CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Amor en tiempos de guerra
Si analizamos con un poco de deta-lle la filmografía de
Jean-Pierre Jeu-net,
uno de los pocos directores que en el panorama del cine mundial
po-see ese sello distintivo que permite reconocer al instante una
película su-ya, veremos que "Largo domingo de noviazgo" es una obra
que aporta bas-tantes elementos novedosos a su tra-yectoria y que
sin embargo el director de "Delicatessen", "La Ciudad de los Niños
Perdidos", "Alien: Resurrec-ción" o "Amelie" ha sabido llevarse a su
terreno. Si dejamos a un lado su incursión en Hollywood, Jeunet
ha trabajado siempre con materia-les propios, dando forma a un
universo personal que, si bien puede tener como punto de partida
una realidad más o menos reconoci-ble, Jeunet se complace en
retorcer o idealizar hasta conseguir im-poner su visión de la
misma. Así, es evidente que "Amelie" es una película que
transcurre en el París de hoy en día, pero cualquier es-pectador
es consciente que el París que el realizador galo nos muestra
está tamizado a través de un filtro que proporciona esa
sensación de irrealidad que permite que el imaginativo mundo de
la señorita Poulain cobre forma sin que por ello se pierdan unas
se-ñas de identidad inequívocamente francesas. Es un París que en
realidad no existe como tal, sino que lo vemos así a través de
los ojos de Jeunet.
"Largo domingo de noviazgo" supone un considerable paso ade-lante en ese
sentido, porque al adaptar la compleja novela epistolar de
Sébastien Japrisot (obsérvese que Jeunet no parte esta vez de un
texto propio, sino que trabaja sobre un material ajeno), el
direc-tor se ve obligado a meterse de lleno en un escenario, el
de la I Guerra Mundial, en el que cobra decisiva importancia ser
muy rigu-roso en la descripción de las penalidades a las que se
ven someti-dos los soldados que luchan en esas trincheras,
rodeados de alam-bradas, de paisajes lunares creados por las
bombas y de un horri-ble sentimiento de que la muerte puede
llegar en cualquier momen-to y de la forma más absurda. Por otro
lado, Jeunet es consciente de que, aunque la investigación que
pone en marcha Mathilde in-tentando reconstruir los últimos
momentos de la vida de su novio Manech, condenado a muerte junto
con otros cuatro soldados más por automutilarse para escapar de
aquel horror por el extraño méto-do de dejarles abandonados a su
suerte en tierra de nadie entre las líneas francesas y las
alemanas, le va a obligar a volver una y otra vez a ese
escenario, también va a tener la posibilidad de compen-sarlo con
la reconstrucción de su querido París de los años 20 o, sobre
todo, con las deliciosas estampas de la tranquila campiña
francesa de donde procede su heroína, lo que le deja un amplio
es-pacio para poder desarrollar toda su innegable inventiva
visual en muy distintos aspectos.
Es todo un reto llevar a buen puerto una película de estas
carac-terísticas, que, en teoría, debe equilibrar el abigarrado
romanticis-mo de una historia de amor que no se desmaya ni cuando
todas las circunstancias parecen indicar la muerte de Manech, con
el sentido del espectáculo de las secuencias puramente bélicas
que pueblan el filme o el interés de la investigación
detectivesca que Mathilde pone en marcha y que le obliga
reconstruir las vidas de los cuatro soldados que compartieron el
destino de su amado (con todo lo que eso conlleva de profusión
de nombres, datos, referen-cias cruzadas, pistas, cartas que se
intercambian, y personajes que aparecen y desaparecen con
celeridad de la pantalla en un ca-rrusel capaz de agotar al más
dispuesto) con el dramatismo de al-gunas de esas historias y la
denuncia del sinsentido y el absurdo de aquella Gran Guerra.
Y
Jeunet sólo sale triunfante a medias, pues aunque su deslum-brante
capacidad al alcance de muy pocos cineastas de convertir la
pantalla en una barroca suce-sión de imágenes hace que la
ex-periencia compense de sobra el precio de la entrada, uno tiene
la sensación de que Jeunet ha mor-dido más de lo que podía
tragar. Porque no se trata únicamente de equilibrar géneros,
sino de algo mu-cho más ambicioso: está obligado a conciliar el
despiadado realismo con el que es obligado mostrar la guerra y
sus consecuencias con su mundo imaginativo y personal, el
territo-rio donde se encuentra más cómodo, donde ha demostrado
ser ca-paz de manipular la realidad a su antojo y donde mejor
funciona su estética cercana al terreno del cómic, ese universo
en el que co-bran forma las historias pobladas por esos
personajes un tanto irre-ales capaces de llevar a cabo tareas
impensables para satisfacer su necesidad, ya sea de búsqueda de
la verdad, satisfacción de la venganza u obligado olvido.
La película se debate así entre dos espacios difícilmente conci-liables,
por más que Jeunet se esfuerce, aplicando todo su ingenio, a que
su muy personal estilo de narrar historias sirva para ambos
cometidos. Pero sólo a través de un guión extremadamente sólido
o de una cuidadosa construcción de los personajes podría haber
paliado esa separación, y "Largo domingo de noviazgo" carece tan-to
de lo uno como de lo otro. En lo primero la culpa no es en
reali-dad achacable a Jeunet, que bastante ha hecho con convertir
en una narrativa cinematográficamente viable una novela
epistolar re-pleta de personajes y referencias, mientras que en
lo referente al tratamiento de los personajes la verdad es que
uno puede pensar que con tantas cosas como tiene que contar la
película y tan poco tiempo disponible para hacerlo, tampoco se le
debería poder exigir mucho más al director en este sentido. Pero
es ahí cuando uno re-cuerda la maravillosa historia que
protagoniza Jodie Foster, casi un corto dentro de la película,
que se beneficia tanto de un acerta-do sentido dramático como de
una contundente interpretación de la actriz, para desmontar
dicho argumento. Uno se pregunta si con otra actriz que no fuera
la hermosa Audrey Tatou en el papel prin-cipal, por ejemplo (y no
es que esté mal, es sólo que parece inca-paz de deshacerse de
algunos tics interpretativos de su Amelie, y, en verdad, por más
que aunque Mathilde y ella guarden razonables parecidos, sobre
el papel son personajes muy distintos), la película no cobraría
un mayor vuelo del que finalmente alcanza.
Tampoco conviene, en cualquier ca-so, cargar demasiado las tintas sobre
estos defectos de la película, porque lo cierto es que a la hora
de hacer balance, "Largo domingo de no-viazgo" ofrece muchas más
cosas positivas que negativas. Para em-pezar, es una película
fascinante en su primera hora de metraje, con su in-troducción de
personajes y su cuida-da reconstrucción de la vida en las
trincheras y de ese espacio surreal que es Bingo Crepuscule, y
afortuna-damente, tras un bache de ritmo en el que fatiga un poco
seguir las peripecias de la investigación de Ma-thilde, el filme
recupera todo su interés en el tramo final de la pelí-cula, uno
de los defectos más habituales del cine de nuestros días que Jeunet sortea con habilidad e inteligencia. Como ya se ha di-cho, Jeunet se encuentra mucho más cómodo en los espacios que mejor
se adaptan a su estilo y lo cierto es que el director galo
con-sigue algunos de los mejores momentos de la cinta en
secuencias tan llenas de magia y poesía como la del striptease a
la luz de las velas, la primera vez que Manech esculpe sobre la
campana sus recurrentes MMM —"Manech aiMe Mathilde" ("Manech ama a
Ma-thilde")—, que luego trazará sobre la madera de un viejo tronco
cuando está enfrentando la muerte, ensimismado en sus recuer-dos,
o los planos aéreos del omnipresente faro, con ese primer be-so
infantil con un cristal entre ambos.
La película se beneficia también tanto de una preciosista fotografía de
Bruno Delbonnel, capaz de pasar del ambiente fú-nebre y gris con
hedor a muerte de las trincheras a la luminosidad deslumbrante
de los acantilados y la campiña francesa que da co-bijo al amor
de los jóvenes con igual eficacia, como de una hermo-sa música
que enfatiza el componente romántico de la historia cor-tesía de
Angelo Badalamenti, con un tema central de enorme be-lleza. Y,
como no podía ser menos tratándose de una película de Jeunet,
hay que hacer mención al enorme partido que el director sabe
sacar a los objetos que pueblan la película y que van desde la
sofisticada mano de madera que exhibe un barman o el reloj
musi-cal hasta unas simples botas alemanas, el albatros que
primero es un pájaro que observa desde arriba a los dos amantes
para luego ser un avión alemán que dispara sobre Manech (una
imagen no por evidente menos efectiva) o ese guante rojo de lana
que es la viva imagen de la esperanza (eso por no mencionar
detalles nada ca-suales como el plano del Cristo desmembrado con
el que se abre su film o ese caballo que aparece colgado de un
árbol en segundo término al lado de una trinchera, imágenes que
dicen más de la sordidez de la guerra que cualquier diálogo),
elementos todos ellos que juegan su pequeño pero importante
papel en la historia y que pasan a formar parte de la numerosa
iconografía que ha ido acu-mulando a lo largo de su trayectoria
el autor de "Delicatessen".
Por otro lado, conviene mencionar que el film
resulta bastante efectivo
en su denuncia de los horrores de la guerra sin necesidad de
mos-trarse demasiado truculento. Más allá de las inevitables
comparaciones que la condena a muerte de los cinco soldados
pero, sobre todo, la despia-dada intransigencia de sus mandos
rayana en el absurdo que emparenta a la película con uno de sus
referen-tes más claros ("Senderos de gloria", película a la que Jeunet además ho-menajea abiertamente con un plano calcado de la
de Kubrick), la película ahonda en las consecuencias que la
guerra trae no sólo sobre Ma-thilde, sino sobre los seres queridos
de los otros soldados, a me-nudo con historias que tienen una
enorme fuerza dramática (la ya mencionada protagonizada por Jodie Foster), que sirven para dar rienda suelta a la
imaginación de Jeunet en deliciosas set pieces (la venganza que
ejecuta Marion Cotillard, la prostituta y amante de uno de los
soldados, capaz de matar a un hombre con el simple gesto de
quitarse las gafas) o, en fin, que denotan una emotividad
contenida (el sobrecogedor plano del campo poblado de cruces
blancas, también más expresivo que cualquier explosión o muerto)
que parece voluntariamente perseguida.
Más discutible resulta el más o menos continuo uso del hu-mor con el que Jeunet
intenta rebajar el tono dramático de la película, algo que
no siempre da buenos resultados: resulta di-vertido el guiño
que Jeunet hace a uno de los personajes más re-conocibles de otro
monstruo del cine francés, Jacques Tati, pero funcionan bastante
peor los extraños juegos de palabras (a los que perjudica, claro
está, el doblaje de la película) o la caricaturesca presencia de
Ticky Holgado como ese inefable sabueso de baja estatura que
investiga lo sucedido. En cualquier caso, lo que sí es-tá claro
es que no hay mas remedio que reconocerle a Jeunet su
atrevimiento y su loable sentido del riesgo. Puede que "Largo
do-mingo de noviazgo" no sea una película redonda, pero no se
puede negar que cada fotograma de la misma transmite la pasión
que es-te cineasta tan sumamente personal ha puesto en ella. Más
allá de que nos pueda rechinar su romanticismo esperanzado, nos
perda-mos a ratos en la trama o nos agote su barroquismo, es una
pelí-cula que muy a menudo provoca asombro, cuando no emociona o
transmite cierta magia. No deberían perdérsela, pues el cine no
ofrece muy a menudo visiones tan personales del amor, del dolor
y de la guerra.
Calificación:
    
Imágenes
de "Largo domingo de noviazgo" - Copyright © 2004
Warner Bros. Pictures y 2003 Productions. Distribuida en España
por Warner Sogefilms. Fotos por Bruno Calvo. Todos los derechos
reservados.
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