CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
La imbecilidad del hombre más poderoso del mundo
Michael Moore dinamita con ferocidad la figura de Bush en un
do-cumental que pretende mostrarle como lo que es: el cáncer que
co-rroe a Estados Unidos
Nunca antes un filme había
causado tal impacto en la sociedad de un país. En plena era de
la trivialidad de los ‘reality shows’, que un documental de
éxito que tiene como objetivo abrir los ojos a una nación (y por
extensión, al mundo) idiotizada por la televisión y por los
designios del ‘mainstream’ es todo un logro. Al ‘establishment’
político le ha salido un grano en el trasero. Un divieso lleno
de pus que duele en la conciencia gubernamental de una patria
acostum-brada a escudarse en el sensacionalismo y el alarmismo
suscitado por unos dirigentes capaces de gozar de la ausencia
total de disi-dencia en el apagón político que sufrió USA tras
los atentados del World Trade Center y acostumbrados a manipular
a una nación idiotizada por los medios de comunicación
partidistas, dictados por la desinformación. Y es que
Michael
Moore define los pilares de esta polémica y controvertida cinta
en tres objetivos fundamentales en los que sustentar toda su
ráfaga de denuncia: primero, que Ge-orge W. Bush es un imbécil
integral (algo que todo el mundo sabe); segundo, que la invasión
de Irak se fraguó para satisfacer los inte-reses económicos de
una oligarquía y nunca en el marco de la lu-cha antiterrorista
(que en el fondo jamás ha interesado a Bush, ni antes ni después
del 11-S); y, por último, que el gobierno yanqui manipuló a su
pueblo para ir a una guerra contra un país que nunca supuso una
amenaza real, al igual que los gobiernos totalitarios
manipulaban a sus súbditos en las novelas "Fahrenheit 451", de
Bradbury, o "1984", de Orwell.
Sobre estos elementos planea
"Fah-renheit 9/11", una auténtica apisona-dora que aplasta de
arriba abajo la pa-tética figura de Bush como si fuera un
mosquito zumbón, deteniéndose en algunas de las frases más
irreflexivas, simples y frívolas que sólo han podido salir de
una mentalidad tan reducida y pueril como la del presidente de
los USA. Un propósito que queda reduci-do a una imagen que
recorrió el mun-do, que representó su imbecilidad e incapacidad
de reacción, en el mo-mento en que los aviones impactan contra
las Torres Gemelas y el aton-tado gobernante, inerte y absorto en
su estulticia, seguía ojeando el libro infantil "Mi mascota la
cabra" en una escuela de primaria, impotente porque nadie de su
gabinete podía mover los hilos ante las cámaras o podía decirle
qué tenía que hacer y cómo actuar. Esto, unido a las relaciones
entre los Bush y los Bin Laden, el per-miso conferido a la
familia del terrorista para abandonar América, infringiendo el
bloqueo del espacio aéreo y la participación de los Bush en
turbios negocios de petróleo y armamento son los pretex-tos que
el implacable Michael Moore utiliza para poner en ridículo al
presidente de Estados Unidos y mover a la sociedad
norteameri-cana para expulsar a Bush de la Casa Blanca.
Como en cualquier documental,
las licencias de fondo y forma es-tán sujetas al criterio de
aquel que analiza y muestra lo que quiere contar. El montaje, la
distribución de las imágenes, los vídeos de archivo, el off y la
música utilizada construyen un mensa-je que forma parte de una
subjetividad que Moore no oculta en ningún momento y que
contrarresta con la objetividad de las chorradas cobardes y
sinsentido de Bush, de las declaraciones de muchos
entrevistados, irrefutables testimonios sobre la familia Bin
Laden, la dictadura Saudita y el comportamiento de los
legislado-res y las empresas petroleras a favor de los beneficios
usureros del conflicto de Irak, demostrando una estricta
evidencia objetiva, nun-ca hipótesis manipulada del cineasta.
Michael Moore no abandona su reconocido enfoque hacia el
entretenimiento y la fastuosa na-rración fílmica, un precepto que
amplifica aún más la fuerza de su mensaje, lanzando una
heterogénea alianza entre inteligencia para la observación y un
agudo sentido del humor cínico e irónico. Un efecto que se
revela en el ejercicio mental de un espectador al que Moore
somete a una constante interacción de incómoda visión, de-venida
del choque que provoca la extraña reacción de humor y tra-gedia
entrelazada en situaciones de surrealismo gracias a la nece-dad
de Bush y las consecuencias de esta imbecilidad que dan co-mo
resultado tragedias, matanzas y situaciones absurdamente
fu-nestas. Un cóctel de emociones a medio camino entre la
discor-dancia entre el lado humano de las situaciones y
personajes que intervienen a lo largo del documental y los
aspectos oficiales del ar-gumento, a los que satiriza con
pretensión de delación, desafío y escarnio.
"Fahrenheit 9/11" es un
iracundo gri-to que supone un último intento por llamar la
atención de un público nor-teamericano absolutamente
desinfor-mado. No se puede poner en duda que se trata de un
manifiesto pro-pagandístico exclusivamente des-tinado a que el
espectador yanqui abra los ojos ante la manipulación de miedo y
estafa que ejerce Bush (antes fueron otros), ya que, en nin-gún
momento, los europeos que han apoyado la absurda Guerra de Irak
es-tán reflejados en él. En este terreno, se echa de menos la
cara de ‘clown’ de Aznar, manifestando su servilismo faldero a
Bush o la importan-cia que Blair ha tenido en el ataque final a
los iraquíes, minimiza-das ambas a una efímera mención a los
aliados en la ofensiva más irracional de la historia moderna.
Aunque también es cierto que Moore ridiculiza la coalición que
atacó Irak nombrando a países co-mo Islandia, Afganistán, Holanda
o Colombia, olvidando a Italia,
In-glaterra, España o Japón como partícipes de la guerra, como
cóm-plices de las masacres que en Irak se han cometido. Tal vez
por ello la independencia de Moore resulta imposible abstraerla
de una subjetividad individual legítima a nivel ideológico. Sin
embargo, eso no quita para reconocer que Estados Unidos siempre
ha tenido a Europa por debajo de ellos y que la colación es lo
de menos en la cruzada del director, ya que lo más importante es
derrocar a ese antropoide dirigente que es George W. Bush. ¿Se
puede acusar por tanto a Moore de manipulador y demagogo
izquierdista? La respuesta es no. Rotundamente. El realizador no
ha con-feccionado un panfleto ‘anti-Bush’ glorificando la causa
de-mócrata. Ni mucho menos. El orondo director enfoca sus
hi-rientes hostias hacia todas las posiciones. De este modo, Al
Gore y sus congresistas son presentados como cómplices de
Wa-shington en su política bélica, del saqueo de Irak y la
restricción de las libertades civiles con el pretexto del
antiterrorismo. Y por si fue-ra poco, demuestra la hipocresía de
los congresistas demócratas al favorecer a la investidura de su
rival desoyendo las protestas de muchos ciudadanos de Florida,
todos afroamericanos, que no en-contraron ni un solo senador
demócrata que firmase las denuncias de estos votantes que
exigían un nuevo recuento de las papeletas tras el escándalo en
el Estado gobernado por el hermano de Geor-ge Bush. Por eso, este
panegírico de acoso y derribo resulta, a efectos teóricos y
deliberados, menos maniqueo que "Bowling for Columbine",
ya que aborda un objetivo claro y definido desde su pri-mer
minuto: demostrar con un material irrefutable que Bush Jr. es el
cáncer que corroe el país de las barras y las estrellas.
Para ello, la pregunta
fundamental que plantea "Fahrenheit 9/11" no es si la guerra de
Irak es justificada o no, sino por qué razón es una guerra
gratuita. Michael Moore utiliza en mu-chas ocasiones imágenes de
sangre y dolor. Cierto. Pero jamás hay que olvidar que han sido
necesarias otras imágenes de vícti-mas ultrajadas y encapuchadas
para que los medios yanquis ha-yan empezado a cuestionar las
condiciones en que actuaban sus soldados en Irak. Moore no trata
de presentar la realidad tal y como es, sino cómo los más
desprotegidos la sienten. Por eso, su ma-yor mérito es la de
expresar el malestar de las víctimas de la admi-nistración Bush,
de un estado de corrupción política que afecta a los Bush –padre
e hijo–, Cheney y Rumsfeld.
"Fahrenheit 9/11" se percibe
a veces como ejemplo sociológico de impacto mediático más que
como un docu-mental riguroso y equilibrado, pero a medida que
avanza en su denuncia, impugna la imagen inicial cómica y
grotesca del necio Bush para definir su verdadera naturaleza de
genocida autócrata capaz de utilizar a otro dic-tador como Sadam
Hussein como cortina de humo. También lo hace con el prototipo
de marines enloquecidos y palurdos deseosos de matar al ene-migo
sin causa alguna enfrentando sus escalofriantes declaraciones
con las de otros que se arrepienten de participar en una guerra
mani-pulada, sabedores de estar siendo utilizados por el gobierno
de su país en una inadmisible venganza personal. Sirva como
ejemplo la posición de Lila Lipscomb, una patriótica madre
orgullosa de su hi-jo marine que revisa su postura cuando éste
muere en Irak y com-prueba la indiferencia y el desinterés del
Estado, máxime cuando una carta del vástago le hace ser
consciente del absurdo al que lo arrojaron los políticos por
nesciencia, irresponsabilidad y, sobre to-do, por codicia. Un
hecho que Moore utiliza desde la prudencia y el respeto. Cabe
destacar, en este aspecto, el momento en que Moo-re sigue a dos
marines vestidos de gala intentando reclutar a jóve-nes
provincianos cerca de centros comerciales, a jóvenes negros
pobres y desempleados en las zonas más deprimidas del país,
contrastándolo con la reacción de los senadores del Congreso
cuando el propio Moore les pide que alisten a sus hijos en la
guerra que han defendido.
Tal vez el gran defecto de
Michael Moore haya sido la de narrar un problema del que en el
exterior de Estados Unidos no se ha tenido una venda
en los ojos, debido a que el cineasta ha tratado de mos-trar a
los americanos lo que no pueden ver por televisión. Y eso, fuera
de su entorno, produce una sensación de no haber visto nada
nuevo. Algo a lo que se une un excesivo metraje, montado de
forma veloz por la premura de su campaña contra Bush. En este
sentido, su anterior éxito, "Bowling for Columbine", resultaba
modélico, ya que ofrecía un retrato político más devastador sin
necesidad de ser tan discursivo. Mientras que en aquél se partía
de una idea concre-ta reducida a la proliferación de armas de
fuego para elaborar su mensaje contra la administración
republicana, en "Fahrenheit 9/11" todo resulta más excesivo. Un
defecto normal si tenemos en cuen-ta la clara finalidad electoral
de lo que se cuenta. Nadie sabe por el momento si este ejemplar documental
logrará su objetivo, pero Mi-chael Moore podrá sentirse
satisfecho si con su sarcasmo sedicio-so consigue que el público
se redima de la tramposa dicotomía ‘pa-tria/antipatria’ y explote
su espíritu crítico para reflexionar sobre lo que ha visto. De
lo que no cabe ninguna duda es que tanto Moore como "Fahrenheit
9/11" son absolutamente imprescin-dibles en esta sociedad en la
que vivimos.
Calificación:
    
Imágenes de "Fahrenheit 9/11" - Copyright © 2004 Dog Eat Dog Films y
Miramax Films. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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