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Dirección
y guión: Rod Lurie.
Paises: USA / Francia.
Año: 2000.
Duración: 126 min.
Interpretación: Gary
Oldman (Shelly Runyon), Joan Allen (Laine
Hanson), Jeff Bridges (Presidente Jackson Evans),
Christian Slater (Reginald Webster), Sam Elliott
(Kermit Newman), William L. Petersen (Jack
Hathaway), Saul Rubinek (Jerry Tolliver), Philip
Baker Hall (Oscar Billings), Mike Binder (Lewis
Hollis), Robin Thomas (William Hanson), Mariel
Hemingway (Cynthia Lee), Kathryn Morris (Paige
Willomina), Kristen Shaw (Fiona Hathaway).
Producción: Willi
Bär, Marc Frydman, James Spies y Douglas
Urbanski.
Producción ejecutiva: Gary
Oldman y Maurice Leblond.
Música: Larry
Groupé.
Fotografía: Denis Maloney.
Montaje: Michael
Jablow.
Diseño de producción:
Alexander Hammond.
Dirección artística: Halina
Gebarowicz.
Vestuario: Matthew
Jacobsen.
Decorados: Eloise
Stammerjohn. |
CRÍTICA
Javier
M. Tarín
Hollywood ha contribuido con un gran
número de filmes a la visualización de la democracia
americana, encarnada en una serie de unas
señas de identidad como la bandera, la Casa
Blanca o el Presidente, que han llegado a
sustituir al propio sistema político. Las
fuerzas conservadoras han jugado un papel
decisivo en la edificación de ese constructo con
la imposición de su voluntad en lo que se
refiere al tratamiento del sistema democrático
norteamericano en el cine. En los años treinta
lograron imponer un férreo código el
conocido como Código Hays- que obligaba a tratar
los temas políticos y sociales, entre otros, de
una manera que evitara cualquier crítica global
del funcionamiento del sistema democrático
que sería rápidamente tachado de
antiamericano -, ensalzando a su vez el espíritu
patriótico y los valores de las clases
dirigentes. Dicho código dejó de funcionar,
afortunadamente, en 1966 para ser sustituido por
el actual sistema de clasificación.
Sin embargo, algunos, al parecer, lo
echan de menos. Joseph S. Nye Jr., decano de la Kennedy
School of Government de la Universidad de
Harvard, escribía en pleno proceso de impeachment
contra Clinton: "Los estudios muestran que
durante las tres últimas décadas, los medios y
los filmes han tendido a dar una visión más
bien negativa de la política y el gobierno. Esto
no importaría si la única víctima fuera la
vanidad de los políticos. Pero mantenida durante
largos períodos, la devaluación del gobierno y
de la política puede afectar a la fortaleza de
las instituciones democráticas".
Candidata
al poder es un filme que transita entre
dos aguas, pues intenta mostrar tanto la
integridad como la corrupción política. Su
guión reescribe hechos recogidos de la
actualidad política norteamericana reciente
el Monicagate- y los convierte en materia
de ficción para un nuevo relato en la Casa
Blanca. Con ese punto de partida, pretende
criticar el rumbo adoptado por la política
norteamericana y su pasión por unos escándalos
sexuales, sustitutos de la verdadera oposición
política. Se plantea, asimismo, con una dosis de
feminismo superficial, hasta qué punto la vida
privada debe tenerse en cuenta a la hora de la
elección de los cargos públicos. El eje
dramático es el acceso a la vicepresidencia de
la senadora Laine Hanson y el rechazo de los
sectores republicanos y demócratas más
reaccionarios, que se basan en un pasado
supuestamente liberal sexualmente hablando para
acabar con ella.
Los
ingredientes de la trama tienen claras
resonancias, como señalábamos, con el caso
Lewinsky: desde el uso de Internet para poner en
circulación las fotografías de las orgías de
la senadora en su juventud al paralelismo entre
el fiscal Starr y el personaje de Gary Oldman. Este
último sirve para evidenciar el macarthismo
practicado desde las instituciones, en forma de
comités, con la intención de evitar que una
mujer de ideario progresista acceda a un puesto
de relevancia. Y extendiendo el símil, se viene
a indicar que de eso se trató con William
Jefferson Clinton, perseguido, más por su
política progresista (?), que por sus deslices
sexuales en el despacho oval.
Al mismo
tiempo, y en paralelo a las declaraciones de la
senadora frente a la comisión del Congreso que
ha de ratificar su idoneidad para el cargo, otro
de los aspirantes demócratas a la
vicepresidencia muestra la bajeza moral que
alcanzan algunos dirigentes políticos. Es capaz
de simular un accidente de tráfico, en el que
él intervendrá de forma heroica, para aumentar
su popularidad y, por tanto, sus posibilidades de
ser vicepresidente. El hecho de que la chica a la
que debe salvar muera, se vuelve en su contra
porque el Presidente no quiere a un perdedor en
su plantilla.
Si
tenemos en cuenta cuál es la manera en que se
cierra el relato, entendemos por qué su
capacidad crítica queda totalmente neutralizada.
Por un lado el malvado Gobernador es puesto en su
sitio por la justicia y por los medios de
comunicación que entran al trapo encantados con
sus perversas intenciones. Por otro, las
supuestas veleidades sexuales de la senadora son
únicamente eso, suposiciones mal intencionadas y
dirigidas por los sectores más conservadores con
el fin de evitar que Laine Hanson sea
vicepresidenta. Un final feliz que el propio
Presidente se encarga de imponer con un discurso
patriotero y de loas a la democracia americana
que sitúa el filme ideológicamente en el lugar
que le corresponde: la exaltación de la mejor
democracia mundial. Candidata al poder es una
película que se encuentra dentro de los
márgenes de lo filmable: señala un problema de
la política norteamericana pero la solución
ofrecida cae dentro de los límites del espectro
democrático norteamericano.
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Imágenes
de Candidata al poder - Copyright © 2000
Battleground Productions, Cinecontender,
Cinerenta y SE8 Group. Fotos por Gino Mifsud.
Todos los derechos reservados.
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