CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
"Dile que le quiero tanto que nunca
le pasará nada malo"
Desde sus inicios junto al
entonces inseparable Marc Caro,
Jean-Pierre Jeunet
supo llamar la atención
por su
extraordinaria habilidad para retratar
universos mágicos y surreales, con una poética de la imagen
que devolvía al cine la plasticidad hiperrealista del cómic y
que bañaba el expresionismo pictórico con luces impresionistas. Esa misma caligrafía es la que escri-be este virtuoso ejercicio
de estilo lla-mado "Largo domingo de noviazgo", una película que, sin
embargo, no agota todas sus cartas en el fascinan-te envoltorio
que la ampara, sino que también ofrece, en justa
co-rrespondencia, una emotiva historia de esperanzas, miserias
huma-nas y superaciones con un alto calado humano.
Precisamente, los detractores de su anterior proyecto, la
aplaudida "Amelie",
acusa-ron la simpleza de un largometraje que no tenía nada que
contar, por más que lo hiciera de una forma bonita —mientras que
sus in-condicionales sumaban a sus virtudes cinematográficas ese grato espíritu
(bonheur, que dirían los franceses) que contagiaba—. En esta ocasión, Jeunet y su
habitual co-guionista, Guillaume
Lau-rant, sortean ese
posible riesgo adaptando una novela de
Sébas-tien Japrisot, cuyo relato
de amor en tiempos de guerra cautivó al director galo desde sus
primeras páginas, y cuya personal trasla-ción a la pantalla
grande también cautiva al espectador.
En "Largo domingo de
noviazgo" se da cita la sordidez de la deli-rante "Delicatessen" —en
este caso, representada por las barba-ries que derivan de la lucha
armada, dentro y fuera del
propio cam-po de batalla— con el infatigable optimismo de "Amelie".
Jeunet, consciente de las simpatías que despertó aquella joven
camarera parisina interpretada por Audrey Tautou,
vuelve a recurrir a la actriz
para un personaje cuya ilimitada capacidad de entrega,
idea-lismo romántico y amable tenacidad la acercan
considerablemente a
aquélla, de modo que tenemos la impresión de estar contemplan-do una
versión vintage de la Señorita Poulain, transitando, eso sí,
por unas circunstancias mucho más amargas.
Al comienzo del
film, Jeunet utiliza una de sus ejemplares introducciones para
ponernos rápidamente en situa-ción, y presentarnos a
continuación, mediante cuatro ilustrativos apuntes, a un grupo
de cinco soldados france-ses que participan en una encarniza-da
contienda durante la Primera Gue-rra Mundial. Desesperados por la
se-veridad de la situación, donde el ene-migo a veces se
encuentra dentro del propio batallón, los cinco se han
auto-lesionado una mano, creyendo poder librarse del combate. No
obstante, una vez
descubiertos por sus superiores, estos cinco hombres, de origen
dispar pero unidos por el azar, son condenados a una muer-te segura en "tierra de nadie",
es decir, abandonados sin armas en-tre sus trincheras y las de los alemanes. El más joven
de ellos, Manech (un tierno Gaspard
Ulliel), muchacho frágil e inexperto al que apodan
"Pipiolo", tiene una novia, Mathilde (Audrey Tautou), que recibe
la noticia sobre el funesto destino que le aguarda a su amado,
en la casa de campo donde vive con sus tíos. Huérfana y coja
como consecuencia de la polio desde niña, y llena de
supers-ticiosos ritos que desafían el curso de los
acontecimientos, Mathil-de es, sin embargo, una chica de
esperanza inquebrantable. Ne-gándose a aceptar que su prometido
haya perecido, emprenderá sus particulares pesquisas para dar
con su paradero, moviendo to-dos los hilos disponibles y
entrando en contacto con cuantos le puedan ofrecer información
al respecto, en un viaje, físico pero tam-bién sentimental, que
la internará en los horrores de la guerra a tra-vés de los
testimonios de todos aquellos que la han padecido, tan-to desde
el frente como desde esos hogares rotos por la muerte, la
ausencia o la desazón que ocasiona la larga espera.
Porque, en efecto, "Largo
domingo de noviazgo" contiene una vo-luntad antibelicista —por
la que ha sido emparentada con "Sende-ros de gloria"— no sólo
manifiesta, sino exhaustiva. La mirada críti-ca que emprende,
aborda todas las consecuencias directas e indi-rectas del
conflicto, nunca positivas, desde la destrucción material hasta
la anímica: ejércitos de hombres tratados como placas nu-meradas
que son mordidos por las balas, destrozados por la metra-lla o
vapuleados por sus superiores, coyuntura que se recoge no tanto
en la acción sanguinaria como en unos rostros que reflejan
todo el miedo, el desconcierto y la enajenación; mandos
corruptos que los entregan con despreocupación a la muerte, ya
sea en ma-nos del enemigo o en nombre del honor de su propio
país; y, sobre todo, vidas y familias descompuestas por el
dolor, el temor o la cul-pa...
Uno de los grandes atractivos de este film es, sin lugar a
dudas, el guión que lo vertebra, un comple-jo puzzle que se
presenta substan-cioso en argumentos e intereses, pero que es
capaz de atender con sensibilidad al más mínimo deta-lle en la construcción de
persona-jes y situaciones, coordinando con atino las
diferentes subtramas y en-contrando un juicioso equilibrio entre
todos sus componentes cómicos y dramáticos, sin descuidar tampoco
su ingeniosa vertiente
dialogada. De este modo, "Largo domingo de noviazgo" se
convierte en un melodrama
romántico que participa de una mo-derada intriga a través de las
investigaciones que
desarrolla su (an-ti)heroína, y que ve en el humor la
oportunidad idónea para relajar la tensión que ocasiona la tragedia bélica. Pero es también,
o quizás sobre todo, un abanico de pequeños
relatos humanos que se entre-cruzan en el camino, una galería de
infiernos y milagros que hablan de lo más
mezquino y bondadoso que anida en el alma humana, y que una
situación extrema como la guerra pone de especial mani-fiesto:
la guerra saca lo mejor y lo peor de cada uno. Y es aquí donde Jeunet, que
quiere a todas sus criaturas como una madre, despliega de nuevo su pintoresco teatrillo de personajes
secunda-rios —grotescos, entrañables, ridículos,
adorables...—, como el "espía que pía", el cartero
ciclista o los tíos de Mathilde, contrapun-to cómico de esas "mujeres
de la guerra", atenazadas por el sufri-miento pero
luchadoras natas resueltas a
seguir adelante, a las que rinde un espléndido homenaje, siendo Tina Lombardi
(esa ma-ravillosa prostituta
interpretada por la no menos maravillosa
Marion
Cotillard), Elodie Gordes (una
Jodie Foster en estado de
gracia) o la mujer alemana que ha perdido a su hermano, las más
destaca-das.
Tampoco pasa desapercibido ese voluntario tributo a una época
superada,
a sus arquitecturas, productos tecnológicos, objetos y
vestuario, que el diseño de producción de
Aline Bonetto trata con afectuosa nostalgia; ni
ese repaso
por algunos de los tópicos relati-vos a las distintas regiones
que se aglutinan bajo el estado francés, menos reconocible para
los que no estén familiarizados con
el país vecino —sólo hace falta ver la estampa que se ofrece de
los cor-sos, que viene a redundar en el cliché, o en las
constantes referen-cias que se hacen a los diferentes
departamentos galos—.
Pero si hay algo extraordinaria-mente prodigioso en esta
historia concebida por y para aquellos que conservan el placer
de vivir, para quienes entienden el amor como el más
irreductible de los motores, es esa minuciosa red de gestos,
referencias, claves y guiños coti-dianos que anclan a los
persona-jes a la realidad, que más que re-sultar creíbles, laten
y respiran fuera del libreto —están auténtica-mente vivos—, y
que lanzan una continua invitación al espectador para que se
reconozca en ellos, en sus comportamientos e interioridades.
Por una parte, el
sublime empleo de los objetos simbólicos —un faro, una tuba,
un albatros, un reloj, unas botas alemanas, un hilo telefónico, unos guantes rojos,
tres emes ma-yúsculas cinceladas sobre la piedra, la madera o el
metal, el torso de un Cristo desmembrado...—, que exudan poesía,
abren puertas en la memoria o hablan un lenguaje que sólo
comprenden aquellos que lo codificaron. Por otra,
los pensamientos mágicos de Mathil-de, a los que se aferra con
religiosa superstición, como si de una oración se tratara, sólo
comparable al deseo protector que encierra una de
las frases más bellas que se pronuncian en la película, "Dile que
le quiero tanto que no le pasará nada malo", y que resume a
la perfección aquello que la empuja a continuar.
En último lugar, toda una serie de chascarrillos populares, costumbristas
—por ejemplo, ese "perro pedorro trae ahorro"— o de significados
particulares se-llados por los amantes y que más tarde servirán
para reconocerse en la distancia —caso de la mano de Manech—.
Desde el punto de vista narrativo, Jeunet hace gala de
su acostumbrado estilo, ágil, intenso, delirante y anárquico, en
ese constante juego de construcciones y deconstrucciones que
sir-ven para acotar, relacionar o completar círculos,
desplazándose atrás y adelante en el tiempo y en el espacio. Nos
reencontramos aquí con esos montajes vertiginosos, que tan pronto
encadenan sinfonías con los ruidos que se desprenden de las
actividades coti-dianas, como arrojan precipitados resúmenes
biográficos o ilustran aclaraciones en paralelo sobre una pantalla a
veces dividida. Pa-sando del plano largo al corto, o viceversa,
con una gran profusión de travellings, picados y contrapicados,
la cámara de Jeunet roza con intimidad el detalle para,
seguidamente, emborracharse con la inmensidad de los espacios
abiertos de despejados horizontes y colores alterados, en donde
el mar y la campiña lucen hermosísi-mos. En este
intachable y sugerente trabajo de dirección, la som-bra de
"Salvar al soldado Ryan"
planea sobre las trincheras, con una crudeza que no ahonda, en
cambio, en la propia carnicería de la sangre y los cuerpos
mutilados, sino en el temor, el desamparo y el desgaste mental y
físico de los soldados en medio de paisajes desoladores y
desolados. Jeunet supera el reto con nota altísima, ya que se
desenvuelve con pericia como maestro de ceremonias de una
producción a todas luces titánica, con gran número de recur-sos
materiales y humanos, muy distinta al recogimiento de "Ame-lie"
o "Delicatessen", y todavía superior en envergadura a "La
ciu-dad de los niños perdidos" o "Alien: Resurrection".
La formulación estética del
film es, como cabía esperar, otra pieza fundamental, por ese carácter
irreal y pseudo-onírico que impri-me a las atmósferas, y que
lejos de distanciar al espectador, subraya los absurdos de la
guerra y todo cuanto hay de fábula en la más anodina de las
existencias. La cinematografía
de Bruno Delbonnel,
exquisita por su potente plasticidad y por su capaci-dad de
evocación, manipula la gama
cromática para señalar una
distancia temporal, pero también un contraste anímico, entre las
secuencias bélicas del pasado —fotografiadas desde la
inclemencia metálica
del gris, donde el polvo negro de la munición, el marrón de la tierra,
el pardo de las trincheras
y el ver-de de los uniformes devora significativamente a los hombres—, y el presente
—cálido y luminoso gracias a la caricia de un tinte que oscila entre el sepia,
el ocre y el
ámbar—.
Interpretativamente, "Largo
domingo de noviazgo" tampoco decep-ciona, y junto a los nombres
ya mencionados, sobresalen otros ha-bituales colaboradores del
director, entre los que se cuentan Domi-nique Bettenfeld,
Jean-Pierre Becker,
Dominique Pinon, o el
veterano André Dussollier.
Un elenco actoral que se adapta, se-gún convenga, a lo que de
caricaturesco o realista abrigan sus per-sonajes. Por su parte,
Angelo Badalamenti —conocido por sus labores
musicales junto a David Lynch—
se suma con oportuna contención desde la banda sonora.
Pero es, quizás, la grandeza
indiscutible de este film un arma de doble filo. Inconmensurable
en las emociones que recrea, contagia y desvela, en el abundante
flujo de información que comunica de manera simultánea e
incesante, en la calidad de todos sus ingre-dientes técnicos y
artísticos, en ocasiones inapreciables por su in-trépida
narrativa, en sus impresionantes imágenes, puede
llegar a saturar a un público poco predispuesto, mientras que
convi-da a un segundo, y hasta a un tercer visionado, a aquellos
que hayan quedado conquistados por la propuesta.
"Largo domingo de
noviazgo" confirma no que el cine de Jeunet se quiera ver, sino
que en el cine de Jeunet se quiere vivir. Excep-cional muestra
del talento creativo de su autor, poesía del alma transcrita en
fotogramas, esta preciosa experiencia denuncia el po-der
destructivo de la guerra y la fuerza inagotable del amor,
sabien-do rescatar lo mejor del ser humano que se sobrepone en
las más adversas circunstancias. Bonita por fuera y por dentro.
Calificación:
    
Imágenes
de "Largo domingo de noviazgo" - Copyright © 2004
Warner Bros. Pictures y 2003 Productions. Distribuida en España
por Warner Sogefilms. Fotos por Bruno Calvo. Todos los derechos
reservados.
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