SINOPSIS
Harper, Conneticutt. A esta
pequeña ciudad de la Norteamérica profunda llega un hombre
receloso y asustado, Konrad Meinike, en busca de un antiguo
amigo, Franz Kindler. Éste se trata de un nazi huido de Alemania
y que, camuflado bajo la identidad de Charles Rankin, se dedica
a impartir clases de historia en el instituto local y aspira a
reciclarse completamente mediante su matrimonio con la hermosa
Mary Longstreet, hija de un juez de la Corte Suprema de los
Estados Unidos, sin por ello abandonar sus pretensiones de
reactivar sus viejas aspiraciones filonazis. Meinike constituye
un grave obstáculo en su camino y, ante la amenaza que supone,
no encuentra otra alternativa que la de su eliminación física.
Pero Kin-dler ignora que, tras los pasos de Meinike, se
encuentra Wilson, un avezado cazanazis que, con la ayuda de
Noah, el hermano peque-ño de Mary, intentará desenmascararlo y
atraparlo, empeño que no le ha de resultar nada sencillo...
CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Supongo que debe ser normal que, de alguna manera, a los
que aún vela-mos nuestras primeras armas en este noble ejercicio
de la crítica cinemato-gráfica, nos impongan bastante respe-to
ciertos nombres míticos, legenda-rios, de la historia del cine.
Por ejem-plo, Orson Welles. ¿Qué decir, que no haya sido ya
dicho? ¿Cómo valorar aquello que, de forma prácticamente
unánime, es valorado como excelso? Tarea harto difícil, pero a
la que no cabe renunciar: al fin y al cabo, las suyas también
son películas...
Cierta-mente, excepcionales. "El extraño" (o "El extranjero", que
también por tal título es conocida en España) también lo es, sin
duda alguna. Realizada aún bajo el manto del contrato con la
RKO, antes de que el díscolo Orson fuera expulsa-do del “edén”
hollywoodiense y comenzara su largo y azaroso pere-grinaje a
través del océano portátil de su propia genialidad, en ella
encontramos toda la maestría formal y narrativa de Welles, con
un despliegue generoso de todos sus recursos.
Una
intriga política, con ribetes puros de film noir (en el que cabe
enmarcarla sin el más mínimo empacho), y con un claro mensaje
antifascista, tan caro al talante progresista a ultranza de su
autor, "El extraño" nos envuelve en su trama de forma precisa e
in-tensa, jugando con un dominio incomparable de los elemen-tos
visuales del género y un sentido del ritmo sólo al alcance de
los grandes.
Confirmando todos los hallazgos formales que hicieron de "Ciuda-dano Kane" una obra seminal, que marcó un antes y un después
en la historia del séptimo arte, Orson Welles nos vuelve a
impresio-nar con un uso tremendamente imaginativo de los
posicionamien-tos de cámara, con picados, contrapicados y tomas
oblicuas que nunca son gratuitos –siempre al servicio de la
intencionalidad narra-tiva–. Si a eso se une un trabajo de
iluminación y fotografía excep-cionales, con claroscuros
tenebristas que crean esa atmósfera in-quietante en la que se
desenvuelve toda la historia, y una genera-ción de sombras que
consigue que éstas se conviertan en un per-sonaje más, no cabe
más que extasiarse ante tamaña exhibición de alardes técnicos,
corroborados y rubricados con un montaje final soberbio.
Y eso no
es todo; quizá, con ser tan brillante, ni siquiera es lo más
desta-cable. Aún deslumbra más el ma-nejo de los recursos más
estricta-mente narrativos, reflejado en multitud de pequeños
detalles que terminan conformando, por mera acumulación, una
exhibición ma-jestuosa. Cómo descubrimos la pre-sencia
“perseguidora” del personaje al que da vida
Edward G. Robinson a
través de esa pipa remendada que, en el plano de cierre de la
secuencia ini-cial, se ha partido estrepitosamente; cómo utiliza
las anillas del gimnasio como arma arrojadiza; cómo descubren el
cadáver de Meinike los chicos que corren por el bosque, en una
secuencia cuyo aspecto, tan insustancial, contrasta con la
tensión creciente que genera; cómo el reloj de la torre de la
iglesia –ése mismo con que se abren los créditos iniciales– va
ganando una presencia cada vez más fuerte, en progresión
paralela a su importancia como elemento es-clarecedor de las
dudas de Wilson; cómo éste despierta, sobresal-tado en medio de
la noche, ante la constatación de una clave iden-tificatoria de
su “presa” en una simple frase predestinada a haber pasado
inadvertida. Sólo un cierto exceso de truculencia en la
re-solución del final podría resultar una nota discordante en
esta sinfo-nía de sutilezas, pero ni aún así se pierde el regusto
excelente que la totalidad del menú nos deja en el paladar.
Tampoco es
nada desdeñable el aporte que el trabajo inter-pretativo del
cuadro actoral, en pleno, hace al resultado final del film. Sin
entrar a profundizar en las atuaciones (brillantes) de Orson
Welles –turbio y reconcentrado, un nazi de una pieza– y Ed-ward
G. Robinson –síntesis milagrosa de físico chocante y trabajo
sobrio–, quizá lo más destacable sea el magnífico nivel
dramático que alcanza una gran dama de la comedia ligera, como
es Loretta Young: el itinerario emocional de su personaje es muy
exigente, y ella da la talla con creces. Entre los secundarios,
destacadísimo el trabajo de Billy House, un contrapunto ligero
para un cuadro den-so, casi siniestro, muy necesario para que el
relato no termine abrumando en exceso.
En fin, ya
ven, era posible: no se trataba de descubrir la pólvora, sino de
hacer una reseña crítica de una gran película, lo cual tam-poco
era tan gran empeño. Para hacer obras geniales, ya están los
genios. Como Orson Welles, por ejemplo...
Calificación:
    
Imágenes
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