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FAHRENHEIT 9/11


Dirección y guión: Michael Moore.
País:
USA.
Año: 2004.
Duración: 123 min.
Género: Documental.
Producción: Kathleen Glynn y Jim Czarnecki.
Producción ejecutiva: Agnes Mentre, Harvey Weinstein y Bob Weinstein.
Música: Jeff Gibbs.
Fotografía:
Mike Desjarlais.
Montaje: Kurt  Engfehr, Christopher Seward y T. Woody Richman.
Estreno en USA: 25 Junio 2004.
Estreno en España: 23 Julio 2004.

 

CRÍTICA
por David Garrido Bazán

Estúpidos hombre blancos (Moore incluido)

  En una de las secuencias más memorables y a la vez inquietan-tes de "Fahrenheit 9/11", asistimos al momento en el que George W. Bush, de visita en una clase infantil en Florida, es informado de que un segundo avión ha impactado contra las Torres Gemelas y que la nación estaba siendo atacada. Bush extravía la mirada, du-da, mira a su alrededor y, finalmente, toma el cuento infantil "My pet goat" (Mi cabra mascota) y lo hojea sin mucha atención, es-cudándose en él. Absolutamente paralizado durante siete minutos que debieron ser interminables (que Moore abrevia en el montaje), con la mirada perdida y la duda reflejada de forma inequívoca en su rostro, esa secuencia debería bastar por sí sola para convencer a cualquier ciudadano inteligente del hecho de que un tipo así, sin control ni iniciativa, no debería estar al frente del país más podero-so del mundo. Preguntado en una entrevista sobre cómo encontró esas imágenes, Moore cuenta que, simplemente, llamó al colegio, pidió la cinta y se la facilitaron, sorprendiéndose de que nadie lo hubiera hecho antes. «Pero así están los medios en mi país» es la inevitable conclusión.

  Sin duda, Michael Moore tiene el íntimo convencimiento de que no se puede confiar en los medios in-formativos de su país para contar la verdad sobre unas cuantas co-sas. Y desde ese convencimiento y la necesidad de hacer algo para solucionarlo es desde donde se desata este torrencial ataque a la Administración Bush, un artefacto mediático nacido con el objetivo pri-mordial de ayudar a desalojar de la Casa Blanca a su actual inquilino en las elecciones del próximo mes de noviembre al que Moore aplica el for-mato que ya le dio éxito en su anterior "Bowling for Columbine". Ésta es la diferencia fundamental que no hay que perder nunca de vista a la hora de analizar una película que, en realidad, es una ver-sión para cine fuertemente apoyada por numerosos documentos vi-suales de varias de las tesis desarrolladas por Moore en sus dos corrosivos libros, "Estúpidos hombres blancos" (2001) y "¿Qué han hecho con mi país, tío?" (2003), en las que, usando su particular sentido del humor y la ironía, saca a la luz asuntos tan serios co-mo los turbios lazos económicos que unen a la familia Bin Laden con los Bush, el conglomerado de intereses de las grandes corpo-raciones que representan algunos de los miembros más prominen-tes de la Administración Bush y su influencia en la toma de deci-siones, o la conocida sarta de mentiras con las que se trató de justificar la vergonzosa guerra de Irak, todo lo cual tiene cumplido reflejo en este film.

  Y no hay que perder de vista esa diferencia porque "Fahrenheit 9/11" no es ya un intento de análisis de algunas peligrosas tendencias de la sociedad americana como conjunto, sino un tan apasionado como contundente instrumento de denuncia absolutamente subjetivo al servicio de un fin muy determina-do en el que Moore conjuga todo lo mejor y lo peor de su controvertida figura. Porque claro, el problema con el trabajo de Moore es siempre el mismo: su brillante dominio de las técnicas de montaje y los recursos propios del documental enfrentados a los lí-mites éticos y morales de la manipulación, o dicho sea de otra for-ma, el antiquísimo debate sobre si el fin, por muy loable que sea, justifica los medios que se emplean para conseguirlo. Moore tiene a su favor la complicidad de esa parte de nosotros que está tan de acuerdo con sus planteamientos y tan harta de la miseria moral de los blancos de sus dardos que está dispuesta a perdonar actitudes que jamás toleraría si vinieran de la otra parte: el cineasta bordea así a menudo el precipicio de la deslegitimación de su propuesta.

  Sin embargo, "Fahrenheit 9/11" cuenta a su favor con unas cuantas cosas: su arranque, por ejemplo, es espléndido. Hay un prólogo en el que se acomete, como de pasada pero con contundencia, uno de los episo-dios más vergonzosos de la historia americana reciente, que no es otro que la forma en que Bush llegó al Despacho Oval gracias a una combi-nación en la que se mezclan la mani-pulación electoral que impidió a miles de ciudadanos de Florida ejercer su derecho al voto, la increíble decisión del Tribunal Supremo de los USA que impidió cualquier intento de recuento y la incapacidad del propio partido demócrata de defender tanto sus intereses como los de sus simpatizantes, como queda meridianamente claro en la magnífica secuencia en la que Al Gore despacha por imperativo legal las im-pugnaciones de diversos congresistas. Moore no insiste más de lo preciso en aquel histórico desatino, pero abre la puerta a la espe-culación lo suficiente para que todo el primer bloque del documen-tal, aquel que analiza con detalle la sólida relación económica de los EE.UU con los magnates de Arabia Saudí y, significativamente, la que une a los Bush con la familia Bin Laden gane una tremenda credibilidad a la vista de lo sucedido en las fechas inmediatamente posteriores al 11-S. Moore desnuda las flaquezas y corruptelas de la Administración Bush con su ya conocido estilo, mez-clando el humor directo (Paul Wolfowitz, vicesecretario de Defen-sa, chupeteando un peine para acicalarse ante las cámaras o Bush ensayando su swing tras hacer un llamamiento a la lucha contra el terrorismo) con su sutil ironía, pero sin descuidar lo importante: la aportación de datos con los que respaldar sus tesis.

 

Podemos estar de acuerdo con sus tesis, pero Moore se precipita a menudo por los terrenos de
la demagogia

  Lo mejor de este bloque es el excelente manejo que Moo-re hace del material ajeno: en una decisión inteligente, esta vez el cineasta se conforma con ausentarse de la pantalla y limitarse a ejercer de narra-dor, contraponiendo entrevis-tas, imágenes de televisión y documentos reales en un tan efectivo como entretenido montaje cuyo mensaje llega con facili-dad. Sin embargo, el segundo bloque de la película no resulta tan acertado: en el salto que supone pasar del análisis de los intereses que se mueven alrededor de la Administración Bush (con alguna que otra revelación ciertamente inquietante) a las inevitables conse-cuencias, es decir, la invasión de Afganistán y la posterior interven-ción en Irak, Moore se pasa de la raya. Y es que una cosa es tru-car imágenes de la serie Bonanza con los rostros de Bush y de-más compinches con fines cómicos para ilustrar la mentalidad va-quera con la que se conducen o usar divertidos temas musicales de lo más apropiado en algunos pasajes (Shiny Happy People, Be-lieve it or Not en la secuencia de Bush en el portaaviones) y otra muy distinta y peligrosa ridiculizar de la forma que Moore lo hace la coalición internacional creada alrededor de los EE.UU, omitiéndose el papel jugado por países como Gran Bretaña, Italia, Polonia o la propia España, de mucho mayor peso internacional que los citados Papua, Costa Rica, Holanda (representada con la imagen de un "pelucas" fumando marihuana) o Marruecos (y sus monos busca-minas). Aquí Moore se precipita por los terrenos de la demagogia intolerable y manipula de forma grosera: no hay más que ver el montaje paralelo entre el discurso de Bush que anuncia el comien-zo de las operaciones bélicas en Irak, los portaaviones cargando las armas de destrucción y unas casi idílicas de la población iraquí tomando café, sonriendo a la cámara y paseando cometas antes de ser masacrados por las bombas, como si vivieran en una espe-cie de paraíso y tuviéramos que obviar el hecho de que Saddam Hussein era un dictador despreciable que no dudaba en reprimir salvajemente a su pueblo. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, por así decirlo.

  No, no son formas y resulta extraño que un tipo de la inteligencia de Moo-re se comporte de una manera tan es-túpida, como los hombres blancos de su libro, poniendo en peligro de una forma tan burda todo lo que hasta en-tonces funcionaba, con sus altibajos, de una forma más que correcta y efectiva. Uno, con su mentalidad eu-ropea y la libertad informativa de la que disfruta, puede llegar a la conclu-sión de que Moore subestima la ca-pacidad del público americano de captar su mensaje hasta tal punto que necesita bajar al nivel de sus adversarios para combatirlos con sus mismas deleznables armas. Sí, la película consigue remontar el vuelo gracias a la baza de la emoción que produce la entrevista en dos momentos tempo-rales distintos que Moore hace a una madre inicialmente orgullosa de que su hijo esté en el ejército y que no comprende a los mani-festantes anti-guerra y que posteriormente, con su hijo caído en combate en Irak, busca activamente respuestas hasta, en una ca-tártica secuencia, llegar a las puertas de la Casa Blanca; pero que-da la duda porque no es complicado pensar que cualquier madre que pierda a su hijo en una guerra, sea más o menos injusta, reac-cionaría de forma parecida.

  De la misma forma, la manera en la que Moore ilustra los ho-rrores de la guerra con imágenes impactantes tiene más que ver con la necesidad de sortear la férrea censura informativa que planea sobre todo lo relacionado con Irak en los EE.UU que con apoyar sus propias tesis sobre el incuestionable hecho de que la guerra favorece a la clase dominante de una sociedad en la que el ejército se nutre de los más desfavorecidos económica-mente, que son los que en gran parte empuñan las armas a miles de kilómetros de distancia. Una de las secuencias más inquietan-tes que ilustran esta tesis es la que sigue a dos reclutadores del ejército mientras realizan su trabajo con implacable frialdad en cen-tros comerciales de barrios marginales. Pero, una vez más, Moore malogra la fuerza de esa escena cuando irrumpe en pantalla para hostigar a algunos congresistas, imbuido del añorado espíritu "Cai-ga quien caiga", para convencerles de que manden a sus hijos a lu-char a Irak. ¿Divertido? Si, claro. Pero resta más que suma, porque estas facilonas demostraciones humorísticas distraen del efectivo y afinado análisis político serio que Moore ha demostrado sobrada-mente en el primer bloque que es capaz de hacer cuando se lo pro-pone. ¿Qué importa más?

  De acuerdo, Michael Moore necesita llegar a todos los públicos, especial-mente al espectador de su país (don-de sin duda su película producirá un mayor impacto que aquí en Europa) y abofetearlo violentamente con golpes de efecto si es preciso para conseguir despertar sus conciencias plácida-mente anestesiadas. Y uno no puede sino simpatizar plenamente con su causa y adherirse a ella, claro que sí, porque sin duda la mayor parte de no-sotros viviremos mucho mas tranqui-los el día que Bush y su siniestra ca-marilla de halcones de ultraderecha abandonen la Casa Blanca. Pero le haríamos un flaco favor si no fuéramos capaces de condenar algunos de los recursos que utiliza en una película que es a menudo brillante en su montaje y su apariencia formal, siempre valiente y rebelde en su discurso, divertida y efectiva a un tiempo, pero a la vez simple y mani-puladora en algunos (demasiados) de sus pasajes, algo que no deja precisamente en muy buen lugar la capacidad de Moore para la autocrítica o para distinguir lo que perjudica a su mensaje de aquello que le ayuda en su propósito. Quizás Jean-Luc Godard te-nía parte de razón cuando declaró en Cannes que «Bush es menos imbécil de lo que Moore cree y él es la mitad de inteligente de lo que se piensa». A aquellos que se embarcan en cruzadas, sean del tipo que sean, suelen cegarles sus propias obsesiones, y Mi-chael Moore, pese a su brillantez, no es una excepción.

Calificación:


Imágenes de "Fahrenheit 9/11" - Copyright © 2004 Dog Eat Dog Films y Miramax Films. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos reservados.

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