CRÍTICA
Joaquín
R. Fernández
Puntuación:
6.5
Banda Sonora Original: *****
Desde hace
unos años, el cine español ha transformado
acertadamente su contenido para acercarse a un
público que, en general, le daba la espalda.
Jóvenes talentos se han ido adueñando de las
carteleras a través de entretenidas historias a
las que se las mima con una factura digna de
Hollywood. Una vez vista El Espinazo del Diablo,
el mexicano Guillermo del Toro podría
encuadrarse tranquilamente en este grupo.
Lejos de
ser una historia de fantasmas al uso (es decir,
"de susto en susto y vuelvo a asustar porque
me toca"), se presenta más bien como una
narración de atmósferas inquietantes y
personajes turbadores. Así, el
espectador no sabe si le tiene más miedo al
fantasma del Hospicio de Santa Lucía o, por el
contrario, a las circunstancias reales que rodean
a los chiquillos del orfanato. Seres atormentados
y prisioneros, no sólo de la guerra, sino
también de sus propios temores: Carmen,
consumida por un amor no correspondido y
humillada al tener que utilizar una pierna
ortopédica para poder caminar; Jacinto, atrapado
por una crueldad de la que no quiere liberarse;
Casares, acobardado por su incapacidad para
luchar por aquello en lo que cree; y los niños,
que pierden su inocencia nada más traspasar las
puertas de aquel centro que es su único hogar
(al respecto, ver cuando Carlos es abandonado en
el orfanato por su tutor o, más explícito, el
momento en el que los muchachos clavan las lanzas
de madera a su enemigo). Hermosa en emociones,
pues, aunque tópica en su fantasía.
La labor de
Guillermo del Toro, que parece decidido a
alternar sus películas en inglés y español, es
impecable. Ayudado por la exquisita fotografía
de Guillermo Navarro, el realizador nos agobia
con ambientes inquietantes y situaciones de
tensión, bien sean éstas producidas por las
apariciones del fantasma (algunas se hacen un
tanto largas) o bien debidas a la mano del
hombre (el incendio o el bombardeo). Eso sí, hay
cierta irregularidad en la trama, es como si
ésta estuviera construida a través de
fragmentos independientes a los que luego se les
ha dotado de un nexo común. En todo caso, la
dirección de Guillermo del Toro es portentosa,
tanto en lo que respecta a la factura visual del
producto como a la de su trabajo con los actores.
Seguramente reputados intérpretes como Marisa
Paredes y Federico Luppi, ambos
magníficos, no precisen de excesivas
explicaciones sobre cómo desarrollar sus
papeles, pues ya son muy sabios en esto del cine,
pero no hay duda de que no sucede lo mismo con
los niños. Por ello, es increíble la
naturalidad con la que éstos se mueven delante
de la cámara, y sobre todo las emociones que son
capaces de transmitir (en este sentido, destacar
a Fernando Tielve como
Carlos y a Íñigo Garcés como
Jaime). El que en ocasiones está un poco pasado
es Eduardo Noriega, aunque su
interpretación física es aceptable.
Javier
Navarrete compone una música de
eficaz acompañamiento a las tenebrosas imágenes
de Guillermo del Toro. Destacan pasajes
cumbre, como los que transcurren antes de la
explosión, y me llama la atención el parecido
existente entre una de sus músicas y el tema
central de Regreso al
Paraíso.
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