CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Un
asedio carente de emoción
Jean-François
Richet lleva a cabo una insípida actualización del clásico de
Carpenter, cuya esencia de tensión y claustrofobia se pierden en
el camino de su modernización
En esta
irracional fiebre del remake, cada día más extendida en el cine
norteamericano, corriente fílmica que manifiesta la anemia de
ideas origina-les y el anquilosamiento por el que atraviesa la
cinematografía yanqui, uno de los preceptos autoimpuestos para
su entendimiento es, al menos, respetar y mantenerse fiel al
espíritu del original. Pues esta simple premi-sa, obtenida en no
muchas ocasio-nes, parece ser que no es suficiente para que un remake mantenga la co-herencia que se le supone a este ni-mio
ejercicio de reiteración. Un gran ejemplo de esta
desvaloriza-ción en la duplicación de películas ya rodadas es
"Asalto al distrito
13", la
nueva visión del clásico de serie B rodado en 1976 por
John Carpenter
"Asalto a la comisaría del
distrito 13". En esta nueva traducción actualizada,
la idea conceptual y esquemática, sin con-cesiones a la narrativa
malabárica, se mantiene e incluso se incre-menta desde la
perspectiva del francés Jean-François
Richet, que toma la excusa argumental de la película
de Carpenter: el asedio sufrido por los ocupantes de una
comisaría a punto de cerrar por una mesnada exterior que hará
todo lo posible por acabar con sus vidas. Hasta aquí muy bien,
el respeto y finalidad de lealtad cine-matográfica hacia el
maestro es innegable. Pero hay algo que no funciona, que
distancia este redundante producto de su predece-sor. Tal vez sea
que esta revisión no suscita ningún tipo de de-sasosiego, de
tensión claustrofóbica y de efectividad, debido a que el
espectador sabe perfectamente dónde está, el entor-no es
demasiado familiar. Y es que aunque Richet no se aleje de las
gélidas sombras y disparos, del contexto opresivo y
estre-mecedor, en el que la irracional violencia del colectivo
externo pro-viene de "La
noche de los muertos vivientes" (máxima referencia a
la monumental novela de Richard Matheson
"Soy Leyenda"), el
rea-lizador galo no encuentra el vigor y la actitud resolutiva
para supe-ditar lo significativo a lo trivial, haciendo que las
perfiladas relacio-nes interpersonales que forjan sus
protagonistas, aislados y desti-nados a entenderse si quieren
sobrevivir, ensombrezcan cualquier tipo de tratamiento de la
soledad o los sepulcrales silencios de la original, rotos por
esas ráfagas de tiros de la oscura amenaza. Hay un excesivo
diálogo en sus esteriotipados personajes como para que funcione
al nivel dramático del clásico de Carpenter.
De todos
es conocida la adhesión de director de
"Halloween" al ideal
de Howard Hawks y su infiltrada utilización de la
consubstan-cialidad más auténtica del far west. En ese
sentido, este nuevo "Asalto
al distrito 13" poco ha cambiado de aquel western
urbano con forma de thriller, donde los indios, reflejados en
una pandilla ju-venil llamada "El trueno verde" en busca de
venganza, han sido sustituidos por un grupo de policías
corruptos que quieren acabar con el único testigo que puede
delatarles. Asimismo, el fuerte a ocupar ya no es una solitaria
y desértica dependencia policial de Anderson, en Los Ángeles,
sino una destartalada comisaría en ple-no corazón de Detroit,
ambas a punto de cerrar. Desde el principio, este remake deja
bastante claro cómo ha cambiado la sociedad actual respecto a la
de los 70, idiotizándose deliberadamente bajo la hipocresía
moral que nos rodea.
En "Asalto
a la comisaría del distrito 13" (curiosa traducción,
ya que se tra-taba de la comisaría 13 del distrito 9), de John
Carpenter, la raíz del acoso procedía de las ansias de venganza
del grupo juvenil hacia un padre que veía cómo éstos mataban a
su hija de seis años sin motivo alguno, resar-ciéndose con un
disparo que acaba con la vida de uno de ellos. En la ac-tualidad,
que una inocente niña reciba un tiro a bocajarro con un helado
de la mano es una imagen inconcebible en Hollywood. La rebeldía
de esta juven-tud encolerizada era lógica, teniendo en cuenta que
seis componentes de su banda habían sido acribilla-dos por la
policía, situación en la que Carpenter propuso las rela-ciones
entre las bandas y las fuerzas de orden público como una batalla
fruto de la ineficacia política de la época. Para la versión de
2005 es mucho más fácil, sin tanto calado de violencia gratuita,
ha-ciendo que la trama gire en torno a los valores morales,
acomodan-do a los sitiadores como una treintena de policías
corruptos preten-diendo salvaguardar sus espaldas. En 1976 Bishop
era el policía negro primerizo, el accidental héroe que en su
infancia había co-queteado con la delincuencia. Ahora, Bishop se
ha transmutado en el íntegro criminal que no duda en ponerse de
parte de la ley, ya que esto le beneficia, perdiendo así la
figura del socarrón y caris-mático Napoleón Wilson, un recluso
que se regía bajo el instinto de supervivencia. La iniquidad de
la propuesta actual de esa carcoma de estos agentes de policía
deja mucho que desear si se confronta con aquel cholo
(una lucha a muerte) de Carpenter.
Son
muchas las diferencias que hacen que este
"Asalto al distrito 13"
de 2005 esté muy por debajo de su progenitora,
fundamentalmente en la exposición general de sus persona-jes.
Mientras que Carpenter definió los caracteres de sus acorrala-dos
roles en una insubordinación a los cánones impuestos, en el
filme de Richet todos representan a un personaje típico del
género. Los tres protagonistas de la cinta del maestro Carpenter,
Leight (Laurie Zimmer), una secretaria impasible y tenaz, Bishop
(Austin Stoker), el policía negro héroe a su pesar, y Wilson
(Darwin Jos-ton), un peligroso criminal que actúa al lado de la
ley para sobrevi-vir, no estaban a gusto en el tópico que se les
imponía, insubordi-nándose a los preceptos genéricos. Ahora no,
la pérdida de identi-dad del filme de Richet, además de claudicar
ante lo común de una trama que pierde cualquier nivel de
intención alegórica que poseía la película de 1976, tiene su
peor enemigo en el guión de James
DeMonaco ("Negociador"),
que se excede en la prototipificación de su fauna, iniciado con
ese prólogo donde vemos a Roenick (en las facciones del cada vez
más demacrado Ethan Hawke)
fracasar en una operación antidroga en la que pierde a sus dos
compañeros. Ya tenemos la excusa perfecta para conocer los
fantasmas del he-roico protagonista, de comprender su modus
operandi y sus reac-ciones ante el ataque policial de su
comisaría. La excesiva perso-nalización no sólo se rotula en el
personaje principal y en su forzo-so acólito Bishop (Laurence
Fishburne, ejerciendo otra vez de Morpheo), el
problema es que se despliega a los demás personajes secundarios,
que toman más protagonismo del esperado; una se-cretaria deseosa
de sexo con chicos malos (la muy carpenteriana
Drea de Matteo), un policía
irlandés a punto de jubilarse (un enve-jecido
Brian Dennehy), un drogadicto
nervioso e irracional (histrió-nico como siempre
John Leguizamo) y una incapaz
psicóloga (una insulsa Maria Bello)
adquieren un protagonismo desnivelado en función de la acción.
La
originalidad se pierde por completo, la falta de recursos ar-gumentales y la superposición de la acción en detrimento de la
ca-dencia que significaba el herme-tismo claustrofóbico de la
original se unen al recursivo apego de Ri-chet por el constante
movimiento de cámara para encontrar el ritmo vi-sual, último
recurso utilizado por Car-penter en su segundo filme. También se
desmejora el nuevo "Asalto al
dis-trito 13" en el desarrollo lógico de la trama,
apoyándose en un pretendido realismo (la justificación
argumental de todo lo que pasa) que cer-cena cualquier intención
de insinuación, de subversividad. Incluso el enfoque dramático
del angustioso encierro queda mutilado con ese final a campo
abierto (ojo, en un bosque en medio de Detroit, en el centro de
la ciudad) que descompone el clímax logrado por Carpenter con
aquel atrincheramiento en el sótano de la comisaría con sólo
ocho balas para frenar a la horda de agresores. Si a este
escamoteo de intenciones le añadimos que en el filme de Richet
la oscuridad es mucho menos sombría gracias a la ajustada
fotografía de Robert Gantz,
que empaña el asfixiante objetivo de claustrofo-bia y tensión que
logró Carpenter, nos queda bien poco.
A
cambio, Richet brinda un arsenal de secuencias de ac-ción, de
ráfagas de cine de género bien rodado, con buen pulso amparado
en el alarde técnico, siempre en función de un espectáculo que
termina siendo vacuo, enérgico y eficaz, eso sí, pero carente de
emoción. Un producto de innegable ca-pacidad para distraer,
pero sin llegar a más. Se pierde, por tanto, el nivel de tensión
del inquietante tratamiento de las tribus urbanas suplantado por
un anodino policía con los rasgos del siempre fallido
Gabriel Byrne en otra
espeluznante interpretación, con lo cual, to-dos hemos salido
perdiendo. Tampoco escuchamos los punteos sintetizados de Carpenter que dan esa peculiar energía a la acción, ni concurre
en su interior una escéptica visión acerca de la aquies-cente
actitud de la sociedad americana, ni se ha mantenido el sen-tido
del humor irónico que salpicaba el filme del maestro de la serie
B, ni se percibe algún signo de inquietud por aportar nada nuevo
a la historia. Por lo tanto, no existe un motivo claro y
justificable para esta revisitación cuya intrascendencia es
identificable a estos tiem-pos de desabrimiento y oprobio hollywoodiense.
Calificación:
    
Imágenes de "Asalto al distrito 13" - Copyright © 2005 Rogue
Pictures, Why Not, Liaison Films y Biscayne Pictures.
Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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