CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
La otra cara del amigo americano
Todos los
estadistas están de acuerdo en que los atentados del 11 de
septiembre modificaron el marco de convivencia. Su influjo en el
cine —y la vocación de éste como espejo de los cambios socia-les—
quedó pronto reflejado en un puñado de películas, algunas de
dudosa imparcialidad y con un tono beligerante contra la
política de la Administración estadounidense ("Fahrenheit 9/11").
Por eso re-sulta interesante conocer la percepción de esa
transformación des-de una mirada europea, máxime cuando ésta goza
de una profunda formación intelectual y de un contrastado
conocimiento del hombre, como es el caso del alemán
Wim
Wenders ("Cielo sobre Berlín").
Dos años
después de los atentados de las Torres Gemelas, Lana —una joven
cristiana, idealista y servicial— vuelve a su país des-pués de
vivir con sus padres misioneros en África, Asia e Israel. Llega
a Los Ángeles para trabajar en un dispensario de comida, y
también para conocer a su tío Paul y entregarle una carta
póstuma de su madre. Paul es un militar veterano, traumatizado
tras la gue-rra de Vietnam, que ahora investiga —de manera
obsesiva— a cualquier sospechoso de terrorismo islámico. El
asesinato de un árabe al salir de la Misión en que trabaja Lana
supondrá el encuen-tro de tío y sobrina a lo largo de una labor
de investigación o de so-lidaridad respectivamente, y acabará
convirtiéndose en el principio de su liberación de miedos e
incertidumbres.
Aunque el
propio director ha declara-do que su película se enmarca en la
línea ideológica de Michael Moore, lo cierto es que el
resultado rebasa am-pliamente la visión política de éste pa-ra
profundizar en los dramas humanos de unos ciudadanos que han
perdido el control de sus vidas, que por prime-ra vez han sentido
el miedo en su pro-pio país, y que han reaccionado con una
ingenuidad y desconcierto propio de su juventud. Es un pueblo
que, en muchos casos, no se conoce a sí mismo porque ha vivido
mirándose con orgullo, sin la disposición de aprender del
exterior, convencido de su mesianismo y de su supe-rioridad.
Wenders muestra los rincones de pobreza material de Los
Ángeles, pero también las heridas de una generación de
america-nos que quedaron marcados por Vietnam, y las carencias de
otra que tiene la frescura, tolerancia e ingenuidad de quien aún
debe madurar. Los dos protagonistas le sirven para mostrar las
dos ca-ras de un país —tierra de abundancia, donde hay de todo—
que tie-ne que encontrarse a sí mismo, y superar la esquizofrenia
entre un puritanismo superficial y un incompatible belicismo:
mientras que Paul necesita liberarse de esos fantasmas del
pasado que le arre-batan el sueño y le obsesionan durante el día,
Lana también debe conocer su pasado familiar y recorrer su
camino en la vida; necesi-tan perdonar el pasado o tener valentía
para afrontar el futuro, y el silencio para escuchar lo que el
mundo les dice “porque si fuera hay gente honesta que nos
odia..., será que en algo nos hemos equivocado”, dirá Lana.
La mirada de Wenders es comprensiva y afectuosa con sus personajes
—y
por extensión con el pueblo americano, al que únicamente quiere
llevar a la autocrítica—: así Paul apa-rece como alguien
arrogante pero indefenso ante la intolerancia en que ha
desembocado su patriotismo, esclavo de un pasado humi-llante,
fanático con prejuicios pero con un buen fondo que le hace digno
de piedad ante la cámara; Lana es el polo opuesto, abierta,
comprensiva y servicial, pero sin la experiencia y fortaleza
necesa-rias para afrontar la crudeza de la vida.
Al margen de ese
análisis sociológico, la cinta recoge las cons-tantes del mejor Wenders, presentes por ejemplo en
"París, Te-xas":
una familia desintegrada donde la falta de comunicación exi-ge
movimientos de aproximación, un viaje a las raíces que ha de
suponer el reencuentro consigo mismo y la redención del pasado,
o la necesidad de la convivencia y del perdón para el propio
enriqueci-miento.
Sorprende la
profundidad y pon-deración en el juicio, y también su impecable
ejecución cinematográ-fica. Rodada en vídeo digital en tan sólo
16 días, la opción de una estéti-ca realista con ambientes
marginales o una cámara en mano que combina abundantes primeros
planos con pa-norámicas del desierto californiano, dan
verosimilitud a la historia contada. Recurre a los contrastes de
escena-rios y actitudes como forma de tami-zar y completar la
imagen de un país conmocionado, dado a las simplifica-ciones y a
los clichés. Las interpreta-ciones de protagonistas poco
conocidos rayan a gran nivel, con un John Diehl que
trasmite patetismo y angustia a la vez que provoca pena y compasión
conforme evoluciona su personaje, o una joven
Michelle
Williams que deja ver una mirada limpia y sincera, libre de
prejuicios y dispuesta siempre a tender una mano amiga. El pla-no
final con la cámara elevándose al cielo desde la Zona Cero está
cargado de sentido metafórico y resulta antológico.
Película muy
interesante, equilibrada y respetuosa en sus apreciaciones sobre
la sociedad norteamericana y las secue-las del 11 de septiembre,
pero con una hondura antropológica que la hacen válida para el
hombre de cualquier tiempo y lugar, que habla de la búsqueda de
la paz y del miedo que encoge el espíritu, de la necesidad de
Dios, y de la caridad y el perdón.
Calificación:
    
Imágenes
de "Tierra de abundancia" - Copyright © 2004 Reverse Angle
International, IFC Films, Emotion Pictures e Independent Digital
Entertainment. Distribuida en España por Manga Films y Karma
Films. Todos los derechos
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