CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Un gran músico fracasado
Esta opera
prima del francés Christophe Barratier
fue la encargada de clausurar la pasada Seminci’49, tras un
éxito arrollador en el país vecino. Estaba fuera de concurso en
el festival vallisoletano, pero fue una más que digna guinda
para un certamen de alto nivel, a la vez que dejó buen sabor
para lo que será la edición de sus Bodas de Oro.
Decir que
el espectador que vea la película de Barratier disfru-tará
como nunca y saldrá de la sala contagiado por su positiva y
esperanzada visión de la vida... es algo que no implica
riesgo. Está realizada desde la verdad y sinceridad de un
corazón –el del director– que contempla así la vida, y eso
siempre se transmite al público. Se-gún sus declaraciones, para
la película se basó en su propia infancia y en su formación
musical, inspirándose a su vez en las emociones sus-citadas por
la película "La jaula de los ruiseñores" que vio en la
televi-sión cuando era pequeño.
En 1949,
Clément Mathieu (Gérard Jugnot),
un profesor de música fracasado, es contratado como vigilante en
un internado de reeduca-ción de menores. El centro está regido
por estrictas y represivas re-glas educativas, y su director,
Rachin (François Berléand),
se esfuer-za por aplicar sin éxito el principio de
“acción/reacción” para castigar a esos difíciles niños.
Disconforme con esos métodos y compadecido con unos niños que
sólo tienen el problema de la falta de afecto, Clé-ment ideará
la creación de un coro como manera para acercarse a ellos y
ayudarles a encauzar su fuerza y rebeldía hacia unas
activida-des que transformarán sus vidas para siempre. Pero la
tarea no será fácil, y precisará una dosis de paciencia y
fortaleza, e incluso renun-ciar a lo más personal.
Comienza
la película con una especie de prólogo en el que dos per-sonajes
se reencuentran después de más de cincuenta años. Son dos de
aquellos niños díscolos a los que un buen hombre un día les dio
una oportunidad que cambiaría sus vidas: son Pierre Morhange
–ahora un prestigioso director de música– y Pépinot. En un largo
flash-back recordarán aquellos tiempos del internado, con una
mirada llena de cariño a su amigo Mathieu, cuyo diario tienen
ahora entre las manos; el espectador respira ya en estos
primeros planos unos aires llenos de nostalgia y agradecimiento,
y su pensamiento se va a "Cinema Paradi-so", cuando Totó –no es
causalidad que ambos papeles los interprete
Jacques Perrin– rememora a su
amigo Alfredo el proyeccionista.
A partir de entonces, sólo queda disfru-tar de un viaje a los
años 40, cuando los métodos educativos y las teorías
psico-pedagógicas no eran muy humanizado-ras, y donde las clases
eran más una es-cuela para la vida que un lugar de ins-trucción;
en este punto, la labor de pro-ducción artística nos recrea un
ambiente verosímil y permite al espectador trans-portase a otra
época con una sonrisa en los labios por la sencillez de esas
escue-las de posguerra: es el ambiente recrea-do en otros
grandes filmes como "Adiós muchachos" de Louis Malle o "El
espíritu de la colmena" de Erice, que vienen pron-to a la
memoria. La tarea de formar un coro que se propone el bueno de
Mathieu y humanizar así a través de la música nos lleva a su vez
a "Sonrisas y lágrimas", aunque aquí no haya subtrama política
ni ro-mántica; Barratier prefiere quedarse con el alma y la
mirada de los niños, meterse en su cabeza y en su corazón, para
extraer momentos de gran emoción que conmueven al espectador
cuando el coro interpreta sus canciones. No se trata de un
senti-miento sostenido por unas notas musicales hábilmente
colocadas –aunque las canciones populares y su interpretación
por el coro de Saint-Marc son dignas de elogio–, sino que poco a
poco ha ido perfi-lando unos personajes con su rebeldía,
orgullo, inocencia, sufrimiento, soledad, sencillez... allí
donde un músico fracasado –que no una per-sona fracasada– no
encuentra más que personas que necesitan cariño y no
reprimendas. Es cierto que se caricaturiza la figura del
director Rachin, y que juega la baza del contraste para
potenciar la diferente manera de educar y ensalzar la tarea del
profesor comprensivo y cari-ñoso, pero se trata de licencias del
director para dibujar unas imáge-nes amables y tiernas del niño
por formar..., y del hombre y sus posi-bilidades.
Quizá
uno de los mayores aciertos de la película esté en el casting.
El rostro de Mathieu refleja una bondad natural y una compa-sión
que hacen que su tarea no resulte nada postiza; al pensar en
“una cara de ángel” –como le define cínicamente un profesor–
ense-guida pensaríamos en el niño Morhange y su voz angelical, y
para un pequeño que todos los sábados espera inútilmente –porque
han muer-to– a que sus papás vengan a recogerle... quién mejor
que Pépinot.
Habrá
quien la califique de sentimental y dulzona. Como ya se ha
dicho, está realizada desde el interior –un interior positivo y
esperanza-do, nada agrio– pero también es claro que ofrece una
visión humanista y que confía en sus posibilidades, y para
muchos esto es sinónimo de complacencia y superficialidad: por
eso abunda tanto el cine amargo, nihilista y escéptico. El
director francés no engaña a nadie y realiza una película
honesta, con la intención de ayudar al espectador a mejo-rar su
vida como persona, aunque como “músico” uno pueda haber si-do un
fracasado. Y si no, que se lo pregunten a Mathieu, a Pépinot, a
Morhange...
Película
llena de encanto y emociones, que gustará a todos. En Francia ha
sido un grandísimo fenómeno popular, y es su candidata a los
Oscars®. Nuestra sociedad necesitaría muchos “Mathieu”:
bien-venidos sean.
Calificación:
    
Imágenes de "Los chicos del coro" - Copyright © 2004 Galatée Films, Pathé Renn
Production, France 2 Cinéma, Novo Arturo Films y Vega Films.
Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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