negro y
de los géneros literarios de fantasía, ciencia ficción y
aventura ficción, procedentes todos ellos de la literatura pulp
de principios del siglo XX.
El término pulp se refería
originalmente al papel de baja calidad (pulp) de las revistas de
finales del siglo XIX, como Weird Tales y The Strand, que
incluían obras de maestros de la literatura tan prolíficos como
H. G. Wells (La máquina del tiempo, La guerra de los mundos),
sir Arthur Conan Doyle, (El mundo perdido, Las aventuras de
Sherlock Holmes), J. R. R. Tolkien (El señor de los anillos) y
Edgar Rice Burroughs (Tarzán de los monos). Por lo general, los
relatos pulp se centraban en la lucha del hombre con fuerzas
oscuras y poderosas, tanto internas como externas, que escapaban
a su control. A principios y mediados del siglo XX, la
literatura pulp, con su mezcla de hechos científicos y ficción
especulativa, inauguró con sus apasionantes realidades
alternativas o paralelas una nueva era en el género de relatos
fantásticos.
La universalidad de estos
conflictos se refleja en la imperecedera popularidad de
personajes como Sherlock Holmes y Tarzán, así como en la
reciente y oscarizada serie del Señor de los anillos, basada en
la trilogía de Tolkien, los remakes de gran formato de El mundo
perdido (la película homónima de Steven Spielberg) y de King
Kong, o la próxima adaptación de Robert Rodriguez de la novela
Una princesa de Marte, de Edgar Rice Burroughs.
Conran está convencido de que
mucha gente no sólo es capaz de reconocer los arquetipos
universales de los cómics y el pulp, sino también la imaginería
inolvidable que los rodea. El director ha analizado en
profundidad estas imágenes que le obsesionan y ha empleado
proporciones exageradas, encuadres minimalistas y adversarios
monstruosos para obtener el tono visual y la composición de su
maravilla de acción digital y real.
«De hecho, las proporciones
se deben en gran parte a muchas de aquellas portadas de viejas
revistas pulp, en las que las cosas quedan exageradas,
imposiblemente grandes —explica Kevin—. El paralelismo más
próximo estaría más bien en una película de animación
tradicional, sólo que con actores. La intención nunca era la de
crear un mundo de realismo fotográfico. Siempre se ha pretendido
que fuera algo autónomo, un mundo único con características
propias. Kerry quería hacer una película desde que era un niño
pequeño, y tenía estas imágenes en la cabeza».
«Yo quería ver aviones P-40
volando entre los rascacielos de Nueva York, quería ver un
zeppelín atracando en lo alto del edificio más alto del mundo
—recuerda Kerry—. De hecho, estaba algo obsesionado con lo de
atracar el zeppelín. Me pareció lo más natural, justo y adecuado
atracar uno, ya que eso nunca llegó a suceder».
Aunque un dirigible consiguió
una vez dar la vuelta al mundo, con paradas en Tokio, Los
Angeles y Nueva York, se intentó sin éxito atracar zeppelines en
el Empire State Building en dos ocasiones en los años 30. La
visión de la torre más alta del mundo como un puerto de escala
para dirigibles que acogería a visitante transatlánticos a la
ciudad más avanzada del mundo terminó para siempre tras la
tragedia del Hindenburg I en 1937.
«También hubo un Hindenburg
II —comenta Kevin, aportando un hecho histórico poco conocido—.
Así que, naturalmente, el nuestro tenía que ser el Hindenburg
III, ya que queríamos basarnos en gran parte en cosas que
hubieran ocurrido de verdad».
«El Mundo del Mañana» era el
tema de la Exposición Universal de 1939 en Nueva York, una
espectacular muestra de edificios modernos y futuristas,
instalaciones e invenciones científicas, que también
encandilaron a Kerry Conran. La sobrecogedora escala, diseñada
por el legendario Norman Bel Geddes, fue pensada para las
máquinas, no el hombre, al igual que los nuevos rascacielos y
aparcamientos de Nueva York. Términos como «aerodinámico» y
«movilidad fluida» entraron en el diccionario. Con los rápidos
avances de la ciencia y la tecnología, la máquina se había
convertido en una fuerza tanto de prosperidad como de
destrucción, y su omnipresencia inspiraba fe y miedo a la vez.
Los recorridos a través de
los gigantescos salones y muestras de la Exposición Universal
dejaban claro que la máquina estaba transformando la economía,
sociedad y psicología de todas las culturas en las que
intervenía. La «era de la máquina» impulsada por EE.UU. que
eclosionó en los años 20 y 30 era una época fructífera e
imaginativa en la que todo parecía posible, hasta que la
prosperidad y el optimismo que la caracterizaban se desmoronaron
ante las realidades del crack bursátil, la depresión y la
Segunda Guerra Mundial.
«Yo diría que la Exposición
Internacional sigue siendo algo tan mágico para mucha gente por
lo que se consiguió construir —reflexiona Kevin—. Generaba una
verdadera fascinación, un optimismo sobre cómo iba a ser el
futuro y (precisamente) el mundo del mañana, todos los prodigios
que iba a traer consigo. Ahora es fácil mostrarse cínico al
mirar atrás, pero había un optimismo auténtico con el futuro,
con todas las cosas que podría traer la tecnología».
Décadas más tarde, el
prodigio definitivo de la «era de la máquina», el ordenador con
el que Conran ha creado su fascinante pero peligroso mundo, es
el mismo instrumento que encierra la clave de la aniquilación
completa del planeta. Al desarrollar su historia, Kerry Conran
plasmó su interés por el eterno y sugerente conflicto entre el
hombre y la máquina, en un mundo impregnado por las inquietantes
sombras del cine negro. Sky Captain y el Mundo del Mañana
empieza con la irrupción de enormes monstruos mecánicos y robots
voladores que se apropian de los principales recursos minerales
y energéticos de la Tierra. Por si esto fuera poco, los
científicos más prominentes del planeta están desapareciendo uno
por uno. Cuando la reportera Polly Perkins (Gwyneth Paltrow)
investiga el misterio, no tarda en descubrir que un brillante y
misterioso inventor alemán, el Dr. Totenkopf, es el sospechoso
principal de ambos fenómenos. Aliada a su antiguo amor, el
aviador mercenario Sky Captain (Jude Law), Polly viajará por
todo el mundo en busca del científico loco para impedir que haga
detonar un artefacto exterminador.
Como explica Jon Avnet, el
título de la película encierra también la visión apocalíptica de
Totenkopf de un futuro dominado por la máquina. «Nuestro
villano, Totenkopf, es una síntesis de un grupo de científicos
de principios del siglo XX, que estaban convencidos de que el
hombre, dejado a su libre albedrío, causaría su propia
destrucción. Al ver una forma de evitar que pasara esto, quiso
crear un “Mundo del Mañana”. A mucha gente le podría parecer una
infamia, pero otros lo verían como un intento para salvar a la
humanidad. Es parecido a muchas visiones mesiánicas, buenas y
malas, románticas y dictatoriales».
Para Kerry Conran, Totenkopf
es más que el villano de la historia. Personifica los mitos
imperecederos que creamos para explicar los misterios de nuestro
mundo. «No es el típico villano que ves en la mayoría de las
películas —afirma Conran—. En última instancia, no es muy bien
como esperabas, un poco de la misma forma que el mago de Oz
tampoco era muy bien como esperabas. En cierto modo es casi una
metáfora».
El mago de Oz, una alegoría
de las cosas que no son lo que parecen, se estrenó en 1939,
igual que otras grandes películas de Hollywood como los clásicos
Lo que el viento se llevó, Caballero sin espada, Cumbres
borrascosas, Los viajes de Gulliver, el Pinocho de Disney y La
diligencia de John Ford. Conran profesa «una acérrima e
incorregible admiración por varias cosas a las que estamos
rindiendo homenaje en esta película», como El mago de Oz,
película que le apasiona por muchos motivos. Para él, la
búsqueda del escurridizo Totenkopf que emprenden Sky Captain y
Polly es similar al viaje de Dorothy para ver al mago. «Él es
una idea que persiguen —explica—. Están creando la historia [de
Totenkopf] tanto como él. Van componiendo su vida a medida que
avanzan, y en lo que descubren hay tanto de cierto como de
falso».
El control digital de unas
imágenes llenas de contrastes ha permitido a Conran recrear los
artilugios, los sueños y la belleza utópica de los ingenieros,
científicos, inventores y escritores de aquella era. Conran ha
construido su Nueva York como la ciudad del futuro que nunca
llegó a ser, la metrópolis romántica y humanista de la
imaginación, que prometía unir ciencia y arte para mejorar la
calidad de vida para todos. El director ha experimentado la
satisfacción de ver a sus personajes saltar de sus rudimentarios
orígenes a un exuberante mundo en Technicolor mientras ponen
rumbo a Shangri-la, igual que hizo Dorothy cuando aterrizó en
Oz. Y, sobre todo, y aunque la impresión es precisamente de lo
contrario, lo ha hecho sin los ingentes recursos que
necesitarían cineastas más convencionales.
«Empecé a experimentar con la
estructura de forma muy minimalista —explica Conran,
descubriendo que eran las líneas, los sombreados y los encuadres
simples y atractivos, especialmente los de los dibujos animados
antiguos, los que más avivaban sus ambiciones, y que podía crear
imágenes geométricas simples sin demasiado esfuerzo—. Más o
menos empecé con esto. Siendo un tanto ambicioso y buscando
cierta eficacia productiva. La necesidad obligaba, mayormente.
Incluso con el ordenador, muchas cosas no estaban a mi alcance
por falta de medios o tiempo. La forma en que fue evolucionando
el estilo visual fue en parte una combinación de los estilos de
películas y vídeos que me gustaban, y en parte las limitaciones
de lo que podía hacer en términos tecnológicos».
Conran estudió seriales
antiguos de dibujos, como el «Superman» de Max Fleischer, para
ver el tratamiento del encuadre, la composición y la
iluminación. «La realización cinematográfica era brillante si la
analizas como una película con actores —comenta—. Empecé
observando cómo hacían ciertas cosas para imitarlas, sólo que
con acción real. Las animación antigua no se permitía el lujo de
dibujar a miles de personas para representar a una multitud o
una ciudad, pero aun así te perecía ver una ciudad abarrotada.
Te quedabas satisfecho con la forma de diseñar esas imágenes y
esos planos».
Aunque a Avnet le encantaba
el estilo visual de la película, era consciente de que ningún
espectáculo de efectos visuales, por conseguidos que estuvieran,
podían sustituir a una historia capaz de entretener y con buenos
personajes.
«Yo sabía que había que
esforzarse al máximo para no dejar que las enormes necesidades
de la creación de los planos, las necesidades tecnológicas y
digitales, estuvieran por delante del entretenimiento puro, de
la fascinación que tiene que lograr la película —observa Avnet—.
Es una historia muy simple y se cuenta de forma tremendamente
emocionante. La tecnología está al servicio de la imaginación y
la imaginación viene servida por una gran fuerza narrativa, por
una buena historia a la antigua usanza contada de forma
entretenida».
3.
Los personajes y
el reparto >>
Imágenes y notas
de cómo se hizo "Sky Captain y el mundo del mañana" - Copyright © 2004
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