CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Extraña
mezcla de ardid y hermosa fábula
Amenábar
compone su mejor y más hermosa película, consciente de la
facilidad del drama y sin arriesgar lo más mínimo
No hace falta explicar mucho sobre la sinopsis de "Mar adentro",
de sobra conocida por todos. Amenábar propo-ne una película de
corte intimista, que no aspira a juzgar las razones que
im-pulsaron a Ramón Sampedro a aca-bar con su vida, sino a
comprender-las. Con este nuevo trabajo, posible-mente el mejor
en la corta trayectoria del cineasta,
Amenábar se descubre fácilmente por su excelente
forma de emplear los recursos cinematográfi-cos, muy elegantes y
luminosos, aportando una sugerente capacidad de seducir al
espectador, es decir, de llevarlo por donde él quiere, aspecto
fundamental de su eficacia na-rrativa y visual. Mucho más
melodramática que naturalista, "Mar adentro" encuentra un
extraño equilibrio en la paradójica intrascen-dencia de su
gravedad temática al proponer, casi de pasada, as-pectos
morales, detalles políticos y reacciones sociales que se
su-cedieron en la reclamación de una muerte digna por parte de
Sam-pedro y que, por esa misma razón, nunca asfixia el retrato
humano que el director ofrece. Algo reprochable de entrada, ya
que se echa de menos un poco más de compromiso por parte de los
guionistas. Pero cualquier defecto se escombra con la belleza
de lo que se cuenta y cómo se narra en una hermosa historia
a modo de inasible paseo entre la vida y la muerte, desde
la ventana indiscreta de las ensoñaciones, deseos y voluntades
de un hombre que no quiere seguir viviendo.
Como
aproximación al drama humano de Sampedro, la película es mucho
más que correcta, ya que nunca cae en histrionismos y se afana
en buscar que todo resulte lo más creíble posible. "Mar
adentro", antes que una obra de tesis, pretende ser una
reivindica-ción de la libertad del ser humano para tutelar su
destino a través de los ojos de un hombre impedido que encuentra
su objetivo final en la muerte. Pero, lejos de la prometida
trascendencia de la trama y su discurso inicial, Amenábar se
salvaguarda de cualquier este-reotipo cuidando mucho no ceder a
lo fácil, jugando con el humor blanco, pero sin resultar
gracioso, aparentando ser profundo, sin cruzar nunca los límites
que conlleve a cualquier polémica por lo espinoso de su fondo
argumental. Encuentra así la fórmula perfecta para que el
público caiga rendido ante su historia.
Y es cuando el niño prodigio del cine español, sólo en este
sentido, resulta más honesto que nunca. Porque es consciente
tanto de sus virtudes co-mo de sus limitaciones. Aun así, "Mar
adentro" huele a muchas cosas vis-tas, como una amalgama
analítica de trucos narrativos que embria-gan, que llegan al
corazón del pú-blico mucho antes que a la cabe-za. Una
astucia totalmente plausible con el melodrama, pero nada
justifica-ble con su fondo real. Estamos por tanto ante una
película desprovista de riesgo, ya que nunca una cinta antes en
el cine español había sido tan mediatizada, había escogido una
historia real tan célebre y polémica o se había apoyado en el
direc-tor de moda del cine español y en el mejor actor europeo,
unido al drama que utiliza las mismas formas y recursos
estructurales que los filmes dramáticos americanos que comulgan
tan bien con el gran público. Si a eso unimos el perfecto
engranaje de una promo-ción perfecta que ha saturado cualquier
previsión, tenemos un ta-quillazo seguro. Como es el caso de
"Mar adentro".
Amenábar cae, sin embargo, en el más descarado ‘tear jer-ker’,
es decir, el género destinado a verse en la sala de cine
provisto de una caja de ‘kleenex’ reservados a enjugar las
lágri-mas del espectador. Son películas sin demasiada
personalidad ni carácter, pero que logran contagiar al público
una historia dramáti-ca que arrolla y desarma. Ha funcionado
siempre. Ejemplos de ello son cintas más o menos recordadas como
"Magnolias de acero", "Lorenzo’s oil: El aceite de la vida", "Otoño
en Nueva York" o "En
la habitación". Algo así como el ‘boom’ lacrimógeno
que en su día fueran "Kramer contra Kramer" y "Campeón". La gran
ventaja de "Mar adentro" sobre estas películas es su intención
de reflexionar sobre la muerte vista desde la vida, donde el
deseo de morir, el de-seo de una dignidad asociada a esa muerte
es visto desde la pers-pectiva de quien no puede valerse por sí
mismo. A Amenábar le hu-biera gustado que su cuarta película
supusiera para el espectador una reconciliación con el cine
español mediante una cercanía nece-saria que hace de la pantalla
un sugerente viaje para enfrentarnos al mundo. Pero no es así,
fundamentalmente por el esquivo enfoque que el realizador tiene
ante un tema tan complicado como la euta-nasia.
"Mar adentro" se refiere a ese ámbi-to de autonomía personal en
el que cada hombre es libre de vivir o morir, para así,
presentar como ejercicio de afirmación vitalista la posición de
Ra-món Sampedro ante la vida y la muer-te. Se supone que estar
atado a una cama durante tres décadas es signo evidente de
impotencia y que ello pue-de conllevar a la máxima de que el
hombre es dueño de sus decisiones y, como tal, proclama su
derecho a morir, libre de ataduras jurídicas o morales. Pero
Amenábar, llevado por su pensamiento único que sustenta su
ideología positivista y laicista, no se compromete ante la
situación de Sampedro. En "Mar adentro" Sampedro quiere morir,
anhela la muerte, pero no en un sentido vitalista a lo Millán
Astray, sino como negación absoluta a la posibilidad de un
significado de existencia. En las secuencias en las que
cualquier secundario le ofrece razones para vivir, el
te-trapléjico las rechazas temiendo que su consistencia destroce
sus esquemas.
Por el
contrario, ningún personaje encarna la concepción de la vida
como don, sino que el planteamiento es exclusivamente emo-cional
o de sentido común. Amenábar y Mateo
Gil no han queri-do profundizar en los porqués de la vida
o la muerte, tal vez por lo problemático que esto hubiera
supuesto para ahondar en su historia. Así, la actitud de
Sampedro, impasible y convenci-da, expuesta a través de la
mirada hagiográfica y la valentía, es descubierta como
irrefutable y convincente para todos. "Mar aden-tro" responde a
un diseño de tiralíneas para graduar el elemento ideológico.
Dentro de este terreno, cabe destacar esa absurda se-cuencia
pretendidamente cómica que enfrenta al héroe Sampedro con un
sacerdote tetrapléjico que le visita para convencerle y
ani-marle a seguir viviendo. En ella, para obtener la simpatía
del público y acercar a la decisión de Ramón, Amenábar
ridiculiza a la Iglesia de forma anticlerical, apelando a la
risa y rompiendo a su vez la contención dramática y la seriedad
de toda la película, llegando a afirmar que la Iglesia defiende
la pena de muerte. Y todos tan con-tentos. Con la risa de ver a
un sacerdote machacado verbalmente por Sampedro. Y todo, en aras
de la libertad personal del protago-nista.
A pesar de ello, es "Mar adentro" un viaje fascinante, una
realidad matiza-da con toques de ficción y un tono na-turalista
en la fotografía de nítida luz natural y talento del genio que
es Ja-vier Aguirresarobe, al
servicio del trabajo indiscutible de Amenábar, por-tentoso
director de actores, narrador visual y realizador deslumbrante.
Pero su destreza visual no impide recono-cer la carencia de
integridad con el ti-po de historia que está contando. Sus
pretensiones ‘transculturales’, la vi-sión americana de
espectáculo que demuestra (utilizando cabezas calien-tes,
travellings efectistas y demás técnicas de dirección –llegando a
lo irrisorio en esa fantasía volátil del protagonista
sobrevolando las montañas hasta llegar al mar donde encontramos
a la chica cami-nando por la orilla–), le hacen caer en su
principal error. Y no es más que dejarse notar demasiado, estar
presente en cada plano, otorgarse un protagonismo excesivo que
resta concentración al dra-ma de Sampedro. Esta omnipresencia de
Amenábar se ha dejado ver ya no sólo en la profusa y cansina
promoción (incluida su ‘sali-da del armario’), sino dentro de la
película, incluyendo secuencias en catalán y gallego (se ha
echado de menos algo en euskera, ya puestos) que permita a todo
el público tener una razón para ver esta película. A Amenábar
le interesa, por encima de todas las cosas, que "Mar adentro"
sea lo más comercial posible, que traspase fronteras, que gane
premios y que esté en boca de todos. Una cualidad que no
caracteriza a una película inti-mista como es ésta.
Además, el
cómplice vouyerismo, la facilidad para entrar y salir de
atmósferas, estancias físicas y simbólicas, son connotaciones
también presentes en una irregular cinta que consigue que sus
vir-tudes aplaquen sus múltiples defectos. Como que el cineasta
chile-no siga jugando a componer, introduciendo sus ‘partituras
silbadas’ en momentos en los que el énfasis emocional necesita
de ellas pa-ra lograr multiplicar su resultado o recurrir a
canciones populares, como ese 'Nessun dorma' que queda
perfectamente en su juego de manipulación. Un juego que conjuga
lo peor de sus propósitos ‘americanofilos’ y efectistas en su
epílogo, colmado de actitud mo-ralizante, desperdiciando el
cautivador final del suicidio de Sampe-dro para volver al plano
más alegórico de la cinta: el momento en el que el personaje de
Bardem flota en el mar
después del golpe que acabó con su movilidad, revelando el
instante en el que, para el pro-pio personaje, debería haber
acabado su vida. Todos los años de sufrimiento. Un símbolo de
paz.
Ahora bien, el film resulta en todo momento más interesante
por el plantel de actores que por el pro-pio trabajo de Amenábar
que, to-do hay que decirlo, realiza una prodigiosa dirección de
actores. Contrariamente a la sensación de es-tar viendo a
Bardem componiendo (magistralmente sin duda) a Sampe-dro, el
espectador sale fascinado por la que es una de sus habituales
inter-pretaciones. Que es lo mismo que de-cir que el mejor actor
español del mo-mento aporte al cine otra lección de
interpretación magistral, tanto en composición física como en la
elaboración de un extraordinario acento gallego. Un actor para
el que se están acabando los adjeti-vos ponderativos. No son
ajenos a este logro los mejores secunda-rios que se hayan visto
en mucho tiempo. Desde el sorprendente descubrimiento de
Mabel Rivera (llo mejor de la cinta junto a Bar-dem),
la serenidad de Clara Segura,
la magnificencia de Lola Dueñas
y la admirable voluntad de Belén Rueda
hasta las impres-cindibles presencias de
Celso Bugallo y
Joan Dalmau, todos
ex-cepcionales dando vida a los que rodearon a Ramón Sampedro.
"Mar
adentro" no es una versión campechana e individual de "Tris-tan
e Isolda" de Wagner. Ni lo pretende. Tampoco es la obra maes-tra
que muchos pretender hacer ver. "Mar adentro" es, simplemen-te,
una extraña mezcla de ardid y hermosa fábula, síntesis de la
sensación de vida y el deseo de muerte asociado a la dualidad de
vivir muriendo poco a poco.
Calificación:
    
Imágenes
de "Mar adentro" - Copyright © 2004 Sogecine e
Himenóptero. Distribuida en España por Sogepaq. Fotos por
Teresa Isasi. Todos los derechos
reservados.
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