CRÍTICA
Josep
Alemany
DRAMA SECRETO
Verloc (Bob Hoskins) es un
agente secreto al servicio de la embajada rusa
infiltrado entre los anarquistas de Londres. En
un momento determinado, el embajador ruso le
otorga la categoría de agente provocador y le
encarga cometer un atentado terrorista en el
observatorio de Greenwich Park. El objetivo:
obligar el gobierno de Londres a adoptar medidas
represivas contra los refugiados políticos.
Nos
hallamos, pues, ante una situación
archiconocida: los estados utilizan el terrorismo
para justificar su política represiva o para
adoptar sus propias formas de terrorismo. Y
cuando no se cometen actos terroristas, ya se
encargan ellos mismos de fabricarlos.
Pero a
partir de esa idea interesante, el
director (Christopher Hampton)
coge el menos interesante de los caminos y
construye un drama intimista. Una vez
cometido el atentado en Greenwich, la película
se centra en la relación de Verloc con su esposa
Winnie (Patricia Arquette),
preocupada exclusivamente por su hermano Stevie.
La muerte accidental de éste desencadenará la
tragedia. Sin embargo, los demás aspectos de lo
ocurrido parece que no la afectan. ¿Sabía
Winnie que Verloc era un agente secreto? ¿No
sospechaba nada? ¿No se había percatado de que
las cuentas no cuadraban (la vemos repasando con
suma atención los libros de contabilidad de esa
extraña tienda donde no entra ningún cliente)?
Por mucho que su vida gire alrededor del hermano,
no es creíble que la realidad le resbale tanto,
sobre todo porque en algunas escenas Hampton la
presenta como una mujer sensible. Winnie podía
haber sido el personaje que dinamizara los
conflictos y elevara el listón. En vez de ello,
su ira sólo estalla para vengar al hermano. Se
trata de una venganza estrictamente individual,
de un drama casi secreto.
FALTAN
VÍNCULOS
Al no
relacionar la tragedia personal con el papel
social que Verloc desempeña en los turbios
manejos del poder, el desenlace de El agente
secreto se circunscribe a la esfera de lo
íntimo. Planteamiento diametralmente opuesto al
de Fritz Lang en Los
sobornados (The Big Heat),
donde, tras la muerte de Katie Bannion, «el tema
de la venganza establece el vínculo entre la
violencia social y la violencia individual» (Jacques
Lourcelles, Dictionnaire du cinéma).
El universo
anarquista apenas aparece. Queda reducido a una
discusión teórica algo confusa en la primera
escena. Y Hampton tampoco consigue abrir ninguna
dimensión social con el personaje de El Profesor
(Robin Williams),
ensimismado en sus desvaríos. Ni con Ossipon (Gérard
Depardieu), el aprovechado de turno.
Por regla general, las adaptaciones
«artísticas» de clásicos ingleses ofrecen al
espectador unas obras muy relamidas, muy
refinadas. Paisaje, vestuario y música rivalizan
en el virtuosismo decorativo. Los cineastas de
dicha corriente James Ivory es el más
conocido sienten predilección por las
novelas de Jane Austen y Henry James. Hampton,
en cambio, se inclina por una estética
árida y austera, tirando a lúgubre. Casi toda
la acción transcurre en interiores, entre luces
y sombras. Las dos escenas luminosas son
el atentado en Greenwich y la visita a la
embajada rusa. Esta última constituye el único
caso en que el director ha conseguido sacar
partido del espacio y elevar el tono de las
secuencias.
En fin, más
que una película de cine parece un telefilm. La
pobreza estilística refleja la pobreza del
planteamiento y del resultado.
En 1936 ya
había adaptado Hitchcock, de forma
bastante libre, el mismo título de Conrad.
Según los entendidos en la obra del escritor
polaco-inglés, El agente secreto de
Hampton sigue fielmente la novela de Conrad. Como
no la he leído, no sé si las críticas que
acabo de formular también se le pueden aplicar.
Pero no tendría ningún inconveniente en
hacerlo. Las historias de la literatura no han de
servir para deslumbrar a los lectores con la
admiración por los grandes nombres, paralizar su
sentido crítico e impedir que piensen por su
cuenta.
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de El agente secreto - Copyright © 1996 20th
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