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FAHRENHEIT 9/11


Dirección y guión: Michael Moore.
País:
USA.
Año: 2004.
Duración: 123 min.
Género: Documental.
Producción: Kathleen Glynn y Jim Czarnecki.
Producción ejecutiva: Agnes Mentre, Harvey Weinstein y Bob Weinstein.
Música: Jeff Gibbs.
Fotografía:
Mike Desjarlais.
Montaje: Kurt  Engfehr, Christopher Seward y T. Woody Richman.
Estreno en USA: 25 Junio 2004.
Estreno en España: 23 Julio 2004.

 

CRÍTICA
por Miguel Á. Refoyo

La imbecilidad del hombre más poderoso del mundo

Michael Moore dinamita con ferocidad la figura de Bush en un do-cumental que pretende mostrarle como lo que es: el cáncer que co-rroe a Estados Unidos

  Nunca antes un filme había causado tal impacto en la sociedad de un país. En plena era de la trivialidad de los ‘reality shows’, que un documental de éxito que tiene como objetivo abrir los ojos a una nación (y por extensión, al mundo) idiotizada por la televisión y por los designios del ‘mainstream’ es todo un logro. Al ‘establishment’ político le ha salido un grano en el trasero. Un divieso lleno de pus que duele en la conciencia gubernamental de una patria acostum-brada a escudarse en el sensacionalismo y el alarmismo suscitado por unos dirigentes capaces de gozar de la ausencia total de disi-dencia en el apagón político que sufrió USA tras los atentados del World Trade Center y acostumbrados a manipular a una nación idiotizada por los medios de comunicación partidistas, dictados por la desinformación. Y es que Michael Moore define los pilares de esta polémica y controvertida cinta en tres objetivos fundamentales en los que sustentar toda su ráfaga de denuncia: primero, que Ge-orge W. Bush es un imbécil integral (algo que todo el mundo sabe); segundo, que la invasión de Irak se fraguó para satisfacer los inte-reses económicos de una oligarquía y nunca en el marco de la lu-cha antiterrorista (que en el fondo jamás ha interesado a Bush, ni antes ni después del 11-S); y, por último, que el gobierno yanqui manipuló a su pueblo para ir a una guerra contra un país que nunca supuso una amenaza real, al igual que los gobiernos totalitarios manipulaban a sus súbditos en las novelas "Fahrenheit 451", de Bradbury, o "1984", de Orwell.

  Sobre estos elementos planea "Fah-renheit 9/11", una auténtica apisona-dora que aplasta de arriba abajo la pa-tética figura de Bush como si fuera un mosquito zumbón, deteniéndose en algunas de las frases más irreflexivas, simples y frívolas que sólo han podido salir de una mentalidad tan reducida y pueril como la del presidente de los USA. Un propósito que queda reduci-do a una imagen que recorrió el mun-do, que representó su imbecilidad e incapacidad de reacción, en el mo-mento en que los aviones impactan contra las Torres Gemelas y el aton-tado gobernante, inerte y absorto en su estulticia, seguía ojeando el libro infantil "Mi mascota la cabra" en una escuela de primaria, impotente porque nadie de su gabinete podía mover los hilos ante las cámaras o podía decirle qué tenía que hacer y cómo actuar. Esto, unido a las relaciones entre los Bush y los Bin Laden, el per-miso conferido a la familia del terrorista para abandonar América, infringiendo el bloqueo del espacio aéreo y la participación de los Bush en turbios negocios de petróleo y armamento son los pretex-tos que el implacable Michael Moore utiliza para poner en ridículo al presidente de Estados Unidos y mover a la sociedad norteameri-cana para expulsar a Bush de la Casa Blanca.

  Como en cualquier documental, las licencias de fondo y forma es-tán sujetas al criterio de aquel que analiza y muestra lo que quiere contar. El montaje, la distribución de las imágenes, los vídeos de archivo, el off y la música utilizada construyen un mensa-je que forma parte de una subjetividad que Moore no oculta en ningún momento y que contrarresta con la objetividad de las chorradas cobardes y sinsentido de Bush, de las declaraciones de muchos entrevistados, irrefutables testimonios sobre la familia Bin Laden, la dictadura Saudita y el comportamiento de los legislado-res y las empresas petroleras a favor de los beneficios usureros del conflicto de Irak, demostrando una estricta evidencia objetiva, nun-ca hipótesis manipulada del cineasta. Michael Moore no abandona su reconocido enfoque hacia el entretenimiento y la fastuosa na-rración fílmica, un precepto que amplifica aún más la fuerza de su mensaje, lanzando una heterogénea alianza entre inteligencia para la observación y un agudo sentido del humor cínico e irónico. Un efecto que se revela en el ejercicio mental de un espectador al que Moore somete a una constante interacción de incómoda visión, de-venida del choque que provoca la extraña reacción de humor y tra-gedia entrelazada en situaciones de surrealismo gracias a la nece-dad de Bush y las consecuencias de esta imbecilidad que dan co-mo resultado tragedias, matanzas y situaciones absurdamente fu-nestas. Un cóctel de emociones a medio camino entre la discor-dancia entre el lado humano de las situaciones y personajes que intervienen a lo largo del documental y los aspectos oficiales del ar-gumento, a los que satiriza con pretensión de delación, desafío y escarnio.

  "Fahrenheit 9/11" es un iracundo gri-to que supone un último intento por llamar la atención de un público nor-teamericano absolutamente desinfor-mado. No se puede poner en duda que se trata de un manifiesto pro-pagandístico exclusivamente des-tinado a que el espectador yanqui abra los ojos ante la manipulación de miedo y estafa que ejerce Bush (antes fueron otros), ya que, en nin-gún momento, los europeos que han apoyado la absurda Guerra de Irak es-tán reflejados en él. En este terreno, se echa de menos la cara de ‘clown’ de Aznar, manifestando su servilismo faldero a Bush o la importan-cia que Blair ha tenido en el ataque final a los iraquíes, minimiza-das ambas a una efímera mención a los aliados en la ofensiva más irracional de la historia moderna. Aunque también es cierto que Moore ridiculiza la coalición que atacó Irak nombrando a países co-mo Islandia, Afganistán, Holanda o Colombia, olvidando a Italia, In-glaterra, España o Japón como partícipes de la guerra, como cóm-plices de las masacres que en Irak se han cometido. Tal vez por ello la independencia de Moore resulta imposible abstraerla de una subjetividad individual legítima a nivel ideológico. Sin embargo, eso no quita para reconocer que Estados Unidos siempre ha tenido a Europa por debajo de ellos y que la colación es lo de menos en la cruzada del director, ya que lo más importante es derrocar a ese antropoide dirigente que es George W. Bush. ¿Se puede acusar por tanto a Moore de manipulador y demagogo izquierdista? La respuesta es no. Rotundamente. El realizador no ha con-feccionado un panfleto ‘anti-Bush’ glorificando la causa de-mócrata. Ni mucho menos. El orondo director enfoca sus hi-rientes hostias hacia todas las posiciones. De este modo, Al Gore y sus congresistas son presentados como cómplices de Wa-shington en su política bélica, del saqueo de Irak y la restricción de las libertades civiles con el pretexto del antiterrorismo. Y por si fue-ra poco, demuestra la hipocresía de los congresistas demócratas al favorecer a la investidura de su rival desoyendo las protestas de muchos ciudadanos de Florida, todos afroamericanos, que no en-contraron ni un solo senador demócrata que firmase las denuncias de estos votantes que exigían un nuevo recuento de las papeletas tras el escándalo en el Estado gobernado por el hermano de Geor-ge Bush. Por eso, este panegírico de acoso y derribo resulta, a efectos teóricos y deliberados, menos maniqueo que "Bowling for Columbine", ya que aborda un objetivo claro y definido desde su pri-mer minuto: demostrar con un material irrefutable que Bush Jr. es el cáncer que corroe el país de las barras y las estrellas.

  Para ello, la pregunta fundamental que plantea "Fahrenheit 9/11" no es si la guerra de Irak es justificada o no, sino por qué razón es una guerra gratuita. Michael Moore utiliza en mu-chas ocasiones imágenes de sangre y dolor. Cierto. Pero jamás hay que olvidar que han sido necesarias otras imágenes de vícti-mas ultrajadas y encapuchadas para que los medios yanquis ha-yan empezado a cuestionar las condiciones en que actuaban sus soldados en Irak. Moore no trata de presentar la realidad tal y como es, sino cómo los más desprotegidos la sienten. Por eso, su ma-yor mérito es la de expresar el malestar de las víctimas de la admi-nistración Bush, de un estado de corrupción política que afecta a los Bush –padre e hijo–, Cheney y Rumsfeld.

  "Fahrenheit 9/11" se percibe a veces como ejemplo sociológico de impacto mediático más que como un docu-mental riguroso y equilibrado, pero a medida que avanza en su denuncia, impugna la imagen inicial cómica y grotesca del necio Bush para definir su verdadera naturaleza de genocida autócrata capaz de utilizar a otro dic-tador como Sadam Hussein como cortina de humo. También lo hace con el prototipo de marines enloquecidos y palurdos deseosos de matar al ene-migo sin causa alguna enfrentando sus escalofriantes declaraciones con las de otros que se arrepienten de participar en una guerra mani-pulada, sabedores de estar siendo utilizados por el gobierno de su país en una inadmisible venganza personal. Sirva como ejemplo la posición de Lila Lipscomb, una patriótica madre orgullosa de su hi-jo marine que revisa su postura cuando éste muere en Irak y com-prueba la indiferencia y el desinterés del Estado, máxime cuando una carta del vástago le hace ser consciente del absurdo al que lo arrojaron los políticos por nesciencia, irresponsabilidad y, sobre to-do, por codicia. Un hecho que Moore utiliza desde la prudencia y el respeto. Cabe destacar, en este aspecto, el momento en que Moo-re sigue a dos marines vestidos de gala intentando reclutar a jóve-nes provincianos cerca de centros comerciales, a jóvenes negros pobres y desempleados en las zonas más deprimidas del país, contrastándolo con la reacción de los senadores del Congreso cuando el propio Moore les pide que alisten a sus hijos en la guerra que han defendido.

  Tal vez el gran defecto de Michael Moore haya sido la de narrar un problema del que en el exterior de Estados Unidos no se ha tenido una venda en los ojos, debido a que el cineasta ha tratado de mos-trar a los americanos lo que no pueden ver por televisión. Y eso, fuera de su entorno, produce una sensación de no haber visto nada nuevo. Algo a lo que se une un excesivo metraje, montado de forma veloz por la premura de su campaña contra Bush. En este sentido, su anterior éxito, "Bowling for Columbine", resultaba modélico, ya que ofrecía un retrato político más devastador sin necesidad de ser tan discursivo. Mientras que en aquél se partía de una idea concre-ta reducida a la proliferación de armas de fuego para elaborar su mensaje contra la administración republicana, en "Fahrenheit 9/11" todo resulta más excesivo. Un defecto normal si tenemos en cuen-ta la clara finalidad electoral de lo que se cuenta. Nadie sabe por el momento si este ejemplar documental logrará su objetivo, pero Mi-chael Moore podrá sentirse satisfecho si con su sarcasmo sedicio-so consigue que el público se redima de la tramposa dicotomía ‘pa-tria/antipatria’ y explote su espíritu crítico para reflexionar sobre lo que ha visto. De lo que no cabe ninguna duda es que tanto Moore como "Fahrenheit 9/11" son absolutamente imprescin-dibles en esta sociedad en la que vivimos.

Calificación:


Imágenes de "Fahrenheit 9/11" - Copyright © 2004 Dog Eat Dog Films y Miramax Films. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos reservados.

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