NOTAS DE
PRODUCCIÓN
Arde amor
cuenta un bello cuento de muerte y de amor sobre
la posibilidad de renacer, a partir de las
cenizas, e intentar construir un nuevo mundo de
afectos, lúcido e intenso, más allá de las
ruinas del amor-pasión.
Estamos
ante una película de actores y buena parte de su
fuerza descansa en las magníficas
interpretaciones del trío protagonista, formado
por Sergi López (Luis en la
película), Rosana Pastor (que, precisamente por
su papel en Arde amor, recibió el premio a la
mejor actriz en la XX Mostra Cinema del
Mediterrani 1999), y Chete Lera (en el papel de
Ranxel).
Arde amor,
escrita y dirigida por Raúl Veiga, nos pinta un
mundo de seres que quieren volver a vivir, que
quieren que la pasión deje de ser fuego
destructivo para convertirse en ardor perdurable.
Y quien dice vida dice tiempo, dice espacio. Por
eso Arde amor es también un filme de
atmósferas, las de la ciudad atlántica en la
que nuestros personajes se debaten entre la
muerte y el amor.
Para crear
ese mundo se ha contado en el equipo técnico con
Juan Carlos Gómez en la dirección de
fotografía (mencionemos entre sus trabajos El
bola, Chevrolet, Mátame mucho o A galope
tendido), Satur Idarreta en la dirección
artística (muy conocido por sus trabajos con
Juanma Bajo Ulloa, Julio Medem o Achero Mañas),
Guillermo Represa (el montador de varias
películas de Manuel Gómez Pereira o de El
milagro de P. Tinto) y Carles Cases, uno de
nuestros mejores músicos de cine, baste recordar
sus colaboraciones con Gonzalo Suárez, Mi nombre
es sombra, El Portero, o en varias películas de
Ventura Pons).
Una
nota del director/guionista, Raúl Veiga
Este es un
filme sobre la soledad y por ser eso (un filme
solitario) es también un filme sobre la
comunicación porque la soledad sólo se concibe
sobre el fondo de lo que no oímos, de lo que no
sentimos. Soledad es que los otros nos falten y,
finalmente, los que (nos) han muerto, los que me
han muerto por su propia mano. ¿Por qué se
fueron? ¿Por amor? Me niego a creerlo. Quisieron
marcharse porque les faltó el amor. Dicho de
otra forma: ¿es que la pasión tiene que ir
necesariamente de la mano de la muerte? ¿Es que
los amantes, para inmortalizar su amor, tienen
que morir? Una historia demasiado vieja, desde
Tristán e Isolda hasta nosotros y, tal vez, aún
más allá.
Ha llegado
un tiempo en que la intensidad tiene que romper
su lazo con la destrucción (ese abrazo mortal)
para así establecer una nueva relación con la
vida. Ya sé que no llega con decirlo, hay que
hacerlo real, hay que hacerlo verdad. Y eso no es
simple. Es tan complicado como todos los dilemas
de nuestro tiempo.
Tenemos que
repensar el amor y construir un mundo de afectos
intenso donde la muerte se transforme en mirada
lúcida a lo que nos enriquece, en necesario
abrazo de la vida con todo lo que la amenaza esa
inmersión en lo negativo que necesitamos para
vivir más y mejor. Y, con todo, es tan difícil,
tan difícil unir pasión y lucidez. Porque somos
hijos de nuestra historia no acabamos de
encontrar la forma de conjugar esos dos
términos: pasión, lucidez, en el mismo tiempo,
en el mismo lugar, en el mismo abrazo.
Este filme
es hijo de esa apuesta y de la dificultad que
ahí radica. El pasado, un pasado de amor tan
largo, nos lleva a morir de amor. Un futuro
impensado, tal vez impensable, nos empuja a
construir otro universo de afectos, un lugar sin
destinos ni paradas donde podamos sumar nuestras
potencias para alumbrar otra cousa, lo que todos
queremos y bulle oscuramente en Arde amor.
Fuente: Filmax
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