CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Los estragos de la crisis
Hay
algunas películas cuya reseña no puede afrontarse sin hacer
si-quiera una mínima referencia a las condiciones en las que se
llevaron a cabo, bajo pena de resultar algo injustos a la hora
de valorarlas co-mo es debido. Es lo que le sucede a "Buena vida
- Delivery", ópera prima del realizador argentino
Leonardo Di Cesare cuya factura
vi-sual, por momentos verdaderamente pobre, se explica bastante
mejor si uno sabe de antemano las dificultades que una película
modesta en medios y pretensiones como ésta tuvo que vencer para
salir adelante. Cuando, en la rueda de prensa tras su pase en la
Seminci de Vallado-lid (donde la cinta se alzó con el premio
Pilar Miró al Mejor Nuevo Di-rector) Leonardo Di Cesare nos
contaba cómo la producción se paró por completo más de una vez
por falta de fondos a causa del conocido corralito y, al
comprobar la pésima calidad del material rodado hasta entonces
con no poco esfuerzo, Di Cesare abandonó por unos meses el
proyecto para... irse a criar caracoles en su casa (con título
oficial de criador incluido, un elemento que incluyó a
posteriori en el film en uno de los personajes secundarios más
estrafalarios), todos nos mira-mos unos a otros asombrados.
Pensábamos que nos estaba tomando el pelo. Lo mismo que cuando
nos contó la anécdota de un tipo muy enojado que se dirigió a él
exigiendo saber quién le había contado su vida para hacer la
película. La realidad, como bien sabemos, a menu-do supera la
ficción.
Porque resulta increíble que esta histo-ria, que provoca a
aquellos que tenemos un poco de memoria la vertiginosa
sen-sación de que estamos viajando en el tiempo, pues no cuesta
nada emparen-tarla con títulos clásicos de nuestra his-toria
reciente como "El pisito", "Plácido" o "El verdugo", en la que
Berlanga, Az-cona o Ferreri retrataban con gracia e
in-teligencia las tristes miserias diarias de aquellas épocas
oscuras, tenga como base una realidad que, a fuerza de
docu-mentos cinematográficos, empieza ya a sernos bastante
familiar, como es la re-ciente crisis argentina. "Buena vida -
Delivery" (algo así como 'buena vida a domicilio', usando un
vocablo inglés de uso común en Argentina que describe a las
empresas que, en tiempo de bonanza económica, servían para
llevar a las casas de la gente cualquier pedido, por
estrafalario que fuera, a cualquier hora del día o de la noche)
narra de manera muy sencilla la historia de Hernán, un tipo «con
rostro de boludo», buena gente y enamorado de una chica que
atiende una estación de servicio, a la que alquila una
habitación que tiene libre en su casa. La cosa pinta bien:
consigue enamorar a la chica y todo va sobre ruedas... hasta que
un día Hernán vuelve a casa y se encuentra a los padres de ella
y una hija que des-conocía que tenía, dispuestos a pasar unos
días alojados allí. De pa-so. Por supuesto, Hernán los recibe
encantado. Pero el tiempo pasa y la familia no sólo no parece
dispuesta a abandonar la casa, sino que traen una maquinaria
para poner en marcha un antiguo negocio de Ve-nancio, el padre
de la chica: una fábrica de churros en la sala de es-tar. Sin
comerlo ni beberlo, Hernán se encuentra con su casa invadida no
sólo por esa familia de desconocidos, sino por un montón de
deso-cupados, inmigrantes, operarios de las máquinas que aspiran
a con-seguir un trabajo. No puede deshacerse de ellos y, por
descontado, su relación con la chica, que tanto prometía,
empieza a hacer aguas por todas partes.
El
director construye así una mirada irónica, surrealista, sobre
los estragos de la crisis en la sociedad argentina con esta
si-tuación que sin duda firmaría encantado el mismísimo
Berlan-ga en la que este pobre hombre se ve superado por
completo por los acontecimientos y esa familia que se le instala
en su casa y que no muestra el más mínimo reparo o remordimiento
en hacerlo... simple-mente porque no tiene otra opción que
actuar así para sobrevivir. La película, llena de ese humor
cínico y más que negro, negrísimo, que sólo puede extraerse de
las situaciones más desesperadas, está muy bien interpretada por
todo el elenco (destaca su protagonista, el joven y desconocido
Ignacio Toselli, un descubrimiento, aunque tampoco es
de desdeñar el retrato de Venancio, ese viejo churrero que
repre-senta la peor cara del capitalismo made in USA,
triunfalista y vende-dor de ilusiones tras las que se oculta la
nada más absoluta) y consi-gue ajustar su ritmo hasta equilibrar
con habilidad comedia y tragedia, convirtiéndose en un terrible
retrato a ras de tierra del día a día de esa gente que tiene que
luchar por salir adelante en medio de una crisis que por
momentos parece interminable y que amenaza con destruir a su
paso lo poco positivo.
Di Cesare compone un cuadro que está bastante alejado de las
coartadas senti-mentales, utópicas o nostálgicas del ci-ne de
Campanella, por contraponer el otro representante más conocido
de esta tendencia (sin cuyo éxito, todo hay que decirlo, con
títulos como "El
hijo de la novia" o "Luna
de Avellaneda" no tendría-mos ocasión de ver películas como
ésta en las carteleras españolas), saca petró-leo de una
situación social angustiosa y busca recursos para conseguir un
cine más que notable que exuda verdad por los cuatro costados.
Lo mejor de "Buena vida - Delivery" está precisa-mente en que
nunca pierde de vista esa realidad a la que se aferra y que
describe con tanta crueldad como sentido del hu-mor (negro),
en la que la necesidad de la propia supervivencia está por
encima de las más elementales consideraciones sociales y que
lleva a algunos de los protagonistas de esta historia a hacer
cosas que nosotros, cómodamente instalados en nuestra
prosperidad, pode-mos considerar moralmente reprobables –Di
Cesare además tiene la inteligencia de no dejar títere con
cabeza, pues tan abusiva es la con-ducta de la familia de la
chica aprovechándose de la buena fe de Her-nán como, en el
fondo, los medios que éste se ve obligado a utilizar o, en fin,
la siempre interesada conducta de la muchacha– pero que
de-beríamos muy mucho de cuidarnos en juzgar.
No deja de
resultar curioso que una película que nació precisamente para
denunciar algunas de las situaciones que ya venían
percibiéndo-se desde hace tiempo en un país próspero pero
saqueado incluso desde las mismas instituciones del Estado y de
forma legal –convie-ne, para hacerse una idea del alcance de ese
expolio, complementar el visionado de esta película con el del
espeluznante documental fir-mado por Pino Solanas "Memoria
del saqueo", de reciente y mucho me temo que fugaz estreno
en nuestras pantallas– fuera a su vez víc-tima directa de la
crisis económica que atenazó al país durante los últimos años,
un hecho que se nota, como no podía ser de otra forma, en el a
ratos deficiente acabado visual de la película y en un tramo
final demasiado atropellado, forzado, en el que se notan mu-cho
las prisas con las que hubo de terminar su obra y en el que el
guión deja algún que otro asunto mal rematado. Demasiado
consiguió hacer Di Cesare con las sucesivas interrupciones a las
que se vio sometido y los interminables avatares a los que hubo
de enfren-tarse durante el accidentado rodaje de esta Cenicienta
que, sobrepo-niéndose a todos los obstáculos, ha conseguido
llegar a las pantallas tras hacerse un hueco en algún que otro
Festival donde se ha premia-do, más que su discutible valor
estético, su atrevimiento al mirar a la cara una realidad que
acabó, en un giro que hubiera sido grato al gran Borges,
invadiendo casi por completo a la ficción que trataba de
repre-sentarla. Con el tiempo, será en películas como ésta (como
sucedía con esa España que retrataron Berlanga y Azcona) donde
habrá que buscar la verdad de toda esa época.
Calificación:
    
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