CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Rara es la temporada en que no nos llega una adaptación más o
menos li-bre de Shakespeare a la cartelera. Sin embargo, decir
‘adaptación’ es una eufemística alusión a un género muy popular
y estancado en su propia fórmula de éxito, ya que los
‘trasva-ses’ del dramaturgo inglés suelen te-ner mucho más de
espejo barroco que de adaptación en su verdadero sentido. Cierto
es que arriesgarse con las sagradas escrituras de Shakes-peare
les pinta a muchos un alto pre-cio, e incluso rodear los versos
clási-cos con apariencias modernas termina como un ejercicio de
mucho descaro y poca imaginación. La coletilla de promoción que
propa-gan directores y actores, la que asegura con razón que los
temas de estas obras de teatro son universales, se ha convertido
en un escudo que protege el conservadurismo de escena y arroja
lejos cualquier reproche por su falta de ideas propias. Dentro
de la rigi-dez de los siglos se pueden realizar diversas
lecturas, paralelis-mos, estudios de efectos, cambios de género,
de sexo, de decora-do…, pero está claro que al hombre le gusta
bracear a contraco-rriente y avistar el pasado con una mirada en
exceso benévola o de grave interés, en lugar de dejarse llevar
río abajo a lo que es propio de su tiempo. Esta es la forma en
que sobreviven épocas desvane-cidas y obras escritas a pluma. Si
bien los oropeles que les adjun-tamos muchas veces no tienen
nada que ver con la suciedad real de un teatro inglés del siglo
XVI y una Venecia con más contami-nación que romanticismo, lo
cierto es que funcionan.
La, llamémosla así, nueva
adaptación de "El mercader de Vene-cia" se ajusta a lo
mencionado: resulta correcta, lineal, literal y literaria, un
recital que ha seleccionado con mimo y entre al-godones los
diálogos del papel sin añadir muchos intrusos o dejando que
asomen con la misma naturalidad –antaño sutileza, hoy aburrido
titubeo– que en el original, como la homosexualidad, la
hipocresía religiosa y la supervivencia social a través del
autoen-gaño. A Michael Radford
se le nota tan entusiasmado por el cali-bre del encargo que
firma guión y dirección en tinta de oro elegante y vistosa, pero
un poco recargada y, al mismo tiempo, vacilante por el miedo a
mirar por encima de la cabeza del genio inglés. Esto se traduce
en una cuidada ambientación que cumple con los cánones del
estilo lujoso, demasiado limpio, demasiado llamativo, pero
pa-sable dada la tendencia a engrandecer lo que se describía
como majestuoso. La severidad con que trata Radford el
desarrollo del ar-gumento y la colocación de la pompa y la
circunstancia es tan es-tricta que hasta se ve obligado a buscar
excusas para cualquier elemento extraño, como la inocente
música, como si todo tuviese que emanar de la propia obra y no
de quien la mira y la hace nueva.
"El mercader de Venecia" se vale de los mismos trucos que otros
artefac-tos teatrales, como el "Hamlet" de Kenneth Branagh,
cuyos entornos pa-laciegos olían más a cerrado y vacío que las
medievales ruinas de Lawren-ce Olivier. Resulta difícil confiar
en la fuerza del monólogo, aunque existe, y por eso encandila en
mayor medida una recreación salpicada de filosófi-cas
intervenciones. Esto hace que la película avance episódica, como
rápi-dos cuadros de una representación sin telones ni descarados
engaños de cambio de escena, pero sí precipitados y ruidosos en
la tramoya, bajo la cubierta. Porque en "El mercader de
Venecia" conviven dos tramas, enlazadas, sí, pero con distintos
pesos que pro-vocan el desequilibrio de la balanza. El discurso
de civiliza-ciones y creencias, fundido en una única lengua
ácida, se di-luye tras el enredo amoroso que, por otra parte,
agiliza lo que podría ser un desarrollo y un cierre demasiado
dramáti-cos. Como pieza única, el cruce sentimental que
provoca toda la tragedia está repleto del dulzor inteligente que
ya no rebosa ni en una gota en nuestras nuevas comedias
románticas. La falta es que con él queda medio sepultada la
importancia de un discurso más humanista y humano. Los jóvenes
que obligaron al judío usurero a revocar y volver en contra su
juramento se encuentran en el mismo aprieto y aprenden la
lección, pero a ellos les queda como una hu-milde broma y al
otro como una sólida losa que ningún nuevo true-que puede
levantar. No es fácil trabajar en estos tiempos pro-solidaridad
y pro-igualdad con un juicio en que se enfrentan dos grupos
separados por un libro sagrado. A pesar del mensaje pesi-mista,
provoca una inevitable declinación por unos u otros, y el
con-traste del viejo abandonado y las delicias conyugales y
festivas de unas jóvenes parejas se salda con un claro ganador y
un injusto perdedor. Radford no mide bien sus componentes y
desafina su instrumento medidor. Un metraje que, aunque
sobrepase en poco las dos horas de duración y oculte con torpeza
algunos cortes, no se alarga como conjunto, aparte está el
problema de sus partes.
Todo esto, que parece casi más cercano a las disquisiciones
literarias, es lo que puede despertar una adap-tación fiel en
palabras y tediosa en su pronunciación, lo cual, también en su
justa medida, es culpa de unos acto-res casi tópicos para sus
papeles –por lo físico y lo fílmico–, como un
Jo-seph Fiennes igual de
apagado que el Will Shakespeare que encarnase con poco acierto
en la película de John Madden, un moribundo
Jeremy Irons y un
Al Pacino que, acostum-brado a
la sobreactuación, consigue eludirla sin lucirse en su papel de
Shylock. En definitiva, esta adaptación consigue lo imposible en
la vida real, cortar carne sin levantar sangre y emitir juicios
sin clamar vapuleos ni alabanzas. Una sosez fácilmente
compensable por lo que es herida y cura al mismo tiempo:
reencontrar a Shakespeare en lo que, por puro habitual, se
convierte en entretenido, esplendo-roso y bienvenido.
Calificación:
    
Imágenes
de "El mercader de Venecia" - Copyright © 2004
Movision Entertainment, Arclight Films, Avenue Pictures,
Navidi-Wilde Productions y Spice Factory. Distribuida en España por Manga Films. Todos los derechos
reservados.
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