CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Veinteañeros desorientados,
inteligencia y descubrimientos
Sería relativamente sencillo despachar una película tan
interesan-te como "Algo en común" recurriendo a una serie de
lugares comu-nes que, por otra parte, parecen extenderse como la
pólvora en buena parte de las reseñas que he tenido ocasión de
leer sobre ella. Por un lado, resulta casi obligado citar
"Beautiful girls", ya que tanto el hecho de que el argumento de esta
película se centre en ese siempre temible regreso al hogar
familiar que uno abandonó hace años, como la presencia de
Natalie
Portman en un papel que muy bien podría ser la continuación
natural de aquella descara-da niña que hacía temblar los
cimientos del mundo del confuso Ti-mothy Hutton, remiten de forma
inevitable a aquel estupendo filme del malogrado Ted Demme. Por
otro, que el protagonista de la pelí-cula sea un veinteañero
confuso enfrentado con su padre y que la misma tenga una
maravillosa banda sonora que se ajusta como un guante al mecanismo
narrativo y emocional de la cinta (y en la que, para colmo,
no falta un tema de Simon y Garfunkel) puede hacer que sea
razonable pensar que estamos ante una cierta puesta al día de "El
graduado", aquel film de Mike Nichols por el que se pa-seaba
otro confuso Dustin Hoffman, aunque en realidad "Algo en común"
tenga mucho más que ver con otra joya del cine indepen-diente de
los 70, "Harold y Maude" de Hal Ashby, como el propio
Zach Braff
se ha encargado de señalar. Finalmente, los hay que han querido,
agarrándose al desconcierto y la angustia vital de Lar-ge y al
estoicismo con el que acepta la sucesión de personajes y
situaciones surrealistas con las que se enfrenta, ver en "Algo en
común" coincidencias con "Lost
in translation" de Sofia Coppola
o, más acertadamente, con el universo de Wes Anderson y los
incla-sificables pero en el fondo entrañables personajes que
desfilan por títulos como "Academia Rushmore", "Los Tenenbaums:
Una familia de genios" o
"Life
aquatic". Hasta el primerizo y añorado Kevin Smith
de "Clerks" o "Persiguiendo a Amy" viene a la mente.
Todas las referencias citadas hasta el momento son no sólo
perfectamen-te válidas sino suscribibles al 100% por el que
firma estas líneas. Sin em-bargo, resultaría algo corto de
miras y sin duda injusto quedarse con eso y minusvalorar lo
mucho que ha logrado Zach Braff con esta propuesta llena de
inteligencia, melancolía, sensi-bilidad y excentricidad, una
pelí-cula sin duda irregular y desequi-librada, tan llena de
momentos brillantes como de algunas equi-vocaciones de lo más
perdonables en una ópera prima que no elude en ningún momento su
enorme sentido del riesgo y que, lo más importante de todo,
muestra a las claras una voluntad autoral como no se ha visto en
el panorama reciente del cine independiente ame-ricano (esa etiqueta tan
manoseada y que a menudo esconde una repetición de fórmulas tan
poco atractivas como ese cine comercial al que se ofrece como
falsa alternativa), si exceptuamos, claro
es-tá, los referentes a los que hacía alusión en el párrafo
anterior. Tan-to es así que una de las sensaciones iniciales que
produce "Algo en común" es la de extrañeza. Pero no extrañeza por las
situacio-nes y personajes que pueblan el muy a menudo surrealista
viaje personal de Large en su regreso al hogar, sino extrañeza
porque un producto de estas características, que tiene la doble
virtud de cons-truir un discurso inteligente que por una vez no
trata a los destina-tarios del mismo como imbéciles y además no
tiene por qué –ni quiere en ningún momento– dejar de ser una
película poderosa-mente personal, haya conseguido franquear la
barrera de lo que hoy en día se considera “un producto rentable”
sin tener que pagar casi ningún peaje que quizás la hubiera
desvirtuado de forma irre-parable.
Zach Braff –escritor,
director y protagonista– ha creado una des-concertante pero muy atrayente mezcla de
melancolía, romanticis-mo y crisis existencialista que sin duda
tiene un fuerte componente autobiográfico. Su personaje es un
tipo en perpetuo estado de per-plejidad, en parte causado por las
drogas con las que lleva atibo-rrándose desde hace años por
prescripción de un padre psiquiatra que trataba de controlar un
supuesto problema de agresividad, y en parte por su propia crisis
vital, puesta de manifiesto desde las pri-meras imágenes de la
película. Large se encuentra fuera de lugar allá donde está, ya
sea en ese dormitorio de su piso en Los Ánge-les –que más se
asemeja a un aséptica y desnuda habitación de hospital–, a bordo
de un avión que atraviesa un mar de turbulencias o en la fiesta
que le organizan sus viejos amigos de la infancia, lle-na de
alcohol, drogas y sexo, en cuyo ambiente le resulta imposi-ble
integrarse. Su continuo estado de estupefacción ante todo lo que
le rodea (que vive con el mismo gesto entre hastiado y resigna-do
del Bill Murray dirigido por Wes Anderson o Sofia Coppola) y la
forma en la que Braff nos hace partícipes de lo aturdido y en el
fon-do lo perdido que se encuentra –a través de una puesta en
escena que aísla continuamente al personaje en el encuadre, le
ralentiza o inmoviliza frente al mundo en movimiento que está a
su alrededor–, permite una fácil identificación del personaje por
parte del especta-dor, que desarrolla una especie de instintivo
cariño hacia un tipo que, aun en su desorientación –de la que poco a
poco vamos cono-ciendo detalles sueltos–, no se mueve jamás por
el camino del
ci-nismo desaforado o la nihilista huida hacia delante de otros
retratos generacionales como pudieran ser los mostrados en
películas co-mo "Ghost
world" o "Trainspotting"; muy al contrario,
Large se hace querer por la forma en la que pasa sin hacer ruido
por ese mundo a ratos incomprensible que le rodea.
Por suerte para él, se va a cruzar en su camino Sam (una
luminosa Natalie Portman), una chica a la que conoce de
casualidad y que representa en cierto modo todo lo opuesto al
mundo de Large. Sam posee una arrolladora energía capaz de
despertar a cual-quiera con su optimista visión de la vida.
Gracias a su
encantadora virtud de adaptarse a un ser tan apático co-mo
Large y a su extraordinaria sensi-bilidad para conectar con esa
parte de él que lleva tanto tiempo anestesiada, Sam logrará rescatarle de esa crisis de angustia vital en la que lleva tanto
tiempo sumido. Lo sé, no estamos ante algo novedoso ni original:
es una historia tan vieja como el cine y contada una y mil
veces. Sin embargo, ya sea por esa irresistible sonrisa (la
escena en la que ambos se conocen, que no puede estar narrada de
un modo más simple – plano/contraplano mientras él accede a oír
la música que ella escucha en sus cascos–, es plenamente
efectiva), ya sea por la forma en la que consigue que él se abra
a ella –formando una pareja de extraña química que se
complementa a la perfección–, Braff consigue conmovernos a base
de esa mezcla de inteligencia y ternura que lleva de la
comprensión al sentimiento de una forma tan natural como exenta
de estridencias.
Dentro de una historia en el fondo tan convencional como ésta,
lo que verdaderamente hace de "Algo en común" una
película tan
estimable es el gusto de su director por cuidar el detalle y,
sobre todo, la sucesión constante de situaciones y personajes
que van de la extravagancia más o menos acep-table al más puro
surrealismo, aunque a alguno se le puede atragantar tal
acumulación, como por otra parte suele suceder con el cine de
Wes Anderson o el de Sofia Coppola. Zach Braff, prota-gonista de
una de las series más rompedoras en este campo que ha dado la
televisión en los últimos años, la muy recomendable "Scrubs",
parece haber aprendido bien alguna que otra lección de cómo
sacar partido del gag visual inesperado y llevárselo a su
cam-po. Así, "Algo en común" deja para el recuerdo algunas
imágenes impactantes más por el desconcierto que provocan en el
especta-dor (parejo al de Large) que por su innegable comicidad:
el plano de éste probándose en un cuarto de baño una camisa
hecha con el mismo dibujo del papel que hay en las paredes, el
cuadro colgado del techo del despacho de un
neurólogo porque ya no hay sitio en su pared rebosante de
diplomas o ese surrealista despertar en el que lo primero que ve
Large es... un caballero con armadura medie-val con una caja de
cereales preparándose el desayuno, son algo más que simples
golpes de inspiración destinados a demostrar el ingenio de Braff,
ya que se inscriben a la perfección en el desarrollo de la cinta y ayudan no poco a cimentar
su peculiar atmósfera.
"Algo en común" es en el fondo una reflexión bastante agridulce
sobre el inevitable camino hacia la madurez que conlleva
enterrar y despedirse para siempre del adolescente que se niega
a crecer y aceptar que la vida contiene en su interior una
notable dosis de dolor, frustración y amargura que va pareja a
los momentos de feli-cidad. Braff no se regodea en ese pe-simismo
sino que, más bien al contra-rio, parece tomar más partido por el
optimismo vital, a veces rayano en el absurdo, del personaje de
Sam, ca-paz de despertar a Large de su letargo, quizás porque
ella aún no ha tenido que atravesar esa fase que él ya ha dejado
atrás. Resulta interesante ver cómo Braff rodea a su personaje
de otros que pare-cen conformarse en sus distintas formas de
vivir la vida: tan felices (o tan desgraciados) pueden
parecernos ese enterrador que no pide nada a nadie y se lleva
bien con esa mediocridad que ha decidido aceptar y por la que
tampoco nadie puede exigirle nada; o ese mi-llonario inventor del
velcro silencioso cuya vida en esa mansión su-ya –desprovista de
muebles pero con sauna, piscina y un carrito de golf para
desplazarse por ella– deja pasar de forma despreocupada en torno
a una fiesta
continua. Large no se nos muestra así como una persona con mucho que ofrecer,
zarandeado por la vida o digno de compasión, sino alguien igual
de mediocre (o de ‘normal’) que sus amigos, alguien que simplemente se
siente perdido y confuso porque no se permite a sí mismo sentir nada: ni el
dolor cotidiano ni, claro está, el amor. De ahí que, al término
de ese
extraño viaje iniciático (tras la visita a esa pareja
que cuida de un ‘abismo inson-dable’ y es feliz con ello), acabe
por proferir gritos a la tormenta cuando por fin consigue
conectar consigo mismo, en un acto de li-beración absoluta.
Como debe ser en toda obra de un debutante con ganas de apor-tar
algo a esto del cine, Braff asume riesgos que en algún que otro
caso se traducen en equivocaciones por otro lado bastante
com-prensibles. Es el caso de algunos diálogos de la película,
que de puro pretenciosos resultan simplemente demasiado
artificiales para ser creíbles (el de Sam y Large en la
bañera, por ejemplo), aleján-dose de la emoción que pretenden transmitir; o
el caso también de
algunas secuencias (como la que transcurre en el hotel de los
mi-rones) cuya utilidad resulta bastante dudosa.
Quizás no le hubie-ra venido mal, a alguien del talento de Braff, que un guionis-ta con más experiencia le hubiera ayudado a pulir
ese libre-to repleto de ingenio, pero a ratos deficitario, de una
mayor coherencia y ritmo narrativo. Resulta
sorprendente que, a con-tracorriente del discurso que ha venido
enarbolando a lo largo de to-da la proyección, al final Braff se empeñe en
atar todos los cabos sueltos —la relación de Large con su
padre (un espléndido Ian Holm) o la historia de amor con Sam—
con un desenlace tan con-vencional y complaciente que malogra en
parte los logros de un fil-me tan notable. Quizás, como decía
Woody Allen en la ficción de "Annie Hall",
convirtiendo allí en final feliz la dolorosa ruptura que por
otro lado vivía en la realidad con Diane Keaton, Braff suscribiría eso de
«¿Qué quieren que les diga?
Era mi primera obra...» Habrá que seguirle la pista: es un
cineasta interesante.
Y no puedo concluir este comentario sin hacer mención
indispensable a una espléndida banda sonora cu-yos temas se
ajustan de maravilla al viaje emocional de esta obra: basta
con disfrutar los sones del "Don’t panic" de Coldplay justo des-pués
de que Large oye a su padre de-cirle que su madre ha fallecido;
con-moverse con la melodía del "New slang" de The Shins que Sam le
hace escuchar a Large en la sala de espera mientras ambos se
miran; ver bailar claqué (¡descalza!) delante de una chimenea a
Sam con el estribillo del "Fair" de Remy Zero; o
deleitarse con el genial "Let
go" de Frou Frou durante ese final en el aeropuerto, para darse cuenta
de que estamos ante un autor que cuida las músicas (¡y las letras!)
que suenan en su película con un excepcional esmero y un sentido de
la oportunidad con el que este cronista sintoniza al máximo. De
lo más recomendable.
Calificación:
    
Imágenes de "Algo en común" - Copyright © 2004 Fox Searchlight
Pitures, Miramax Films, Jersey Films, Double Feature Films y
Camelot Pictures. Distribuida en España por Buena Vista
International. Todos los derechos
reservados.
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