CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
De hierro y
vapor
El estreno de "Steamboy" se reviste de acontecimiento
cinematográfico al suponer el regreso, después de dieci-séis años de relativo silencio, de
Kat-suhiro Ôtomo a la
dirección del ani-me de gran formato. Ôtomo, que junto a nombres
como Hayao Miyazaki ("El
viaje de Chihiro"), Mamoru Oshii ("Ghost in the shell"),
Tarô Rin / Rin-taro ("Metrópolis
de Osamu Tezuka") o Isao Takahata ("La tumba de las
lu-ciérnagas") es considerado como uno de los grandes maestros de
la anima-ción tradicional japonesa de nuestros días, fue el
responsable de la funda-cional "Akira", un sofisticado y
críptico film de ciencia-ficción mile-narista que aunaba arte y entretenimiento con unos
complejos con-tenidos filosóficos orientados al público adulto, y que
no tardó en convertirse en cinta de culto y referente ineludible para todos los aficionados
a este campo. "Steamboy" comparte con la post-apocalíptica "Akira"
la espectacularidad de unas imágenes que dan buena fe del oficio
de su responsable, así como ese fondo reflexivo en torno a los
avances tecnológicos y una de-rivación hacia al catastrofismo,
sin embargo se trata de una película mucho más llana y
convencional en cuanto a entrama-do se refiere, y su ambientación
en la Inglaterra victoriana ha forza-do un mayor grado de
naturalismo, si bien en litigio con sus ele-mentos futuristas. En
cualquier caso, cabe advertir a los padres que no nos
encontramos ante un producto confeccionado para los más pequeños
de la casa, en la línea de Disney o de la reciente "Robots",
o que permitan una doble lectura paralela para mayores y niños
como algunas de las producciones de Pixar y
DreamWorks, sino de
un largometraje dirigido en especial a un espectador de más edad
por su tono predominantemente circunspecto y su crítico mensaje
adulto, pese a algunas eventuales concesiones más lige-ras de
escaso peso.
No
conviene desvelar excesivos detalles sobre un argumento que, en
realidad, es más simple de lo que cabría esperar, pero que por
sus componentes de intriga y ciencia-ficción es mejor conocer
por cuenta propia. "Steamboy" nos traslada a la Inglaterra de
finales del siglo XIX, durante la celebración de la Exposición Universal, cuando
su joven protagonista, Ray Steam, un aventajado inventor hijo
de dos generaciones de prestigiosos científicos, recibe una
misteriosa bola de metal llena de vapor que resulta ser una
pieza clave para un artefacto de inimaginable alcance. A partir de
aquí, Ray penetrará en un universo secreto dominado por una
turbia y po-derosa fundación, descubrirá los conflictos que
enfrentan a su fa-milia, e irá encontrándose con distintos
personajes que ocultan du-dosos intereses e insospechados
aliados.
Desde una fórmula clásica que com-bina aventuras, acción,
espionaje, suspense, fantástico y drama con le-ves —pero no
demasiado efectivos— toques de humor, "Steamboy" es un relato
que cuestiona el uso partidista de la ciencia y los progresos
técni-cos, no en favor del bienestar común, sino del beneficio
de unos cuantos con la intención de ganar prestigio,
enriquecerse o controlar y destruir a los más débiles
—cuestiones que, desgraciadamente, cobran especial sentido para
los japoneses por la he-rida abierta tras las tragedias que
azotaron a la población civil en Hiroshima y Nagasaki—, así como
lanza una advertencia sobre el poder incontrolado de los
descubri-mientos y la megalomanía del científico que llega a
creerse una suerte de dios.
Con una
estética de concepción retro-futurista pareja a la que pu-dimos
ver hace poco en "Sky
Captain y el mundo del mañana", y un dibujo de trazo realista
supeditado por una paleta cromática de marrones, pardos y grises,
"Steamboy" es un nato ejemplo del subgénero steampunk que
nos introduce en el mundo de hierro y vapor de la primera
revolución industrial británica, donde el costum-brismo
victoriano convive con anticipados ingenios de locomoción,
curiosos artilugios mecánicos, máquinas cosidas por válvulas y
en-granajes, titánicas arquitecturas de metal y cristal de diseño
déco y hasta ejércitos de robots, en la mejor tradición de esa
ciencia-ficción que despegó a la sombra de "Metrópolis"
de Lang y que co-noció su época de mayor esplendor durante la
primera mitad del pasado siglo, ofreciendo gloriosas muestras
tanto en el cine como en el cómic y la televisión. Tampoco
faltan aquí reminiscencias de las clásicas cintas
catastrófico-apocalípticas en las impresionantes escenas de
destrucción en medio de la ciudad, para una película con
vocación de recopilar toda la iconografía y motivos neo-retro en
un mismo discurso.
No hay
lugar a objeciones: "Steamboy" impresiona por su des-borde de
talento creativo puesto al servicio del espectáculo visual para
encumbrar la animación a niveles de pluscuam-perfección.
Sorprende del mismo modo el diseño de los sensacio-nales
escenarios que recrean ese Londres pretérito, sumergido en el
clima festivo y expectante de la Exposición, y del rico
imaginario mecánico que sin tregua se saca de la chistera, como
la fluidez y precisión con que se desarrollan las abundantes
escenas de acción. El alto grado de detallismo y fidelidad se
puede apreciar en secuencias concretas, como aquella en la que
los protagonistas pasean en torno a la cúpula de una torre de
vidrio, y los cristales reflejan sus siluetas en movimiento y el
tránsito de las nubes que tamizan el paso de la luz con un
verismo casi fotográfico, o a través de esas omnipresentes
volutas de vapor que parecen irradiar hume-dad y calor.
Probablemente el esfuerzo humano que respalda "Steamboy"
—diez años de dedicación avalan la producción japonesa animada
más cara hasta la fecha— y el imaginativo despliegue que recogen sus
fascinantes imáge-nes serían motivo suficiente para se-ñalar que
nos encontramos ante una pieza maestra de la animación actual.
No obstante, este apabullante apara-dor y su potente diatriba
formal es-conden un guión funcional pero que no se halla a la
misma altura, pues no deja de reunir un par de nudos y anécdotas
alargados que evidencian la ausencia de una base más sólida,
sustanciosa y menos previsi-ble. No es en todo caso éste el mayor
de los problemas, que po-dría quedar compensado por ese
vertiginoso carrusel ante el que se rinden los sentidos, y cuyo
ritmo sólo decae en su parte final, esti-rada más allá de lo
necesario en aras del delirio tan grandilocuente como
deleitable. El gran obstáculo que mina "Steamboy" es que es una
deslumbrante carcasa con motor pero sin alma. De espíritu
desabrido y distante, poblada por personajes anti-páticos con los
que se hace imposible entrar en complicidad y en donde la única
nota femenina —también el único aporte de co-lorido y humor—
responde al más molesto de los tópicos, con una evolución
dramática pobre e impermeable a las emociones, y sin otra magia
que la del género al que pertenece, la obra de Katsuhiro Ôtomo
se convierte así en un monumento magnificente pero vacuo, que hará las delicias de los
aficionados a la animación pura y dura, a la animación por la
animación, donde el continente es práctica-mente sinónimo de
contenido y la poesía se circunscribe a la esté-tica, pero que
decepcionará parcialmente a aquellos que busquen un equilibrio
entre forma y fondo, esperando que una historia sea capaz de
tocarles la fibra sensible además de alimentar sus reti-nas. De
hierro y vapor, "Steamboy" termina vistiendo el mismo traje con
el que construye esta hiperbólica metáfora que enfrenta a hom-bre
y máquina, y a los hombres por la conquista de estas últimas.
¿Se oxidará con el paso del tiempo?
Como nota
marginal, y de paso que uno acaba de apreciar la es-tupenda
partitura compuesta por
Steve Jablonsky,
no olviden asis-tir a los títulos de crédito finales que, a
través de diferentes posta-les en movimiento, incluyen escenas
adicionales que dan continui-dad al relato.
Calificación:
    
Imágenes
de "Steamboy" - Copyright © 2004 Screen
Gems y Steamboy Committee Production.
Distribuida en España por Columbia TriStar Pictures. Todos los derechos
reservados.
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