CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
... Y
edulcorándolo hasta más allá de lo razonable
Decía hace poco a propósito de "El
aviador" —y mucho me temo que
ten-dré que volver a repetir el argumento cuando hable de "Ray", la
última inte-grante de este trío de biopics que conforman la
mayoría de las nomina-das este año al Oscar® a la Mejor Película,
todo un síntoma de los tiem-pos que corren— que hay que tomar
cierta distancia entre la presunta fide-lidad del mismo a los
hechos y perso-najes reales que supuestamente re-trata y el
producto fílmico que se re-seña, bajo pena de limitar el análisis
a esa mayor o menor fidelidad olvidándose de otros elementos
igual o más importantes. Pero no deja de ser cierto que cuando
una pelí-cula pretende con tanta desvergüenza como las tres
arriba citadas que nos creamos a pie juntillas sus tres
edulcorados retratos de otros tantos personajes con no pocos
puntos oscuros en sus bio-grafías, es obligación de cualquier
cronista con un mínimo de pruri-to moral señalar el intento de
manipulación del que el público pue-de ser objeto, con el fin
último de despejar equívocos sobre el retra-tado y, al mismo
tiempo, hacer una reflexión sobre los objetivos que se pretenden
conseguir por parte de los artífices de dichas obras.
Esto es particularmente grave, en mi opinión, en el caso de
"Des-cubriendo Nunca Jamás", película que presenta un retrato de
Ja-mes M. Barrie, el creador de una obra tan inmortal como "Peter
Pan", en el que se obvian a propósito las numerosas polémi-cas que
siempre han rodeado a tan particular escritor o se simplifican
hasta dejarlas vacías de contenido en el afán de construir una
obra tan políticamente correcta y tan llena de buenas
intenciones que debería hacer desconfiar al especta-dor algo
familiarizado con la vida y milagros de este personaje, que al
parecer se encontraba mucho más a gusto en la compañía de ni-ños
que pudieran sintonizar mejor con su mundo de fantasía que en la
de esos adultos que le obligaban una y otra vez a enfrentarse a
la siempre molesta tarea de atender sus responsabilidades. La
pelí-cula ofrece un retrato ciertamente amable de Barrie,
presentándolo como un incomprendido y, por lo tanto, un
solitario en medio de un mundo que no le entiende. Sin embargo,
más que contraponerlo a la sociedad en la que vivía (sociedad, no
lo olvidemos, responsable muy poco tiempo atrás de que gente
como Oscar Wilde lo pasara realmente mal por enfrentarse
abiertamente a ella), lo retrata de es-paldas a ella, como si
ninguna de sus acciones estuviese condicio-nada en modo alguno
por ese encorsetado y clasista conjunto de normas que era la
sociedad post victoriana de principios de siglo.
El arranque de la película, formal-mente muy vistoso, nos ofrece
un re-trato claro de esa ruptura: asistimos al fracaso de la
última obra del autor observando las reacciones del público a
través de los ojos de Barrie, parape-tado tras una cortina y
consciente de que su obra no refleja en realidad el mundo
interior del que quisiera hablar. También se escenifica la sima
que separa a Barrie de su mucho más práctica esposa —descrita
por el film con cierta dureza probablemente in-merecida— y la
divertida relación, por cómplice e irónica, que Barrie mantiene
con el empresario teatral Charles Frohman (un mordaz y acertado
Dustin Hoffman). Sin em-bargo, la vida de Barrie cambia cuando su
camino se cruza con la familia Llewelyn Davies, una viuda con
cuatro huérfanos con los que Barrie se entiende de maravilla
desde el primer momento. El núcleo de la propuesta de la
película está precisamente ahí, en la minucio-sa descripción que
Forster hace del proceso de creación del autor, que toma del
tiempo y los juegos que comparte con los niños el material
necesario para su inspiración.
Sería injusto negarle méritos a Forster en la forma de presentar
di-cho proceso, que a menudo resulta brillante: desde la manera
en que Barrie consigue convencer a su entregada audiencia de que
el baile con su perro puede encerrar, imaginación mediante, una
oníri-ca secuencia de baile en un circo con un peligroso oso, el
director no abandona ese recurso de alternar fantasía y realidad
de forma constante, un poco a la manera de Tim Burton en "Big
Fish" (sin llegar a ser tan brillante, por supuesto: Forster
carece de un mundo personal tan rico como el autor de "Eduardo Manostije-ras"), para mostrarnos la maravillosa visión del mundo de
un Barrie que se toma particular interés en la figura del único
huérfano que le recibe con cierta desconfianza, temeroso de que
pretenda ocupar el puesto de su desaparecido padre: Peter (un
portentoso Freddie Highmore que en más de un momento se revela
como lo mejor de la función).
Escenas como los saltos en la cama que Barrie visualiza como el
vuelo a través de la ventana de los niños de "Peter Pan" o la
forma en la que Barrie estimula la imaginación de los chavales
en la es-cena del barco pirata (y su relativo fracaso con el
siempre tenaz Peter) no están exentos de fuerza y de cierta
capacidad de suge-rencia, aunque gran parte de ello se deba,
además de al talento del equipo de dirección artística, a la
maravillosa música de Jan A.P. Kaczmarek, que arropa y envuelve
al espectador en to-do momento y hace la magia posible.
Desde luego, "Descubriendo Nunca Jamás" muestra a las claras la
que probablemente sea la verdad más evi-dente acerca de Barrie:
que él era el verdadero Peter Pan que tan brillante-mente
describió en su obra más in-mortal. Pero, y he aquí parte de lo
que a la postre malogra los resultados del filme, la película se
revela incon-sistente en su intento de aunar los comportamientos
que Barrie exhibe a lo largo del metraje. Por supuesto, Forster
sabe que no se puede limitar a mostrar un Barrie eternamente
ju-guetón y despreocupado de lo que provocan sus comportamientos
infantiles, así que cuando la pelícu-la se adentra por terrenos
más sombríos, Barrie sabe estar a la al-tura de las
circunstancias. El problema es que el film pasa tan de puntillas
por los problemas adultos que plantea el relato, ya sea el
adulterio, la pederastia (solucionada en sólo una frase
contunden-te), la falta de madurez o el posicionamiento vital
ante la muerte que todo queda, en comparación con lo que atañe a
los niños y a la creación de la obra, retratado de una forma
insoportablemente superficial. Además, la película busca
justificaciones fáciles para comportamientos que nunca lo son y
en su tramo final persigue de forma tan efectiva como tramposa
tocar el cora-zón del espectador en un modo ciertamente poco
sutil que, según la sensibilidad de cada uno, puede emocionar o
resultar, co-mo en el caso de este cronista, hasta un tanto
molesto.
Naturalmente, al ser la emoción, como la sensibilidad, una cosa
tan personal e intransferible, no faltará quien vea en este
edulcora-do retrato de J.M. Barrie y las circunstancias que
rodearon la crea-ción de su obra más popular, un hermoso canto a
la necesidad de no perder nunca de vista a nuestro niño interior
y seguir usando la fantasía para sobrellevar mejor los
sinsabores de la realidad. Tiene perfecto derecho a ello. Al fin
y al cabo, "Descubriendo Nunca Ja-más" es un producto más que
correcto, notable en algunos aspec-tos y sin duda hábilmente
filmado, que transcurre ante nuestros ojos plácidamente, sin que
jamás plantee incomodidades morales al espectador. Claro que a
lo mejor no hubiera estado de más in-cluir en tan hermoso cuadro
el interesante dato de que dos de los huérfanos tutelados por Barrie acabaron suicidándose (entre ellos el propio Peter) para
dar igualmente testimonio de que quizás por mucho que uno
pretenda dar la espalda a la realidad, ésta no suele conformarse
con ser simplemente dejada atrás.
Calificación:
    
Imágenes
de "Descubriendo Nunca Jamás" - Copyright © 2004 Miramax International
y Film Colony Production. Distribuida en España por Buena Vista
International. Todos los derechos
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