CRÍTICA
por
Manuel Márquez
De todo buen aficionado al cine es bien sabido cuán
difícil es encontrar una película de género “químicamente pura”
(adscribible a un género concreto de manera inequívoca y sin el
más mínimo adi-tamento o incrustación de un género distinto):
desde los films que mezclan, en dosis variadas, elementos de
múltiples géneros, hasta aquellos otros que, ateniéndose
básicamente a las convenciones de uno en particular –en el cual
se inscriben–, se trufan o salpican con elementos puntuales de
otros diferentes, un altísimo porcentaje de la producción
cinematográfica se atiene a esta premisa. Y tam-bién a ella se
acoge esta auténtica obra maestra que es "El aparta-mento", una
película que amalgama en su particular “coctelera” in-gredientes
de la que, probablemente, constituya la más explosiva y
complicada de esas mixturas: la de la comedia de tintes amargos
y románticos, esa probeta que a más de un reputado alquimista le
ha estallado entre las manos de forma estrepitosa, mientras que
al genial Billy Wilder
siempre le ha proporcionado exquisitos breba-jes –y éste es,
posiblemente, el más delicioso de todos ellos–.
El apartamento –pequeño y coque-to– es el teatro de las
operaciones en el que se va erigiendo una montaña de ignonimia,
un verdadero retablo de las miserias humanas, que, por muy
inocuas y disculpables que sean (cuán débil es la carne,
hermanos...), no dejan de ser miserias. Y su epi-centro personal
es el bueno de “Bud-dy” Baxter, un hombre tranquilo y sencillo
al que da vida un Jack Lemmon
en auténtico estado de gra-cia, que obtuvo, gracias a este
papel, una nominación al Oscar® como me-jor protagonista –el
premio se lo ter-minaría llevando otro monstruo como Burt
Lancaster, por su papel en "Elmer Gantry"–. “Buddy” Baxter es un
hombre bueno, muy bue-no, que lleva una existencia gris y
anodina, la de un simple núme-ro, un punto perdido en la
inmensidad de esa inacabable oficina –ese prodigio que, salido
del magín de ese extraordinario director ar-tístico que fue
Alexandre Trauner, aún
constituye objeto de estu-dio y admiración en las escuelas de
cine de medio mundo–, en la que desarrolla su trabajo, mecánico
y rutinario. Y es tan, tan bue-no, que es incapaz de negarse a
los requerimientos de sus supe-riores para dejarles utilizar su
precioso apartamento como infame picadero, aun a costa de su
comodidad e, incluso llegado el caso, su salud. Demasiada
bondad, ¿no?
Una comedia de
tintes amargos
y románticos, posiblemente la más deliciosa del genial
Billy Wilder. Una auténtica
obra maestra. |
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No menos
buena que Buddy es Fran Kubelik –otra fastuosa inter-pretación a
cargo de Shirley Mc-Laine–,
esa amable y servicial ascensorista de sonrisa sempiter-na y
palabra simpática siempre en la punta de sus labios, bajo las
cuales –sonrisa y palabra– escon-de su sufrida condición de
amante oculta y avergonzada de uno de los jerarcas de la
compañía, bas-tante poco dispuesto a alterar su estatus
socio-familiar para dar satisfacción a las calladas
aspiracio-nes de su chica, sumisa y resignada a tan triste
condición. De nue-vo, demasiada bondad, ¿no? Pues no se lo
crean, amigos, tampo-co hay tanta bondad, ni siquiera en estas
dos almas benditas. Por-que, en el fondo, en el más interno de
sus fueros, son ciertamente buenos, muy buenos –y por eso, y por
la fuerza arrolladora que só-lo un sentimiento como el amor
imprime hasta en el más pusiláni-me de los espíritus, ambos
serán capaces de redimirse de sus res-pectivas infamias–, pero
eso no puede ocultar cuáles son sus mo-tivaciones y sus
aspiraciones –muy poco edificantes, por cierto–. Buddy quiere
ascender, aspira a un despacho propio y, los únicos méritos que
puede esgrimir –quod natura non dat...– son los de su indigna y
servil disposición. Y Fran quiere convertirse en la nueva esposa
del jefazo, objetivo en pos del cual no tendrá mayor
incon-veniente –aun con todo su sufrimiento– en tragar el sapo
del des-precio permanente y el trato displicente de su
mantenedor. ¿Ven ustedes, ahora, cómo tampoco eran tan buenos?
Este planteamiento de la trama, con su redención final incluida,
podría ha-ber dado origen y fundamento, en ma-nos menos
diestras, a una comedieta insulsa de moralina insufrible o a un
dramón lacrimógeno hasta el tuétano. Pero desarrollado con
una puesta en escena tan sobria como efectiva, un ritmo
narrativo fluido y bien medido, unas interpretaciones de sus
protagonistas tan entrañables como creíbles, y una riqueza en
los diálogos como sólo la casa “Diamond-Wilder” es capaz de
proveer, se termina convirtiendo en eso que ya adivinan: un
monumento del séptimo arte, no por su grandiosidad, sino por su
enorme calidad. Porque éste, y no otro, es el gran cine: el que
nos ofrece una baranda desde la cual aso-marnos a esas escaleras
que suben y bajan por los entresijos de la humana condición, sin
resultar plúmbeo ni cargante –no es necesa-rio aburrir para
incitar a la reflexión–. Y eso es lo que nos da "El
apartamento", una auténtica –¿ah, lo había dicho ya? No importa,
repetimos...– obra maestra.
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