CRÍTICA
por
Javier Quevedo Puchal
El sueño de la razón produce dudas
Aún conservo en mi memoria, como un recuerdo divertido y
morboso a la vez, las caras de espanto de la mayo-ría de
espectadores mientras se en-cendían las luces de la sala donde se
acababa de exhibir "eXistenZ",
en los difuntos cines Casalta de Castellón. Sin duda, el 90%
había acudido con la insensata esperanza de encontrar-se con un
divertimento futurista a lo hermanos Wachowski y, claro, con lo
que se topó fue con una obra de David Cronenberg. ¿Puede haber
algo más peligroso, por tanto, que entrar desin-formado a ver una
película? Por supuesto: entrar directamente en-gañado. Se hace
necesario preguntarse, sobre todo después de ver "Reencarnación
(Birth)", si realmente merece la pena tomarle el pe-lo al
espectador con tal de que pase por taquilla. Es decir, quizás el
primer fin de semana la artimaña rinda a todo trapo y se obtenga
una recaudación más o menos suculenta pero, ¿seguirá funcionan-do
la estratagema igualmente el segundo fin de semana? Al menos
como experimento sociológico, podría haber resultado interesante
ver la cara que se les quedó a los espectadores que pasaron por
taquilla el primer fin de semana de proyección de "Reencarnación
(Birth)" atraídos por la campaña publicitaria de la película.
Una campaña publicitaria que prometía, al menos aquí en España,
un electrizante thriller paranormal: me remito a ese cartel con
predomi-nio del color negro y la cara expectante de
Nicole Kidman semio-culta por
una silueta misteriosa, ese rebautizar del "Nacimien-to" ("Birth")
original bajo un más impactante "Reencarnación", o ese breve
spot televisivo en el que, no contentos con haber sacado de
contexto determinados cortes para dar la impresión de que se
trataba de una película de suspense o incluso terror, una voz en off hace una sonrojante mención a "Los
otros".
Sin
embargo, lo cierto es que incluso el propio punto de partida de
la película es lo bastante ambiguo como para dar pie a
malentendi-dos: Anna (Kidman), una mujer de clase acomodada,
perdió a su marido hace diez años y, ahora que por fin parece
haber empezado a superar la muerte de éste, accede a casarse con
Joseph (Danny Huston), el
hombre que la ha estado cortejando pacientemente du-rante los
últimos tres años. Sin embargo, una noche aparece en el lujoso
apartamento de Anna un niño (Cameron
Bright) que solicita hablar a solas con ella. Anna
acepta divertida y, sólo entonces, el muchacho le confiesa que
es la reencarnación de su difunto mari-do, para inmediatamente
advertirle que cometerá un grave error si se casa con Joseph. Anna se muestra escéptica e incluso molesta ante lo que
considera una broma de mal gusto... al menos hasta que el niño
empieza a demostrarle que conoce detalles demasiado precisos de
aquella relación como para que todo sea una farsa.
Aun con
todo, lo que Jonathan Glazer
propone con ésta su se-gunda película no es ni por asomo un
ejercicio de suspense para-normal. De hecho, la película en sí se
muestra bastante honesta desde el principio: sobre la pantalla
fundida en negro, la voz en off del marido de Anna bromea en una
conferencia en torno a la idea de la reencarnación y, acto
seguido, arranca la acción con ese pla-no larguísimo en el que
seguimos al conferenciante haciendo foo-ting a lo largo de un
parque cubierto de nieve, todo ello envuelto en una inspirada
banda sonora de Alexandre Desplat
que, dicho sea de paso, no podría estar más alejada de los
cánones típicos del ci-ne de suspense. Con todos estos elementos
sobre la mesa, ya se nos está dejando bastante patente que la de Glazer será una pelí-cula sustentada sobre los detalles. No en
vano, ¿cuántas cintas contemporáneas se atreverían a dedicar,
durante una escena en un concierto de música clásica, casi dos
minutos tan sólo a observar el desasosiego interno en un primer
plano fijo del rostro de su pro-tagonista, incluso aunque ese
rostro sea uno tan bello como el de Nicole Kidman? Sin embargo,
tampoco es ni de lejos un drama ro-mántico ni una comedia
metafísica, posibilidades a las que perfec-tamente nos podría
haber abocado el material base, por muy có-modas y manidas que
ambas estén. Nada que ver, en cualquier ca-so: "Reencarnación
(Birth)" prefiere ser un oscuro cuento mo-ral de raíces
fantásticas, sutilmente erótico por momentos y profundamente
cerebral en la mayoría, real y onírico a la vez, con un
sentido del humor tan perverso y soterrado que uno lo imaginaría
digno de un relato de Angela Carter.
Quizás el
mayor handicap de la pro-puesta (si obviamos, una vez más, la
desquiciada campaña publicitaria con que nos han obsequiado en
España) radique en lo resbaladizo de la mate-ria a tratar y, aún
más, en ese tono de cuento moral perverso por el que los
guionistas han preferido decantar-se. De todos modos, me quito el
sombrero ante la valentía de atreverse con una historia como
ésta, que po-dría haber caído en el ridículo más bo-chornoso a la
primera de cambio. Y me quito aún más el sombrero no só-lo ante
la pretensión de otorgar al producto un aire serio y culto que
invite a la reflexión sino, ¡chapeau!, porque a ratos lo
consigue de forma insospechada. A ello contribuyen decisivamente
no sólo es-cenas tan afortunadas y creíbles como la conversación
que mantie-ne Anna con el niño sentada al borde de la bañera, en
el tercio final de la película, sino unas interpretaciones
que refuerzan esa ve-rosimilitud de la que la película se
resiente necesariamente. Como de costumbre, a destacar Nicole Kidman, que confirma una vez más su gusto por los tour
de force interpretativos con este pa-pel arriesgado y cuajado
de matices, al que muy pocas actrices americanas se atreverían a
hincar el diente. También Anne Heche
deja una huella más profunda que su mera presencia, haciéndose
cargo de un rol secundario a simple vista sencillo pero que,
tras un giro argumental inesperado, entra en una dimensión tan
compleja como la de la misma protagonista. Por su parte, Cameron
Bright imprime a su papel de una personalidad muy marcada, un
logro más que loable para un niño con la difícil tarea de
interpretar a un adulto desesperadamente enamorado e
intermitentemente cruel. ¿Y qué decir de
Lauren Bacall? Pese a que
parece ya resignada a que su mera presencia sea más que
suficiente y aunque, efecti-vamente, en "Reencarnación (Birth)"
es incluso más puramente testimonial de lo que ya lo fue en "Dogville",
aún así hay que reco-nocer que tener a "la Flaca" en una película
siempre sube el nivel en un grado.
En
conclusión, ¿es recomendable "Reencarnación (Birth)"? Sí y no.
Lo es para todos aquellos que estén dispuestos a sumergirse en
una película serenamente alucinada y agradablemente
imperfecta, onírica y provocativa (en algún sitio se tenía
que no-tar la mano del co-guionista
Jean-Claude Carrière), de ritmo pau-sado y básicamente
contemplativo, más dispuesta a abrir interro-gantes con elegancia
que a responderlos a trompicones.
Para to-dos los
demás, desde luego, mejor esperen lo próximo de Night Shyamalan.
Calificación:
    
Imágenes de "Reencarnación (Birth)" - Copyright © 2004
New Line Cinema, Lou Yi Inc. y Academy Productions. Distribuida
en España por TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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