SINOPSIS
Ben Harper (Peter Graves) es atra-pado por la policía tras su
último y de-sesperado golpe, pero, en el postrer instante,
conseguirá dejar los diez mil dólares del botín en poder de sus
hi-jos, que lo esconden en el interior de la muñeca de trapo de
la pequeña Pearl. En prisión, a la espera de una cercana
ejecución, su compañero de celda, el reverendo Harry Powell
(Ro-bert Mitchum), pastor de algo más que dudosa catadura moral
(su lema: amor y odio libran una encarnizada batalla en la que
siempre triunfa el segundo...), consigue sonsacar-le acerca de
la existencia de tan sustanciosa bolsa, y, tan pronto como
finaliza su condena y sale de la cárcel, no tendrá otro norte y
objetivo que el de localizar a la familia Harper para apoderarse
de ese dinero. En pos de sus pretensiones, no dudará en
conquistar, a base de requiebros y engaños, a la infeliz viuda,
Willa (Shelley Winters), y, una vez casado con ella, iniciar el
acoso y derribo del último obstáculo que se interpone en su
camino, y que es el de la tenaz resistencia de los niños (muy
especialmente, del pequeño John) a aceptarlo como padrastro y
facilitarle, con ello, su infausta tarea. Desesperado por la
inutilidad de sus intentos por vía “bonda-dosa”, Powell termina
sacando a flote sus instintos básicos: mien-te, engaña, roba y
mata antes de emprender una persecución im-placable, sin que
nada ni nadie parezca poder interponerse en sus propósitos.
Afortunadamente, en el momento más difícil, aparecerá la figura
de Rachel Cooper (Lillian Gish), una anciana que se dedica a la
acogida y cuidado de niños huérfanos, y que no sólo salvará a
los desdichados John (Billy Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce)
de las garras del reverendo, sino que, además, conseguirá que
éste acabe en manos de la justicia.
CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Aunque es un dato rigurosamente cierto (contrastable en
cualquier enci-clopedia de cine que se precie, y sin margen
alguno para el error), resulta realmente inverosímil, o, al
menos, muy difícil de admitir, que "La noche del cazador" fuera
(de hecho, haya si-do) la primera y única película que di-rigió
ese genial intérprete que fue Sir
Charles Laughton. A la vista de los resultados, lo
que sí queda meridiana-mente claro es que Laughton debió de
decidir que ese enorme talento que, como actor, dosificó
minuciosamente (aunque con un inmenso de-rroche) en un buen
puñado de películas, lo condensaría, como di-rector, en una
sola: la exuberancia de la fragancia que exhala este auténtico
“frasco de perfume” es, sencillamente, anonadante.
"La noche
del cazador" es una película enormemente llamati-va, curiosa:
desasosegante por el halo que desprende de desazón y turbiedad
(pese a la brillantez que genera el contraste de su imagen, de
un blanco y negro “metálico” que casi daña los ojos...);
inquietante por su retrato descarnado de la maldad en estado
puro (el reverendo Powell no es malo, es el mal: llega a
an-gustiar que no haya un mínimo margen de escape, un resquicio
de redención...); desconcertante por su estructura narrativa, de
un intenso minimalismo (las secuencias son cortas y se resuelven
en planos tajantes, afilados –lo cual redunda en un metraje
final corto–) pero, paradójicamente, salpicado de manera
constante por disgre-siones que llegan a resultar casi
estrambóticas. Por todo ello, más allá de sus calidades
cinematográficas, resulta evidente que es muy difícil buscar un
referente, un film precedente con el que se pueda emparentar,
tales son sus numerosos rasgos de originalidad genuina.
Pero, más allá de eso, "La noche del cazador" es una
auténtica obra maestra. Un hito posiblemente ini-gualado en el
ámbito del “film-noir” y una de las mejores pelícu-las de la
historia del cine, en gene-ral. No sólo es el impacto visual
que provoca, muy fuerte, y plagado de connotaciones de un
expresionismo casi manierista (la composición de lu-ces y
sombras en la inmensa mayoría de sus planos resulta
sobrecogedora); es también su carga vitriólica, su ca-pacidad
para asustar (éste sí que es un auténtico film de terror, sin
que a lo largo de todo su metraje se derrame una sola gota de
sangre) a base de mostrarnos el mal hu-mano quintaesenciado y
hecho carne en la figura de su protagonis-ta, el reverendo Harry
Powell, un “religioso” (?) al que da vida un
Robert Mitchum en estado de
gracia (posiblemente, tocado por la misma varita mágica con que
el film parece acariciado en todas sus vertientes): su
interpretación es soberbia y atrapa la perversa idiosincrasia de
su personaje con tal fuerza que se hace complica-dísimo concebir
qué otro actor podría haber despachado el empeño con semejantes
dosis de solvencia. A su alrededor, todos los de-más personajes
se empequeñecen, sin que ello redunde en detri-mento de la
calidad del film, más bien al contrario: ésa debe ser la
consecuencia natural del poderío desplegado por la maldad
huma-na, conforme a la tesis que la historia nos plantea.
Ver "La
noche del cazador" siempre constituye una expe-riencia
impagable. Si ya se ha visto con anterioridad, siem-pre hay un
nuevo matiz que sorprende, un detalle que vuel-ve a cautivar.
En caso contrario, uno parece asistir a una especie de
revelación y obtiene la sensación de haber saldado una vieja
deuda de la cual ni siquiera se conocía su existencia... Y,
siempre, en cualquiera de las circunstancias, te provoca un nudo
en el estó-mago, un sobresalto, una extraña inquietud: ésa, la
de removerte el espíritu, es la palanca que impulsa a esta
película al territorio reser-vado a las grandes obras maestras;
allí, para siempre, Sir Char-les...
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