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LARGO DOMINGO DE NOVIAZGO
(Un long dimanche de fiançailles)


Dirección: Jean-Pierre Jeunet.
País:
Francia.
Año: 2004.
Duración: 134 min.
Género: Drama romántico.
Interpretación: Audrey Tautou (Mathilde), Gaspard Ulliel (Manech), Jean-Pierre Becker (Teniente Esperanza), Dominique Bettenfeld (Ange Bassignano), Clovis Cornillac (Benoît Notre Dame), Marion Cotillard (Tina Lombardi), Jean-Pierre Darroussin (Benjamín Gordes), Julie Depardieu (Véronique Passavant), Jean-Claude Dreyfus (Comandante Lavrouye), André Dussollier (Rouvières).
Guión: Jean-Pierre Jeunet y Guillaume Laurant; basado en la novela de Sébastien Japrisot.
Producción ejecutiva: Bill Gerber.
Música: Angelo Badalamenti.
Fotografía:
Bruno Delbonnel.
Montaje: Hervé Schneid.
Diseño de producción: Aline Bonetto.
Vestuario: Madeline Fontaine.
Estreno en Francia: 27 Octubre 2004.
Estreno en España: 28 Enero 2005.

 

CRÍTICA
por Tònia Pallejà

"Dile que le quiero tanto que nunca le pasará nada malo"

  Desde sus inicios junto al entonces inseparable Marc Caro, Jean-Pierre Jeunet supo llamar la atención por su extraordinaria habilidad para retratar universos mágicos y surreales, con una poética de la imagen que devolvía al cine la plasticidad hiperrealista del cómic y que bañaba el expresionismo pictórico con luces impresionistas. Esa misma caligrafía es la que escri-be este virtuoso ejercicio de estilo lla-mado "Largo domingo de noviazgo", una película que, sin embargo, no agota todas sus cartas en el fascinan-te envoltorio que la ampara, sino que también ofrece, en justa co-rrespondencia, una emotiva historia de esperanzas, miserias huma-nas y superaciones con un alto calado humano. Precisamente, los detractores de su anterior proyecto, la aplaudida "Amelie", acusa-ron la simpleza de un largometraje que no tenía nada que contar, por más que lo hiciera de una forma bonita —mientras que sus in-condicionales sumaban a sus virtudes cinematográficas ese grato espíritu (bonheur, que dirían los franceses) que contagiaba—. En esta ocasión, Jeunet y su habitual co-guionista, Guillaume Lau-rant, sortean ese posible riesgo adaptando una novela de Sébas-tien Japrisot, cuyo relato de amor en tiempos de guerra cautivó al director galo desde sus primeras páginas, y cuya personal trasla-ción a la pantalla grande también cautiva al espectador.

  En "Largo domingo de noviazgo" se da cita la sordidez de la deli-rante "Delicatessen" —en este caso, representada por las barba-ries que derivan de la lucha armada, dentro y fuera del propio cam-po de batalla— con el infatigable optimismo de "Amelie". Jeunet, consciente de las simpatías que despertó aquella joven camarera parisina interpretada por Audrey Tautou, vuelve a recurrir a la actriz para un personaje cuya ilimitada capacidad de entrega, idea-lismo romántico y amable tenacidad la acercan considerablemente a aquélla, de modo que tenemos la impresión de estar contemplan-do una versión vintage de la Señorita Poulain, transitando, eso sí, por unas circunstancias mucho más amargas.

  Al comienzo del film, Jeunet utiliza una de sus ejemplares introducciones para ponernos rápidamente en situa-ción, y presentarnos a continuación, mediante cuatro ilustrativos apuntes, a un grupo de cinco soldados france-ses que participan en una encarniza-da contienda durante la Primera Gue-rra Mundial. Desesperados por la se-veridad de la situación, donde el ene-migo a veces se encuentra dentro del propio batallón, los cinco se han auto-lesionado una mano, creyendo poder librarse del combate. No obstante, una vez descubiertos por sus superiores, estos cinco hombres, de origen dispar pero unidos por el azar, son condenados a una muer-te segura en "tierra de nadie", es decir, abandonados sin armas en-tre sus trincheras y las de los alemanes. El más joven de ellos, Manech (un tierno Gaspard Ulliel), muchacho frágil e inexperto al que apodan "Pipiolo", tiene una novia, Mathilde (Audrey Tautou), que recibe la noticia sobre el funesto destino que le aguarda a su amado, en la casa de campo donde vive con sus tíos. Huérfana y coja como consecuencia de la polio desde niña, y llena de supers-ticiosos ritos que desafían el curso de los acontecimientos, Mathil-de es, sin embargo, una chica de esperanza inquebrantable. Ne-gándose a aceptar que su prometido haya perecido, emprenderá sus particulares pesquisas para dar con su paradero, moviendo to-dos los hilos disponibles y entrando en contacto con cuantos le puedan ofrecer información al respecto, en un viaje, físico pero tam-bién sentimental, que la internará en los horrores de la guerra a tra-vés de los testimonios de todos aquellos que la han padecido, tan-to desde el frente como desde esos hogares rotos por la muerte, la ausencia o la desazón que ocasiona la larga espera.

  Porque, en efecto, "Largo domingo de noviazgo" contiene una vo-luntad antibelicista —por la que ha sido emparentada con "Sende-ros de gloria"— no sólo manifiesta, sino exhaustiva. La mirada críti-ca que emprende, aborda todas las consecuencias directas e indi-rectas del conflicto, nunca positivas, desde la destrucción material hasta la anímica: ejércitos de hombres tratados como placas nu-meradas que son mordidos por las balas, destrozados por la metra-lla o vapuleados por sus superiores, coyuntura que se recoge no tanto en  la acción sanguinaria como en unos rostros que reflejan todo el miedo, el desconcierto y la enajenación; mandos corruptos que los entregan con despreocupación a la muerte, ya sea en ma-nos del enemigo o en nombre del honor de su propio país; y, sobre todo, vidas y familias descompuestas por el dolor, el temor o la cul-pa...

  Uno de los grandes atractivos de este film es, sin lugar a dudas, el guión que lo vertebra, un comple-jo puzzle que se presenta substan-cioso en argumentos e intereses, pero que es capaz de atender con sensibilidad al más mínimo deta-lle en la construcción de persona-jes y situaciones, coordinando con atino las diferentes subtramas y en-contrando un juicioso equilibrio entre todos sus componentes cómicos y dramáticos, sin descuidar tampoco su ingeniosa vertiente dialogada. De este modo, "Largo domingo de noviazgo" se convierte en un melodrama romántico que participa de una mo-derada intriga a través de las investigaciones que desarrolla su (an-ti)heroína, y que ve en el humor la oportunidad idónea para relajar la tensión que ocasiona la tragedia bélica. Pero es también, o quizás sobre todo, un abanico de pequeños relatos humanos que se entre-cruzan en el camino, una galería de infiernos y milagros que hablan de lo más mezquino y bondadoso que anida en el alma humana, y que una situación extrema como la guerra pone de especial mani-fiesto: la guerra saca lo mejor y lo peor de cada uno. Y es aquí donde Jeunet, que quiere a todas sus criaturas como una madre, despliega de nuevo su pintoresco teatrillo de personajes secunda-rios —grotescos, entrañables, ridículos, adorables...—, como el "espía que pía", el cartero ciclista o los tíos de Mathilde, contrapun-to cómico de esas "mujeres de la guerra", atenazadas por el sufri-miento pero luchadoras natas resueltas a seguir adelante, a las que rinde un espléndido homenaje, siendo Tina Lombardi (esa ma-ravillosa prostituta interpretada por la no menos maravillosa Marion Cotillard), Elodie Gordes (una Jodie Foster en estado de gracia) o la mujer alemana que ha perdido a su hermano, las más destaca-das.

  Tampoco pasa desapercibido ese voluntario tributo a una época superada, a sus arquitecturas, productos tecnológicos, objetos y vestuario, que el diseño de producción de Aline Bonetto trata con afectuosa nostalgia; ni ese repaso por algunos de los tópicos relati-vos a las distintas regiones que se aglutinan bajo el estado francés, menos reconocible para los que no estén familiarizados con el país vecino —sólo hace falta ver la estampa que se ofrece de los cor-sos, que viene a redundar en el cliché, o en las constantes referen-cias que se hacen a los diferentes departamentos galos—.

  Pero si hay algo extraordinaria-mente prodigioso en esta historia concebida por y para aquellos que conservan el placer de vivir, para quienes entienden el amor como el más irreductible de los motores, es esa minuciosa red de gestos, referencias, claves y guiños coti-dianos que anclan a los persona-jes a la realidad, que más que re-sultar creíbles, laten y respiran fuera del libreto —están auténtica-mente vivos—, y que lanzan una continua invitación al espectador para que se reconozca en ellos, en sus comportamientos e interioridades. Por una parte, el sublime empleo de los objetos simbólicos —un faro, una tuba, un albatros, un reloj, unas botas alemanas, un hilo telefónico, unos guantes rojos, tres emes ma-yúsculas cinceladas sobre la piedra, la madera o el metal, el torso de un Cristo desmembrado...—, que exudan poesía, abren puertas en la memoria o hablan un lenguaje que sólo comprenden aquellos que lo codificaron.  Por otra, los pensamientos mágicos de Mathil-de, a los que se aferra con religiosa superstición, como si de una oración se tratara, sólo comparable al deseo protector que encierra una de las frases más bellas que se pronuncian en la película, "Dile que le quiero tanto que no le pasará nada malo", y que resume a la perfección aquello que la empuja a continuar. En último lugar, toda una serie de chascarrillos populares, costumbristas —por ejemplo, ese "perro pedorro trae ahorro"— o de significados particulares se-llados por los amantes y que más tarde servirán para reconocerse en la distancia —caso de la mano de Manech—.

  Desde el punto de vista narrativo, Jeunet hace gala de su acostumbrado estilo, ágil, intenso, delirante y anárquico, en ese constante juego de construcciones y deconstrucciones que sir-ven para acotar, relacionar o completar círculos, desplazándose atrás y adelante en el tiempo y en el espacio. Nos reencontramos aquí con esos montajes vertiginosos, que tan pronto encadenan sinfonías con los ruidos que se desprenden de las actividades coti-dianas, como  arrojan precipitados resúmenes biográficos o ilustran aclaraciones en paralelo sobre una pantalla a veces dividida. Pa-sando del plano largo al corto, o viceversa, con una gran profusión de travellings, picados y contrapicados, la cámara de Jeunet roza con intimidad el detalle para, seguidamente, emborracharse con la inmensidad de los espacios abiertos de despejados horizontes y colores alterados, en donde el mar y la campiña lucen hermosísi-mos. En este intachable y sugerente trabajo de dirección, la som-bra de "Salvar al soldado Ryan" planea sobre las trincheras, con una crudeza que no ahonda, en cambio, en la propia carnicería de la sangre y los cuerpos mutilados, sino en el temor, el desamparo y el desgaste mental y físico de los soldados en medio de paisajes desoladores y desolados. Jeunet supera el reto con nota altísima, ya que se desenvuelve con pericia como maestro de ceremonias de una producción a todas luces titánica, con gran número de recur-sos materiales y humanos, muy distinta al recogimiento de "Ame-lie" o "Delicatessen", y todavía superior en envergadura a "La ciu-dad de los niños perdidos" o "Alien: Resurrection".

  La formulación estética del film es, como cabía esperar, otra pieza fundamental, por ese carácter irreal y pseudo-onírico que impri-me a las atmósferas, y que lejos de distanciar al espectador, subraya los absurdos de la guerra y todo cuanto hay de fábula en la más anodina de las existencias. La cinematografía de Bruno Delbonnel, exquisita por su potente plasticidad y por su capaci-dad de evocación, manipula la gama cromática para señalar una distancia temporal, pero también un contraste anímico, entre las secuencias bélicas del pasado —fotografiadas desde la inclemencia metálica del gris, donde el polvo negro de la munición, el marrón de la tierra, el pardo de las trincheras y el ver-de de los uniformes devora significativamente a los hombres—, y el presente —cálido y luminoso gracias a la caricia de un tinte que oscila entre el sepia, el ocre y el ámbar—.

  Interpretativamente, "Largo domingo de noviazgo" tampoco decep-ciona, y junto a los nombres ya mencionados, sobresalen otros ha-bituales colaboradores del director, entre los que se cuentan Domi-nique Bettenfeld, Jean-Pierre Becker, Dominique Pinon, o el veterano André Dussollier. Un elenco actoral que se adapta, se-gún convenga, a lo que de caricaturesco o realista abrigan sus per-sonajes. Por su parte, Angelo Badalamenti —conocido por sus labores musicales junto a David Lynch— se suma con oportuna contención desde la banda sonora.

  Pero es, quizás, la grandeza indiscutible de este film un arma de doble filo. Inconmensurable en las emociones que recrea, contagia y desvela, en el abundante flujo de información que comunica de manera simultánea e incesante, en la calidad de todos sus ingre-dientes técnicos y artísticos, en ocasiones inapreciables por su in-trépida narrativa, en sus impresionantes imágenes, puede llegar a saturar a un público poco predispuesto, mientras que convi-da a un segundo, y hasta a un tercer visionado, a aquellos que hayan quedado conquistados por la propuesta.

   "Largo domingo de noviazgo" confirma no que el cine de Jeunet se quiera ver, sino que en el cine de Jeunet se quiere vivir. Excep-cional muestra del talento creativo de su autor, poesía del alma transcrita en fotogramas, esta preciosa experiencia denuncia el po-der destructivo de la guerra y la fuerza inagotable del amor, sabien-do rescatar lo mejor del ser humano que se sobrepone en las más adversas circunstancias. Bonita por fuera y por dentro.

Calificación:


Imágenes de "Largo domingo de noviazgo" - Copyright © 2004 Warner Bros. Pictures y 2003 Productions. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Fotos por Bruno Calvo. Todos los derechos reservados.

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