CRÍTICA
por
Javier Quevedo Puchal
Un musical en tierra de nadie
¿Es legítimo acusar a la
cinta que nos ocupa de haber nacido a remol-que de los dos
últimos grandes musi-cales de principios de siglo? O lo que es lo
mismo: ¿existiría hoy una adap-tación cinematográfica del musical
de Lloyd Webber de no haber
existido inmediatamente antes dos musicales de éxito/recaudación
tan rotundos co-mo "Moulin
Rouge" y "Chicago"?
La respuesta no es definitiva pero, desde luego, sería ingenuo
por nuestra parte descartar dicha posibilidad. Lo que tampoco
podemos obviar, sin embar-go, es que la adaptación
cinematográ-fica del libreto de Andrew Lloyd Webber ha sido un
proyecto larga-mente acariciado por diversos realizadores. No es
casualidad, de hecho, que el encargado de trasladarlo a la gran
pantalla haya aca-bado siendo Joel
Schumacher (quien, no en vano, fue propuesto como
candidato para tal labor desde 1988, tan sólo dos años des-pués
del estreno teatral en el West End). Resultará quizás insólita
la elección a tenor de las explosivas y, pese a ello,
“económicas” últimas propuestas del cineasta (me refiero a “Última
llamada” y a ese pseudo intento de Dogma a la
americana que resultó ser “Ti-gerland”).
Sin embargo, la decisión no es tan aleatoria como pudie-ra
parecer. La razón hay que buscarla tanto en las incursiones que Schumacher ya había hecho anteriormente en los bajos, bajísimos
fondos de una sociedad que prefiere “no mirar” (recordemos
“Asesi-nato en 8 mm” o “Un día de furia”) como en ese cierto
gusto por los personajes torturados de naturaleza oscura que el
director ya de-mostró en “Jóvenes ocultos” (precisamente, la
cinta que convenció a Lloyd Webber de que él era el candidato
ideal).
Una tercera razón (más
importante o menos, según gustos) esta-ría sin duda en ese
posicionamiento de Schumacher como artesa-no del cine más que
como “autor”, como fabricante de productos bien acabados y desde
luego correctos (pero, en cualquier caso, carentes de un estilo
marcado y, por ende, casi desnudos de lo que podríamos llamar
“alma”). Por supuesto, este “acoplamiento” a las exigencias del
producto hollywoodiense le va que ni pintado a la adaptación
soñada por Lloyd Webber, que no es otra que una tras-lación
casi exacta del libreto original, muy poco abierta a las
licencias (mención aparte merecen los flashback: tanto el
primero, brillante, que devuelve a la decrépita ópera el
esplendor de antaño, como aquél en el que se nos deja entrever
el origen del fantasma). De este modo, lo que tenemos es una
cinta técnicamente tan espectacular como cabía esperar (ni
más ni menos): una esce-nografía fastuosa de
Anthony Pratt, un diseño de
vestuario exqui-sito a cargo de
Alexandra Byrne, la espléndida fotografía de
John Mathieson y, obviamente,
un trabajo de cámara que realza la gran-diosidad de las emociones
“bigger-than-life” que quieren recorrer la obra (travellings
grandilocuentes, zooms espectaculares, planos en grúa).
No
obstante, la elección de talen-tos prometedores (y atractivos)
pe-ro casi desconocidos para los dos roles principales demuestra
ser, definitivamente, un arma de doble filo. Con
Emma Rossum para el pa-pel de Christine, la corista que sueña con triunfar en la ópera y que
roba el corazón del fantasma, Schumacher puede apuntarse un
tanto: no sólo lo-gra transmitir la candidez y belleza serena que
el personaje exige, sino que suya es quizás la voz más
apre-miante del reparto. El fichaje de
Ge-rard Butler como el fantasma, en cambio, acaba
revelándose como insuficiente (no sólo por las evi-dentes
limitaciones que exhibe como cantante, sino por su incapa-cidad
de personificar la amenaza inherente al personaje, si bien por
otro lado se desenvuelve perfectamente en sus cualidades
seducto-ras). Algunos secundarios de excepción como
Miranda Richard-son o
Simon Callow intentan decantar
la balanza, aunque sin lle-gar a conseguirlo del todo (de hecho,
el mayor “miscasting” de la película está en
Minnie Driver como La Carlotta,
la diva de la ópe-ra que debe suplir a fuerza de histrionismo y
sobreactuación la práctica ausencia de humor que de hecho
recorre el libreto origi-nal).
Precisamente, a juicio
de quien esto escribe, el mayor handi-cap de la cinta (aparte
del escalofriante, incomprensible do-blaje español) está ni más
ni menos que en la materia prima. Al prescindir del vigor y
la mala leche de otras óperas rock de Lloyd Webber que no se
tomaban tan en serio a sí mismas (“Evita” y “Je-sucristo
Superstar”, básicamente, que no en vano se beneficiaban de las
letras de Tim Rice y de una mejor partitura), y al no llegar a
rozar en ningún momento lo sublime de las grandes óperas a
se-cas, “El fantasma de la ópera” se queda en un molesto punto
inter-medio, en un quiero y no puedo entrar en el club de una
“Norma” o una “Aída”. En ese sentido, la cinta de Schumacher no
sólo es to-talmente fiel al libreto teatral, sino también a una
de las funciones básicas del celuloide, esto es, agrandar: con
ello, tenemos una gran historia romántica (pero mucho menos
grande de lo que se pretendía) encarnada en grandes arquetipos
(tristemente, mucho más planos de lo que Lloyd Webber quería
conseguir) y que, en de-finitiva, no emociona ni la mitad de lo
que se supone que debería.
Calificación:
    
Imágenes
de "El fantasma de la ópera de Andrew Lloyd
Webber" - Copyright © 2004
Warner Bros. Pictures, Odyssey Entertainment, Really Usefull Films y Scion Films.
Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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