CRÍTICA
por
José Luis Santos
Hollywood vive tiempos mediocres. La hoy pobre imaginación de la
otrora bien llamada Meca del Cine en su mayoría apenas subsiste
fagocitando filmes (europeos, orientales o simple-mente
pretéritos) con tediosos, cuan-do no vergonzantes, remakes
incapa-ces de aportar nada al original, ridicu-lizando cómics
con versiones que convierten verbigracia a Hulk en un Pokémon de
goma con un padre se-creto esquizofrénico, o llevando a la
pantalla videojuegos que, tras un in-tenso trabajo de
ambientación-guioni-zación (ejem), consiguen parecer... vi-deojuegos.
Y una de las tablas de salvación que la industria ameri-cana
parece haber encontrado este año para su resentida creativi-dad
es la de los biopics. Como muestra un botón: en apenas un par de
meses se han paseado por nuestras pantallas personajes como Ray
Charles, Cole Porter, Alejandro Magno, y ahora Howard Hughes, el
excéntrico multimillonario del que “El aviador” nos muestra su
época de esplendor entre los años 20 y 40, y al que
Martin Scorsese recurre para un
doble propósito. Por un lado, le permite crear uno de sus
apasionantes personajes atormen-tados, ídolos con pies de barro
predestinados al todo y a la nada, a coquetear con el olimpo y
con el averno a la vez, y a llevar al espectador en volandas por
su ascensión y arras-trarlo a regañadientes en su trágica,
dolorosa e inevitable caída, algo que muy pocos directores saben
hacer tan bien como él. Por otro lado, parece innegable el
valor que le otorga a su protagonista/héroe/antihéroe, no como
niño pijo caprichoso que se cree capaz de comprarlo todo (y aquí
se revela la enorme habilidad del espléndido guión y el ingente
talento tras la cámara para lograr una empatía que en principio
podría parecer improbable), sino como metáfora de la rebelión
contra el sistema, del inconformismo con las reglas escritas y,
especialmente, con las no escritas, y por tan-to como cierto
alter ego de un cineasta capaz de anteponer en su filmografía su
inquietud personal y su coherencia creativa, pasando por encima
del obligado peaje institucional que le lleva a tener que luchar
por sacar adelante cada película, y a que obras, ya parte de la
historia del cine, como “Taxi driver”, “Malas calles”, “Toro
salva-je”, “Uno de los nuestros” y un largo etcétera, se hayan
quedado sin un Oscar®,
otorgado, por contra, en no pocas ocasiones a au-ténticas
medianías.
Scorsese vertebra su film como una impecable sucesión de
episo-dios, dotados de la suficiente co-hesión para que sus casi
tres ho-ras de metraje transcurran sin fati-ga. Partiendo de
una primera mitad casi vertiginosa, plagada de escenas
magníficamente concebidas, planifica-das, escritas y plasmadas
(con una realización de aparente sencillez, pe-ro cuya fluidez y
energía no son en absoluto fáciles de conseguir), ofrece una
lujosa recreación del Hollywood de la etapa dorada, que combina
há-bilmente una cinefilia casi religiosa con su soterrada visión
crítica de la industria, apoyado en unos diá-logos cínicos,
inteligentes y por momentos brillantes. Presentado el exterior
de Hughes, en la segunda parte de metraje analiza ade-más su
interior, sumiendo al espectador en sus subidas y bajadas, y
creando (con la complicidad de un meritorio
Leonardo DiCaprio) un seductor,
cautivador y brillante juguete roto, preparado para ha-cer
frente a cualquier limitación exterior, pero incapaz de superar
sus monstruos internos más allá de la atormentada y
desequilibra-da convivencia con ellos, que le sume en una total
y lastimosa so-ledad. Arropando a DiCaprio, un reparto de lujo
(sobre el papel y en su aprovechamiento) en el que destacan,
sobre todo, el siempre fantástico Alan
Alda, y una Cate Blanchett
que sale airosa del complicadísimo reto de recrear a la
mismísima Katharine Hepburn, además de un renacido
Alec Baldwin, que tras “The
cooler” pa-rece cómodo y entonado en papeles oscuros.
Cruza
Scorsese para crear su Howard Hughes al “Ciudadano Ka-ne” de
Orson Welles con aspectos de filmes como “Una
mente ma-ravillosa” de Ron Howard, con un tono más
romántico-lúdico que el primero y con menos efectismo que el
segundo, persiguiendo la pa-radoja del ídolo vulnerable que
también buscaba recientemente el “Alejandro
Magno” de Oliver Stone, si bien “El aviador” lo hace
con menos excesos y más acierto, de la mano de una impecable
ca-ligrafía fílmica que hace superables posibles carencias: la
ausencia de riesgo en la apuesta, la falta de una mayor pro-fundización
en las obsesiones de Hughes y la omisión de al-gunos detalles de
su vida menos glamourosos, como su rumo-reada bisexualidad o
los sombríos encargos que según la leyenda negra hollywoodiense
cumplía para él Humphrey Bogart (conseguir-le chaperos, llevar a
Jean Harlow embarazada del magnate a abor-tar a una
clínica....).
Tal vez
este año Scorsese, emulando a Hughes, consiga hacer volar su
hidroavión Hércules particular y se lleve para casa el eunu-co
dorado que la industria tanto le debe. De momento, en los Glo-bos
de Oro se le ha adelantado con “Million
dollar baby” el mismísi-mo Clint Eastwood, también
ninguneado cuando le arrebataron la estatuilla a su
extraordinaria “Mystic
river” para dársela a Peter Jackson por “El
retorno del rey”. Demasiadas deudas pendientes.
Demasiados entuertos que deshacer. Como diría un comentarista
futbolístico, ”Hollywood es así”.
Calificación:
    
Imágenes de "El aviador" - Copyright © 2004 Warner Bros.
Pictures, Miramax Films, Initial Entertainment Group, Forward
Pass, Appian Way, Cappa Productions e IMF. Distribuida en España
por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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