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LA TERMINAL
(The terminal)


Dirección: Steven Spielberg.
País:
USA.
Año: 2004.
Duración: 128 min.
Género: Comedia, drama, romance.

Interpretación: Tom Hanks (Viktor Navorski), Catherine Zeta-Jones (Amelia Warren), Stanley Tucci (Frank Dixon), Chi McBride (Joe Mulroy), Diego Luna (Enrique Cruz), Barry "Shabaka" Henley (Ray Thurman), Kumar Pallana (Gupta Rajan), Zoë Saldana (Dolores Torres), Eddie Jones (Salchak), Michael Nouri (Max), Jude Ciccolella (Karl).
Guión: Sacha Gervasi y Jeff Nathanson; basado en un argumento de Andrew Niccol y Sacha Gervasi.
Producción: Walter F. Parkes, Laurie MacDonald y Steven Spielberg.
Música: John Williams.
Fotografía:
Janusz Kaminski.
Montaje: Michael Kahn.
Diseño de producción: Alex McDowell.
Dirección artística: Christopher Burian-Mohr e Isabelle Guay.
Vestuario: Mary Zophres.
Estreno en USA: 18 Junio 2004.
Estreno en España: 10 Septiembre 2004.

 

CRÍTICA
por David Garrido Bazán

Spielberg y su fábula en tierra de nadie

  La trayectoria profesional de Steven Spielberg desde el éxito de "Salvar al soldado Ryan" daba hasta ahora motivos para pensar que un sutil cambio se estaba operando en el mayor fabulador que ha dado la historia del cine en los últimos años. Sin abandonar sus constantes (y dejando de lado ese personal y necesario ajuste de cuentas en más de un sentido que había sido "La lista de Schin-dler"), sus tres últimas películas ofrecían, bajo su siempre brillante envoltorio formal y su aparente falta de conexión temática entre ellas, indicios de que Spielberg estaba empezando a madurar en su cine asuntos tan serios como cierto pesimismo existencial so-bre la forma en la que el ser humano manifiesta su capacidad y su necesidad de amar (enfoque de lo más kubrickiano que impregna-ba gran parte del metraje de "A.I. Inteligencia artificial") o como el trauma de una trágica desaparición ("Minority report") o el derrumbe de la seguridad que ofrecía una unidad familiar ("Atrápame si pue-des") motivaba los actos de sus protagonistas, siempre a la bús-queda inútil de un equilibrio perdido para siempre o en perpetua hui-da hacia ninguna parte. Muchos percibimos esa amargura como una evolución lógica en un cineasta que no ha parado de crecer en una filmografía marcada por su olfato para ofrecer al público lo que quiere.

  Spielberg ha declarado que "La ter-minal" es en cierto modo su contribu-ción a equilibrar un poco las cosas en un mundo que va de mal en peor des-de los hechos del 11-S. Cree firme-mente que, con todo lo que está pa-sando, lo que el público necesita en este momento es una fábula vital y humanista, un canto optimista a la bondad intrínseca del ser humano, un film que, a la manera de aquellas pelí-culas que Frank Capra y James Ste-wart hacían en los años 40 y 50 (con la emblemática "¡Qué bello es vivir!" como estandarte), consiga hacer re-cordar al espectador que, pese a lo que vemos cada día en televi-sión y leemos en los periódicos, hay que seguir confiando en la ca-pacidad del ser humano para sobreponerse a la desgracia y salir adelante con la ayuda de nuestros semejantes, claro está. Es esta perspectiva la que no hay que perder nunca de vista a la hora de enjuiciar una película como "La terminal", una comedia ribeteada de momentos dramáticos que, pese a la indiscutible brillan-tez de algunos de sus pasajes (no olvidemos de quién esta-mos hablando), probablemente es el trabajo menos intere-sante y logrado de Spielberg en los últimos años.

  Lo cierto es que el punto de partida de la historia es francamente original y ofrecía mucho juego: la peripecia vital de Viktor Navorski, un viajero que por culpa de un golpe de estado en su imaginario país de origen del este de Europa se queda sin papeles y atrapado en una situación de alegalidad en la zona de tránsito internacional del aeropuerto JFK de Nueva York y al que no le queda más opción que apañárselas para sobrevivir allí, es sin lugar a dudas uno de los planteamientos más atractivos vistos en el cine en los últimos tiem-pos. El surrealismo atroz de esta premisa, inspirada en un hecho real, permite a Spielberg durante aproximadamente la mitad del metraje construir una espléndida comedia, apoyado por un lado en su magnífico dominio de la puesta en escena, que le saca todo el partido posible a un fascinante decorado que recrea de forma abso-lutamente verosímil un aeropuerto al completo, pero por encima de todo, contando una vez más con la complicidad de Tom Hanks, capaz de hacer de su despistado turista (que comienza siendo algo así como el primo eslavo de Forrest Gump) un personaje tan entra-ñable como inteligente, con una admirable capacidad de adapta-ción y una humanidad a prueba de bombas.

  Inicialmente, todo funciona muy bien: la sensación de inquietud que proporciona la idea de que cualquier ciudadano puede en un momento de-terminado ser víctima de una jugarreta del destino como la que sufre el per-sonaje encarnado por Tom Hanks se refuerza con el hecho de que Víktor no habla ni entiende inglés y, por lo tanto, no puede comprender ni lo que le está ocurriendo ni lo que pasa en su país, porque no puede interpretar las terribles imágenes que emiten los monitores desplegados por la termi-nal, en uno de los momentos de ma-yor dramatismo de la película. Pero esto se atempera con las si-tuaciones de pura comedia que Viktor protagoniza, primero hacien-do inútiles los esfuerzos de Stanley Tucci (espléndido en su papel de director burócrata obsesionado por las normas y cada vez más incapaz de manejar una anomalía como es Navorski) por explicarle su nueva situación y más adelante frustrando sus primeros intentos por deshacerse sutilmente de él, en la magnífica e hilarante se-cuencia de la cámara de seguridad de la puerta principal.

  La película entretiene y se ve con mucho agrado mientras Viktor va solucionando sus primeros obstáculos, que a veces nos hacen pensar en las curiosas situaciones a las que se veían abocados los personajes de Jacques Tati en obras como "Playtime", gracias a su inteligencia, su tenacidad y, por supuesto, a la complicidad de los trabajadores de la terminal (entre los que destaca el hindú Ku-mar Pallana, que tiene el personaje sin duda más agradecido de los secundarios, por su cínica resistencia inicial y su perversa idea sobre cómo hacer su trabajo) que es la base esencial de la idea de Spielberg: Víctor, pese a ser todo bondad y buena voluntad, necesi-ta de la amabilidad de los extraños, de la ayuda de ese melting pot característico de los USA para sobrevivir primero y progresar des-pués. El problema es que el guión comienza a flojear según la película avanza, pues la necesidad de ampliar el campo inicial de la propuesta incluye la aparición de nuevos perso-najes, como esa azafata encarnada por Catherine Zeta-Jones que aparece y desaparece del film, convirtiéndose en poco más que una débil excusa para que exista una inverosímil historia de amor de química nula (el punto débil de Spielberg siguen siendo las relaciones de pareja) que sólo nos deja una divertida escena (la de la cena) antes de sumirnos en la incredulidad más absoluta.

  Incredulidad a la que ayudan histo-rias introducidas con calzador como la del inmigrante ruso retenido, la re-solución del romance (?) entre el lim-piador y la oficial de inmigración o la revelación del delirante motivo del via-je de Viktor a New York, uno de esos hitos del sentimentalismo marca de la casa que a veces hace difícil de dige-rir el cine de Spielberg. Si todo eso lo enmarcamos en esta historia de soli-daridad y buen rollo que se establece entre el protagonista y los americanos que lo rodean y acogen, precisamente en uno de los aeropuertos más desa-gradables, inhóspitos y de más difícil acceso para los extranjeros, no es extraño que un espectador con cierta conciencia se desmar-que de la propuesta ante el intento de la película de hacer pasar como real un mundo tan maravilloso e imaginario como podría ser el de la tierra de Nunca Jamás de "Hook". Baste comparar al abne-gado Viktor con el personaje real que protagonizó el incidente que inspira la película (que teniendo la posibilidad de regularizar su si-tuación y salir al exterior a disfrutar del dinero que Dreamworks le ha pagado por los derechos de su historia, aún sigue viviendo en su banco del aeropuerto de París) para darse cuenta de que las verda-deras posibilidades de una historia tan rica como ésta van por ca-minos bien distintos a los de esta fábula que emplea más de dos horas para contarnos, a estas alturas, que todo puede supe-rarse en América si hay solidaridad y buena voluntad. Por mucho que nos riamos y que sea Steven Spielberg quien nos lo cuente, no cuela.

  Sin embargo, quien esto escribe, pese a sus reparos tanto con las intenciones como con los logros finales de la película, reco-mienda sin duda ver "La terminal", aunque sólo sea para disfrutar de la habitual brillantez de Spielberg narrando historias, de una nueva exhibición de Tom Hanks o de la que sin duda es hasta aho-ra la mejor hora de comedia vista en el cine en lo que va de 2004. Y es que Spielberg sigue siendo mucho Spielberg.

Calificación:


Imágenes de "La terminal" - Copyright © 2004 DreamWorks, Amblin Entertainment y Parkes/MacDonald Productions. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados.

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