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MAR ADENTRO


Dirección: Alejandro Amenábar.
País:
España.
Año: 2004.
Duración: 110 min.
Género: Drama.
Interpretación: Javier Bardem (Ramón Sampedro), Belén Rueda (Julia), Lola Dueñas (Rosa), Mabel Rivera (Manuela), Celso Bugallo (José), Clara Segura (Gené), Joan Dalmau (Joaquín), Alberto Jiménez (Germán), Tamar Novas (Javi), Francesc Garrido (Marc).
Guión: Alejandro Amenábar y Mateo Gil.
Producción: Fernando Bovaira y Alejandro Amenábar.
Música: Alejandro Amenábar.
Fotografía:
Javier Aguirresarobe.
Montaje: Iván Aledo.
Dirección artística: Benjamín Fernández.
Vestuario: Sonia Grande.
Estreno en España: 3 Septiembre 2004.

 

CRÍTICA
por Miguel Á. Refoyo

Extraña mezcla de ardid y hermosa fábula

Amenábar compone su mejor y más hermosa película, consciente de la facilidad del drama y sin arriesgar lo más mínimo

  No hace falta explicar mucho sobre la sinopsis de "Mar adentro", de sobra conocida por todos. Amenábar propo-ne una película de corte intimista, que no aspira a juzgar las razones que im-pulsaron a Ramón Sampedro a aca-bar con su vida, sino a comprender-las. Con este nuevo trabajo, posible-mente el mejor en la corta trayectoria del cineasta, Amenábar se descubre fácilmente por su excelente forma de emplear los recursos cinematográfi-cos, muy elegantes y luminosos, aportando una sugerente capacidad de seducir al espectador, es decir, de llevarlo por donde él quiere, aspecto fundamental de su eficacia na-rrativa y visual. Mucho más melodramática que naturalista, "Mar adentro" encuentra un extraño equilibrio en la paradójica intrascen-dencia de su gravedad temática al proponer, casi de pasada, as-pectos morales, detalles políticos y reacciones sociales que se su-cedieron en la reclamación de una muerte digna por parte de Sam-pedro y que, por esa misma razón, nunca asfixia el retrato humano que el director ofrece. Algo reprochable de entrada, ya que se echa de menos un poco más de compromiso por parte de los guionistas. Pero cualquier defecto se escombra con la belleza de lo que se cuenta y cómo se narra en una hermosa historia a modo de inasible paseo entre la vida y la muerte, desde la ventana indiscreta de las ensoñaciones, deseos y voluntades de un hombre que no quiere seguir viviendo.

  Como aproximación al drama humano de Sampedro, la película es mucho más que correcta, ya que nunca cae en histrionismos y se afana en buscar que todo resulte lo más creíble posible. "Mar adentro", antes que una obra de tesis, pretende ser una reivindica-ción de la libertad del ser humano para tutelar su destino a través de los ojos de un hombre impedido que encuentra su objetivo final en la muerte. Pero, lejos de la prometida trascendencia de la trama y su discurso inicial, Amenábar se salvaguarda de cualquier este-reotipo cuidando mucho no ceder a lo fácil, jugando con el humor blanco, pero sin resultar gracioso, aparentando ser profundo, sin cruzar nunca los límites que conlleve a cualquier polémica por lo espinoso de su fondo argumental. Encuentra así la fórmula perfecta para que el público caiga rendido ante su historia.

  Y es cuando el niño prodigio del cine español, sólo en este sentido, resulta más honesto que nunca. Porque es consciente tanto de sus virtudes co-mo de sus limitaciones. Aun así, "Mar adentro" huele a muchas cosas vis-tas, como una amalgama analítica de trucos narrativos que embria-gan, que llegan al corazón del pú-blico mucho antes que a la cabe-za. Una astucia totalmente plausible con el melodrama, pero nada justifica-ble con su fondo real. Estamos por tanto ante una película desprovista de riesgo, ya que nunca una cinta antes en el cine español había sido tan mediatizada, había escogido una historia real tan célebre y polémica o se había apoyado en el direc-tor de moda del cine español y en el mejor actor europeo, unido al drama que utiliza las mismas formas y recursos estructurales que los filmes dramáticos americanos que comulgan tan bien con el gran público. Si a eso unimos el perfecto engranaje de una promo-ción perfecta que ha saturado cualquier previsión, tenemos un ta-quillazo seguro. Como es el caso de "Mar adentro".

  Amenábar cae, sin embargo, en el más descarado ‘tear jer-ker’, es decir, el género destinado a verse en la sala de cine provisto de una caja de ‘kleenex’ reservados a enjugar las lágri-mas del espectador. Son películas sin demasiada personalidad ni carácter, pero que logran contagiar al público una historia dramáti-ca que arrolla y desarma. Ha funcionado siempre. Ejemplos de ello son cintas más o menos recordadas como "Magnolias de acero", "Lorenzo’s oil: El aceite de la vida", "Otoño en Nueva York" o "En la habitación". Algo así como el ‘boom’ lacrimógeno que en su día fueran "Kramer contra Kramer" y "Campeón". La gran ventaja de "Mar adentro" sobre estas películas es su intención de reflexionar sobre la muerte vista desde la vida, donde el deseo de morir, el de-seo de una dignidad asociada a esa muerte es visto desde la pers-pectiva de quien no puede valerse por sí mismo. A Amenábar le hu-biera gustado que su cuarta película supusiera para el espectador una reconciliación con el cine español mediante una cercanía nece-saria que hace de la pantalla un sugerente viaje para enfrentarnos al mundo. Pero no es así, fundamentalmente por el esquivo enfoque que el realizador tiene ante un tema tan complicado como la euta-nasia.

  "Mar adentro" se refiere a ese ámbi-to de autonomía personal en el que cada hombre es libre de vivir o morir, para así, presentar como ejercicio de afirmación vitalista la posición de Ra-món Sampedro ante la vida y la muer-te. Se supone que estar atado a una cama durante tres décadas es signo evidente de impotencia y que ello pue-de conllevar a la máxima de que el hombre es dueño de sus decisiones y, como tal, proclama su derecho a morir, libre de ataduras jurídicas o morales. Pero Amenábar, llevado por su pensamiento único que sustenta su ideología positivista y laicista, no se compromete ante la situación de Sampedro. En "Mar adentro" Sampedro quiere morir, anhela la muerte, pero no en un sentido vitalista a lo Millán Astray, sino como negación absoluta a la posibilidad de un significado de existencia. En las secuencias en las que cualquier secundario le ofrece razones para vivir, el te-trapléjico las rechazas temiendo que su consistencia destroce sus esquemas.

  Por el contrario, ningún personaje encarna la concepción de la vida como don, sino que el planteamiento es exclusivamente emo-cional o de sentido común. Amenábar y Mateo Gil no han queri-do profundizar en los porqués de la vida o la muerte, tal vez por lo problemático que esto hubiera supuesto para ahondar en su historia. Así, la actitud de Sampedro, impasible y convenci-da, expuesta a través de la mirada hagiográfica y la valentía, es descubierta como irrefutable y convincente para todos. "Mar aden-tro" responde a un diseño de tiralíneas para graduar el elemento ideológico. Dentro de este terreno, cabe destacar esa absurda se-cuencia pretendidamente cómica que enfrenta al héroe Sampedro con un sacerdote tetrapléjico que le visita para convencerle y ani-marle a seguir viviendo. En ella, para obtener la simpatía del público y acercar a la decisión de Ramón, Amenábar ridiculiza a la Iglesia de forma anticlerical, apelando a la risa y rompiendo a su vez la contención dramática y la seriedad de toda la película, llegando a afirmar que la Iglesia defiende la pena de muerte. Y todos tan con-tentos. Con la risa de ver a un sacerdote machacado verbalmente por Sampedro. Y todo, en aras de la libertad personal del protago-nista.

  A pesar de ello, es "Mar adentro" un viaje fascinante, una realidad matiza-da con toques de ficción y un tono na-turalista en la fotografía de nítida luz natural y talento del genio que es Ja-vier Aguirresarobe, al servicio del trabajo indiscutible de Amenábar, por-tentoso director de actores, narrador visual y realizador deslumbrante. Pero su destreza visual no impide recono-cer la carencia de integridad con el ti-po de historia que está contando. Sus pretensiones ‘transculturales’, la vi-sión americana de espectáculo que demuestra (utilizando cabezas calien-tes, travellings efectistas y demás técnicas de dirección –llegando a lo irrisorio en esa fantasía volátil del protagonista sobrevolando las montañas hasta llegar al mar donde encontramos a la chica cami-nando por la orilla–), le hacen caer en su principal error. Y no es más que dejarse notar demasiado, estar presente en cada plano, otorgarse un protagonismo excesivo que resta concentración al dra-ma de Sampedro. Esta omnipresencia de Amenábar se ha dejado ver ya no sólo en la profusa y cansina promoción (incluida su ‘sali-da del armario’), sino dentro de la película, incluyendo secuencias en catalán y gallego (se ha echado de menos algo en euskera, ya puestos) que permita a todo el público tener una razón para ver esta película. A Amenábar le interesa, por encima de todas las cosas, que "Mar adentro" sea lo más comercial posible, que traspase fronteras, que gane premios y que esté en boca de todos. Una cualidad que no caracteriza a una película inti-mista como es ésta.

  Además, el cómplice vouyerismo, la facilidad para entrar y salir de atmósferas, estancias físicas y simbólicas, son connotaciones también presentes en una irregular cinta que consigue que sus vir-tudes aplaquen sus múltiples defectos. Como que el cineasta chile-no siga jugando a componer, introduciendo sus ‘partituras silbadas’ en momentos en los que el énfasis emocional necesita de ellas pa-ra lograr multiplicar su resultado o recurrir a canciones populares, como ese 'Nessun dorma' que queda perfectamente en su juego de manipulación. Un juego que conjuga lo peor de sus propósitos ‘americanofilos’ y efectistas en su epílogo, colmado de actitud mo-ralizante, desperdiciando el cautivador final del suicidio de Sampe-dro para volver al plano más alegórico de la cinta: el momento en el que el personaje de Bardem flota en el mar después del golpe que acabó con su movilidad, revelando el instante en el que, para el pro-pio personaje, debería haber acabado su vida. Todos los años de sufrimiento. Un símbolo de paz.

  Ahora bien, el film resulta en todo momento más interesante por el plantel de actores que por el pro-pio trabajo de Amenábar que, to-do hay que decirlo, realiza una prodigiosa dirección de actores. Contrariamente a la sensación de es-tar viendo a Bardem componiendo (magistralmente sin duda) a Sampe-dro, el espectador sale fascinado por la que es una de sus habituales inter-pretaciones. Que es lo mismo que de-cir que el mejor actor español del mo-mento aporte al cine otra lección de interpretación magistral, tanto en composición física como en la elaboración de un extraordinario acento gallego. Un actor para el que se están acabando los adjeti-vos ponderativos. No son ajenos a este logro los mejores secunda-rios que se hayan visto en mucho tiempo. Desde el sorprendente descubrimiento de Mabel Rivera (llo mejor de la cinta junto a Bar-dem), la serenidad de Clara Segura, la magnificencia de Lola Dueñas y la admirable voluntad de Belén Rueda hasta las impres-cindibles presencias de Celso Bugallo y Joan Dalmau, todos ex-cepcionales dando vida a los que rodearon a Ramón Sampedro.

  "Mar adentro" no es una versión campechana e individual de "Tris-tan e Isolda" de Wagner. Ni lo pretende. Tampoco es la obra maes-tra que muchos pretender hacer ver. "Mar adentro" es, simplemen-te, una extraña mezcla de ardid y hermosa fábula, síntesis de la sensación de vida y el deseo de muerte asociado a la dualidad de vivir muriendo poco a poco.

Calificación:


Imágenes de "Mar adentro" - Copyright © 2004 Sogecine e Himenóptero. Distribuida en España por Sogepaq. Fotos por Teresa Isasi. Todos los derechos reservados.

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