CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Estúpidos hombre blancos
(Moore incluido)
En una de las secuencias más memorables y a la vez
inquietan-tes de "Fahrenheit 9/11", asistimos al momento en el que
George W. Bush, de visita en una clase infantil en Florida, es
informado de que un segundo avión ha impactado contra las Torres
Gemelas y que la nación estaba siendo atacada. Bush extravía la
mirada, du-da, mira a su alrededor y, finalmente, toma el cuento
infantil "My pet goat" (Mi cabra mascota) y lo hojea sin mucha
atención, es-cudándose en él. Absolutamente paralizado durante
siete minutos que debieron ser interminables (que Moore abrevia
en el montaje), con la mirada perdida y la duda reflejada de
forma inequívoca en su rostro, esa secuencia debería bastar por
sí sola para convencer a cualquier ciudadano inteligente del
hecho de que un tipo así, sin control ni iniciativa, no debería
estar al frente del país más podero-so del mundo. Preguntado
en una entrevista sobre cómo encontró esas imágenes, Moore
cuenta que, simplemente, llamó al colegio, pidió la cinta y se
la facilitaron, sorprendiéndose de que nadie lo hubiera hecho
antes. «Pero así están los medios en mi país» es la inevitable
conclusión.
Sin duda,
Michael Moore tiene
el íntimo convencimiento de que no se puede confiar en los
medios in-formativos de su país para contar la verdad sobre unas
cuantas co-sas. Y desde ese convencimiento y la necesidad de
hacer algo para solucionarlo es desde donde se desata este
torrencial ataque a la Administración Bush, un artefacto
mediático nacido con el objetivo pri-mordial de ayudar a
desalojar de la Casa Blanca a su actual inquilino en las
elecciones del próximo mes de noviembre al que Moore aplica el
for-mato que ya le dio éxito en su anterior "Bowling
for
Columbine". Ésta es la diferencia fundamental que no hay que
perder nunca de vista a la hora de analizar una película que, en
realidad, es una ver-sión para cine fuertemente apoyada por
numerosos documentos vi-suales de varias de las tesis
desarrolladas por Moore en sus dos corrosivos libros, "Estúpidos
hombres blancos" (2001) y "¿Qué han hecho con mi país, tío?" (2003),
en las que, usando su particular sentido del humor y la ironía,
saca a la luz asuntos tan serios co-mo los turbios lazos
económicos que unen a la familia Bin Laden con los Bush, el
conglomerado de intereses de las grandes corpo-raciones que
representan algunos de los miembros más prominen-tes de la
Administración Bush y su influencia en la toma de deci-siones, o
la conocida sarta de mentiras con las que se trató de justificar
la vergonzosa guerra de Irak, todo lo cual tiene cumplido
reflejo en este film.
Y no hay que perder de vista
esa diferencia porque "Fahrenheit 9/11" no es ya un intento de
análisis de algunas peligrosas tendencias de la sociedad
americana como conjunto, sino un tan apasionado como contundente
instrumento de denuncia absolutamente subjetivo al servicio de
un fin muy determina-do en el que Moore conjuga todo lo mejor y
lo peor de su controvertida figura. Porque claro, el problema
con el trabajo de Moore es siempre el mismo: su brillante
dominio de las técnicas de montaje y los recursos propios del
documental enfrentados a los lí-mites éticos y morales de la
manipulación, o dicho sea de otra for-ma, el antiquísimo debate
sobre si el fin, por muy loable que sea, justifica los medios
que se emplean para conseguirlo. Moore tiene a su favor la
complicidad de esa parte de nosotros que está tan de acuerdo con
sus planteamientos y tan harta de la miseria moral de los
blancos de sus dardos que está dispuesta a perdonar actitudes
que jamás toleraría si vinieran de la otra parte: el cineasta
bordea así a menudo el precipicio de la deslegitimación de su
propuesta.
Sin embargo,
"Fahrenheit 9/11"
cuenta a su favor con unas cuantas cosas: su arranque, por
ejemplo, es espléndido. Hay un prólogo en el que se acomete,
como de pasada pero con contundencia, uno de los episo-dios más
vergonzosos de la historia americana reciente, que no es otro
que la forma en que Bush llegó al Despacho Oval gracias a una
combi-nación en la que se mezclan la mani-pulación electoral que
impidió a miles de ciudadanos de Florida ejercer su derecho al
voto, la increíble decisión del Tribunal Supremo de los USA que
impidió cualquier intento de recuento y la incapacidad del
propio partido demócrata de defender tanto sus intereses como
los de sus simpatizantes, como queda meridianamente claro en la
magnífica secuencia en la que Al Gore despacha por imperativo
legal las im-pugnaciones de diversos congresistas. Moore no
insiste más de lo preciso en aquel histórico desatino, pero abre
la puerta a la espe-culación lo suficiente para que todo el
primer bloque del documen-tal, aquel que analiza con detalle la
sólida relación económica de los EE.UU con los magnates de
Arabia Saudí y, significativamente, la que une a los Bush con la
familia Bin Laden gane una tremenda credibilidad a la vista de
lo sucedido en las fechas inmediatamente posteriores al 11-S. Moore desnuda las flaquezas y corruptelas de la Administración
Bush con su ya conocido estilo, mez-clando el humor directo (Paul
Wolfowitz, vicesecretario de Defen-sa, chupeteando un peine para
acicalarse ante las cámaras o Bush ensayando su swing tras hacer
un llamamiento a la lucha contra el terrorismo) con su sutil
ironía, pero sin descuidar lo importante: la aportación de datos
con los que respaldar sus tesis.
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Podemos estar
de acuerdo con sus tesis, pero Moore se precipita a menudo
por los terrenos de
la demagogia |
Lo mejor de este bloque es el
excelente manejo que Moo-re hace del material ajeno: en una
decisión inteligente, esta vez el cineasta se conforma con
ausentarse de la pantalla y limitarse a ejercer de narra-dor,
contraponiendo entrevis-tas, imágenes de televisión y documentos
reales en un tan efectivo como entretenido montaje cuyo mensaje
llega con facili-dad. Sin embargo, el segundo bloque de la
película no resulta tan acertado: en el salto que supone pasar
del análisis de los intereses que se mueven alrededor de la
Administración Bush (con alguna que otra revelación ciertamente
inquietante) a las inevitables conse-cuencias, es decir, la
invasión de Afganistán y la posterior interven-ción en Irak,
Moore se pasa de la raya. Y es que una cosa es tru-car imágenes
de la serie Bonanza con los rostros de Bush y de-más compinches
con fines cómicos para ilustrar la mentalidad va-quera con la que
se conducen o usar divertidos temas musicales de lo más
apropiado en algunos pasajes (Shiny Happy People, Be-lieve it or
Not en la secuencia de Bush en el portaaviones) y otra muy
distinta y peligrosa ridiculizar de la forma que Moore lo hace
la coalición internacional creada alrededor de los EE.UU,
omitiéndose el papel jugado por países como Gran Bretaña,
Italia, Polonia o la propia España, de mucho mayor peso
internacional que los citados Papua, Costa Rica, Holanda
(representada con la imagen de un "pelucas" fumando marihuana) o
Marruecos (y sus monos busca-minas). Aquí Moore se precipita por
los terrenos de la demagogia intolerable y manipula de forma
grosera: no hay más que ver el montaje paralelo entre el
discurso de Bush que anuncia el comien-zo de las operaciones
bélicas en Irak, los portaaviones cargando las armas de
destrucción y unas casi idílicas de la población iraquí tomando
café, sonriendo a la cámara y paseando cometas antes de ser
masacrados por las bombas, como si vivieran en una espe-cie de
paraíso y tuviéramos que obviar el hecho de que Saddam Hussein
era un dictador despreciable que no dudaba en reprimir
salvajemente a su pueblo. Una cosa es una cosa y otra cosa es
otra cosa, por así decirlo.
No, no son formas y resulta
extraño que un tipo de la inteligencia de Moo-re se comporte de
una manera tan es-túpida, como los hombres blancos de su libro,
poniendo en peligro de una forma tan burda todo lo que hasta
en-tonces funcionaba, con sus altibajos, de una forma más que
correcta y efectiva. Uno, con su mentalidad eu-ropea y la
libertad informativa de la que disfruta, puede llegar a la
conclu-sión de que Moore subestima la ca-pacidad del público
americano de captar su mensaje hasta tal punto que necesita
bajar al nivel de sus adversarios para combatirlos con sus
mismas deleznables armas. Sí, la película consigue remontar el
vuelo gracias a la baza de la emoción que produce la entrevista
en dos momentos tempo-rales distintos que Moore hace a una madre
inicialmente orgullosa de que su hijo esté en el ejército y que
no comprende a los mani-festantes anti-guerra y que
posteriormente, con su hijo caído en combate en Irak, busca
activamente respuestas hasta, en una ca-tártica secuencia, llegar
a las puertas de la Casa Blanca; pero que-da la duda porque no es
complicado pensar que cualquier madre que pierda a su hijo en
una guerra, sea más o menos injusta, reac-cionaría de forma
parecida.
De la misma forma, la manera
en la que Moore ilustra los ho-rrores de la guerra con imágenes
impactantes tiene más que ver con la necesidad de sortear la
férrea censura informativa que planea sobre todo lo relacionado
con Irak en los EE.UU que con apoyar sus propias tesis sobre el
incuestionable hecho de que la guerra favorece a la clase
dominante de una sociedad en la que el ejército se nutre de los
más desfavorecidos económica-mente, que son los que en gran parte
empuñan las armas a miles de kilómetros de distancia. Una de las
secuencias más inquietan-tes que ilustran esta tesis es la que
sigue a dos reclutadores del ejército mientras realizan su
trabajo con implacable frialdad en cen-tros comerciales de
barrios marginales. Pero, una vez más, Moore malogra la fuerza
de esa escena cuando irrumpe en pantalla para hostigar a algunos
congresistas, imbuido del añorado espíritu "Cai-ga quien caiga",
para convencerles de que manden a sus hijos a lu-char a Irak.
¿Divertido? Si, claro. Pero resta más que suma, porque estas
facilonas demostraciones humorísticas distraen del efectivo y
afinado análisis político serio que Moore ha demostrado
sobrada-mente en el primer bloque que es capaz de hacer cuando se
lo pro-pone. ¿Qué importa más?
De acuerdo, Michael Moore
necesita llegar a todos los públicos, especial-mente al
espectador de su país (don-de sin duda su película producirá un
mayor impacto que aquí en Europa) y abofetearlo violentamente
con golpes de efecto si es preciso para conseguir despertar sus
conciencias plácida-mente anestesiadas. Y uno no puede sino
simpatizar plenamente con su causa y adherirse a ella, claro que
sí, porque sin duda la mayor parte de no-sotros viviremos mucho
mas tranqui-los el día que Bush y su siniestra ca-marilla de
halcones de ultraderecha abandonen la Casa Blanca. Pero le
haríamos un flaco favor si no fuéramos capaces de condenar
algunos de los recursos que utiliza en una película que es a
menudo brillante en su montaje y su apariencia formal, siempre
valiente y rebelde en su discurso, divertida y efectiva a un
tiempo, pero a la vez simple y mani-puladora en algunos
(demasiados) de sus pasajes, algo que no deja precisamente en
muy buen lugar la capacidad de Moore para la autocrítica o para
distinguir lo que perjudica a su mensaje de aquello que le ayuda
en su propósito. Quizás Jean-Luc Godard te-nía parte de razón
cuando declaró en Cannes que «Bush es menos imbécil de lo que
Moore cree y él es la mitad de inteligente de lo que se piensa».
A aquellos que se embarcan en cruzadas, sean del tipo que sean,
suelen cegarles sus propias obsesiones, y Mi-chael Moore, pese a su
brillantez, no es una excepción.
Calificación:
    
Imágenes de "Fahrenheit 9/11" - Copyright © 2004 Dog Eat Dog Films y
Miramax Films. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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