CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Fascinación, ambigüedad y
desconcierto
Quizás lo primero que a uno se
le viene a la mente a la hora de escribir acerca de esta
elegante, perturbadora y a la vez fascinante propuesta fílmica
que hoy nos ocupa, es que el director Jonathan Glazer y sus dos
socios en el guión Milo Addica y
Jean-Claude Carrière debían ser
más que conscientes de que su estimulante premisa de partida
bien podría servir para configurar a partir de ella una película
que perteneciera a ese selecto grupo de obras de difí-cil
catalogación que mezclan y a la vez difuminan las fronteras de
lo que comúnmente conocemos como género cinematográfico, obras
que a menudo suelen colocarse muy cerca del borde de un
precipicio por los considerables riesgos que afrontan y por la
com-plejidad que supone llevar a buen puerto lo que se cuenta,
pero que, precisamente por ese coqueteo poco disimulado con el
riesgo y por su deseo de experimentar con nuevas y sugerentes
formas de expresión, pueden resultar particularmente atrayentes
para ese tipo de espectador inquieto, ansioso por ver sometida a
prueba su capacidad de sorprenderse en una sala de cine.
"Reencarnación (Birth)" tiene desde luego un
planteamiento tan perturba-dor como interesante: ¿Cómo
reac-cionaría una viuda que ha llorado por diez años la triste
pérdida de su mari-do y que por fin parece dispuesta a rehacer su
vida con otro hombre si, de improviso, apareciera en su vida un
in-quietante chaval de diez años que, comportándose con maneras
de adul-to y conociendo unos hechos que na-die más que aquel
marido difunto po-dría saber, afirmara convencido ser la
reencarnación de éste y reclamara la atención de la que dice ser
su esposa? Ante esta tesitura, parte del público, siguiendo sus
propias creencias sobre el asunto, pue-de reaccionar pensando
que, efectivamente, el determinado chaval puede estar en lo
cierto y ser quien dice ser pese a que, por otro lado, tal cosa
resulte imposible de aceptar para el espectador natu-ralmente
escéptico, que preferirá pensar que todo eso no puede si-no ser
una broma de mal gusto llevada al extremo y que debe ha-ber una
explicación más racional al respecto. Lo verdaderamente singular
de la película de Jonathan Glazer es la ambigüedad que muestra
en este campo, que deja tanto espacio libre al espectador que
permite avanzar por la película montado en el caballo que más le
guste, a la expectativa de lo que se va descubriendo en
pantalla.
Con estos mimbres, cualquiera diría
que estamos ante un produc-to propio del género fantástico y sin
embargo hay algo que no en-caja. Para empezar, la factura visual
de la película, elegante a más no poder, con una puesta en
escena que se complace en detener los planos fijos sobre los
rostros o las estancias, y con suaves mo-vimientos de cámara
exentos del más mínimo efectismo que de-sembocan en un ritmo
pausado en el que se presta atención sobre todo a la creación de
una atmósfera, sólo puede llevarnos a un refe-rente claro dentro
de dicho género: M. Night Shyamalan. Sin em-bargo, "Reencarnación
(Birth)" tampoco encaja del todo dentro de ese esquema, porque por mucho
que queramos rastrear paralelis-mos entre esta historia y la
filmografía del autor de "El
sexto senti-do", nunca hay en la
cuidada atmósfera de esta película la sensa-ción de desasosiego
que la constante presencia del elemento fan-tástico crea en los films del realizador de origen indio, ni tampoco el aire malsano
que un Polanski podría sugerir a través de esa in-troducción de
lo fantástico en lo cotidiano tipo "La semilla del dia-blo", uno de
los temas sobre los que gira la trama de "Reencarna-ción (Birth)" ¿Ante qué
tipo de propuesta nos encontramos enton-ces?
Quizás la respuesta a tan delicada
pregunta podría venir de analizar un poco más a fondo lo que es
el verda-dero núcleo de la película: la forma en la que
cualquiera de nosotros, seres humanos perfectamente racionales y
seguidores de un sistema lógico a la hora de enfrentarnos a
algún proble-ma, podemos abandonarnos tan pro-gresiva como
desesperadamente a la solución que más nos conviene, por
irracional que sea, con tal de recupe-rar aquello que perdimos en
el pasa-do, que es lo que le sucede de mane-ra evidente al
complejo personaje que compone de forma magistral una
Nicole
Kidman sin cuyo talento interpretativo la película sería incapaz
de sostenerse, pues su Anna navega siempre en el mismo límite de
la credibilidad. Basta con ver ese espeluznante plano fijo en el
concierto al que asisten Anna y su prometido Jo-seph, poco
después de planteado el dilema, en el que se registra cómo ella
está considerando, por primera vez de forma seria, la
po-sibilidad de que sea verdad lo que Sean plantea y, en
consecuen-cia, su rostro va reflejando las terribles
consecuencias de esa cer-teza, ajena su atención por completo a
todo lo que le rodea. No hay en la actualidad muchas actrices
capaces de conseguir trans-mitir toda esa inseguridad, ese cúmulo
de sensaciones, dudas e ideas que se agolpan en su cabeza, no
sólo en ese prodigioso pla-no fijo, sino a lo largo de todo el
film. Es a través de ese progresivo abandono de Anna a la dulce
seducción que supone pensar que tan fantástica premisa pueda ser
una realidad que nosotros, como espectadores, hacemos ese viaje
con ella, por más que haya una vocecita en nuestro interior que
nos avise de que es una locura.
Por supuesto, ayuda no poco a la
misma empresa Cameron Bright, ese niño de mirada adulta que
consigue provocar toda esa tensión a su alrededor con su simple
presencia, su tenacidad inso-bornable y su naturalidad desarmante
(la escena del baño, que ha sido motivo de tan absurda polémica
por los impresionables mora-listas de siempre, es un modelo de
planificación inteligente) y que plantea la misma duda en la
mente del espectador. Admite Jona-than Glazer —un realizador que
nos sorprendió con su estimulante ópera prima "Sexy
beast",
aparentemente en las antípodas de esta obra por su diferente
acabado visual, pero en el fondo no tan aleja-da de ella por los
temas que aborda— que la intención principal de la película,
desde un primer momento, era mostrar de una forma creíble una
historia de amor entre una mujer adulta y un niño de diez años.
Y la verdad es que durante gran parte del metraje lo con-sigue
sin resultar inverosímil (véase por ejemplo la secuencia de Anna
y Sean en la heladería mientras hablan de sexo, o la escena en
la que Anna se acerca a la cama desde la que Sean la contem-pla
expectante) gracias, además del gran trabajo de interpretación
citado, al esfuerzo del trabajo narrativo de una puesta en
es-cena medida al milímetro que consigue generar tal clima que,
al no jugar jamás Glazer con las cartas marcadas ni manipular al
es-pectador, éste puede ser capaz de asumir por propia voluntad
bien la propuesta más fantástica, bien la explicación más
racional.
La película tiene así momentos de una enorme fuerza dramática y
un gran poder de sugerencia. Sin
embar-go, cuando uno asume el riesgo de moverse por terrenos tan
delicados, resulta una tarea harto difícil salir airo-so en la
resolución del film mante-niendo intacto ese nivel. O, dicho de
otra forma, llega ese momento inevita-ble en el que la película,
por más que quiera seguir jugando con la ambigüe-dad, se ve
obligada a optar por un ca-mino u otro y aferrarse a él si no se
quiere caer en el precipicio que ella misma ha planteado. Y es
ahí donde Glazer, consciente de que el tramo final de la
película ha de resultar por fuerza insatisfactorio al
tener que renunciar a una de sus mejores bazas, no puede o no se
atreve a llevar el dilema moral que plantea hasta sus últimas
conse-cuencias y duda en exceso, prolongando su final mucho más
allá de lo que era a todas luces recomendable a juzgar por su
resulta-do. Eso por no mencionar que la película ya había caído
con anterioridad en un par de debilidades argumentales que los
exegetas de las estructuras férreamente sólidas no dudarán en
señalar como la causa de que parte de la trama se de-rrumbe como
un frágil castillo de naipes, algo en lo que no ha-brá más
remedio que darles la razón, pues es un hecho objetivo di-fícil
de rebatir.
Sin embargo, pese a que
"Reencarnación (Birth)" es una película fallida en ese aspecto, no
conviene juzgarla únicamente en función del mismo, pues sería
algo muy injusto dejar de lado los muchos valores
cinematográficos que posee y el atrevimiento que demues-tra: es
un film completamente a contracorriente de casi todas las
tendencias que ahora imperan en el fantástico, sin que por ello
se resienta lo mas mínimo su capacidad de sugeren-cia; plantea un
conflicto dramático de corte intimista con el que el espectador
puede conectar con suma facilidad, capaz de generar cierta
reflexión a la salida del cine y, no menos importante, de-muestra
que su autor es un director con personalidad propia capaz de
fabricar una película tan extraña y fascinante como casi
imposi-ble de vender al gran público —su ritmo, tan lento como
preciso, llevará por la calle de la amargura al espectador poco
informado que se acerque a ella en la vana esperanza de
encontrarse ante un producto comercial al uso—, y que debió
desconcertar tanto a los productores de la misma que, una vez
vista, no resulta extraño que éstos no supieran muy bien qué
hacer con ella y la mantuvieran congelada durante un año antes
de estrenarla, pese a contar con ganchos tan admirables como la
soberbia interpretación de Nicole Kidman o la nueva recuperación
para el cine, tras "Dogville", de
Lauren Bacall, más que correcta
al frente de un acertado reparto rodeando a los dos
protagonistas que incluye a gente tan diversa como
Danny
Huston, Peter Stormare,
Ted Levine o
Anne He-che. La duda que
surge es si estas inquietudes tan personales que ha demostrado
Jonathan Glazer tendrán cabida en el futuro en una industria tan
poco proclive a aceptar híbridos tan desconcertantes como esta
película.
Calificación:
    
Imágenes de "Reencarnación (Birth)" - Copyright © 2004
New Line Cinema, Lou Yi Inc. y Academy Productions. Distribuida
en España por TriPictures. Todos los derechos
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