CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Aterrador viaje a los infiernos de un hombre atormentado
Brad
Anderson consigue el mejor filme de la Fantastic Factory con un
drama a modo de thriller en el que destaca la soberbia
interpre-tación de Christian Bale.
No es
extraño que la novela de Fe-dor Dostoievski "El idiota" sea uno
de los referentes visuales que aparecen en pantalla como
expiación de Trevor Reznik, el protagonista de la última
película de Brad Anderson.
Ya en "Session
9", los protagonistas eran víctimas del pasado, de
una culpa sin mitigar que acaba, literalmente, con ellos. La
novela del escritor ruso inicia su narración con un personaje
mesiá-nico, concebido por el autor como el paradigma del hombre
bueno, el prín-cipe Mishkin que, a pesar de irradiar sinceridad,
compasión y humildad, se veía derrotado finalmente por sus propios
odios en su cara más os-cura. Un paradigma de culpabilidad, de la
recuperación del pasado para enmendar los errores; en
definitiva, la enmienda de los peca-dos. En un marco tan alejado
como limítrofe a esa sensación de caer en la desgracia siendo un
ser apocado y aparentemente ino-fensivo con un pasado oscuro se
circunscribe "El maquinista", la que es, hasta el momento, la
producción más lograda de la Fantas-tic Factory de
Julio Fernández.
La
angustiosa cinta de Anderson relata la insufrible vida de Trevor
Reznik, un fresador de una oscura fábrica que vive sumido en la
realidad más asfixiante, y se consume en una enfermiza delgadez
unida a un desmedido insomnio que dura un año entero. Su
exis-tencia ha pasado a ser una auténtica pesadilla. Un día, Trevor co-noce a Iván, un misterioso hombre que llega a la
fábrica, de enve-nenado ambiente por un desafortunado accidente
culpa de Trevor. Sus únicas vías de escape son la prostituta Stevie
(Jennifer Ja-son Leigh) y la
camarera Marie (Aitana Sánchez-Gijón),
que pronto se verán afectadas por el extraño mundo que rodea a Rez-nik.
Por si esto fuera poco, alguien deja una nota en el
frigorífico de su casa con un siniestro juego de "el ahorcado"
para resolverlo. Con esta propuesta, "El maquinista" se presenta
como una película aparentemente lenta y angustiosa que, mediante
su oscuro fondo y desarrollo, se convierte en una desoladora
pesadilla. Es precisa-mente ese ritmo agónico la mayor de las
bazas de un filme incó-modo, que contagia al espectador su
desequilibrio emocional en un lánguido ambiente a través de los
ojos de su protago-nista, que observa atónito cómo su vida se
transforma en una alu-cinación, en pura paranoia, en un vacío
existencial que lo va anu-lando poco a poco.
En este
manido juego de disfuncio-nalidad mental es donde el riesgo del
filme de Anderson tiene sus mejores atractivos, ya que a pesar
de que las posibilidades de este tipo de narra-ción están casi
agotadas, dado el gran número de películas contemporá-neas que han
ofrecido una y otra vez esa temática de memoria quebrada e
imposible diferenciación de la realidad y la ficción, el
experimento de imagi-nería de "El maquinista" ennoblece sus
propósitos al dibujar un drama in-trospectivo que brinda un
fascinante contraste. Por un lado, una historia naturalista,
ajustada a la realidad de un drama visible, de un hom-bre que
pierde la capacidad de recordar el pasado y, como conse-cuencia,
de vivir aturdido y desorientado, sin un presente sosegado en el
que las dudas y el terror se han apoderado de su día a día. Por
el otro, es una lóbrega alegoría sobre el recuerdo, su valor y
lo catastrófico que puede llegar a resultar perderlo, terreno
donde se inscribe el género fantástico, en esa tendencia
genérica donde no se diferencia la dualidad entre real y lo
imaginado. Por supuesto, es en este ámbito donde Trevor
empezará a cuestionarse si lo que le rodea es auténtico o sólo
forma parte de una imaginación trasto-rnada por la falta de
sueño. La dignidad con que aborda el gé-nero "El maquinista" se
encuentra, posiblemente, en ese análisis especulativo sobre la
locura, forjada en el lugar
en el que se unen la verdad y la invención, allí donde nacen las
decisiones, en un espacio de la mente que sirve como escondite a
los pecados, allí donde se encuentra la respuesta de esta
sugeren-te película.
Es la
última cinta de Brad Anderson un interesante thriller
psico-lógico a modo de drama que sustenta el interés de su trama
en ex-traños elementos alegóricos: ya sea la reiterada
bifurcación, un contexto que se reitera una y otra vez con
caminos (metafóricos o reales) que divergen hacia la salvación,
hacia la luz de la verdad y hacia el caos, y donde Trevor
siempre elige la oscuridad, como también lo es la duplicidad de
caracteres, no sólo en el propio Rez-nik o en su mundo dividido
en la fantasía y lo terrenal, sino en la opción de protección y
redención con los personajes femeninos, uno existente (la
prostituta que está enamorada de él) y otro un tanto difuso (la
camarera Marie, a medio camino entre el deseo y el recuerdo
maternal). Rasgos que apuntalan la humanización de un muerto
viviente que asiste intranquilo a su extenuación por unos
motivos que se intuyen, pero se desconocen. Por eso, el
retrato de las alucinaciones, los episodios de déjà vu,
los recuerdos defectuo-sos y un profético viaje en una atracción
del pasaje del terror, van aportando pequeños jeroglíficos
en un filme que sabe ocultar hasta el final
lo sencillo de su misterio.
Aunque
tal vez éste sea el esco-llo que se le podría achacar a "El maquinista": la utilización de este fácil recurso de "factor
sorpresa" en su última parte (que empieza a ser el cáncer del
cine fantástico con-temporáneo). En esta historia todo se
presupone desde su inicio, llevando al espectador por incógnitas
bien encu-biertas para consumar las convenien-tes explicaciones en
una conclusión de inocencia disculpable, donde abun-da la
trascendencia inocente e idea-lismo sin pretensiones. Además, es
de agradecer la ausencia de cualquier sinapismo típico del
género, donde solamente esa explicación (que no giro) final se
hace necesaria, filtrada perfectamente tras un sóli-do entramado
donde todo se va revelando gradualmente, sin prisas y bien
construido, dejando que el espectador vaya descubriendo la trama
en un asfixiante viaje a los infiernos de un hombre carcomido
por la culpa y el aturdimiento vital. Por tanto, la sorpresa no
sirve como coartada, ni supone un instrumento que pretenda
descubrir con asombro la clave de la historia. Es admirable así,
que la inten-ción del guionista Scott
Alan Kosar haya sido la de explorar una continua
sensación de asfixia, esa sensación de sentirse vigilado,
perseguido y no conocer sus motivos, en hacer creíble la
mortuoria pesadumbre de Trevor.
Un
aspecto que sublima Brad Anderson con su portentosa capacidad
para la imagen, utilizándola para transportar al espectador a
una atmósfera claustrofóbica, magníficamente diseñada para
proyectar un deficiente estado mental. El
dise-ño de producción destaca especialmente si tenemos en cuenta
que "El maquinista" sigue siendo una película realizada con
dinero es-pañol, que no tiene nada que envidiar a las grandes
producciones yanquis. A ello contribuye una espléndida
fotografía de Xavier Gi-ménez,
premiada en Sitges, y la música de ese genio de la parti-tura que
es Roque Baños, un
compositor que ha llevado su talento a unos extremos jamás
explorados por ningún músico nacional. Esa importancia de la
atmósfera va encontrando su efecto lenta-mente, sin asfixiar,
jugando y formulando con un sentido del miedo, que emerge
contrapuesto con el resto en un simbólico y memora-ble viaje a la
pesadilla de un hombre que ya no sabe distinguir lo re-al de lo
ficticio,
utilizando la imagen y su efecto
plástico para imbuir al espectador de la sensación de angustia
que provocan las reac-ciones de ese individuo en perpetuo estado
de desconfianza.
Obviamente, en todo este tour de force
climático, estético y argumen-tal, el poder de la interpretación
es el elemento más destacado de "El maquinista", ya que
Christian Bale no sólo ha
logrado una de las más asombrosas recreaciones físicas de la
historia del cine al perder 28 ki-los de peso para asemejarse a
un desnutrido y esquelético fresador, transfigurado en
escalofriante saco de huesos que se pasea por cada una de las
escenas de la película, sino que la composición del personaje
está fuera de todo calificativo ponderativo, brin-dando una
escalofriante interpretación llena de matices psíquicos, lo que
hace que no se entienda que la mejor actuación en muchos años no
esté nominada ni a los Goya ni a los Globos de Oro (algo que
ratifica la imbecilidad y partidismo de estos premios). Y Ander-son tiene que ver en este logro como director, ya que
Jennifer Ja-son Leigh y Aitana Sánchez-Gijón, pese a sus breves
papeles, consiguen darle una excelente réplica a la cadavérica
presencia de un admirable Bale.
"El
maquinista" se destapa así como film de terror obsesivo, un
drama en el fondo, que hace pensar que Brad Anderson está en
camino de ser un maestro en ciernes, dado su manejo de un
sus-pense tan íntegro como despiadado, exento de la
intencio-nalidad comercial de los grandes estudios, demostrando
su erudición a la hora de no caer en lo fácil y saber prolongar
la tensión durante mucho más tiempo sin caer en el for-mulismo.
Una consistente historia de culpas y penitencias, ade-cuadamente
encubierta entre su aparente aspecto de película de género
fantástico, pero en realidad concedida con un plausible rea-lismo
de frialdad y causticidad turbadores.
Calificación:
    
Imágenes de "El maquinista" - Copyright © 2004 Castelao
Producciones y Filmax Group. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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