CRÍTICA
Josep
Alemany
DOROTHY
PARKER Y LOS ESCRITORES DE LA MESA REDONDA
Nueva York,
hotel Algonquin, años veinte. Hay mucha
animación alrededor de una mesa redonda. Allí
se reúne un grupo de escritores, la flor y nata
del refinamiento intelectual neoyorquino. A
diferencia de otros cenáculos por el estilo, no
analizan obras literarias. Lo que más sorprende,
sin embargo, tratándose de escritores, es que
los comensales emiten comentarios ingeniosos,
disparan frases brillantes destinadas a
deslumbrar, pero no surge ninguna conversación
de verdad.
Lo mismo
ocurrirá con la película. Tras el
planteamiento inicial, las imágenes fluyen y se
repiten sin que La señora
Parker y el círculo vicioso
gane interés.
A Alan
Rudolph hay que reconocerle el mérito de
no ofrecer una visión idílica de los años
veinte. No se limita a presentarnos un álbum de flappers,
champán y fiestas a porrillo, ya que la alegría
y la despreocupación no eran más que una cara
de la moneda, igual que el bullicio de la mesa
redonda.
Al
cromo rosa de los años veinte simbolizado
por las reuniones del grupo en el Algonquin
Alan Rudolph le opone la desolación interior de
Dorothy Parker, su soledad desesperada.
Hasta aquí todo ha ido bien. No obstante, una
vez trazado el contraste, La señora Parker
se queda en una repetición monótona de esta
fórmula. Oscilaremos, pues, entre las escenas
que quieren captar el alma de Dorothy Parker y
las que quieren reflejar el espíritu de los
años veinte. Por lo que respecta al primer
apartado, se sucederán intentos de suicidio,
desilusiones amorosas, frases cada vez más
afiladas.
Las
actividades políticas de Dorothy Parker podrían
haber introducido un elemento nuevo, dar un giro
a la película, pues contrastan con la frivolidad
del «espíritu Algonquin». Al fin y al cabo,
como explica el mismo director, los comensales
del Algonquin «pasan por rebeldes, pero eran
más bien bohemios. Despreciaban el sistema, pero
no tenían intención de cambiarlo, sino de
aprovecharse de él». Alan Rudolph, sin embargo,
pasa de puntillas sobre el activismo político de
Dorothy Parker.
CÍRCULOS
VICIOSOS
El caso es
que el aumento de alcohol y de cinismo no se
trueca en una intensificación dramática. Por
mordaces que sean las frases y las poesías que
suelta Dorothy Parker, no llegan a dar forma a la
película. El director ha rehuido el didactismo y
la estructuración dramática tradicional sin dar
con una fórmula alternativa con la que construir
una progresión expositiva. El resultado: La
señora Parker entra en un círculo vicioso,
porque las imágenes y los personajes van
desfilando sin aportar gran cosa. Y no vale
aducir, como hace Rudolph, que «en el fondo,
Dorothy es un enigma». Se han creado obras
excelentes que son reflejos de un enigma, como El
misterio von Bülow, de Barbet
Schroeder (1990), con Jeremy
Irons.
Rudolph ha
tenido la feliz idea de filmar los años
veinte en colores, mientras que las escenas de
épocas posteriores están rodadas en blanco y
negro, lo que permite saltar adelante y
atrás y poner los acontecimientos en
perspectiva. La diferenciación no tiene en
cuenta la verosimilitud técnica, sino que
responde a criterios estéticos. El blanco y
negro impone una tonalidad fría, propia de los
documentales, en contraste con la euforia de los
colores (la época legendaria de la mesa redonda
del Algonquin).
Mrs.
Parker and the Vicious Circle. El título
inglés encierra una trampa: la palabra vicious.
Se trata de un falso amigo. Significa, sobre
todo, «mordaz», «malicioso». Así es como se
designaban los integrantes del grupo en
cuestión. Eso de círculo vicioso no hace
justicia, pues, al «espíritu Algonquin».
Describe bastante bien, en cambio, la película.
Alan
Rudolph, negándose a hacer un biopic
lineal y simplista, ha tanteado nuevos caminos en
el género, siempre peligroso, de biografías
sobre escritores. Ahora bien, como espectadores,
hemos de admitir que, a pesar de todo a
pesar de la excelente interpretación de Jennifer
Jason Leigh y los aciertos formales, el
resultado es un poco endeble.
Esta crítica forma parte del
artículo Escritores
en pantalla: Reinaldo Arenas, Dorothy Parker,
Franz Kafka
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de La señora Parker y el círculo vicioso -
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