CRÍTICA
por
José Luis Santos
“Si no se
entiende el sentido de la muerte, tampoco se entiende el sentido
de la vida”. Es una frase presente en la carta que Ramón
Sampedro Camean dirigió a los jueces el 13 de noviembre de 1996
para que le permitieran acabar con su existencia (por
considerarla un derecho, no una obligación) tras 28 años de
tetraplejia, después de que un mal salto de cabeza en la playa
le dejara inmovilizado en una cama hasta el punto de ni siquiera
poder poner fin a su vida sin ayuda. Y hoy, cuando
Alejandro Amenábar ha elegido
su historia para llevar a cabo una cuarta película que supone un
cambio de rumbo radical en su filmografía, esa frase parece
haber sido llevada a su máxima expresión plasmada en objetos a
priori tan prosaicos como varios rollos de película de 35
milímetros. Y es que si la línea seguida por su cine nos llevaba
desde el viaje por el snuff de inquie-tantes cercanías de
“Tesis” al laberinto de ilusiones/realidades de “Abre los ojos”
para desembocar en la fantasmal visión de la vida desde la
muerte que ofrecía “Los
otros”, ahora nos encontramos con un giro de 180
grados para ofrecernos un lento, plácido y do-loroso viaje a
la muerte a través de un hermoso, cálido y poético canto a la
vida, que plasma el final del periplo de este marinero
gallego que amaba tanto la vida que deseaba la muerte por no
prolongarla indignamente.
Amenábar vuelve a colaborar con Mateo
Gil, su insustituible media na-ranja en la escritura,
para crear un guión pulido, honesto, lleno de belle-za,
inteligencia y sensibilidad, que sa-be integrarse en la
filosofía de su pro-tagonista hasta aplicar con enorme talento a
sus páginas su habilidad pa-ra alternar drama y humor: la
perenne ironía de Sampedro que le permitía “reír llorando” y que
aquí incluso nos lleva también a llorar riendo. Tras un arranque
en el que su realismo hace que el espectador tenga la sensación
durante varios minutos (hasta que se va metiendo en la historia)
de que está presenciando un documen-tal, la siempre maravillosa
fotografía de Javier Aguirresarobe,
or-questada con sabiduría por Amenábar, nos lleva de la mano con
dulzura, discreción y una acertadísima sensación de intimidad y
paz (sólo rotas por el tono de apasionada libertad con que se
refle-jan las ensoñaciones del protagonista), hasta el punto de
que uno tiene la sensación de estar sentado en una silla, en
silencio, en una esquina de la habitación, desde la que escucha
a Wagner, huele el mar (centro del universo del gallego siempre
presente en la película) y oye la respiración y casi los latidos
de los corazones de los personajes. Unos personajes escritos con
una solidez y riqueza de matices notable, de forma que si
bien Sampedro es el epi-centro del terremoto emocional al que
asistimos, la historia crece exponencialmente y se cataliza a
partir de los efectos que va causando en los que están a su
alrededor, desde las dos mujeres que encuentran las mismas
respuestas a distintas preguntas y se rinden a su efecto
magnético, hasta sus amigos y cada uno de los miembros de su
familia, ofreciendo un completísi-mo mapa de actitudes ante este
obstinado viaje hacia la muerte. Pero ese mapa no cobraría vida
si no fuera por unas interpretacio-nes prodigiosas,
virtuosamente dirigidas.
Apoyado en una perfecta caracteri-zación de la gran maquilladora
Jo Allen (que ya
transfigurara a Nicole Kidman en Virginia Woolf en “Las
ho-ras”), la actuación de
Javier Bardem podría resumirse a la perfección con
una frase suya en una entrevista: “Era un problema qué hacer con
la energía cuando te tiras seis meses en una cama. Comprendí que
mi misión era poner esa energía en la voz, en los ojos...”. Y ya
lo creo que lo hace, re-galando a la cámara una composición
memorable, llena de ternura, humana, de un amplio registro que
logra abar-car todo el perfil del personaje y alcanza una
perfecta simbiosis en-tre actor y guión. Alrededor de él, todos
sus compañeros de reparto están irreprochables, desde unos
sobrecogedores Mabel Rivera
y Celso Bugallo hasta una
Lola Dueñas espléndida y una
Belén Rueda sorprendente, sin
olvidar a los Joan Dalmau,
Clara Segu-ra, etc.
Actuaciones que refuerzan enormemente la historia y sus
múltiples matices, tanto en sus diálogos hablados como en los
que fluyen a través de simples miradas. Amenábar sabe
aprovecharlas para establecer con sus personajes y con el
espectador una rela-ción cómplice, llena de matices,
insinuaciones, susurros y pregun-tas, con la habilidad de hacer
compatible la reivindicación en pro de la eutanasia del
protagonista con una explosión de vida que combi-na la riqueza
de sus planteamientos con la elegancia de sus fórmu-las (siempre
basadas en una planificación minuciosa) y que ante todo nos
muestra a un tipo que ha visto, vivido y asimilado muchísi-mo
cine.
El
llanto está presente desde el primer hasta el último foto-grama,
unas veces mitigado por el amargo sentido del hu-mor y otras en
estado puro, pero siempre anudado en la gar-ganta del espectador,
agarrado a su pecho para acompañarnos por uno de esos viajes
cinematográficos que lo hacen a uno sentir persona, que lo hacen
crecer y vivir, un viaje liberador, que perma-nece en la
conciencia y que hace que acabada la proyección y apagadas las
luces, aún resuenen en nuestra cabeza los versos de Sampedro que
sabiamente cierran el metraje por ser el epílogo per-fecto:
“Pero me despierto siempre, y siempre quiero estar muerto, para
seguir con mi boca enredada en tus cabellos”.
Calificación:
    
Imágenes
de "Mar adentro" - Copyright © 2004 Sogecine e
Himenóptero. Distribuida en España por Sogepaq. Fotos por
Teresa Isasi. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Mar adentro"
Añade "Mar adentro" a tus películas favoritas
Opina sobre "Mar adentro" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda "Mar adentro" a un amigo
|