CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
De listillos y juegos macabros
Recuerdo que hace unos años vi un corto especialmente salvaje en el que
un tipo se despertaba encerrado en un cuarto, desnudo y con una
especie de bultos implantados quirúrgicamen-te en su cuerpo del
tamaño aproxima-do de un huevo Kinder. Poco tiempo después, su
secuestrador, que había planificado una macabra venganza en base
a no recuerdo bien qué ofensa, le informaba que en uno de los
múlti-ples huevos que se hallaban bajo su piel estaba la llave
que le permitiría salir de su encierro... y le indicaba dónde
estaba el bisturí que tendría que utilizar para cortar su propio
cuerpo y acceder a dichos huevos, advirtiéndole que eligiera
bien, pues si no daba pronto con el que contenía la llave,
corría serio riesgo, bien de morir desangrado, bien de morir por
un dispositivo que explotaría en un tiempo determinado. No les
contaré cómo ter-mina el corto, cuyo nombre desgraciadamente
desconozco al igual que el de su director, por si acaso alguna
vez tienen ocasión de verlo en alguna parte y disfrutar tanto de
la inquietante sensación de angustia que proporciona como de una
resolución muy inteligen-te de la propuesta. Un corto modélico,
vaya.
Ignoro si James Wan y
Leigh Whannell, artífices de "Saw",
co-nocen dicho corto, pero la verdad es que desde las primeras
imáge-nes de su película me recordaron las bases de aquella
propuesta: "Saw" es una de esas películas surgidas al rebufo
(¡todavía!) del éxito revolucionario que en su momento supuso "Seven" (David Fincher, 1995), una película que proponía una estimulante
variante al género protagonizado por asesinos psicópatas
precisa-mente por la catadura moral del perturbado en cuestión,
que no só-lo perseguía transmitir un mensaje de redención moral a
toda una sociedad desviada, sino que además lo hacía de la forma
más ima-ginativa posible, sometiendo a sus víctimas, infractores
de algunos de los siete pecados capitales, a sofisticadas
torturas tan brutales como fascinantes. "El coleccionista de
amantes", "Resurrección" o "El
coleccionista de huesos" son sólo tres de los muchos
films más bien olvidables que han tratado sin éxito de emular la
fórmula Fincher en la última década, probablemente porque
olvidan que "Seven", más allá del juego del gato y del ratón que
se traían los in-vestigadores y el perturbado, o de los juegos
macabros de éste, escondía una más que interesante reflexión
moral sobre algunos mecanismos del comportamiento humano que
eran lo que verdade-ramente la hacía una película diferente y una
propuesta de lo más estimulante.
"Saw" es una obra que bebe de esas mismas fuentes, y hay que re-conocer
que al menos su plantea-miento inicial resulta mucho más
atrayente que el de todos esos su-cedáneos: dos tipos se
despiertan a ambos lados de un mugriento cuarto de baño,
encadenados a tuberías por unas gruesas cadenas que atenazan sus
tobillos y con la nada reconfortan-te presencia de un cadáver
tendido en el suelo entre ellos, con la cabeza destrozada por un
disparo, un revólver en una mano y una grabadora en la otra.
Nada saben el uno del otro, ni cómo han llegado allí ni mucho
menos quién les ha metido en esa extraña situación o lo que se
espera de ellos. Uno, cirujano de profesión (Cary
Elwes, con bas-tantes kilos de más, pero con su misma
incapacidad de toda la vi-da para transmitir algo en la
pantalla), trata de enfrentarse a la si-tuación usando la fría
lógica y poniendo su mente a trabajar. Otro (Leigh Whannell,
también guionista del film), mucho más irracional, se ve
inicialmente desbordado, y deja que la desesperación y los
nervios se apoderen de él. Pronto se les informa que son
víctimas de un macabro juego en el que uno de ellos tiene que
liquidar al otro antes de que pase un determinado tiempo o su
familia, se-cuestrada, será ejecutada. Y a partir de ahí, a
buscarse la vida.
Lo mejor de la propuesta de "Saw" reside en todo lo que acontece entre
esas cuatro paredes, mientras los dos prota-gonistas del perverso
juego ideado por el perturbado de tur-no se rompen la cabeza
intentando utilizar sus bazas y las pistas que el tipo que les
ha encerrado les ha ido dejando esparci-das por su reducido
espacio en su propio beneficio. Sin mucho pre-supuesto, Wan y su
equipo se las arreglan para conseguir que la película tenga la
atmósfera inquietante precisa que se le supone a este tipo de
productos. Sin embargo, Wan no puede quedarse eter-namente
encerrado entre esas cuatro paredes (no todos tienen la
capacidad o el talento necesario para mantener el interés de una
propuesta tan austera indefinidamente), así que poco a poco nos
va sacando a golpe de flashback de esa habitación para
mostrarnos tanto los progresos de la inevitable persecución
policial como algu-nas de las cosas que están sucediendo en el
exterior que afectan decisivamente a los ocupantes del cuarto de
baño, sin descuidar por supuesto el ir revelando detalles
escabrosos del proceder del verdadero protagonista de la
historia, el manipulador de títeres Jig-saw, con algunas
imaginativas set pieces que son indicativas del
perturbado talento de su captor y, en consecuencia, de la sádica
inventiva de los guionistas que se esfuerzan en conseguir el más
macabro todavía, cuestiones éstas que tienen bastante menos
inte-rés que el juego que da la relación de los dos encerrados en
el cuarto de baño devanándose los sesos.
Sin duda, el joven realizador trae la lección muy bien aprendida y, como
buen listillo y presunto cinéfago, ha escarbado en algunas
producciones menos conocidas del cine reciente para darle a su
película un cierto to-que original que la aleje en parte de sus
compañeras de género, sin por ello descuidar alguna referencia
mu-cho más accesible al espectador oc-cidental. Así, la
delectación con la que Wan se complace en mostrarnos los
complicados numeritos que Jig-saw monta para sus presas (ésa es
la nota más distintiva: éste es un psicópata que ya ni siquiera
se to-ma la molestia de ejecutar a sus víctimas, sino que idea
perversas estrategias de manipulación para que éstos se maten
entre sí y así no ensuciarse las manos) puede remitir a algunos
de los delirios violentos y gore de cineastas japoneses tan
brutos como Takashi Miike, mientras que el reconocible estilo
visual de series como "C.S.I." sirve al propósito de ahondar aún
más en el detalle esca-broso de algunos hechos. Sin embargo, "Saw"
fracasa de forma espectacular en el tramo final de su
alargadísimo metraje, en el que uno tiene la sensación que los
guionistas no se han aplicado con la misma determinación que en
elaborar todas las tramas anteriores y todo se derrumba por
momentos. De repente, y sin que venga mucho a cuento, la acción
se desdobla en varios planos narrativos que se superponen y en
el que la nota do-minante es la arbitrariedad y la confusión,
algo que va en contra de todo lo expuesto hasta el momento y que
redunda en la enorme fal-ta de credibilidad de la película justo
cuando más lo necesita. No se entiende muy bien ese cambio
brusco de tono que perjudica no-tablemente los logros de un film
que tiene momentos interesantes si no es desde la falta absoluta
de ideas para resolver el embrollo en el que los guionistas se
han metido. Ni siquiera el impactante giro final de la trama,
por más que pueda resultar efectivo, puede salvar el
desbarajuste en el que el film se ha convertido, ya que a esas
alturas hará mucho que el espectador se habrá desentendido de la
propuesta, aturdido entre tanto tiro y persecución que, la
ver-dad, no vienen mucho a cuento. Es lo que pasa a menudo cuando
los listillos se meten a hacer cine: saben lo que hacer para
engan-char, pero no resolver un film con igual brillantez.
Calificación:
    
Imágenes de "Saw" - Copyright © 2004 Evolution Entertainment,
Lions Gate Films y Twisted Pictures. Distribuida en España por
DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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