CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Paseo por
la vida y la muerte
“Para
mí, esos dos metros necesarios para llegar hasta ti y poder
siquiera tocarte son un viaje imposible, una quimera, ¡un
sueño!... Por eso quiero morirme” (Javier Bardem, como Ramón
Sampedro, en "Mar adentro")
Sin duda
Alejandro Amenábar tiene
muchas virtudes como ci-neasta, pero una de las más valiosas es
su sentido del riesgo, su capacidad para afrontar nuevos retos
que le hagan evolucionar y madurar no ya como creador de
poderosas historias que se mue-van en la fina línea que separa
la realidad del sueño y la muerte de la vida, sino como un autor
capaz de construir una película como esta "Mar adentro", una
obra excepcional, hermosa, honesta y, sobre todo, inteligente
que consigue llevar al espectador con enorme sensibilidad por un
aterrador viaje interior capaz de colocarlo en el mismo
borde de ese precipicio, fúnebre y vitalista a un tiempo, en el
que debió vivir gran parte de su vida Ramón Sam-pedro. El
proyecto implicaba una considerable serie de riesgos y retos:
una película sobre un personaje real, público, un tetrapléjico
convertido en símbolo de la lucha por el derecho a una muerte
dig-na hacía pensar en una obra que colocara el debate moral
abierto sobre la eutanasia en su mismo centro, o lo fácil que
podía resultar dejarse llevar en este caso por una sensiblera
corriente de simpa-tía, como ha sucedido con obras que
afrontaban temáticas simila-res, un error tan común como fatal.
Sin embargo, Amenábar y su habi-tual colaborador en los guiones
Ma-teo Gil han forjado una
historia que narra la peripecia vital de este hombre que deseaba
morir para poner fin a su sufrimiento desde la que quizás era la
opción más inteligente: el enfoque más puramente humano. Eso ha
per-mitido por un lado sortear el inevitable peligro de que la
película se convirtie-ra en una burda apología de la eutana-sia
y, a la vez, que la postura a su fa-vor asumida por el cineasta
como pro-pia tenga una fuerza inmensa, pues el viaje interior
que hacen los personajes de "Mar adentro" que rodean al propio
Ramón Sampedro es en ma-yor o menor medida el viaje que hace el
espectador, libre en todo momento y nunca manipulado. La
película se sitúa así en terrenos no muy alejados de los
explorados por Isabel Coixet en "Mi
vida sin mí" o por Tim Robbins en "Pena de muerte",
por poner tan sólo dos ejemplos de películas que afrontan temas
sumamente controverti-dos desde puntos de vista similares.
Y es que
lo importante en "Mar adentro" no es el destino de Ra-món
Sampedro, suficientemente conocido, ni tampoco en realidad su
evolución como personaje, pues la película nos muestra a
Sam-pedro en sus últimos días, cuando, tras pasar 25 años
inmóvil en una cama, llegó a la conclusión de que no quería
seguir en esa si-tuación, determinación que jamás cambió en esos
últimos años, si-no la descripción minuciosa de las personas que
le rodean. Así, y junto a un descomunal
Javier Bardem que está presente de forma constante en
casi todas las secuencias de la película en una composición
portentosa, lo que aporta la verdadera di-mensión y la carga
de profundidad emocional de "Mar adentro" es su relación con los
demás: por un lado, los lazos con esa familia que le cuida con
tanto amor como celo y respeto; por otro, el pecu-liar triángulo
amoroso, tan del gusto de Amenábar, que forma con los personajes
de Lola Dueñas y
Belén Rueda, y finalmente, y
siempre en un plano menos relevante pese a su importancia, con
la representante de la asociación DMD que encarna
Clara Segura y el abogado que
lleva su caso, Francesc Garrido.
"Mar adentro" se configura así como una película que contrapone
la posi-ción de Sampedro con las posturas que encarnan
personajes como Rosa (una magnífica Lola Dueñas), quien a golpe
de corazón es capaz de evolu-cionar desde su rechazo inicial a
comprender y asumir sus plantea-mientos como muestra del más
puro amor, o la abogada Julia (una igual-mente espléndida Belén
Rueda), cuyo propio proceso personal la lleva a re-correr un
camino paralelo al de Sam-pedro y a la que fascina la
naturalidad con el que éste acepta y desea la muerte, que se
convierte en una hermosa relación de complicidad creada desde lo
intelectual que acaba por sacudir sus sentimien-tos. Contundente
es la actitud del hermano mayor al que da vida
Celso Bugallo, el único miembro
de la familia que no acepta por convicción el camino emprendido
por Sampedro y se rebela contra él; maternal y protectora la de
su cuñada (la gran sorpresa de la película, una pedazo de actriz
llamada Mabel Rivera,
inmensa, que inunda de autenticidad la pantalla), quien sin
embargo acepta desde el respeto sus deseos; dolorosa la de ese
padre que sufre en silencio (Joan
Dalmau) y que suelta la frase más demoledora de toda
la película, y tierna esa relación filial que mantiene con ese
sobrino algo tarambana al que Ramón profesa un excepcional
cari-ño.
Todo este
complejo y delicado entramado de relaciones está con-tado a
través de un brillante guión que sabe conjugar con acierto la
emotividad, la pulsión amorosa y vital y el drama-tismo con un
puntual sentido del humor (a veces negrísimo) que era una de
las características esenciales de Sampedro. La só-lida puesta en
imágenes de Amenábar denota una clara evolución en su estilo,
obligado en parte por la limitación que supone contar una
historia que en su mayor parte transcurre entre las tres
pare-des (la cuarta es la siempre presente ventana al exterior)
de una habitación en la que los personajes entran y salen. Decía
John Ford cuando le preguntaban por Monument Valley que el mejor
pai-saje, el único que en definitiva merece la pena rodar es el
paisaje del rostro humano. Gracias al maravilloso trabajo de
caracteriza-ción de Bardem llevado a cabo por
Jo Allen, que permite sostener
primerísimos planos, Amenabar construye su película desde ahí,
entre expresivos silencios y miradas, conversaciones en los que
el espectador parece estar mirando por encima del hombro de los
per-sonajes, penetrando en esa delicada intimidad y siendo
partícipe de la corriente de complicidad que se va creando entre
ellos. Esa cercanía continua, que sólo se interrumpe bruscamente
cuando Amenábar visualiza las ensoñaciones de Sampedro
(magnífica la primera, mucho más discutible y menos efectiva la
segunda, que rompe el encanto y la fuerza de la escena),
produce una empatía que engancha al espectador y lo lleva de
paseo por rincones interiores por donde no acostumbramos a
movernos a menu-do, en lo que sin duda es su mayor objetivo,
largamente cumplido.
Arropada por una maravillosa foto-grafía de
Javier Aguirresarobe, por una
emotiva banda sonora en la que resulta decisiva la presencia del
galle-go Carlos Núñez y por
un minucioso trabajo de dirección artística que hace muy creíble
la descripción de ese her-moso entorno rural en el que
transcu-rre la historia, pero sobre todo gracias a un sólido
sentido narrativo y un ex-cepcional trabajo actoral de conjunto,
"Mar adentro" es una de esas pelícu-las apasionantes que
transmiten la convicción de sus responsables de estar contando
algo importante y que mueve a la reflexión, la misma convicción
presente ya en obras tan dispares del cine español reciente como
"Los
lunes al sol", "Te
doy mis ojos", "Mi vida sin mí" o "Hable
con ella", pero que poseen en común esa sensación de
películas imprescindibles por motivos que van más allá de lo
puramente artístico, películas de gran calado que crecen en el
recuerdo y que invitan a prolongar su experiencia más allá de la
sala, hablando sobre ella. Una hermosa experiencia.
Calificación:
    
Imágenes
de "Mar adentro" - Copyright © 2004 Sogecine e
Himenóptero. Distribuida en España por Sogepaq. Fotos por
Teresa Isasi. Todos los derechos
reservados.
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