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ALEJANDRO MAGNO
(Alexander)


Dirección: Oliver Stone.
Países:
USA, Reino Unido, Alemania y Holanda.
Año: 2004.
Duración: 173 min.
Género: Drama, aventuras.
Interpretación: Colin Farrell (Alejandro), Angelina Jolie (Olimpia), Val Kilmer (Filipo), Anthony Hopkins (Ptolomeo), Rosario Dawson (Roxana), Jared Leto (Hefestión), Christopher Plummer (Aristóteles), Gary Stretch (Cleitus), Jonathan Rhys-Meyers (Cassander), Joseph Morgan (Philotas).
Guión: Oliver Stone, Christopher Kyle y Laeta Kalogridis.
Producción: Thomas Schühly, Jon Kilik, Iain Smith y Moritz Borman.
Música: Vangelis.
Fotografía:
Rodrigo Prieto.
Montaje: Tom Nordberg, Yann Hervé y Alex Marquez.
Diseño de producción: Jan Roelfs.
Dirección artística: Stuart Rose.
Vestuario: Jenny Beavan.
Estreno en USA: 24 Noviembre 2004.
Estreno en España: 5 Enero 2005.

 

CRÍTICA
por David Garrido Bazán

Retrato de una obsesión

  Pretender abarcar en una película los logros de una vida tan fas-cinante, pese a su brevedad, como la que tuvo Alejandro Magno, suponía un reto considerable. Al hecho de que siempre habrá nu-merosas incógnitas y lagunas sobre su vida que nunca seremos capaces de desentrañar de forma satisfactoria sin salir del terreno de la simple especulación, Oliver Stone se enfrentaba con el ma-yor presupuesto de su carrera para conseguir un producto que con-siguiera equilibrar las necesidades comerciales de toda superpro-ducción con las inquietudes personales que son tan del gusto del realizador norteamericano. Muchos sentíamos morbosa curiosidad por saber qué iba a hacer un director que en principio parecía tan poco apropiado para esta empresa como Oliver Stone, cuyos retra-tos de la historia reciente de su país a través de complejos enfo-ques psicológicos de algunas de sus figuras más determinantes, sus relecturas del conflicto del Vietnam y sus consecuencias o sus más recientes documentales parecían colocarle en terrenos muy alejados de aquellos en los que a priori iba a moverse esta super-producción.

  Y sin embargo, si hay algo que no se le puede reprochar a Oliver Stone es falta de coherencia: su "Alejandro Magno" es por encima de todo una película que respon-de punto por punto a muchas de las constantes por las que el rea-lizador ha mostrado interés a lo largo de toda su filmografía, espe-cialmente en aquellas obras que se han detenido en componer un comple-jo retrato psicológico de sus protago-nistas y tratar de entender las motiva-ciones que les llevaron a hacer las co-sas que hicieron. Desde el momento en el que escuchamos a Ptolomeo dictarle a su escribano el prólogo a lo que sin duda va a ser un in-tento de hacer comprender a las generaciones futuras lo mucho que significó la figura de Alejandro, somos conscientes de la decla-ración de intenciones de Stone: hacer una película que nos ayude a comprender mejor lo que hizo que este visionario convertido con el tiempo en mito se decidiera a tratar de unificar por la fuerza el mundo conocido hasta ese momento y convertir ese poder militar en una fuerza demoledora al servicio de ese sueño, sin que por ello se descuide el sentido del espectáculo que por fuerza ha de acom-pañar a toda película épica. En cierto sentido, Stone también tiene un sueño de lo más ambicioso: atraer al espectador potencial de películas como "Troya" o "El rey Arturo" con la promesa de las es-pectaculares escenas bélicas de masas para introducirles en lo que en realidad no es sino el drama de unos personajes atrapados por su obsesión, sus deseos o sus contradicciones y convencerles de que dicha introspección merece tanto o más la pena que el vacío entretenimiento que ofrecen las producciones antes mencio-nadas.

  Stone se pone a ello con determinación: la construcción del entra-mado de relaciones que unen a Alejandro con su atractiva, posesi-va y manipuladora madre Olimpia (una estupenda y pletórica de sensualidad Angelina Jolie) y la constante búsqueda de aproba-ción y del cariño de su padre Filipo de Macedonia (Val Kilmer compone aquí uno de los mejores trabajos de su carrera forjando una de las constantes del cine de Stone como es la decisiva impor-tancia de la figura paterna) es absolutamente modélica y sirve para comprender bien cómo debió de formarse el carácter de Alejandro. Educado no ya para emprender grandes gestas y salir victorioso, sino para ser un dios capaz de las más asombrosas proezas y convertirse en un mito por su ambiciosa madre con la que mantiene una relación edípica de libro, Alejandro se debate entre su destino y el alto precio que sin duda debería pagar por ello. La escena en la que Filipo da una clase de mitología aplicada a ilustrar la condición más dolorosamente humana de esos mitos tiene un mensaje claro: la grandeza tiene un alto precio en dolor que hay que estar dis-puesto a pagar por ella.

  El juego de conspiraciones políticas y relaciones turbulentas que unen a Alejandro con sus padres se ve súbi-tamente truncado cuando, en una de-cisión en principio poco explicable, Stone rompe abruptamente la línea narrativa llevada hasta ese momento y nos sitúa varios años ya en el futuro, con Alejandro ya coronado rey y en-vuelto en sus conquistas de medio mundo, a las puertas de la decisiva batalla de Gaugamela. Esa decisión, que parece del todo punto caprichosa y que instala la extrañeza en la mente del espectador, es de hecho un inteli-gente recurso de guión sobre el que volveré más adelante. Por si todavía a alguien le quedaba alguna duda a estas alturas, la primera secuencia puramente épica del film demuestra a las claras que éstas son poco más que un peaje que Stone debe pagar para hacer la película que a él verdaderamente le interesa. Por más que cuente con algún elemento de interés (especialmente la presencia bien palpable de la violencia y la sangre que conlleva todo conflicto bélico, a diferen-cia de otras impolutas superproducciones insoportablemente edul-coradas) no puede decirse que la recreación de Gaugamela sea un prodigio de claridad expositiva ni que ofrezca algo especialmente novedoso en este campo. Stone se limita a cumplir con el trámite de forma competente gracias a la segunda unidad y a otro de los fuertes de su cine: el montaje.

  Es después de Gaugamela donde se entra en la parte más intere-sante del film ¿Por qué si el sueño de Alejandro es unificar el terri-torio conocido y tender puentes entre civilizaciones (una lectura quizás demasiado atrevida de las motivaciones históricas del per-sonaje) éste no se plantea ni por un instante detenerse a conso-lidar el imperio que está construyendo? El paso por Babilonia (por cierto, un pasaje bastante hermoso) es tan fugaz como todo lo que hace en la película: su inexorable avance, su paso por las monta-ñas, su boda con Roxana –un claro reflejo de su madre Olimpia–... Pareciera como si el personaje estuviera inmerso en una especie de huida a ninguna parte, a la búsqueda de un insensato objetivo que nadie más que él entiende, lo que lleva a la revuelta a algunos de sus más fieles seguidores. Es en ese instante, tras un incidente clave en la película, cuando se revela el talento de Stone como guionista: en un brillante flashback narrativo, Stone nos vuelve a si-tuar en Macedonia donde antes quebró la línea temporal, en los he-chos que llevaron al asesinato de Filipo y al posterior enfrentamien-to de Alejandro con su madre, con lo que la parte del personaje que hasta entonces se le escapaba al espectador queda ahora meridia-namente clara. El trabajado retrato psicológico del héroe preso de su obsesión va cerrándose de forma inexorable.

  Claro que para entonces han trans-currido más de dos horas de película y es más que posible que muchos es-pectadores hayan desertado de la in-teresante propuesta del realizador: como siempre le sucede a Stone en sus películas, "Alejandro Magno" es una obra llena de matices y pun-tos de interés, pero que se pierde en reiteraciones y en retratos que acaban por resultar desdibujados; significativo es en este sentido la rela-ción de Alejandro con Hefestión que ha causado tan absurda y artificial po-lémica en los EE.UU. Stone presenta con la más absoluta naturalidad el ge-nuino amor que Alejandro siente hacia la única persona en la que confía plenamente, pero el personaje que interpreta Jared Leto queda un tanto deslavazado precisamente porque no tiene una ex-cesiva profundidad y algo parecido puede decirse de la mínima re-lación de Alejandro con su esposa Roxana. Al menos "Alejandro Magno" es bastante más honesta en este campo que "Troya", su más inmediato referente temporal, que caía en el más absoluto de los ridículos al convertir, siguiendo los patrones de lo políticamente correcto, a Aquiles y a Patroclo (por cierto, mencionados a menudo en el film) en primos. Pero estos son los tiempos que nos ha toca-do vivir.

  El último tercio de película nos lleva de nuevo por paisajes más épicos, con esa extraña batalla en la que el ejército liderado por Alejandro se enfrenta por primera vez a elefantes en los confines de la India, aunque es de resaltar que el tono de esta batalla es com-pletamente distinto al de Gaugamela, casi un reverso de ésta: ya no hay gloria ni territorios que conquistar, sino que se lucha por la pura supervivencia y por la lealtad a Alejandro, algo en lo que tiene mucho que ver tanto la capacidad de liderazgo como la forma en que éste comparte con ellos todo tipo de penalidades en su largo periplo. Tanto la forma en la que la batalla está rodada como su salvaje resolución ofrecen una lectura extrema de la epopeya de Alejandro, que está alcanzando su fin.

  "Alejandro Magno" es, como ocurre con la mayoría de las obras de Oliver Stone, una película tan interesante como, en el fondo, desequilibrada, en la que compensando sus aciertos (la excelente fotografía de Rodrigo Prie-to, la profundidad de su retrato psico-lógico, el trabajo de Val Kilmer) hay elementos bastante más discutibles. Creo que resulta evidente que, pese a sus esfuerzos y a algún momento ais-lado, el personaje protagonista le vie-ne grande a Colin Farell (especial-mente en los momentos dramáticos), el inevitable recurso de la voz en off de un desangelado Anthony Hopkins como narrador aburre al propio actor y las tres horas de metraje se antojan a todas luces demasiado para una película quizás un tanto discursiva en la que Stone se ha salido con la suya de ofrecer un retrato complejo y a ratos apasionante sobre la obsesión de un hé-roe empeñado en trascender su figura histórica para alcanzar su condición de mito pero que siempre vivió atormentado por su propia grandeza. "Alejandro Magno", con sus defectos, es una película más que correcta que cumple sobradamente con los objeti-vos que Stone se había fijado a la hora de afrontar este pro-yecto. El problema será de aquellos que acudan a la sala con la vana esperanza de encontrarse una secuela de "Troya" sin saber que están pagando por ver una película de Oliver Stone coherente con el resto de su filmografía cuyo referente más claro es una cinta tan alejada de ella como "Nixon". Pero esa es otra cuestión bien distinta.

Calificación:


Imágenes de "Alejandro Magno" - Copyright © 2004 Warner Bros, Intermedia Films, IMF Pictures y Pacifica Films. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos reservados.

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