CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
El amor en
los tiempos del virus
El británico Michael Winterbottom
quizás sea uno de los direc-tores más inquietos, eclécticos y versátiles del panorama actual. Desde que se dio a conocer en
1995 con "Besos de
mariposa" ha tocado prácticamente todos los palos
cinematográficos, pero siem-pre haciendo un uso poco convencional
del género para reconducir-lo hacia sus propios intereses, y sorprendiéndonos con algo total-mente diferente en cada nuevo
proyecto. Después de algunos títu-los destacados que
incluyen "Jude", "Wonderland", "El
perdón" o "24
hour party people", "Código 46" no es una excepción
en esa particular forma de reinterpretación, pero aunque
sus intenciones se perfilan originales e inteligentes, la forma
en que han sido trasla-dadas a la película todavía resulta muy
mejorable.
En el
mundo futuro de "Código 46" los habitantes del planeta se encuen-tran divididos entre
los privilegiados que ocupan las grandes metrópolis y los
segmentos marginados que sobre-viven en los exteriores desérticos
sin orden ni ley expuestos a los peligros de la radiación solar. Los núcleos de población se han convertido en una
amalgama de culturas donde conviven personas de todas las razas en
idén-ticas condiciones, y esta mezcla ha derivado en un nuevo lenguaje
que in-corpora palabras de otros idiomas. Se trata de un sistema
en el que las autoridades ejercen un fuerte con-trol sobre los
ciudadanos, sin embargo éste no tiene un carácter totalitarista
ni una voluntad opresiva en la línea de "1984", sino que su
finalidad es más bien la de preservar la calidad de vida del grupo frente a las
amenazas y prevenir una regresión de la especie a pe-sar de que esto suponga invadir los derechos
privados del individuo, de una manera parecida a lo que ocurría
en "Gattaca". Esto se tra-duce en una serie de medidas
que afectan considerablemente a las relaciones sociales: el tránsito de
pasajeros entre ciudades sólo es posible si se dispone de un
permiso especial concedido bajo seve-ra supervisión; se aplican
leyes eugenésicas para evitar que perso-nas con
similitudes genéticas procreen; y se puede borrar la me-moria de
forma selectiva igual que sucedía en "¡Olvídate de mí!",
con la diferencia de que son las instancias superiores quienes
deci-den cuándo proceder a dicho vaciado de recuerdos.
Precisamente serán estas condiciones adversas las que pongan a
prueba el ro-mance que vive la pareja protagonista del film.
Además, existen ciertos virus que transforman
de manera parcial la conducta y las capacidades cognitivas de los
portadores, nuevas enfermedades y formas adaptativas frente al
cambio climático.
En esta rigurosa tesitura se conocen María
González (la inglesa Samantha
Morton interpretando a una dudosa "hispana") y Wi-lliam (Tim Robbins). Ella es una joven
subversiva empleada en
una empresa que expende permisos de viaje, y que lleva tiempo
falsifi-cándolos para favorecer a aquellos a quienes se les han
denegado. Él un inspector de seguros que debe encontrar al
culpable de la es-tafa y que dispone de una habilidad especial
para la intuición gra-cias a un virus de la empatía. María y William se enamoran de in-mediato, y aunque él
ha adivinado que la muchacha es la respon-sable del delito,
miente para protegerla sin considerar las conse-cuencias
negativas que su decisión le reportará. El inicio del affaire entre María y William recordará en
muchos aspectos al del dúo estelar de "Lost in
translation". William es un hombre
casado de paso en la ciudad por motivos de trabajo, coincide con
María fortui-tamente y durante su primera noche se muestran
como almas de-subicadas compartiendo su soledad en medio de una
titánica urbe llamada Shangai,
abundante
en luces de neón con rótulos orienta-les, hasta que terminan en un karaoke...
en esta ocasión sin can-tar.
Todo indica que ése será su primer y único
encuentro, pero la atracción que sienten el uno por el
otro y ciertas complicaciones derivadas del sistema que los rige
harán que se vuelvan a encon-trar...
Hay algo
que conviene dejar claro sobre esta película para no levantar
falsas expectativas entre los seguido-res del género o, por
contra, para disi-par el posible rechazo de sus detrac-tores. "Código 46"
no es una cinta de ciencia-ficción ni en el
sentido más comercial ni en el sentido más tradicional del
término, pero sin ser enteramente un film del género, es uno de los
trabajos re-cientes que mejor ha sabido reco-ger los propósitos
especulativos que subyacen a la ciencia-ficción, en este caso, apuntar una
reflexión sobre
cómo los progresos tecnológicos y científicos y el control ex-tremo de las
sociedades inciden en las relaciones humanas al más
mínimo nivel, anteponiendo la seguridad y la conservación del
grupo a la libertad física y emocional del individuo; otra cosa es que
di-chos objetivos se hayan ejecutado con atino. En realidad, "Código
46" es algo mucho menos peregrino, pues se trata, en
definitiva, de una historia de amor imposible en clave de cine negro
que utiliza el paisaje de la ciencia-ficción para propiciar su
trama criminal y los obstáculos que separan a esta pareja
arrastrada por la pasión. Aunque el personaje de
María no es estrictamente una femme fata-le ni el de William
responde por completo al cliché de investigador metido en apuros
por una mujer, ambos se ajustan al perfil clásico del
film noir; no obstante, a Winterbottom y a su habitual
guionista
Frank Cottrell Boyce les
interesa bastante menos reflejar el com-ponente de intriga, mera
excusa para establecer la atípica naturale-za del romance, y las
características de esa nueva sociedad, que recoger los
intrincados caminos por los que transita esta relación
sentimental abocada a la fatalidad, siendo este último punto el
ver-dadero centro de atención de la cinta.
Es difícil
decir si "Código 46" es una buena película porque es cualquier
cosa menos una película fácil. Sin lugar a dudas, está llena de
buenas intenciones y sugerentes ideas, pero es mu-cho más
atractiva en su ambiciosa concepción que en la titu-beante manera
en que ha sido plasmada en el resultado fi-nal. El principal
problema se encuentra en un guión enreve-sado, críptico, indeciso
y poco resolutivo que sobrecarga su nú-cleo de interés romántico con una serie de subtramas
mal justifica-das y asistidas,
que toma giros extraños
que le restan credibilidad y que presenta vacíos explicativos que
provocan confusión y sensa-ción de inconsistencia. Contrariamente
a la mayoría de largometra-jes de ciencia-ficción, "Código
46" elude aclaraciones obvias sobre los detalles de la génesis,
funcionamiento y limitaciones de esta sociedad, pero del mismo
modo también ahorra información nece-saria para comprender del
todo cómo
alteran estas circunstancias a los protagonistas. Este abuso del
sobrentendido funciona como un arma de doble filo: por un lado,
se agradece que no sature al es-pectador con datos que lastrarían el desarrollo de la acción
y que lo trate como a un ser inteligente con suficiente capacidad de
deduc-ción; sin embargo, le obliga a un esfuerzo extra para
rellenar hue-cos y, en el peor de los casos, parece estar ocultando fallos de ló-gica. Si a esto le añadimos un ritmo pausado e irregular que pierde
intensidad en su tramo intermedio y la total ausencia de escenas
de acción, puede acabar minando la paciencia de un público ávido
de emociones por una vía más tradicional. Winterbottom
también escapa de las convenciones del género con un estilo
narrativo es-toico, sobrio y contemplativo. La sugestiva puesta en
escena se li-bera de los grandes despliegues tecnológicos y de
los efectos
es-peciales habituales, y saca un excelente provecho de la espectacu-laridad natural de los
emplazamientos, ofreciendo una imagen de-sangelada e
insólitamente futurista de las arquitecturas del presen-te,
frente a otras escenas más intimistas cuya factura se encuentra
próxima al realismo pseudo-documental. Esta concepción formal es
uno de los mejores aciertos de "Código 46", ya que su visión del
mundo no es tan futurista como alternativa a nuestra realidad y,
por tanto, más abarcable como posibilidad.
Pese a que la química entre Tim
Robbins y Samantha Morton no termina de convencer, ambos
rea-lizan un buen desempeño, salvan-do con naturalidad
algunas de las rocambolescas situaciones que el guión les obliga
a atravesar. Pero la falta de honestidad que respira su relación se debe de nuevo al
libreto de Frank Cottrell, que los embarca de buenas a primeras
en un súbito fle-chazo difícil de entender y que tampo-co resulta
verosímil en los profundos lazos que se establecen entre ambos
en tan poco tiempo. La participación del elenco secundario es meramente subsidiaria,
funcionando casi como si formasen parte del mobiliario; quizás
una mayor interven-ción de otros personajes de soporte habría
dotado de más cuerpo dramático al conjunto. Como anécdota, cabe
mencionar la fugaz aparición de
Mick Jones, ex guitarra,
compositor y líder de la míti-ca banda The Clash, entonando uno de los temas señeros del
gru-po, el "Should I stay or should I go?", en el club con
karaoke al que asisten María y William al principio del film.
"Código
46" es un estimulante acercamiento a las posibilidades
reflexivas de la ciencia-ficción más comprometida sobre la forma en que los
avances tecnológicos y científicos pueden acabar contro-lando el
destino natural del hombre, a través de un romance imposi-ble que alimenta una subtrama criminal y unos personajes
embar-gados por la pasión desde el cine negro. Lamentablemente,
mien-tras que seduce por un interesante y renovado planteamiento,
que adopta elementos vistos en otros largometrajes, fracasa a
la hora de ponerlo en práctica, por culpa de un guión endeble y
oscuro en el que los tropiezos eclipsan a los aciertos, y un desarrollo suge-rente pero a ratos aburrido.
Confirma que Michael Winterbottom es un director arriesgado e
inconformista no apto para todo tipo de públicos, a pesar de que
sea ésta una obra poco lo-grada. No recomendada para
quienes busquen una nueva "Minority report", aunque
ambas compartan a Samantha Morton.
Calificación:
    
Imágenes
de "Código 46" - Copyright © 2003 The UK Film
Council, United Artists, BBC Films y Revolution Films.
Distribuida en España por Manga Films. Todos los derechos
reservados.
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