CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Retrato de una obsesión
Pretender abarcar en una película los logros de una vida tan
fas-cinante, pese a su brevedad, como la que tuvo Alejandro
Magno, suponía un reto considerable. Al hecho de que siempre
habrá nu-merosas incógnitas y lagunas sobre su vida que nunca
seremos capaces de desentrañar de forma satisfactoria sin salir
del terreno de la simple especulación, Oliver Stone se
enfrentaba con el ma-yor presupuesto de su
carrera para conseguir un producto que con-siguiera equilibrar
las necesidades comerciales de toda superpro-ducción con las
inquietudes personales que son tan del gusto del realizador
norteamericano. Muchos sentíamos morbosa curiosidad por saber
qué iba a hacer un director que en principio parecía tan poco
apropiado para esta empresa como Oliver Stone, cuyos retra-tos de
la historia reciente de su país a través de complejos enfo-ques
psicológicos de algunas de sus figuras más determinantes, sus
relecturas del conflicto del Vietnam y sus consecuencias o sus
más recientes documentales parecían colocarle en terrenos muy
alejados de aquellos en los que a priori iba a moverse esta
super-producción.
Y sin
embargo, si hay algo que no se le puede reprochar a Oliver Stone
es falta de coherencia: su "Alejandro Magno" es por encima de todo
una película que respon-de punto por punto a muchas de las
constantes por las que el rea-lizador ha mostrado interés a lo
largo de toda su filmografía, espe-cialmente en aquellas
obras que se han detenido en componer un comple-jo retrato
psicológico de sus protago-nistas y tratar de entender las
motiva-ciones que les llevaron a hacer las co-sas que hicieron.
Desde el momento en el que escuchamos a Ptolomeo dictarle a su
escribano el prólogo a lo que sin duda va a ser un in-tento de
hacer comprender a las generaciones futuras lo mucho que
significó la figura de Alejandro, somos conscientes de la
decla-ración de intenciones de Stone: hacer una película que nos
ayude a comprender mejor lo que hizo que este visionario
convertido con el tiempo en mito se decidiera a tratar de
unificar por la fuerza el mundo conocido hasta ese momento y
convertir ese poder militar en una fuerza demoledora al servicio
de ese sueño, sin que por ello se descuide el sentido del
espectáculo que por fuerza ha de acom-pañar a toda película
épica. En cierto sentido, Stone también tiene un sueño de lo más
ambicioso: atraer al espectador potencial de películas como "Troya" o
"El
rey Arturo" con la promesa de las es-pectaculares
escenas bélicas de masas para introducirles en lo que en
realidad no es sino el drama de unos personajes atrapados por su
obsesión, sus deseos o sus contradicciones y convencerles de que
dicha introspección merece tanto o más la pena que el vacío
entretenimiento que ofrecen las producciones antes mencio-nadas.
Stone se
pone a ello con determinación: la construcción del entra-mado de
relaciones que unen a Alejandro con su atractiva, posesi-va y
manipuladora madre Olimpia (una estupenda y pletórica de
sensualidad Angelina Jolie) y la constante búsqueda de
aproba-ción y del cariño de su padre Filipo de Macedonia (Val
Kilmer compone aquí uno de los mejores trabajos de su carrera
forjando una de las constantes del cine de Stone como es la
decisiva impor-tancia de la figura paterna) es absolutamente
modélica y sirve para comprender bien cómo debió de formarse el
carácter de Alejandro. Educado no ya para emprender grandes
gestas y salir victorioso, sino para ser un dios capaz de las
más asombrosas proezas y convertirse en un mito por su ambiciosa
madre con la que mantiene una relación edípica de libro,
Alejandro se debate entre su destino y el alto precio que sin
duda debería pagar por ello. La escena en la que Filipo da una
clase de mitología aplicada a ilustrar la condición más
dolorosamente humana de esos mitos tiene un mensaje claro: la
grandeza tiene un alto precio en dolor que hay que estar
dis-puesto a pagar por ella.
El juego
de conspiraciones políticas y relaciones turbulentas que unen a
Alejandro con sus padres se ve súbi-tamente truncado cuando, en
una de-cisión en principio poco explicable, Stone rompe
abruptamente la línea narrativa llevada hasta ese momento y nos
sitúa varios años ya en el futuro, con Alejandro ya coronado rey
y en-vuelto en sus conquistas de medio mundo, a las puertas de la
decisiva batalla de Gaugamela. Esa decisión, que parece del todo
punto caprichosa y que instala la extrañeza en la mente del
espectador, es de hecho un inteli-gente recurso de guión sobre el
que volveré más adelante. Por si todavía a alguien le quedaba
alguna duda a estas alturas, la primera secuencia puramente
épica del film demuestra a las claras que éstas son poco más que
un peaje que Stone debe pagar para hacer la película que a él
verdaderamente le interesa. Por más que cuente con algún
elemento de interés (especialmente la presencia bien palpable de
la violencia y la sangre que conlleva todo conflicto bélico, a
diferen-cia de otras impolutas superproducciones
insoportablemente edul-coradas) no puede decirse que la
recreación de Gaugamela sea un prodigio de claridad expositiva
ni que ofrezca algo especialmente novedoso en este campo. Stone
se limita a cumplir con el trámite de forma competente gracias a
la segunda unidad y a otro de los fuertes de su cine: el
montaje.
Es después
de Gaugamela donde se entra en la parte más intere-sante del film
¿Por qué si el sueño de Alejandro es unificar el terri-torio
conocido y tender puentes entre civilizaciones (una lectura
quizás demasiado atrevida de las motivaciones históricas del
per-sonaje) éste no se plantea ni por un instante detenerse a
conso-lidar el imperio que está construyendo? El paso por
Babilonia (por cierto, un pasaje bastante hermoso) es tan fugaz
como todo lo que hace en la película: su inexorable avance, su
paso por las monta-ñas, su boda con Roxana –un claro reflejo de
su madre Olimpia–... Pareciera como si el personaje estuviera
inmerso en una especie de huida a ninguna parte, a la búsqueda
de un insensato objetivo que nadie más que él entiende, lo que
lleva a la revuelta a algunos de sus más fieles seguidores. Es
en ese instante, tras un incidente clave en la película, cuando
se revela el talento de Stone como guionista: en un brillante
flashback narrativo, Stone nos vuelve a si-tuar en Macedonia
donde antes quebró la línea temporal, en los he-chos que llevaron
al asesinato de Filipo y al posterior enfrentamien-to de
Alejandro con su madre, con lo que la parte del personaje que
hasta entonces se le escapaba al espectador queda ahora
meridia-namente clara. El trabajado retrato psicológico del héroe
preso de su obsesión va cerrándose de forma inexorable.
Claro que
para entonces han trans-currido más de dos horas de película y es
más que posible que muchos es-pectadores hayan desertado de la
in-teresante propuesta del realizador: como siempre le sucede a
Stone en sus películas, "Alejandro Magno" es una obra llena de matices y
pun-tos de interés, pero que se pierde en reiteraciones y en
retratos que acaban por resultar desdibujados; significativo es
en este sentido la rela-ción de Alejandro con Hefestión que ha
causado tan absurda y artificial po-lémica en los EE.UU. Stone
presenta con la más absoluta naturalidad el ge-nuino amor que
Alejandro siente hacia la única persona en la que confía
plenamente, pero el personaje que interpreta
Jared Leto queda un
tanto deslavazado precisamente porque no tiene una ex-cesiva
profundidad y algo parecido puede decirse de la mínima re-lación
de Alejandro con su esposa Roxana. Al menos "Alejandro Magno" es
bastante más honesta en este campo que "Troya", su más inmediato
referente temporal, que caía en el más absoluto de los ridículos
al convertir, siguiendo los patrones de lo políticamente
correcto, a Aquiles y a Patroclo (por cierto, mencionados a
menudo en el film) en primos. Pero estos son los tiempos que nos
ha toca-do vivir.
El último
tercio de película nos lleva de nuevo por paisajes más épicos,
con esa extraña batalla en la que el ejército liderado por
Alejandro se enfrenta por primera vez a elefantes en los
confines de la India, aunque es de resaltar que el tono de esta
batalla es com-pletamente distinto al de Gaugamela, casi un
reverso de ésta: ya no hay gloria ni territorios que conquistar,
sino que se lucha por la pura supervivencia y por la lealtad a
Alejandro, algo en lo que tiene mucho que ver tanto la capacidad
de liderazgo como la forma en que éste comparte con ellos todo
tipo de penalidades en su largo periplo. Tanto la forma en la
que la batalla está rodada como su salvaje resolución ofrecen
una lectura extrema de la epopeya de Alejandro, que está
alcanzando su fin.
"Alejandro
Magno" es, como ocurre con la mayoría de las obras de Oliver
Stone, una película tan interesante como, en el fondo,
desequilibrada, en la que compensando sus aciertos (la excelente
fotografía de Rodrigo Prie-to, la profundidad de su retrato
psico-lógico, el trabajo de Val Kilmer) hay elementos bastante
más discutibles. Creo que resulta evidente que, pese a sus
esfuerzos y a algún momento ais-lado, el personaje protagonista
le vie-ne grande a Colin Farell
(especial-mente en los momentos
dramáticos), el inevitable recurso de la voz en off de un
desangelado Anthony Hopkins como narrador aburre al propio actor
y las tres horas de metraje se antojan a todas luces demasiado
para una película quizás un tanto discursiva en la que Stone se
ha salido con la suya de ofrecer un retrato complejo y a ratos
apasionante sobre la obsesión de un hé-roe empeñado en trascender
su figura histórica para alcanzar su condición de mito pero que
siempre vivió atormentado por su propia grandeza. "Alejandro
Magno", con sus defectos, es una película más que correcta que
cumple sobradamente con los objeti-vos que Stone se había fijado
a la hora de afrontar este pro-yecto. El problema será de
aquellos que acudan a la sala con la vana esperanza de
encontrarse una secuela de "Troya" sin saber que están pagando por
ver una película de Oliver Stone coherente con el resto de su
filmografía cuyo referente más claro es una cinta tan alejada
de ella como "Nixon". Pero esa es otra cuestión bien distinta.
Calificación:
    
Imágenes de "Alejandro Magno" - Copyright © 2004 Warner Bros, Intermedia Films,
IMF Pictures y Pacifica Films. Distribuida en España por
TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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