CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Empezando a vivir
La mayoría
del cine dirigido al pú-blico joven es imbécil porque sus
res-ponsables consideran
que el público joven es imbécil. Y con el tiempo, uno se
acostumbra a ser tratado como un imbécil y a veces hace el
esfuerzo de volverse imbécil —a algunos nos cuesta menos que a
otros— para po-der disfrutar un poco bajo el monopo-lio de la imbecilidad.
A las generacio-nes fast food se las sacia
momentá-neamente con películas basura pre-cocinadas, tan fáciles
de consumir como de expulsar. Desde los años 80 nos encontramos
con una monótona colección de largometrajes que cubren de manera
superficial y con un nulo esfuerzo creativo las necesidades de
evasión de la gente que no ha superado la treintena, y que
cuando se proponen abordar sus problemáticas específicas,
ofrecen una visión tan ramplona, pueril y prefabricada que lejos
de reflejar un respeto por esa reali-dad, parecen regodearse en
la más completa estolidez. Por eso, cuando ocasionalmente se
estrenan proyectos personales sensi-bles y cabales como "Algo en
común", uno cree que debe de tra-tarse de algún tipo de anomalía
del sistema (obviamente, la ano-malía en cuestión no procede de
Hollywood sino del cine indepen-diente). No es que esta
modesta producción, que no obstante no ha tardado en meterse a
crítica y público en el bolsillo, nos explique nada
determinantemente nuevo en el fondo, pero sí destaca por la
manera fresca, delicada y talentosa en que lo hace, que es
casi como decir que desvela un "nuevo" mundo en el agotado
universo que ya conocíamos, compartiendo una mirada de
complicidad y un discurso inteligente que conecta con las
inquietudes más profundas de los post-adolescentes, y de
aquellos que algún día lo fueron, sin renunciar por ello a un
gran sentido del humor y a ciertas dosis de extravagancia.
"Algo en común" (anodina y genérica traslación del más
circuns-tancial "Garden State") narra el regreso a su ciudad
natal de An-drew Largeman, Large, un joven y mediocre actor
televisivo que se gana la vida como camarero, y que vuelve
durante un fin de semana al hogar familiar, después de nueve
años de ausencia, con motivo del entierro de su madre. Una vez
allí deberá hacer frente al tenso distanciamiento con su padre,
un solemne psiquiatra local, se re-encontrará con sus viejos
amigos, conocidos y saludados, y hallará el amor en Sam, una
muchacha extrovertida, alocada y mentirosa compulsiva, con la
que en principio no parece compartir demasia-das cosas, pero con
la que terminará estableciéndose mucho más que sólo "algo en
común" —deberían azotar públicamente a cual-quier
crítico/comentarista/cronista/cagatintas que fuerce estúpidos
juegos de palabras con los títulos de las películas—. No tengo
in-tención de desvelar demasiado sobre una trama sencilla pero
que abriga pequeñas sorpresas en su recorrido, aunque sí merece
la pena aclarar que Large lleva medicándose desde niño por
prescip-ción paterna con un arsenal de antidepresivos y
tranquilizantes que lo mantienen "controlado", y que cuando
viaja para asistir al funeral, deja sus fármacos en casa, por lo
que aún arrastra los efectos "al-mohadón" de un prolongado
tratamiento, aunque poco a poco em-pezará a "resucitar" a un
estado de normalidad en el transcurso del relato.
La cosa realmente no se acaba aquí, porque tanto Andrew como Sam
ocultan ciertos secretos dolorosos que han determinado sus
vidas, y que tampoco pretendo destapar, ya que uno de los
aciertos de esta pelícu-la es, precisamente, que no nos ofrece
todas las explicaciones masticadas desde el comienzo, si-no que
vamos descubriendo más detalles sobre los caracteres y sus
relaciones a medida que suceden las cosas en el tiempo, de una
forma paralela en la que el protagonista va abandonando el
aturdimiento inicial y empieza a tomar conciencia de su realidad
antes de decidir em-prender un giro definitivo, y, por tanto, a
pesar de que el conjunto pueda apreciarse como previsible,
conserva un carácter de revela-ciones continuadas y una
construcción de los personajes paulatina que invita a la
implicación creciente.
Historia
de caligrafía pequeña pero repleta de las emociones que escriben
los grandes temas universales como el amor, la amistad, las
relaciones paternofiliales, la idea de familia, el reencuentro, el fracaso, la
culpa, la identidad, el concepto de normalidad o el tras-paso a
la madurez, "Algo en común" es, en
definitiva, el relato de un joven que halla la felicidad cuando,
como y donde menos lo ima-ginaba, lejos de sus sueños frustrados
de actor en Los Angeles y más cerca de sus raíces, y a un nivel
más pedestre, de lo que es-peraba (es interesante la sutil pero
oportuna comparación de los éxitos relativos alcanzados por ese amigo rico y
aburrido, por el co-lega enterrador, cómodo en su mediocridad, o
por el
matrimonio que vive marginalmente en esa especie de Arca de Noé
entregados a su ilusión, y que
ejercerán una suerte de modelo/espejo sobre las perspectivas que
se van abriendo para Andrew, entre otros). "Algo en común"
sostiene así un breve pero intenso viaje hacia el auto-descubrimiento, un paso hacia la adultez, y la insospechada
reve-lación de la realidad tal como es, con sus alegrías y sus
miserias, de un chico que romperá con el infantil
proteccionismo/control pa-terno, y empezará a sentir y a
experimentar con plenitud,
tardía-mente por primera vez, con nuevos ojos. Como le explica
Andrew a Sam, "hay cosas de niño
normal que nunca hice".
Es "Algo en común" un largome-traje que incluye componentes
có-micos y dramáticos, pero que ine-vitablemente se decanta hacia
un exitoso humor que ahonda en el surrealismo cotidiano y el
patetis-mo inherente a la vida (el invento del velcro silencioso,
los engañosos negocios piramidales, el caballero ar-mado de una cadena de
comida rápi-da, el colgado convertido en agente de policía, o las
urgencias sexuales de un perro, por ejemplo), o que inclu-so
lleva la tragedia al terreno de la ri-sa, pero sin que se sienta
como una burla, sino como un espíritu positivo de encarar la
existencia (con ese mismo ánimo que demuestra Sam cuando bromea
sobre las "protecciones" que le obligan a tomar en el trabajo
por su condi-ción), puesto que, realmente, aunque existe mucho dolor
conteni-do, se representa en una medida justa sin conducirlo al
sentimen-talismo. En este sentido, la película se desmarca de
otras mues-tras similares del cine independiente que reinciden en
un discurso nihilista, amargo y cínico —basta citar la
representativa "Ghost
world"—, pues se mantiene en un grato tono agridulce,
nunca ama-ble hasta el empalago, pero tampoco asfixiado en el
desencantado. Creo que junto con esta melancolía luminosa que
baña la cinta, "Algo en común" engancha por el carisma de unos
personajes llenos de "taras", problemas, errores y
extravagancias, no obvia-mente-buenos, pero sí netamente-buenos,
con los que se simpati-za sin dificultad y en los que es fácil
reconocerse más allá de lo particular, además de por la
naturalidad y frescura con que nos acerca a sus circunstancias
más comunes y peregrinas, y por el mimo y respeto con que trata
su realidad. Ese ajustado balance entre diversión y relieve
humano, que busca lo común a par-tir de la rareza y reivindica
la diferencia frente a lo conven-cional, hacen que el film se
sienta vivo y no como una dispa-ratada rutina hueca.
Se trata,
pues, de una comedia romántica de personajes y situa-ciones, sí, pero atípica, que podríamos
relacionar, aunque con pru-dencia, con otros dispares referentes.
Con el clásico "El graduado" de Mike Nichols, pasando por la
incorporación de Simon & Gar-funkel en su banda sonora, coincide
en la desorientación de la figu-ra central y la incomunicación
intergeneracional, así como por una historia sentimental cuyo
desenlace recordará bastante al de aqué-lla. También en
ciertos elementos del cine de Kevin Smith, tanto por el homenaje
compartido a New Jersey (insospechados rincones incluidos) como por
esos bizarros personajes secundarios, el des-parpajo de un
humor, en ocasiones negro, que sabe encontrar una vis
tragicómica en lo cotidiano, a pesar de no llegar al gamberrismo
escatológico del director de "Clerks", "Mallrats" o
"Persiguiendo a Amy" y su interés en explorar en los
lazos de la amistad y las rela-ciones de pareja. La presencia de
Natalie Portman, el retorno al paisaje de la infancia y las
dudas y resoluciones propios de la edad pueden hacer pensar en "Beautiful
girls". Y, por último, cabría refe-rirse a "Donnie
Darko", con la que converge en el atontamiento mental
del protagonista inducido por fármacos y ese primer amor de
verdad (aunque no sea el primero cronológicamente) como foco de
esperanza.
En este prometedor debut, Zach Braff,
que desempeña aquí, y no con poco mérito, labores de di-rector,
guionista y actor principal, resuelve con un estilo visual sólo
aparentemente casual y simple, pero en el que no cuesta percibir
una estudiada eficacia y flexibili-dad. Por ejemplo, ya
desde la pre-sentación inicial de Andrew, las imá-genes nos
imbuyen en su estado de letargia emocional, del mismo modo que
en las escenas de la fiesta, la cá-mara, que combina
ralentizaciones y aceleraciones muy bien empleadas, se contagia
de su percepción subjetiva bajo el efecto del éxtasis que se ha
tomado. En la primera parte (el turbulento viaje en avión, su
posición en ese dormitorio blanco nuclear, sin más muebles que
una cama y el teléfono-con-testador a través del que recibe la
fatídica noticia, y que simboliza esa "hospitalización" a la que
le somete su padre en la distancia, las secuencias que tienen
relación con esa espantosa camisa que una amiga de la fallecida
madre le ha hecho, la visita al clarividente médico
ultra-titulado, el sofá que ocupa durante la citada fiesta o
cuando más tarde se bañan en la piscina), Andrew aparece
locali-zado, por no decir perdido, en el centro de un encuadre
que lo obs-truye, aísla y ridiculiza, subrayando su
desubicación, presión y so-ledad. Sin embargo, a medida que
"despierta", recupera sus emo-ciones y sentidos, y se va
adaptando al nuevo entorno, los planos se abren en una sensación
de amplitud y libertad (el viento cuando viaja en sidecar o la
lluvia que recibe con los brazos abiertos refuer-zan esa idea de
"volver a sentirse vivo"), o bien se acercan a su rostro en los
momentos de más intimidad, pero esta vez no para aprisionarlo en
solitario, sino para poner de relieve ese espacio sen-timental
que comparte con Sam y sus amigos. La misma evolución narrativa
se aprecia en las fugaces, de hecho huidizas, interrelacio-nes
con su padre, que pasan de la distancia y frialdad a un
encuen-tro físico en el instante en que Andrew decide coger al
toro por los cuernos —se le da mejor que patear a los perros por
las "bolas"— y rebelarse contra ese yugo de culpabilidad que
lleva arrastrando desde la infancia.
El
equilibrado, acertado, y desde luego jugoso, reparto ter-mina de
elevar el nivel de una película rica en matices inter-pretativos.
El propio Zach Braff, al que algunos reconocerán por la serie "Scrubs",
ha logrado una actuación muy expresiva a pesar de tener que
exhibir a la vez un embotamiento emocional, y su perfil cómico
resulta funcional. Natalie Portman quizás pueda
parecer que toma posesión de un rol plano y fácil como "chica
bonita, ale-gre y comprensiva", un tanto infantilizada respecto a su anterior
aparición en "Closer",
pero la Reina Amidala ha sabido interiorizar las ambivalencias
de un personaje que es jovial y pizpireto como un cascabel, pero
que contiene un fondo triste y cierto punto de dese-quilibrio
mental que ajusta con precisión. El siempre perturbador
Peter Sarsgaard, que ya llamó
la atención por su papel en "Boys
don't cry" y al que hemos podido disfrutar
recientemente en la es-tupenda "Kinsey",
vuelve a imponerse con su turbia personalidad como el amigo
sepulturero de Edward. Y, finalmente, el gran
Ian Holm, como el circunspecto
psiquiatra recién enviudado, regala otro recital basado en
la economía de palabras pero tremendamen-te comunicativo en la
sobriedad gestual, haciendo comprensibles la voluntad y
preocupaciones de un padre, tal vez no muy oportuno, egoísta e
injusto, en sus decisiones, pero que no es representado como un
"villano" inútil y despiadado. La intervención de
Denis O'Hare ("21
gramos", "The
anniversary party"), que encarna aquí a ese vigilante
de la cantera que habita en un desvencijado barco enraizado, es
pequeña pero decisiva, y se hace bastante cordial.
Una última
mención a la banda sonora de "Algo en común", que incorpora un
agradable puñado de canciones próximas y antiguas de grupos que
van desde Coldplay, con el tema inicial "Don't pa-nic", hasta
Simon & Garfunkel, pero que no han sido introducidos de manera
artificial, como ocurre en otros largometrajes, con la única
intención de lanzar el (im)pertinente disco al mercado y
au-mentar dividendos, sino que se han seleccionado con
deliberación para que sus letras y melodías apoyen las
situaciones y sentimien-tos que el film transmite.
No es, ni mucho menos, "Algo en común" una película impecable.
Braff acusa los desajustes y ambiciones propios de casi toda
opera prima, for-zando algunos gags y llevando otros al borde de
la salida de tono, pero que aun así me parecieron disculpables o
incluso exuberantes, y decayendo con ciertas irregularidades en
el desa-rrollo. Un toque de imperfección que, como el de sus
protagonistas, no em-pañan, incluso añaden personalidad, a un
film divertido, entrañable, cercano y sincero, que abraza su
objetivo con ingenio y deja un muy buen sabor de boca, que
se prolonga después de esa con-versación final tan auténtica
("Entonces, ¿qué hacemos?¿Qué ha-cemos?"), que refleja la
incertidumbre de cualquiera que sepa qué es encontrar a la
persona más significativa de tu vida en el momen-to menos
propicio, y que no cambio por ninguna de esas otras
con-clusiones-pastel ajenas a la realidad. Una película cuya
esencia quedaría condensada en ese retal que ha sobrevivido de
la manta que Sam conserva desde pequeña: nostalgia por esa
infancia que no obstante debe enterrarse como a una mascota
fallecida.
Calificación:
    
Imágenes de "Algo en común" - Copyright © 2004 Fox Searchlight
Pitures, Miramax Films, Jersey Films, Double Feature Films y
Camelot Pictures. Distribuida en España por Buena Vista
International. Todos los derechos
reservados.
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