CRÍTICA
por
Leandro Marques
¿Quién es el culpable?
"Fahrenheit 9/11", la esperadísima película de
Michael
Moore, ganadora en Cannes, polémica y taquillera en Estados
Unidos, pre-senta una curiosa característica, transformada en
pregunta. Y es que frente a la inobjetable crudeza de los hechos
que relata, el cuestionamiento surge a partir de una elección
narrativa: ¿cómo ubicarse desde la posición de autor para narrar y
mostrar sucesos que hablan por sí solos? La
estructura básica del filme de Moore recorre la bochornosa y
posiblemente fraudulenta elección de prin-cipios de 2001, tras la que George W.
Bush termina como presi-dente de los Estados Unidos. Continúa con
la investigación sobre los acontecimientos que rodean al
atentado sobre las Torres Ge-melas, desde la tragicómica
ineptitud del mandatario para ponerse en acción al tiempo que se
producía el mayor ataque en territorio estadounidense de la
historia, hasta los inexplicables negocios mi-llonarios que
empresas vinculadas con Bush y familia mantenían desde hacía
décadas con la familia de Bin Laden. Sigue con la ar-gumentación
de la ridícula, corrupta y forzada destrucción de Irak, nación
que nada tenía que ver con las miles de muertes norteameri-canas
producidas por los aviones el 11 de septiembre. Y culmina con el
análisis, influenciado por las ideas exhibidas por George Or-well
en su libro "1984", de cómo, a través de la instauración del te-rror
constante, de la amenaza permanente, un gobierno puede ma-nipular
a toda una nación.
Volvamos a la
cuestión
inicial. Fren-te a hechos elocuentes, imágenes de irrefutable
contundencia, excelente trabajo de investigación, documentos
acusadores en cámara, derroche de datos e información, el
responsable de haber colectado estos elementos tiene que tomar
una decisión, antes de volcarlos a la pantalla y transfor-marlos
en una película. Por supuesto, esa decisión es política e
ideológica. También es una elección estética. Esto es cine, y se
trata de contar una historia a través del formato que sea, del
género que sea, ficción o docu-mental. Michael
Moore, ganador del Oscar® por "Bowling for Co-lumbine", es dueño de
un estilo con sello propio: le pone su cuerpo al documental. Va,
investiga, pregunta, consigue pruebas. Es rápi-do, incisivo,
descarado, tiene una posición y la defiende. No se tra-ta de juzgar la elección estética escogida
para contar "Fahrenheit 9/11". Sin dudas, esta es una película que
debe verse, que de-be conocerse, más allá de cualquier juicio
estético, porque lo que narra pasó, pasa, sigue pasando, y está
íntimamente relacionado con el mundo en el que vivimos, con el
mundo que los seres humanos ayudamos, de una forma u otra, a
construir día a día.
No obstante, corriéndose un
poco del contenido de la cinta, y ubicándose desde otro lado
para el análisis, se trata también de observar y entender la
apuesta que realiza Moore como productor del relato. Allí se lo
puede notar obsesionado por dejar en claro su postura
política, por exhibirse, por poner de manifiesto su casi
”he-roico” rol en la lucha por la verdad; por poner, casi
forzadamente, imágenes y pequeñas historias simbólicas (la madre
de un hijo muerto en una guerra absurda) que apelen al
sentimiento a flor de piel del espectador. No hace falta aclarar
lo valioso e impor-tante de la existencia de personajes como
Moore no sólo en el cine, sino directamente como ciudadano
enojado por vivir en un mundo injusto, y con ganas de cambiarlo.
Por esa ra-zón, están de más las críticas sobre sus excesos de
subjetividad, sobre la cercanía de sus filmes al panfleto
político; están de más simplemente porque él no niega sus deseos
de influir en el público con sus opiniones. Michael Moore es
único, es un ser arrollador y combativo. Y es bueno en lo que
hace.
Sin embargo, sí pueden ser
puestas en tela de juicio las herramientas a través de las
cuales se vale para inter-ferir en la opinión de la audiencia. Es
dudoso pensar que el hecho de luchar para “los buenos” le
otorgue automáti-camente el derecho a ser tendencio-so, a
manipular con las imágenes. Con todos los elementos a su favor,
con el inmenso mérito de haberlos reunido, y el coraje de
ponerlos en pantalla, el realizador realiza una elección que al
menos es cuestiona-ble: no genera diálogos con el espec-tador, no
se corre nunca de la panta-lla, ni permite que las imágenes
hablen solas, apunta al pensa-miento “fast food”, se autoconcibe
como guía de la reflexión en lu-gar de dejar que ésta sea el
resultado de una elaboración de quien mira la película. Detrás
de cada imagen, esté o no presente física-mente el autor,
siempre hay una toma de decisión. La producción de una imagen
es también la producción de una mirada del mundo. Desde este
punto de vista, Moore tal vez exagere en sus pre-tensiones
egocéntricas. De todos modos, eso no quita el im-pacto de su film
ni su relevancia histórica. Mucho menos, bo-rra la perturbadora
sensación final, que penetra los sucesos contados y los
trasciende, que tiene que ver con la dolorosa cer-teza del mundo
en que vivimos. No hay dios ni fuerza divina o dia-bólica
responsable en eso. El mundo es una construcción pura-mente
social del hombre, que no está fundada en ninguna necesi-dad
externa a ella misma. No hay otros culpables.
Calificación:
    
Imágenes de "Fahrenheit 9/11" - Copyright © 2004 Dog Eat Dog Films y
Miramax Films. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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