CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
La memoria y el amor
indestructible
A todos nos ha pasado, en uno o en otro momento de
nuestras vidas. Es-tás tranquilamente a lo tuyo, haciendo
cualquier cosa y de repente una can-ción, un sonido, una palabra,
un gesto o incluso algo indefinible dispara un mecanismo en
nuestro cerebro y re-cordamos. La memoria tiene estas cosas, es
caprichosa e incontrolable. De repente, vuelves a vivir una
situa-ción compartida con una persona en la que no has pensado en
años, se te clava en el costado un recuerdo en-trometido,
doloroso, archivado en al-gún baúl perdido o bien vuelves a
dis-frutar de aquel maravilloso instante en el que todo parecía
perfecto y el mundo cobraba todo su sentido. Por supuesto, la
memoria en-gaña: tenemos una lente incontrolable que aumenta o
reduce la in-tensidad emocional de ese recuerdo, colorea a su
capricho las zo-nas grises, deforma lo que pasó adaptándolo a
nuestro punto de vista subjetivo o lo hace más acorde a nuestra
actual visión del mundo. Y a veces es estupendo, claro, pero
también recuerdas a aquella persona de tu pasado que compartió
tu vida en un determi-nado momento y te hizo sufrir tanto. En un
arrebato de protección, por un instante, desearías no haber
conocido nunca a esa persona, borrarla de tu memoria, donde
habita como un persistente fantas-ma... y a veces sufres por lo
contrario, por no ser capaz de recor-dar con nitidez aquella otra
historia que en su momento quisiste, por los motivos que sean,
hacer desaparecer de tu mente y que ahora sólo puedes
imaginarla. En cierto modo, los humanos somos memoria. Y no te
puedes fiar siempre de ella.
Y de eso
trata esta maravillosa película (cuyo título original, algo así
como 'El eterno brillo de una mente inmaculada', está sacado de un
verso del poeta del siglo XVII Alexander Pope), que parte de una
hipótesis tan original como sencilla: la posibilidad de borrar a
voluntad todo rastro de una persona con la que hemos mantenido
una relación afectiva y, haciendo tabla rasa, seguir con nuestra
vida sin el más mínimo recuerdo de ella. Tan inquietante y a la
vez atractiva premisa sale de la prodigiosa inventiva del
guionista Char-lie Kaufman, un tipo que, milagrosamente, parece
haber conse-guido con tan sólo cinco títulos realizados por tres
directores, rom-per esa barrera invisible que a menudo oculta a
los escritores de-trás del brillo de sus realizadores y que se
hable de “una película de Charlie Kaufman”. La verdad es que se
lo ha ganado a pulso, pues películas tan inclasificables,
sorprendentes y a ratos brillantes (aunque también a veces
fallidas) como son "Cómo
ser John Mal-kovich" (Spike Jonze, 1999), "Human
nature" (Michel Gondry, 2000), "Adaptation" (Spike Jonze
2002) o "Confesiones de una
mente peligrosa" (George Clooney,
2002) demuestran que estamos ante un autor con mayúsculas,
poseedor de un particular universo propio en el que gusta de
retorcer las convenciones narrativas, crear realidades paralelas
que sus excéntricos personajes puedan explorar o disertar sobre
sus inseguridades y debilidades a golpe de desmontar sus
identidades creadas o enfrentarlos a copias o sucedáneos de sí
mismos.
Sin
embargo, lo que diferencia "¡Olvídate de mí!" de todas las
pelí-culas mencionadas es que mientras de ellas uno podía salir
con la sensación de que ideas tan brillantes no acababan de
cuajar en una película redonda porque estaban al servicio de una
historia cu-yo núcleo central o idea principal simplemente no
estaba a la altura de los elementos que la componían, que se
convertían así en árbo-les que no dejaban ver el bosque, aquí
Kaufman ha conseguido vol-car todo su talento en un tema tan
viejo como inagotable: una his-toria de amor... o de desamor,
según se mire.
Joel (Jim
Carrey) y Clementine (Ka-te Winslet) coinciden en un vagón de
tren. Sus miradas se cruzan y de in-mediato surge una conexión
entre ellos, aunque no parezcan tener nada que ver. Él es
tímido, inseguro, intro-vertido, escribe nervioso en un libro de
notas y le cuesta articular dos pala-bras coherentes. Ella parece
todo lo contrario, es extrovertida, impulsiva, toma la
iniciativa, su comportamiento es cuanto menos extravagante,
cuan-do no neurótico. Pero ambos conec-tan. Quizás más rápida y
más fácil-mente de lo que deberían. De repente, tras observar sus
primeros ratos juntos, Gondry usa un plano de un río como
transición y, a los sones de la desoladora 'Everybody’s got to
learn sometimes', nos encontramos a un Joel destrozado porque su
novia le ha dejado, mientras los títulos de crédito co-mienzan a
aparecer en pantalla. Dando por supuesto que han pasa-do unos
cuantos años, poco a poco comenzamos a saber algunos datos sobre
esa relación y que, pese a los malos momentos vivi-dos, Joel
siente que debe intentarlo de nuevo. Pero cuando Joel va a
buscar a Clementine al trabajo se encuentra con que ésta no sólo
tiene una nueva pareja sino que actúa como si no le conociera de
nada. Es natural, ya que, como Joel pronto averiguará,
Clementine ha tomado la drástica resolución de borrar todo
rastro de él de su cabeza, imposibilitando cualquier
reconciliación. Llevado por el des-pecho y el dolor, Joel decide
tomar la misma resolución y acude a la clínica del Dr. Mierzwiak
(un espléndido Tom Wilkinson) para que le someta al mismo
procedimiento.
Y a partir
de aquí la película se bifurca en dos planos narrativos. En uno,
que transcurre íntegramente dentro del cerebro de Joel,
asistimos al proceso de borrado de sus recuerdos, comenzando por
los más recientes (y, claro, desagradables y dolorosos, pues
ambos eran una pareja en crisis) y volviendo hacia atrás en el
tiem-po, utilizando un mecanismo muy parecido al que ya empleara
Christopher Nolan en la sorprendente "Memento". Esto le permite
por un lado a Kaufman una libertad casi absoluta, pues al estar
dentro del cerebro de Joel la acción transcurre en un universo
en el que todo es literalmente posible, pero a la vez observamos
lo que ocurre en el otro plano narrativo, la realidad, en la que
alrededor de Joel, dormido en su cama y sometido al proceso de
borrado, vemos a los ayudantes del Dr. Mierzwiak –Stan (Mark
Ruffalo), Patrick (Elijah Wood) y la enfermera Mary (Kirsten
Dunst)– que, mientras hablan de sus cosas y se divierten junto a
Joel, no son conscientes de que sus actos tienen inmediatas (y
delirantes) consecuencias en el proceso de borrado.
Así,
mientras el igualmente brillante Michel Gondry (uno de los
mejores directores de videoclips del mundo, que ha creado obras
magistrales en ese campo para gente tan distinta como Björk, Foo
Fighters, los Chemi-cal Brothers o The White Stripes, en-tre otros
muchos), que demuestra ser poco menos que un alma gemela de
Kaufman, se aplica en poner en imá-genes lo que sucede en el
interior del cerebro de Joel –donde la realidad es
retorcida hasta limites inimaginables, con escenas en las que
Joel se ve a sí mismo como un tercero asistiendo a escenas que
ya ha vivido antes, el espacio y el tiempo carecen del sentido
usual y, por supuesto, todo lo que rodea a Joel desapa-rece
inexorablemente por el proceso de borrado, bien sea
descom-poniéndose, destruyéndose o volatilizándose sin más– se
añade un elemento más de extrañeza al ver cómo en ese plano
narrativo tam-bién escuchamos las voces y sufrimos las
consecuencias de los actos de los que están en la realidad, con
lo que Joel, dentro de su cabeza, acaba por tomar plena
conciencia de lo que le sucede. Los planos narrativos se
superponen y se comunican entre sí. Todo es-to que así escrito
podría parecer enormemente complicado está sin embargo narrado
en el film con una precisión tal que evita en todo momento que
el espectador se pierda.
"¡Olvídate
de mí!" es una película magnífica por muchos motivos, pero el más
importante de ellos no es la enésima demostración de la
habilidad de Kaufman para construir un artefacto original y
atrac-tivo a base de romper sistemáticamente todo tipo de
convenciones narrativas (no es ya superar la vieja estructura de
planteamiento, nudo y desenlace que los autores ven más como un
rígido corsé que como una ayuda, sino demoler a conciencia toda
continuidad temporal e incluso física, en constante cambio), sino
que toda esa catarata de imágenes e ideas sirven para construir
la comedia ro-mántica más perversa y a la vez más desoladoramente
creí-ble, por amarga, de los últimos tiempos, en el que la
progresiva toma de conciencia de Joel de la imposible vuelta
atrás de lo que va a hacer sirve para recordarnos, a todos, algo
tan sabido y a me-nudo tan ignorado como que no hay forma de
disfrutar al máximo de los placeres y las maravillas del amor
sin la obligación de acep-tar con la misma pasión toda la carga
de dolor, sufrimiento y frus-tración que siempre conlleva. O,
dicho de otra forma, Kaufman nos recuerda que por muchas vueltas
que llevamos los seres humanos dándole a este misterio que
supone enamorarse de alguien, el amor y el desamor no dejan de
ser un caos sobre el que apenas te-nemos un mínimo y a menudo
ilusorio control.
Dirán
ustedes que Kaufman no está descubriendo nada nuevo, y no les
fal-ta razón. Ni siquiera la tesis del amor como recreación de la
memoria es un enfoque novedoso en el cine, pero cualquiera que
haya visto la película podrá decirles que se asiste a ella con
la fascinación de quien ve algo nuevo por primera vez, tal es la
capa-cidad de seducción de la sofisticada propuesta del escritor
y el tremendo talento de Gondry para ponerla en imágenes: sus
protagonistas, como otros de anteriores obras de Kaufman, son
seres desvalidos, sensibles, ais-lados en su propia neurosis y,
sin embargo, capaces de captar a la perfección lo que quieren,
sobre todo cuando se enfrentan al trance de perderlo para
siempre. Es imposible no conmoverse con los desesperados
intentos de Joel por detener un proceso irre-versible cuando se
da cuenta de la enormidad de la pérdida que implica, sentir el
pánico que se apodera de él cuando sus recuerdos se esfuman
literalmente delante suyo, lo que le lleva al alucinado intento
de esquivar su destino llevándose consigo su recuerdo de
Clementine a las zonas más ocultas, vergonzosas y reprimidas de
su memoria, lo que permite a Kaufman darse un paseo por el lado
más recóndito del ser humano. Mientras, en el exterior, las
peripecias sentimentales de las personas que rodean a Joel nos
ofrecen un nuevo juego de espejos de terribles implicacio-nes,
entre las cuales brillan con luz propia las que salpican a los
personajes de Mary y el Dr. Mierzwiak o al patético Patrick.
Podríamos
hablar de las interpretaciones (Jim Carrey y, sobre to-do, Kate
Winslet, están espléndidos), de la magnífica y muy estu-diada
puesta en escena en la que la cámara en mano y el plano estático
se alternan para crear estados emocionales o de la am-bientación,
irreal como corresponde al tono del relato, que funcio-nan
admirablemente. Pero lo que hay que destacar del film es su
arrebatado y a ratos surreal lirismo, de cómo el amor ver-dadero se
las apaña para sobrevivir aun en las circunstan-cias más extremas
y de algunos momentos de increíble be-lleza y emoción verdadera
(la hermosa secuencia de la playa, el encuentro en casa de Joel
mientras éste escucha una cinta en la que habla de su relación
con Clementine) que, al final de la pelícu-la, nos obligará a más
de uno a escarbar con aprensión en nues-tros propios recuerdos
para comprobar si los restos del pasado, con su inevitable
mezcla de momentos de felicidad y de dolor, si-guen donde los
pusimos, y si no es así, si estamos a tiempo de re-construirlos en
medio del caos que es normalmente la memoria. Porque Kaufman nos
está hablando, en el fondo, de nosotros mis-mos.
Calificación:
    
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