CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Vivir en Garden State debe de ser como la proyección de
una pelí-cula en una sala vacía. Butacas que muestran su roído
tapizado sin nadie sentado en ellas, ahora que empieza tu vida.
Pero el triunfo, más personal que profesional, de
Zach Braff ha sido evitar el
temor a los estrenos masivos y a los cines de suburbio. Parece
no impor-tarle si el público de esa sala viste gabanes de aire
vacío. Los habi-tantes de Garden State muestran sus tropiezos y
aciertos con tan-ta naturalidad que su aura completa todo el
espacio de la sala y atrae al primero, segundo, tercero, a los
infinitos espectadores ofendidos por la fuerza de una pequeña
película que no les mira si-quiera de reojo.
De entrada, esa franqueza sabe tan dulce como el bollo que no se
escon-de tras blondas y envoltorios platea-dos. Sin embargo,
pronto se adivinan los peligros de contar una experiencia tan
personal, el paso de la ceguera en la juventud manutenida al
deslumbra-miento por la luz de nuevas salidas; un salto de
escalón que Hollywood ha banalizado hasta el punto de invertir
el discurso de madurez en uno de infan-tilismo eterno. Ante
letreros tan lumi-nosos, el joven desorientado puede encontrar
un sendero sencillo, una historia de apariencia anecdótica
que Braff firma con un par de brochazos de ese nuevo y
com-plicado estilo ‘casual’. Es fácil sonreír irónicamente
por lo freak de su planteamiento, del mismo modo que
resulta irresistible su-cumbir a los encantos de unos detalles
sumados que, en el fondo, esconden pequeñas metáforas de su idea
principal. Gente que cor-ta las mangueras de las gasolineras,
que afila las tijeras para inau-gurar con rabia la era del
capitalismo, que teje sudarios en tumbas urbanas, que reviste su
vida de camisas a juego con el cuarto de baño. Puede
perdonársele a Braff el hacer uso de una estrategia tan
llamativa como engañosa, que captura al desprevenido, y ese
bollo, imperfecto y dulce, empieza a saber a pastelería cerrada
y recuerdos de mudanza.
Es posible
que la desestructuración, los personajes de minuto, los pasos
aleatorios en el tablero argumental sean el nuevo estilo de los
jóvenes creadores, una forma de contar que, sin embargo, guarda
mucho de decimonónico. Andrew Largeman (Braff) sería una suerte
de Oliver Twist criado en el orfanato del psicoanalista en
gra-geas y que encuentra en los sucios compañeros de barrio un
cam-bio viable. Colegas que beben, fuman, drogan y se drogan; un
am-biente de cálido aroma, como el que posee el mejor de los
vene-nos, y que consigue pasearse por la vida del huérfano sin
estriden-cias. A excepción de Sam, un excéntrico ejemplar de la
lucha si-lenciosa que algunos emprenden contra la sociedad de
serie. Ella, Natalie Portman,
es el espíritu libre que hace respirar a una trama que podría
pecar de simple y de artimañas argumentales traídas por los
pelos (esa tontuela búsqueda del regalo secreto para An-drew).
Quizá, y en contra de la mayoría de las películas actuales,
"Algo en común" sirva más como sus partes que como la suma de
ellas. Una rareza juvenil, de esa belleza tan corriente como
extraña, que gana-ría muchos puntos en la estima del melancólico
de no ser por un final enlatado. Las buenas intencio-nes
escondían todavía una pizca de ingenuidad. Y, por ello, tal vez
el dis-curso de Braff deje de valer como refe-rente generacional
y mirada añorante del adulto. Pero, en definitiva, aque-llas
partes anteriores y dispersas ter-minan superponiéndose al todo
de cierre melifluo. Su deliciosa mú-sica indie-pop para jóvenes
que no tienen sus propios Simon & Garfunkel que les soplen al
oído, sus sonrisas cómplices, sus pla-nos abarcables, su
contagiosa decepción y esperanza.
Al final
se perdonan los fallos formales tan evidentes porque no son más
que las taras perdonables de un bollo casero, sin blonda ni
horno profesional. Y su milagroso olor a nuevo y su receta sin
pretensiones verborreicas convierten a esta debutante horneada
en un rato diferente, corto y dulce. Suficiente para quien desee
apartar la preocupación de las butacas vacías y quiera volver la
cabeza ha-cia la pantalla, una meta aplicable a la vida misma y
a las utopías de salida de cine. Con tales condiciones,
cualquiera se expondría a la tormenta. Que llueva y nos mojemos.
Calificación:
    
Imágenes de "Algo en común" - Copyright © 2004 Fox Searchlight
Pitures, Miramax Films, Jersey Films, Double Feature Films y
Camelot Pictures. Distribuida en España por Buena Vista
International. Todos los derechos
reservados.
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