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EL APARTAMENTO
(The apartment)


cartel
Dirección: Billy Wilder.
País:
USA.
Año: 1960.
Duración: 125 min.
Género: Comedia, romance.
Interpretación: Jack Lemmon (Calvin Clifford Baxter), Shirley McLaine (Fran Kubelik), Fred MacMurray (Jeff D. Sheldrake), Ray Walston (Joe Dobisch), Jack Kruschen (Dr. Dreyfuss), Edie Adams (Srta. Olsen), David Lewis (Al Kirkeby), Hope Holiday (Margie MacDougall), Joan Shawlee (Sylvia), Naomi Stevens (Mildred Dreyfuss).
Guión: Billy Wilder e I.A.L. Diamond.
Producción: Billy Wilder.
Música: Adolph Deutsch.
Fotografía (B/N):
Joseph LaShelle.
Montaje: Daniel Mandell.
Dirección artística: Alexander Trauner.

 

CRÍTICA
por Manuel Márquez

  De todo buen aficionado al cine es bien sabido cuán difícil es encontrar una película de género “químicamente pura” (adscribible a un género concreto de manera inequívoca y sin el más mínimo adi-tamento o incrustación de un género distinto): desde los films que mezclan, en dosis variadas, elementos de múltiples géneros, hasta aquellos otros que, ateniéndose básicamente a las convenciones de uno en particular –en el cual se inscriben–, se trufan o salpican con elementos puntuales de otros diferentes, un altísimo porcentaje de la producción cinematográfica se atiene a esta premisa. Y tam-bién a ella se acoge esta auténtica obra maestra que es "El aparta-mento", una película que amalgama en su particular “coctelera” in-gredientes de la que, probablemente, constituya la más explosiva y complicada de esas mixturas: la de la comedia de tintes amargos y románticos, esa probeta que a más de un reputado alquimista le ha estallado entre las manos de forma estrepitosa, mientras que al genial Billy Wilder siempre le ha proporcionado exquisitos breba-jes –y éste es, posiblemente, el más delicioso de todos ellos–.

  El apartamento –pequeño y coque-to– es el teatro de las operaciones en el que se va erigiendo una montaña de ignonimia, un verdadero retablo de las miserias humanas, que, por muy inocuas y disculpables que sean (cuán débil es la carne, hermanos...), no dejan de ser miserias. Y su epi-centro personal es el bueno de “Bud-dy” Baxter, un hombre tranquilo y sencillo al que da vida un Jack Lemmon en auténtico estado de gra-cia, que obtuvo, gracias a este papel, una nominación al Oscar® como me-jor protagonista –el premio se lo ter-minaría llevando otro monstruo como Burt Lancaster, por su papel en "Elmer Gantry"–. “Buddy” Baxter es un hombre bueno, muy bue-no, que lleva una existencia gris y anodina, la de un simple núme-ro, un punto perdido en la inmensidad de esa inacabable oficina –ese prodigio que, salido del magín de ese extraordinario director ar-tístico que fue Alexandre Trauner, aún constituye objeto de estu-dio y admiración en las escuelas de cine de medio mundo–, en la que desarrolla su trabajo, mecánico y rutinario. Y es tan, tan bue-no, que es incapaz de negarse a los requerimientos de sus supe-riores para dejarles utilizar su precioso apartamento como infame picadero, aun a costa de su comodidad e, incluso llegado el caso, su salud. Demasiada bondad, ¿no?

Una comedia de tintes amargos
y románticos, posiblemente la más deliciosa del genial Billy Wilder. Una auténtica
obra maestra.
 

  No menos buena que Buddy es Fran Kubelik –otra fastuosa inter-pretación a cargo de Shirley Mc-Laine–, esa amable y servicial ascensorista de sonrisa sempiter-na y palabra simpática siempre en la punta de sus labios, bajo las cuales –sonrisa y palabra– escon-de su sufrida condición de amante oculta y avergonzada de uno de los jerarcas de la compañía, bas-tante poco dispuesto a alterar su estatus socio-familiar para dar satisfacción a las calladas aspiracio-nes de su chica, sumisa y resignada a tan triste condición. De nue-vo, demasiada bondad, ¿no? Pues no se lo crean, amigos, tampo-co hay tanta bondad, ni siquiera en estas dos almas benditas. Por-que, en el fondo, en el más interno de sus fueros, son ciertamente buenos, muy buenos –y por eso, y por la fuerza arrolladora que só-lo un sentimiento como el amor imprime hasta en el más pusiláni-me de los espíritus, ambos serán capaces de redimirse de sus res-pectivas infamias–, pero eso no puede ocultar cuáles son sus mo-tivaciones y sus aspiraciones –muy poco edificantes, por cierto–. Buddy quiere ascender, aspira a un despacho propio y, los únicos méritos que puede esgrimir –quod natura non dat...– son los de su indigna y servil disposición. Y Fran quiere convertirse en la nueva esposa del jefazo, objetivo en pos del cual no tendrá mayor incon-veniente –aun con todo su sufrimiento– en tragar el sapo del des-precio permanente y el trato displicente de su mantenedor. ¿Ven ustedes, ahora, cómo tampoco eran tan buenos?

  Este planteamiento de la trama, con su redención final incluida, podría ha-ber dado origen y fundamento, en ma-nos menos diestras, a una comedieta insulsa de moralina insufrible o a un dramón lacrimógeno hasta el tuétano. Pero desarrollado con una puesta en escena tan sobria como efectiva, un ritmo narrativo fluido y bien medido, unas interpretaciones de sus protagonistas tan entrañables como creíbles, y una riqueza en los diálogos como sólo la casa “Diamond-Wilder” es capaz de proveer, se termina convirtiendo en eso que ya adivinan: un monumento del séptimo arte, no por su grandiosidad, sino por su enorme calidad. Porque éste, y no otro, es el gran cine: el que nos ofrece una baranda desde la cual aso-marnos a esas escaleras que suben y bajan por los entresijos de la humana condición, sin resultar plúmbeo ni cargante –no es necesa-rio aburrir para incitar a la reflexión–. Y eso es lo que nos da "El apartamento", una auténtica –¿ah, lo había dicho ya? No importa, repetimos...– obra maestra.

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